Cuando en 1901 Thomas Mann presentó a su editor su novela Buddenbrooks, cundió el desconcierto en la casa editorial, ¿a quién se le ocurría en esa época presentar una novela que sobrepasara las 400 páginas? Por entonces, ni Alemania ni el resto de Europa estaba preparada para sumergirse en la empresa de invertir horas y horas de lectura para enterarse de las viscisitudes de tan extensamente descrita familia. Aunque no se sabe a ciencia cierta lo que habrán exclamado los editores de Mujica Lainez al presentarles, en 1962, su novela Bomarzo, de 683 páginas, es posible conjeturar que su sorpresa no fue poca.
Pero el número de páginas no fue la única sorpresa que la nueva creación iba a depararles, estaba desde luego, el tema del Renacimiento, de la nobleza italiana, de la homosexualidad.
Geográficamente, Bomarzo aparecía en 1962, -al menos en Argentina- como un lugar fantástico tan atribuible a la fantasía de Borges como podría haber sido Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Algunos años antes del "descubrimiento" de Bomarzo por medio de la novela de Mujica Lainez, un diario de Buenos Aires (del cual el escritor no guarda datos más precisos), publicó algunas fotografías con breve comentario sobre El Bosque Sacro. Esto bastó para fascinar al escritor que poco más tarde viajaría a Italia en calidad de director de Relaciones Culturales.
En su conversación con María Esther Vázquez, Mujica Lainez lo relata así:
Al llegar a Italia me había olvidado de ese nombre (que luego escribiría tantas veces) y preguntaba, con ese malísimo italiano mío, y nadie me entendía ni me daba razones y es más, creían que era loco.1
En Italia las cosas no eran muy diferentes: Bomarzo no contaba todavía entre los atractivos turísticos ineludibles (hasta 1958 no estaba incluído en las guía turísticas): al alcance del interesado había sólo un libro de fotografías hecho por la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Roma y algunos artículos en periódicos.2
Pero todo esto no hubiese pasado de ser un agradable recuerdo de viajes, un hechizo quizás, de aquellos que pasado el tiempo se olvidan, sino fuera por un sentimiento de "déjà vu" que le ocurría por primera vez en su vida y que le guiaba a descubrir, sin haberlo visitado nunca antes, las formas monumentales del Bosque Sacro, un jardín manierista creado por un noble deforme de la rancia estirpe de los Orsini:
Allá, les decía, "detrás de aquel macizo de plantas, vamos a encontrar un elefante de piedra y, al fondo, la sirena "y era así.3
Y allí, en ese bosque laberíntico, dormido desde el siglo XVI -como esperando a "su autor"- a la par que recorría el castillo y las fuentes, Mujica Lainez se convenció que esa sería su próxima obra y lo comentó a sus acompañantes:4
Entonces, en ese momento, les aseguré que de este Pier Francesco Orsini, del cual se sabe tan poco, yo iba a contar la historia y me dijeron que era un disparate que un argentino hiciera eso. Pero yo insistí que la iba a escribir y que se las iba a dedicar a ellos dos y así lo hice.5