El profesional de la información iberoamericano - La información en el ambito iberoamericano
Monografía creado por Marlery Sánchez Díaz y Juan Carlos Vega Valdés. Extraido de: http://www.bvs.sld.cu/revistas/aci/vol12_2_04/aci05204.htm
16 de Diciembre de 2005
Medios online, Periodismo digital, Periodismo político
1 - La información en el ambito iberoamericano
Los orígenes del actual profesional de la información se ubican en aquellas fases de la historia de la humanidad en las que aparecieron la escritura y sus diversos soportes. Es en la civilización antigua donde surge un individuo que, entre sus funciones, estaba la salvaguarda y conservación de los depósitos documentales de los palacios y templos. Su labor se reducía esencialmente a la organización y custodia de los documentos, resguardados en las llamadas "casa de las tabletas" o "casa de los papiros".
En el Antiguo Oriente, fueron los sacerdotes los que se iniciaron en esta ocupación, ellos eran de los pocos que dominaban la escritura y, a su vez, ejercían buena parte del control ideológico en la sociedad; su labor consistía en reunir, transcribir, organizar y conservar los documentos.
En Occidente, es en Alejandría, donde con más claridad surge la figura del bibliotecario. Uno de sus bibliotecarios, Calímaco de Cirene, es una figura prominente en la historia de la bibliotecología mundial. En la Roma antigua, los primeros trabajadores de la información fueron, en unos casos, esclavos y, en otros, funcionarios públicos oficialmente reconocidos. Sin embargo, también sus funciones esenciales giraban alrededor de la organización y cuidado de los fondos. En la Edad Media, en las catedrales y monasterios, los monjes copiaban, ilustraban y restringían el uso de los volúmenes que guardaban. Con el Renacimiento, con las profundas transformaciones culturales que se produjeron, los trabajadores de la información tuvieron que enfrentarse a una demanda diferente de libros.
La aparición de la imprenta en Europa en el siglo XV reforzó esta nueva demanda, producto de la masificación de la distribución de la información.
Durante los primeros siglos de existencia, además de custodio, el trabajador de la información fue conservador, editor, catalogador, intérprete de textos y cazador feroz de libros.
Ahora bien, a pesar de que existió durante siglos, su formación fue eminentemente empírica. No fue hasta el siglo XIX, que se reveló como necesaria la adquisición de un conjunto de conocimientos sistematizados.
En la segunda mitad del siglo XIX, las máquinas primitivas se sustituyeron por otras más complejas, cuya construcción y mantenimiento requerían de mayor preparación y habilidad; aparecieron importantes potencias industriales como Inglaterra, Francia y Alemania; la dirección de la sociedad, entonces, demandó un gran número de empleados suficientemente instruidos; la poderosa burguesía industrial y el estado aunaron sus esfuerzos e implantaron la instrucción pública, obligatoria y gratuita, se oficializaron las ciencias y las letras. La mecanización de la imprenta, la fabricación a máquina del papel y la encuadernación mecánica abarató el libro e hizo posible la confección de periódicos y revistas con grandes tiradas. A su vez, durante el siglo XIX, el movimiento de bibliotecas públicas introdujo una nueva concepción en esta institución que exigió un trabajador de la información renovado. Sin dudas, la idea de preparar un personal calificado que pudiera realizar profesionalmente el trabajo de las bibliotecas se hizo una necesidad. (Frías Guzmán M. La formación de bibliotecarios universitarios en Cuba. [Trabajo de Diploma]. La Habana: Universidad de La Habana, Facultad de Comunicación; 2000.)
Y es que una profesión emerge como un instrumento imperfecto del orden y el propósito en una cultura que cambia constantemente. Cada profesión comprende operaciones intelectuales con una gran responsabilidad para el individuo, derivan su materia prima de la ciencia y el saber; este material lo trabajan hasta lograr un fin práctico y definido; poseen una técnica comunicable mediante la educación; tienden a la auto-organización; su motivación se hace cada vez más altruista.1
Toda profesión es, en gran medida, expresión de las necesidades y urgencias de cada momento histórico. (Ponjuán Dante G. El profesional de la información del nuevo milenio. Observaciones no publicadas.).
En la medida, en que las funciones y el lugar de las unidades de información cambiaron bajo determinadas circunstancias, se transformó el proceso formativo de los profesionales de la información.
Pudiera decirse que el profesional de la información es aquel que tiene un saber especializado en relación con la información y este saber lo pone al servicio de otros,2 dicho saber se utiliza para mejorar las tareas intelectuales de las personas, y realizar su trabajo con rapidez y eficacia.3
Siempre ha existido una relación entre información y sociedad y este profesional siempre, a partir de una tecnología, ha administrado este recurso. (Ponjuán Dante G. El profesional de la información del nuevo milenio. Observaciones no publicadas.) Pero, es en el siglo XX, donde se desarrollaron los mayores cambios, sobre todo, en la esfera tecnológica, ellos produjeron una verdadera revolución en las concepciones sobre su actuación profesional.
En los años 80, se popularizó el término "sociedad de la información". Según G Ponjuán, una sociedad de la información es "cualquier conglomerado humano cuyas acciones de supervivencia y desarrollo se basan predominantemente en el uso, distribución, almacenamiento, así como en la creación de recursos de información y conocimientos mediatizados de forma intensa por medio de las nuevas tecnologías de información y comunicación. 4
En la nueva sociedad, donde la importancia de la información se incrementa, se vuelve determinante, y su uso y generación crece aceleradamente, un profesional con un saber especializado en información y en sus tecnologías asociadas es un actor principal en ella. Por ello, dicho profesional ha rebasado sus recintos tradicionales -bibliotecas, archivos, centros de documentación, centros de información- y su labor alcanza cualquier instancia donde se genere, cree, manipule y se acceda a la información.
Es exactamente el propósito del presente trabajo mostrar, cómo en el breve espacio de tiempo de poco más de una década, 1991-2003, la literatura iberoamericana exhibe una multitud de aristas, requerimientos y debilidades, que caracterizan a los profesionales de la información.
En el Antiguo Oriente, fueron los sacerdotes los que se iniciaron en esta ocupación, ellos eran de los pocos que dominaban la escritura y, a su vez, ejercían buena parte del control ideológico en la sociedad; su labor consistía en reunir, transcribir, organizar y conservar los documentos.
En Occidente, es en Alejandría, donde con más claridad surge la figura del bibliotecario. Uno de sus bibliotecarios, Calímaco de Cirene, es una figura prominente en la historia de la bibliotecología mundial. En la Roma antigua, los primeros trabajadores de la información fueron, en unos casos, esclavos y, en otros, funcionarios públicos oficialmente reconocidos. Sin embargo, también sus funciones esenciales giraban alrededor de la organización y cuidado de los fondos. En la Edad Media, en las catedrales y monasterios, los monjes copiaban, ilustraban y restringían el uso de los volúmenes que guardaban. Con el Renacimiento, con las profundas transformaciones culturales que se produjeron, los trabajadores de la información tuvieron que enfrentarse a una demanda diferente de libros.
La aparición de la imprenta en Europa en el siglo XV reforzó esta nueva demanda, producto de la masificación de la distribución de la información.
Durante los primeros siglos de existencia, además de custodio, el trabajador de la información fue conservador, editor, catalogador, intérprete de textos y cazador feroz de libros.
Ahora bien, a pesar de que existió durante siglos, su formación fue eminentemente empírica. No fue hasta el siglo XIX, que se reveló como necesaria la adquisición de un conjunto de conocimientos sistematizados.
En la segunda mitad del siglo XIX, las máquinas primitivas se sustituyeron por otras más complejas, cuya construcción y mantenimiento requerían de mayor preparación y habilidad; aparecieron importantes potencias industriales como Inglaterra, Francia y Alemania; la dirección de la sociedad, entonces, demandó un gran número de empleados suficientemente instruidos; la poderosa burguesía industrial y el estado aunaron sus esfuerzos e implantaron la instrucción pública, obligatoria y gratuita, se oficializaron las ciencias y las letras. La mecanización de la imprenta, la fabricación a máquina del papel y la encuadernación mecánica abarató el libro e hizo posible la confección de periódicos y revistas con grandes tiradas. A su vez, durante el siglo XIX, el movimiento de bibliotecas públicas introdujo una nueva concepción en esta institución que exigió un trabajador de la información renovado. Sin dudas, la idea de preparar un personal calificado que pudiera realizar profesionalmente el trabajo de las bibliotecas se hizo una necesidad. (Frías Guzmán M. La formación de bibliotecarios universitarios en Cuba. [Trabajo de Diploma]. La Habana: Universidad de La Habana, Facultad de Comunicación; 2000.)
Y es que una profesión emerge como un instrumento imperfecto del orden y el propósito en una cultura que cambia constantemente. Cada profesión comprende operaciones intelectuales con una gran responsabilidad para el individuo, derivan su materia prima de la ciencia y el saber; este material lo trabajan hasta lograr un fin práctico y definido; poseen una técnica comunicable mediante la educación; tienden a la auto-organización; su motivación se hace cada vez más altruista.1
Toda profesión es, en gran medida, expresión de las necesidades y urgencias de cada momento histórico. (Ponjuán Dante G. El profesional de la información del nuevo milenio. Observaciones no publicadas.).
En la medida, en que las funciones y el lugar de las unidades de información cambiaron bajo determinadas circunstancias, se transformó el proceso formativo de los profesionales de la información.
Pudiera decirse que el profesional de la información es aquel que tiene un saber especializado en relación con la información y este saber lo pone al servicio de otros,2 dicho saber se utiliza para mejorar las tareas intelectuales de las personas, y realizar su trabajo con rapidez y eficacia.3
Siempre ha existido una relación entre información y sociedad y este profesional siempre, a partir de una tecnología, ha administrado este recurso. (Ponjuán Dante G. El profesional de la información del nuevo milenio. Observaciones no publicadas.) Pero, es en el siglo XX, donde se desarrollaron los mayores cambios, sobre todo, en la esfera tecnológica, ellos produjeron una verdadera revolución en las concepciones sobre su actuación profesional.
En los años 80, se popularizó el término "sociedad de la información". Según G Ponjuán, una sociedad de la información es "cualquier conglomerado humano cuyas acciones de supervivencia y desarrollo se basan predominantemente en el uso, distribución, almacenamiento, así como en la creación de recursos de información y conocimientos mediatizados de forma intensa por medio de las nuevas tecnologías de información y comunicación. 4
En la nueva sociedad, donde la importancia de la información se incrementa, se vuelve determinante, y su uso y generación crece aceleradamente, un profesional con un saber especializado en información y en sus tecnologías asociadas es un actor principal en ella. Por ello, dicho profesional ha rebasado sus recintos tradicionales -bibliotecas, archivos, centros de documentación, centros de información- y su labor alcanza cualquier instancia donde se genere, cree, manipule y se acceda a la información.
Es exactamente el propósito del presente trabajo mostrar, cómo en el breve espacio de tiempo de poco más de una década, 1991-2003, la literatura iberoamericana exhibe una multitud de aristas, requerimientos y debilidades, que caracterizan a los profesionales de la información.
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