Resulta ya un tópico referirse a la disputa que sostuvo el teórico del amor cortesano, André le Chapellain, sobre si la pasión refinada era la que existe entre los esposos o entre los amantes. Se recurrió al fallo de la condesa María de Champagne, quien sentenció que el verdadero amor se hallaba fuera del matrimonio, porque qui non celat amare no potest, es decir, en palabras de Gili Gaya, “como los cónyuges no tienen celos uno de otro, no existe para ellos el vivo acicate del amor cortesano”30. Por otro lado, el amor debía ser adúltero. En primer lugar, la condición de dama casada la situaba en una lejanía ideal, casi inaccesible, que mantenía al devoto amador en una aspiración permanente, muy raras veces satisfecha. En segundo lugar, si el trovador cortés tenía que ensalzar a su amada, debía cortejar necesariamente a una dama casada, ya que ésta gozaba de una estimación social y jurídica muy superior a la de la simple doncella.
Sin embargo, la severidad de la moral cristiana, en Castilla, prohibió que se formasen composiciones amorosas al estilo cortesano en las que se proclamaban abiertamente adulterios. Como se debía proseguir la tradición cortesana del “amor imposible”, con una dama “sans merci”, motivos esenciales para que la pasión adquiriera el realce trágico del martirio, se impuso a nuestros escritores nuevos impedimentos, como son el honor y el recato de la doncella.
Ahora bien, cabría preguntarse, puesto que Lauerola es doncella, por qué razón no acaba la obra en matrimonio entre los amantes. Los críticos están de acuerdo en que en la Cárcel de amor está presente la intención de matrimonio. Leriano se deja morir cuando ya no le queda ninguna esperanza de parte de Lauerola, y así parece decir que quería conseguir a la dama, es decir, casarse con ella.
Vistas así las cosas, nos corresponde ahora analizar el motivo por el que Diego de San Pedro decide poner un fin trágico a la Cárcel de amor, en lugar de concluir el relato con el matrimonio esperado. Es muy probable que Diego de San Pedro quisiera imprimir a su novela una moraleja, ya que de no ser así, no habría acabado el relato en una tragedia inesperada. La decisión de terminar en tragedia la debemos entender en tanto que condena el amor de Leriano por Laureola, un amor que era socialmente imposible. Para explicar esta conclusión nos referiremos, incluso con el riesgo de desviarnos del tema que tratamos, a unas palabras de Green a propósito de la Celestina: “Preguntarse como es que Calisto no pide la mano de Melibea en matrimonio es sencillamente una ignoratio elenchi. La cosa es muy sencilla: y es que esos jóvenes amantes no quieren un hogar, sino un amor”31. Leriano, en mi opinión, quiere ir más allá: quiere un hogar y mantener un amor cortesano, y eso resulta sencillamente imposible en el otoño de la Edad Media. Como señala Huizinga:
“Justamente la escasa conexión entre las bellas formas del ideal del amor cortés y la realidad del noviazgo y del matrimonio era causa de que el elemento del juego de la conversación, del pasatiempo literario, pudiese desplegarse tanto más sin trabas en todo lo concerniente a la vida amorosa refinada. El ideal del amor, la bella ficción de lealtad y abnegación, no tenía plaza en las consideraciones harto materiales con que se contraía matrimonio y, sobre todo, matrimonio noble. Sólo podía vivirse en la forma de un juego encantador o regocijante.”32
Juego que, por otra parte, estaba más que condenado socialmente por la Iglesia. No hay que olvidar que los clérigos denostaron el amor incluso dentro del matrimonio.
Así pues, queda claro que Diego de San Pedro quiso moralizar con la Cárcel de amor. Con el fin trágico del relato se advierte al lector que el matrimonio no puede estar basado en el amor pasional de los poetas cortesanos. Se entiende así la obra como una reprobatio amoris, como un ejemplo negativo a lo que puede dar lugar la pasión desenfrenada; de manera que podemos, quizás, revalorizar el antiguo término de tratado, en el sentido de que también las obras de Diego de San Pedro cumplen su fin didáctico. Por consiguiente, podemos concluir con Françoise Vigier que la ausencia del matrimonio “peut refléter la conviction que l’amour-passion, force subversive, est profondément incompatible avec l’ordre social et les institutions du mariage et de la famille”.33
Por un lado, se exalta el amor, por otro se le denigra. Tales son los polos entre los que debía fluctuar Diego de San Pedro cuando escribió sus novelas, polos que reflejan muy bien las contradicciones de un mundo medieval dominado por tres sistemas irreconciliables: el cortesano, el feudal y el religioso.