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Dilthey basa la distinción entre las ciencias físicas y las de la cultura en la heterogeneidad del objeto y la consecuente diversidad de procedimientos: las primeras buscan la explicación de los hechos mientras que las segundas comprenden significados. Weber, en cambio, entiende que la “comprensión” no es un procedimiento que ocupa en las ciencias sociales el lugar que la “explicación” tiene en las ciencias naturales (desplazando una a la otra). Comprensión interpretativa del sentido de una acción y explicación causal no son en las ciencias sociales alternativas excluyentes sino que se complementan: a partir de la comprensión de significados se elaboran hipótesis que requieren indefectiblemente de la verificación mediante el método de la imputación causal.
Sucede que la explicación causal de lo social, al presuponer la comprensión de los motivos de la acción, cobra ventajas respecto de la explicación de fenómenos físico-naturales. Lo que es propio del conocimiento sociológico, “la comprensión de la conducta de los individuos partícipes”, está negado a las ciencias naturales (no podemos comprender, por ejemplo, el comportamiento de las células).
Al definir la sociología como “[...] una ciencia que pretende entender, interpretándola, la acción social para de esa manera explicarla causalmente en su desarrollo y efectos”[7], Weber introduce los dos elementos: comprensión (interpretación) y explicación.
Ahora bien, como en Durkheim, la relación causal es una relación entre elementos o componentes de la realidad (en Weber lo que se enlaza son en general “significados”, sentidos de las acciones), pero a diferencia de aquel, los hechos que intervienen en el advenimiento de un determinado proceso son infinitos, operando una selección por parte del investigador. Un evento individual responde a una multiplicidad de causas, y nada hay en las cosas mismas -dice Weber- que nos indique cuáles hay que considerar. La delimitación entonces está ligada al punto de vista del investigador, a las ideas de valor culturales con que éste aborda la realidad. Son estas ideas de valor que dominan al investigador y a su época las que determinan qué pasa a ser objeto de la investigación y qué conexiones causales revisten interés y significación. La explicación se restringe así a una serie finita de elementos, concentrándose en ciertas relaciones abstractamente aisladas de otras posibles.
Algunos analistas interpretan esto como una sustitución de la relación causal típica -relación de determinación necesaria- ppor una relación de condicionamiento, en la medida en que diversos órdenes de explicación, asociados a la diversidad de puntos de vista, se tornan posibles. En opinión de Rossi, “[...] Weber realiza el abandono del modelo clásico de explicación causal y el pasaje a un esquema de explicación que ya no es causal sino, antes bien, condicional. Cuando ponen de manifiesto una serie finita de fenómenos -diversa de acuerdo con el punto de vissta de la investigación-, de la cual depende un cierto fenómeno considerado en su individualidad, las ciencias histórico-sociales no establecen sus factores determinantes sino que determinan un cierto grupo de condiciones que, junto con otras, lo vuelven posible”[8].
Lo que resulta significativo en este análisis de la “causalidad múltiple” de Weber es que pareciera que desde tal concepción no fuese posible establecer una jerarquía en el conjunto de factores causales significativos que explican lo esencial de un acontecimiento. No habría componentes de mayor o menor eficacia en la constelación, todos se situarían aparentemente en el mismo plano.
Cuando en los “Estudios críticos” polemiza con Eduard Meyer, representante del antideterminismo que destaca el papel que desempeña en la historia el “libre albedrío” (las decisiones “libres” de personalidades concretas) y el “azar”, en realidad lo que hace al corregirlo es delinear la metodología de explicación causal que le servirá luego para criticar la posición contraria: la de Marx, que para él representa el determinismo.
Por otro lado, la cuestión de la causalidad se complejiza si se tiene en cuenta la diferencia establecida por Weber entre conocimiento histórico y conocimiento sociológico. El conocimiento de lo general, de las regularidades de las conexiones causales, no es válido por sí mismo pero es esencial como medio para la imputación causal de fenómenos individuales y por esto los historiadores deben recurrir a este saber nomológico; es un elemento clave de los juicios de posibilidad objetiva.
En la lectura que hace Raymond Aron de Weber esta tensión entre el conocimiento de lo particular y el conocimiento de lo general, referida a la relación causal, se traduce en una distinción que habría en Weber entre “causalidad histórica” y “causalidad sociológica”. Mientras que la primera se refiere a las circunstancias únicas que provocan un acontecimiento singular, la segunda consiste en la búsqueda de relaciones regulares entre fenómenos, de tipo probabilísticas. Ambas formas de causalidad son solidarias: la rigurosidad del análisis de la causalidad histórica depende de su recurso a proposiciones generales.
Resumiendo, la causalidad en Weber asume la forma de una relación entre hechos históricos (acontecimientos singulares), que afirma la pluricausalidad de los fenómenos de la cultura, y que si bien un determinado efecto es co-causado por una cantidad inagotable de elementos, el investigador hace un “recorte” de ciertos factores en virtud de una interpretación de valor. Ahora bien, esta selección de algunos componentes causales desde determinado punto de vista ... ¿significa que el conocimiento de lo histórico (de las conexiones causales) es subjetivo y entonces jamás puede ser “absoluto e incondicionalmente válido”? La respuesta de Weber es no. Si bien en la delimitación del objeto y de los elementos determinantes deciden relaciones de valor, que varían históricamente, la relación causal debe ser comprobada y demostrada mediante un proceso de pensamiento en el que participan ciertas operaciones lógicas. Es el procedimiento de la imputación causal que Weber expone detalladamente.
Brevemente. El procedimiento para establecer la significación causal de un elemento particular dentro de la totalidad de momentos que debieron estar dispuestos de cierto modo y no de otro para que tenga lugar determinado resultado, no es empírico: la simple observación del curso de los acontecimientos no sirve para tal comprobación. Por el contrario, el procedimiento contiene una serie de abstracciones.
En efecto, el proceso hipotético -que consiste en construir modelos imaginarios preguntándose qué hubiera pasado si tal elemento causal singular no hubiese estado presente, cuáles hubieran sido los resultados del proceso- se funda en lo que Weber llama juicio de posibilidad objetiva, que son esas afirmaciones sobre lo que habría sucedido en caso de eliminación o modificación de determinadas condiciones. La comparación entre el proceso real y el hipotéticamente construido permite inferir el grado de significación causal del elemento modificado (en qué medida éste ha sido “operante”), que será mayor cuanto mayor sea la diferencia entre ambos procesos.
Hasta aquí, una de las vertientes de la abstracción: el análisis y aislamiento conceptual de componentes, pero la imputación causal también se vale de la generalización - explica Weber. El juicio de posibilidad se formula en base a “reglas universales de experiencia”, reglas del acaecer que conforman el conocimiento nomológico. Son estas reglas, en las que se incluye el elemento en cuestión, las que dan validez a las conclusiones sobre su eficacia causal. Para Weber, una explicación causal de un hecho concreto no representa nunca un simple registro de lo “previamente dado”, sino que es una “formación conceptual categorialmente constituida”.
Todo este argumento acerca de la abstracción está orientado a concluir que “todo nuestro ‘conocimiento’ se relaciona con una realidad categorialmente construida, y que, por lo tanto, la ‘causalidad’, por ejemplo, es una categoría de ‘nuestro’ pensamiento”[9].
Con sus análisis de la relación entre ética protestante y capitalismo Weber intenta refutar la explicación materialista de la historia. Pretende superar la interpretación marxista aduciendo que el modelo causal que él propone, por un lado, no procede en una única dirección, sino que hace lugar a las interrelaciones entre economía, religión, política, estratificación, etc.; y por otro lado, no lo explica todo por el condicionamiento económico.
En pocas palabras, contra la interpretación materialista de la sociedad y la historia, el modelo de explicación causal de Weber se proyecta no-monista y no-unidireccional.
Recordemos en unas pocas líneas lo esencial de la explicación de Weber, que vincula el sistema ideológico de la ética protestante no directamente a las estructuras del sistema capitalista sino a otro sistema de ideas: el espíritu del capitalismo. El sistema de normas y valores que constituye el ascetismo intramundano (que incluye el calvinismo) lejos de rechazar el mundo, urge a los hombres para que trabajen en él de modo que puedan alcanzar la salvación. Se trata de un sistema ético que valora el ser laborioso, el aprovechamiento del tiempo, el incremento de la riqueza y el éxito económico. De este modo, el protestantismo destruye todos los obstáculos que la ética tradicional pone a la aspiración a la riqueza, que deja de situarse en el espacio de la ambición individual y se desplaza al campo de los imperativos éticos. El afán de lucro (no en cambio el goce despreocupado de la riqueza ni el consumo de artículos de lujo) no sólo es así legalizado sino que se convierte en un precepto divino. Esta ética centrada en la valoración del trabajo incesante tiene como consecuencia imprevista la formación del espíritu necesario para la expansión capitalista. Este espíritu -resultante de la coacción para el ahorro vía estrangulación del consumo y de las trabas a la ambición de lucro- es un elemento decisivo para la formación de un capital, que, según esos mismos preceptos, debe invertirse en producir.
Podemos ver ahora en qué consiste ese doble distanciamiento que persigue Weber: tanto del monismo causal como de la unidireccionalidad de las relaciones.
Cuando centra su atención en el efecto del protestantismo en el nacimiento del espíritu capitalista está observando sólo uno de los múltiples aspectos de la cadena causal (interviene aquí un proceso de selección determinado -como se ha visto- por el interés histórico). El ascetismo cristiano como base religiosa es uno de los factores con eficacia causal en este proceso histórico, no el único.
El desarrollo del sistema capitalista necesitó, además de esos ideales religiosos importantes para la formación de una mentalidad económica, de ciertos requisitos económicos, tales como un mercado libre con demanda amplia y estable, tecnologías baratas, fuerza de trabajo libre y disciplinada, técnicas de contabilidad racionales y comercialización de la vida económica; y de requisitos no económicos: un Estado moderno con todos sus componentes, un derecho racional, ciudades, ciencia y tecnología moderna. En síntesis, su concepción no es monista -desde su perspectiva- porque no hay determinación de la sociedad por un elemento decisivo (económico, político o religioso).
Sin embargo, más allá de estas declaraciones y en atención a la problemática íntima, habría que preguntarse si en Weber no existe una causa última “oculta” que está en la base tanto del espíritu del capitalismo como de la ética protestante, tanto del desarrollo del mercado como de la burocracia: la razón. De hecho, en los pliegues del discurso de Weber está incrustada la racionalización como el motor del desarrollo histórico.
Al mismo tiempo, la causalidad weberiana se pretende no unilateral porque sugiere estudiar las influencias recíprocas entre los fenómenos históricos, investigar la relación inversa. Por ejemplo, “[...] cómo el ascetismo protestante fue influenciado a su vez en su desenvolvimiento y características fundamentales por la totalidad de las condiciones culturales y sociales, singularmente económicas, en cuyo seno nació”[10].
“La ética protestante y el espíritu del capitalismo” (1904/1905) concluye con la siguiente idea. “Nuestra intención no es tampoco sustituir una concepción unilateralmente ‘materialista’ de la cultura y de la historia por una concepción contraria de unilateral causalismo espiritualista. Materialismo y espiritualismo son concepciones igualmente posibles, pero como trabajo preliminar; si, por el contrario, pretenden constituir el término de la investigación, ambas son igualmente inadecuadas para servir la verdad histórica”[11].
Si todo el argumento de “La ética...” está orientado a impugnar el punto de vista materialista (en una clara batalla teórica contra Marx), esta salvedad hecha al final del texto en unos pocos renglones es utilizada por Weber para evitar que se considere a su discurso un discurso idealista.
Partiendo de la idea de que en todo desarrollo teórico, científico o ideológico, subyace una posición filosófica, y de que el sistema weberiano no está exento de esto, por lo tanto presupone también una toma de partido en filosofía, podemos replicar su afirmación con la tesis leninista de la división del campo de la filosofía en dos grandes bloques: materialista e idealista.
Según Althusser, con esta tesis de “Materialismo y empiriocriticismo” Lenin “[...]tira por la borda todos los matices, todas las distinciones, las finezas, todas las sutilezas teóricas por las cuales la filosofía trata de pensar su ‘objeto’: no son más que sofismas, distingos, argucias de profesores, acomodaciones, compromisos cuyo sólo objetivo es ocultar el engranaje real del debate en el que está comprometida toda la filosofía: la lucha de tendencia fundamental entre el materialismo y el idealismo. Como en política, no hay tercer camino, medias tintas, posiciones bastardas. No hay en el fondo sino idealistas y materialistas. Todos los que no se declaran abiertamente tales son materialistas o idealistas ‘vergonzantes’...”[12].
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