13 - Nuevamente el hechizo

Monografía creado por Diana García Simón. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/bomarzo2.html
16 de Septiembre de 2006

Muchos años más tarde, de vuelta en su tierra, señor de Bomarzo y de Julia Farnese, el duque escribe al gran Michelangelo para encargarle los trabajos de embellecimiento de sus posesiones. El maestro, debido a su avanzada edad se excusa, y en su lugar manda a su discípulo predilecto Jacopo del Duca183, quien trae a su vez dos ayudantes: dos hermanos, sicilianos como su maestro. El mayor, Zanobi:

... me impresionó desde el primer instante. Digo mal: no me impresionó, me fascinó, me sugestionó.184

El joven artista, casi un africano, despierta en el príncipe recuerdos de su juventud en el cortile florentino. La impresión que le causa el recién llegado está descrita con casi los mismos términos que la producida antes por Abul, sin ahorrar los pasajes donde describe sus movimientos felinos, el exotismo de su piel o la atracción de su misterio. Se trata en ambos momentos de la pasión estética, que no busca la consumación en el sexo, porque ella es consumación en sí misma.

No sé, hoy mismo, a tanto tiempo de lejanía, si Zanobi era como lo veía yo o si yo lo inventé...185

A partir del primer encuentro, el duque vive en estado hipnótico. Vuelven a borrarse, por segunda vez en el espacio de un cuarto de siglo, las coordenadas que lo unen a su tiempo. El mundo, excluído Zanobi, desaparece. Mejor dicho, desaparece incluso Zanobi, porque al amante le basta con el estremecimiento que Zanobi ha producido en su espíritu. De él alimenta su propio delirio, que se engrandece en el acto de ser autoalimentado. Se podría hablar de una suerte de amor partenogenético, que una vez estimulado, se desarrolla hasta morir en completa soledad.

Zanobi es un instrumento, como antes lo fue Abul, como también lo fueron Adriana dalla Rosa o la propia Julia Farnese. Al enfrentar más tarde ese amor ideal nacido y alimentado dentro de sí mismo, con la realidad, lo único que obtiene es el fracaso.

El príncipe es incapaz de amar. O mejor él es capaz, pero no de amar a una persona, sino a la impresión estética:

... sin cuerpo, sin voz, sin aroma, sin deseos, un arquetipo inalterable y suntuoso.186

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