El término “amor cortés” lo utilizó por primera vez Gaston Paris, en el año 1880, para definir el sentimiento amoroso típico de las cortes y poetas cortesanos franceses y alemanes en los comienzos de la Baja Edad Media. La amplitud del término rebasa los umbrales estrictamente literarios, pues la cortesía implica la creación de una conciencia cultural de la caballería en la que confluyen elementos de la antigua aristocracia feudal junto con los que aportan los nuevos menestrales asimilados a esa. El idealismo amoroso tiene su cuna en las cortes europeas y pronto se estructura en un código estilizado y hierático propio de una nobleza profesional no hereditaria y de una cultura cada vez más secular y, por tanto, menos clerical. A nosotros nos interesan las imbricaciones de esta nueva mentalidad laica en la ficción sentimental. Para una mayor claridad en la exposición, hemos dividido este apartado en cinco epígrafes, que se corresponden con otros tantos motivos comunes de la tradición cortesana.
a) La religión del amor.
En el código cortés, la dama alcanza un estatus casi divino. Trovadores y amantes corteses usan una terminología sacada de la liturgia cristiana y consideran a la propia dama como diosa. La razón de tal divinización es que se ensalza así la nobleza y el espíritu superior del hombre que ama: cuanto más perfecto es el objeto amado, más sublime es el amante. De modo que nos presentan una mujer-diosa con toda seguridad inexistente en la sociedad.
En la Cárcel de amor de Diego de San Pedro se refleja bastante bien esta constante cortesana, y, así, Leriano muestra su convicción de que las mujeres “no menos nos dotan de las virtudes teologales que de las cardinales”(p.161)10. Una mentalidad como la de Leriano y otros galanes de la ficción sentimental suele acarrear expresiones irreverentes o blasfemas, como la que emplea en la Cárcel de amor el autor cuando advierte a Laureola: “Mira en que cargo eres a Leriano, que aún su pasión te haze servicio; pues si la remedias te da causa que puedas hazer lo mismo que Dios, porque no es de menos estima redemir quel criar, assí que harás tú tanto en quitalle la muerte como Dios en darle la vida” (p.95). En definitiva, todo un cúmulo de excesos que comprendió muy bien Fernando de Rojas cuando quiso reprehender con el ejemplo de Calisto y Melibea a “los locos enamorados que...a sus amigas llaman e dicen ser su dios”.11
Evidentemente, la reacción a esta divinización de la amada no se hizo esperar en la Península. La Cárcel de amor fue prohibida por la Inquisición. En realidad, no fue un ejemplo aislado. Gili Gaya nos recuerda que si por un lado abundaban en nuestras letras los libros profanos vueltos a lo divino, no es menos cierto que existieron multitud de obras religiosas, como la Cárcel de amor, transformadas a lo profano12. En cualquier caso, los religiosos y moralistas fueron siempre hostiles a los conceptos amorosos corteses, sobre todo porque estos concedían que era el deseo la causa principal de su enamoramiento. Por mucho que autores como Diego de San Pedro no vieran incompatibles el amor humano y la religión, lo cierto es que la Iglesia no transigió con los poetas.
b) El amor como fuente de virtud.
Como consecuencia de la divinización de la dama, el amor cortés propugna un refinamiento hecho de formas bellas y estilizadas: generosidad, lealtad, discreción, valentía y afán aventurero, cuyo objetivo es pulir y educar al rudo señor feudal. Si, por una parte, la amada está representada como un reflejo de la divinidad, por otra, el amante alcanza, a causa de este amor, una superioridad, no con respecto a la amada, sino con respecto al resto de los hombres, a quienes no les es dada la oportunidad de amarla. Basándose en esta dialéctica, la religión del amor cortés toma un tono eminentemente elitista y aristocrático. Sólo unos pocos elegidos pueden experimentar el amor que ennoblece. En realidad, más que por la “divinidad” de la amada, el ennoblecimiento viene dado por la propia condición excepcional del enamorado, como indica Elena Gascón:
“Este amor, aunque en apariencia originado por las virtudes y belleza de la amada, se presenta en el perfecto amante cortés como preexistente en la misma naturaleza del hombre. Se implica así que sólo los poseedores de un espíritu excepcional y aristocrático pueden participar en la religión del amor”.13
Los personajes de las ficciones sentimentales serán, por consiguiente, principales: príncipes, reyes, nobles, como son Leriano y Laureola de la Cárcel de amor.
c) El vasallaje a la dama.
La fidelidad a la dama es otro de los motivos del Amor Cortés. El enamorado es incapaz de concebir que pueda apagarse su pasión y que volverá a recobrar su independencia emocional, por consiguiente, aseguran a sus amantes una fidelidad perpetua. Esta concepción de un amor perfecto surgió como respuesta a los ataques, por parte de la Iglesia, hacia los conceptos amorosos de los poetas. La constancia será, en lo sucesivo, la piedra de toque que permita distinguir entre el amor verdadero y el falso. Diego de San Pedro asimila totalmente este concepto al presentarnos un protagonista constante hasta la muerte.
d) El secreto de amor.
El secreto impuesto al amante medieval constituye otra constante del amor cortés. El amor pasión suele producir un conflicto con las normas sociales y, por consiguiente, se exige al amante que guarde discreción. En la Cárcel de amor, el conflicto surge precisamente por el rompimiento de ese secreto. Así, Leriano se niega a recordar a Laureola los favores recibidos “porque se defiende en ley enamorada escrevir que satisfación se recibe, por el peligro que se puede recrecer si la carta es vista” (p.150). De este modo, Leriano, cuando todo para él está perdido, rompe las comprometedoras cartas de Laureola para beberlas con el agua y morir así en “testimonio de su fe”.
e) El sufrimiento del enamorado .
Un ideal de amor con un tono fundamentalmente negativo fue una de las innovaciones más importantes que introdujeron los trovadores provenzales del siglo XII. Tal como explica Huizinga: “Sólo el amor cortés de los trovadores ha convertido en lo principal la insatisfacción misma”14. Se trataba de cortejar a la mujer pero sin la esperanza de ser correspondido. Al no llegar a la carnalidad, el elemento espiritualizante fue preponderando en la lírica cada vez más, hasta llegar al Dolce Stil Nuovo de Dante y de sus contemporáneos. Tal como hemos indicado, una constante que se refleja en la ficción sentimental es la conciencia elitista. En la conciencia aristócrata, para diferenciarse de la barbarie, “formóse con el ennoblecimiento de la erótica misma un freno para el desenfreno”15. En conclusión, es lo que Huizinga llama la “estilización” del amor, que llegó hasta nuestra ficción sentimental.
Como consecuencia de esa renuncia a la carnalidad resulta el aumento del deseo del objeto amado y, por consiguiente, la insatisfacción cada vez mayor por no conseguirlo. Esta insatisfacción está bien manifiesta en la Cárcel de amor, cuando se describe el sufrimiento de Leriano en la prisión de amor: “las dos dueñas que me dan, como notas, corona de martirio, se llaman la una Ansia y la otra Pasión”(p. 91). Tampoco será infrecuente que Leriano se compadezca de sí mismo como “el más sin ventura de los demás desaventurados”.
f) Conclusión.
La literatura caballeresco-sentimental halló campo propicio en las cortes y en el seno de una nobleza ávida de ver celebradas sus hazañas y de ver engrandecida su fama. En las ficciones sentimentales se advierte la contradicción en que viven la aristocracia y la alta burguesía en el otoño medieval de Castilla; las ficciones sentimentales son testigos del derrumbamiento de las viejas leyes cortesanas y son incapaces de aceptar los usos nuevos. El acatamiento del código cortés por parte de los autores de ficciones sentimentales españolas refleja, en palabras de Vicenta Blay, el “rechazo hacia el mundo preburgués, materializado y gris que lentamente iba adquiriendo pujanza en el marco de una sociedad nueva”16. Se creó, pues, con la ficción sentimental, una literatura espiritual y, al mismo tiempo, comprometida y reaccionaria contra el nuevo sistema social imperante.