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El sujeto escriptivo, el sueño mimético y la antípoda - ... y la Postmodernidad

Monografía creado por David Ruz Velasco. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero11/millas.html
24 de Agosto de 2006
Historia de la literaturaRelato

2 - ... y la Postmodernidad

Algo después en la novela aparece una nueva voz. Elena, que sospecha que su marido tiene una amante, decide contratar a un detective para que le informe del alcance de los viajes de negocios que Enrique Acosta parece disfrutar con su secretaria. Enrique Acosta, su marido, es un alto cargo de una sospechosa empresa que, aparentemente como todas, se enriquece a base de mantener el status quo de evasión de impuestos, financiación ilegal y todos los trapicheos habituales de la corrupción más institucionalizada.

Así pues, el detective que en principio escribe informes sobre Enrique y los envía a un destinatario que desconoce —Elena— termina concentrándose —siguiendo las indicaciones de la persona que lo ha contratado— en la esposa de éste... una vez más, Elena.

Es significativo prestar atención al triángulo de personajes que se proponen y el peso de su entidad en la narración. Fabián Gutierrez (Gutierrez 1992) nos explica que Elena, como protagonista, tiene una existencia que se podría llamar objetiva porque es presentada por el narrador omnisciente. Sin embargo, el detective cobra vida sólo a través de los ojos de Elena y de los informes que produce. Y es a través de estos, aunque no en su totalidad, que Enrique Acosta adquiere una personalidad más completa. De esta manera, se podría decir que el narrador "crea" a Elena, ésta al detective, y éste a Enrique.

La voz del detective, junto a la de su propia madre, crean un caldo de cultivo desde el que Elena comienza a cuestionar la consistencia de su identidad y la coherencia de lo que le rodea, dándose cuenta de la importancia de la perspectiva. La identidad o la percepción que se se tiene de ésta es con frecuencia precaria; depende de puntos de referencia que nos vienen dados desde el exterior y su significado sólo puede encontrarse tras su insripción en el lenguaje. Como dice Saussure: "in language there are only differences" (Saussure 1974, 122). Y esto hace que percibamos como seres poliformes, variables e incontrolables:

"A veces pienso que la identidad es algo precario, que se puede caer de uno como el pelo que se desprende cuando nos lavamos la cabeza y desaparece por el sumidero de la bañera en direcciones que ignoramos. [...]Por eso me da miedo salir, por si no me reconocen al volver y me quedo sin identidad."
(Millás 1990, 154)

La narración continua combinando estas tres voces que, aunque en ciertas ocasiones parecen ofrecer una imagen del objeto descrito —Elena, los negocios de su marido— más o menos acertada o, podríamos decir, mimética, siempre encontramos un momento en el que se contradicen entre ellas. Esto es extremadamente significativo pues pone de manifiesto la crisis que se produce cuando la noción de un sujeto unificado en plena auto-conciencia es un nivel que se plantea como inalcanzable. Elena nos habla de esta querencia de unicidad y de estabilidad cuando señala que:

"[el detective] me reconstruye un poco, me articula, me devuelve una imagen unitaria y sólida de mí misma, pues ahora veo que gran parte de mi desazón anterior provenía del hecho de percibirme como un ser fragmentado..."
(Millás, 109)

Sin embargo, en el siguiente informe, el detective cometerá varios errores en sus suposiciones en torno a ciertas razones del comportamiento de Elena. Esto dejará muy claro el carácter ilusorio de una identidad plenamente constituida trascendental y unitariamente pero al mismo tiempo ilustra la vehemencia con la que los distintos personajes de ciertos textos la ansían.

Como resultado de diversos problemas con su marido, Elena decide buscarse un piso para vivir sola. Y es este cambio de decorado el que inaugura un punto de inflexión en la historia pues en esta segunda parte es Elena misma la que desde su propia perspectiva, al comenzar a escribir un diario, conduce la narración, suplantando el papel del narrador omnisciente del comienzo.

Al buscar su propio punto de vista, Elena descubre que el marco vital aparentemente estable basado en las convenciones y los estereotipos sociales, resulta ser, una vez más, una batalla continua nunca resuelta, un ejercicio de definición y recolocación de uno mismo frente a la incertidumbre de lo demás:

"Comienzo estas páginas que ignoro cómo llamaré... [con] la impresión de haber tomado las riendas de mi vida. Es cierto que ignoro cómo se gobiernan y que tampoco sé en qué dirección las utilizaré cuando aprenda a manejarlas." (Millás, 107)

Según Constantino Bértolo: "Se trata de abandonar unas señas de identidad impuestas y... de descubrir que la clave no reside tanto en la imagen que el espejo devuelve como en la elección del espejo." (Bértolo 1990)

La determinación de escribir un diario como un intento de comprenderse tanto a uno mismo como a lo que nos rodea no es sino una manera de concebir el lenguaje como "a map which must be interpreted —to redefine, shape and capture that identity in the time and space of the narrative" (Christie 1995, 101), como apunta Christie precisamente comentando el caso de La soledad era esto. Por medio de este proceso generador de significado a través del lenguaje, Elena se da cuenta de que no hay nada fuera del texto:

"Sin embargo, en mi imaginación, el diario es la vida misma. Alguna vez leí algo acerca de quienes confunden el territorio con la representación del territorio (el mapa); tal vez eso es lo que me sucede, tal vez por eso tengo la impresión de no haber existido los días pasados." (Millás 1990, 107)

Derrida propone la idea de que el significado se encuentra constantemente desplazado, postergado por el significante a través de lo que él llama espaciamiento y temporalización, quedando, por lo tanto, inexorablemente modificado por el significante. Y es así por lo que podemos volver a la idea de Barthes de que "there is nothing beneath the text" (Barthes 1988, 171); el sujeto, por lo tanto, no está dado sino que está constuído por el significante y sólo a través de su inscripción en el lenguaje se puede alcanzar algún tipo de sentido.

Derrida nos explica esto en su ensayo "Differance", que "The subject becomes a speaking subject only by dealing with the system of linguistic diferences; or again, he becomes a signifying subject only by entering in the system of differences." (Derrida 1973, 140)

Entonces, si estamos de acuerdo con este proceso de desintegración del sujeto, está claro que Lyotard acierta cuando conecta el sujeto al objeto en esta desconstrucción. Nos dice: "If we come to question this History of Humanity... then we have not just the loss of the object but the loss of the subject to whom this goal was promised." (Lyotard 1992, 39)

Por lo tanto, se podría decir que no hay ninguna realidad detrás o anteriormente a las experiencias que puedan ser filtradas a través de su inscripción y que la idea tradicional de la relación de coincidencia existente entre la realidad y el lenguaje es una mera ilusión. Puede que exista un mundo exterior a nosotros ateniéndose con precisión milimétrica a las reglas que hemos establecido para él, pero el caso es que lo único que tenemos son versiones de éste.

Por medio de la conexión entre la protagonista y el detective, se constituye una relación lector-texto en la que Elena funcionaría como el texto —la mayoría de las veces disperso y contradictorio— y el detective sería el lector que desesperadamente trata de alcanzar los significados que se esconden tras los significantes que es capaz de percibir.

Así, el proceso de explicar, definir, es decir, descodificar se hace problemático porque todo resulta ser un ejercicio de interpretación en el que no existe una conexión no-mediada entre el significante y el sigificado. Por esta razón, la naturaleza del signo se cuestiona sistemáticamente al entreverse las dificultades insalvables que este modelo conlleva.

Es muy interesante prestar atención al momento en el cual Elena comienza a pedir más subjetividad al investigador:

"...los informes son muy buenos, están muy bien escritos, pero falta la voz de un narrador personal, de un ser humano que opine sobre lo que oye o ve." (Millás 1990, 82)

Como consecuencia de esta petición, se crea una oposición dialéctica entre el estilo cientifista con pretensiones objetivas que el detective trata de defender y legitimar para poder dar una clara relación de los hechos —sustentando así la idea de que el lenguaje es capaz de representar la realidad— y, por otro lado, esta otra posición tan terrenal y subjetiva que le parece tan inestable e insegura y que Elena le propone.

Elena quiere un acercamiento diferente al objeto —que es ella misma— que de esta manera es desnaturalizado, porque "its reconstruction produce it as intelligible, shows at work within the human ability to make sense of the world" (Moriarty 1991, 24).

Lo que se está planteando también aquí es la legitimación de los meta-relatos que justifican este tipo de conocimiento una vez que Lyotard avanza que "Scientific knowledge is a kind of knowledge." (Lyotard 1984, 194) Desde esta perspectiva no es difícil cuestionar el papel del autor y la naturaleza de sus intenciones que estarían contenidas en el texto al mismo tiempo que también se pone en duda la idea del texto como una fuente de un sólo significado teológico proveniente del Autor, Dios o el todopoderoso conocimiento científico. Haraway deja muy claro que "The trascendendent authorization is lost and with it the ontology grounding Western epistemology." (Haraway 1990, 194)

Una vez que comienza la escritura, el autor desaparece porque adquiere un tono performativo —hay algo que decir, no que hacer— por el cual el texto se hace independiente y pertenece entonces sólo al lector. La única manera de generar ficción consiste en eliminar la verdad, y sobre todo, hacer desaparecer la idea de que la ficción es realidad. "No longer to believe in the ‘author’ as a person may be another way to restore the wholeness of the act of enunciation." (Hutcheon 1995, 81)

El detective se ve a sí mismo frente al objeto —Elena, el texto— desprovisto de toda autoridad que no sea la que proviene de su propia lectura de "a multidimensional space in which a variety of writings, none of them original, blend and clash." (Barthes 1988, 170), como nos dice Barthes hablando sobre la entidad del texto.

Su identidad está inextricablemente conectada a este juego de interpretación y de inscripción posterior. Una vez más, él no existe sino en relación con otras identidades y nunca fuera de la lacaniana cadena de significación, que es el lenguaje. No se trata de describir o representar el mundo sino, en palabras de Italo Calvino, "la espesa nube de ficciones que rodea al mundo". (Castro y Montejo 1990, 25)

Atravesando toda la narración, se constituye una extraña relación entre antípodas basada en la idea de simetría que cuestiona el orden establecido de la realidad al sugerir una posibilidad alternativa. La madre de Elena lo explica en uno de sus cuadernos:

"Según mi madre, todos tenemos en nuestras antípodas a un ser que es exacto a nosotros... este ser anda, duerme y sufre al mismo tiempo que una porque es nuestro doble y piensa lo mismo que nosotras pensamos y al mismo tiempo..." (Millás 1990, 60)

De esta manera el texto sugiere la idea de la existencia de fuerzas desconocidas que influyen en las vidas de los personajes sin una explicación lógica —quizá científica—, siempre fuera de su control. En una ocasión, Elena aparece como desorientada, confusa y su reacción es presentada como si no respondiera a su propia intención:

"En realidad, no se trataba de una decisión propia, pues parecía provenir de una voluntad ajena, aunque ligada a la suya por unos lazos invisibles." (Millás, 98)

No sería difícil identificar esta contra-voluntad con el subconsciente, que representa un espacio donde se produce una perturbadora relación con el nivel de la conciencia que da lugar a lo heterogéneo, a lo ilógico e irracional y pone de manifiesto el precio a pagar por producir un sujeto en sociedad, reprimido.

En relación con la novela española contemporánea, algunos críticos han llamado la atención sobre esta indagación psicológica que se detecta en numerosos textos del momento. Esta introspección muestra a unos personajes que se distancian de lo problemática social para concentrarse en sus propios mecanismos mentales. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos que esto conlleva, el resultado son seres aún confusos e informes que nunca logran autodefinirse completamente. Uno de los recursos más utilizados, que se encuentra en La soledad era esto, consiste en volver al pasado con el ánimo de encontrar las herramientas necesarias para reconstruirse.

Hay que poner de relieve, sin embargo, que si en la novelística anterior la indagación en lo interior y lo personal conducía posteriormente a lo social y a lo colectivo, en este nuevo tipo de narrativa el sujeto aparece ampliamente fuera de contexto. En La soledad era esto, aunque existe un margen de crítica social, personalizado fundamentalmente en el personaje del detective frente a Enrique Acosta, la protagonista cuestiona su posición y su entidad en el mundo y no tanto la falsedad o injusticia de los modos sociales. No hay, por tanto, un afán de cambiar el entorno sino más bien un interés por adecuarse a éste en la conciencia de una identidad siempre fluctuante.

Malcom Bowie, en un libro titulado Lacan, nos explica que, según el análisis de este pensador, "the essential day-to-day facts about human beings are these: they say what they mean and what they dont mean simultaneously; whatever they get they always want more, or something different; and at any moment they are consciously aware of only some of what they want" (Minsky 1996, 137)

La simetría, por otro lado, es considerada por la madre de Elena como la materialización de un orden necesario sobre el que construir una cierta armonía. El texto es, en este respecto, muy consciente de que aunque está intentando proponer un orden de las cosas alternativo, muestra, por otro lado, que es tan sólo un mecanismo ilusorio que ayuda a los personajes —a Elena y a su madre, en concreto— a desenvolverse en su mundo pero siempre bajo una especie de asumido auto-engaño.

El tema de la dimensión simétrica y de la importancia de la correspondencia exacta de dos términos aparece ya en Millás en un cuento publicado en 1985 que titula precisamente así, "Simetría" (Millás 1985, 27). En la novela que estamos estudiando este aspecto se presenta, como hemos visto, de diversas maneras. Una de las cuales es la sugerencia de que Elena descubre pero al mismo tiempo transgrede ese orden con un gesto muy sencillo y de alguna forma enigmático; no depilándose una pierna, un proceso en el que fue detenida en la primera página al enterarse de la muerte de su madre, con la cual terminará estableciendo, por el contrario, esta extraña relación.

"[Mirando al cadáver de su madre] Uno de los ojos permanecía ligeramente abierto produciendo en el rostro un efecto asimétrico que a Elena le recordó que no se había depilado la pierna izquierda. ¿Era simétrica la realidad o la simetría era un ideal provocado por la inteligencia del hombre? ... ¿Dónde está la mitad de mi vida?" (Millás 1990, 17)

La madre de Elena, cuando está a punto ir al hospital, donde posteriormente moriría, confunde a Elena con su antípoda:

"Cuando [mi madre] dice que su antípoda la fue a visitar el día anterior a salir de casa, en dirección al hospital, se refiere a mí... En realidad, me estaba confundiendo con su antípoda, lo que por un lado resulta halagador y, por otro, terrible." (Millás, 157)

Así, queda patente que aunque esta estrategia funciona para la madre de Elena —puesto que cree en ella—, el texto demuestra que intentar establecer una estructura fija con pretensiones de producir una explicación totalizadora y simplista del mundo puede ser util e incluso necesario pero siempre será parcial, fragil y engañoso.

Este tipo de búsqueda utilizando canales periféricos y no convencionales tiene mucho que ver con esta necesidad de reinterpretar el mundo por otros medios, pues los tradicionales ya no producen significados o explicaciones lo suficientemente satisfactorias.

El mismo Millás apunta que "vivimos en un mundo incestuoso... en el sentido que se están transgrediendo cimientos culturales absolutamente básicos y arraigados... los periódicos, la televisión, las novelas ya no explican la realidad- no hay ningún intermediario simbólico de la realidad realmente satisfactorio... Esta búsqueda del personaje de lo periférico tiene que ver con la necesidad de reinterpretar el mundo, pero a través de intrumentos novedosos para él porque los convecionales no le sirven... se han quedado caducos."

Linda Hutcheon profundiza en este tema al explicar que "another form of this same move off-center is to be found in the contesting of centralization of culture through the valuing of the local and peripheral." (Hutcheon 1988, 61)

Por lo tanto, como podemos ver, las narrativas postmodernas, re-usan los temas que quieren cuestionar con una inevitable sombra de ironía, provocando al lector para que sea capaz de ver los conceptos en su proceso de funcionamiento, constantemente reconstruyéndose con la necesidad de legitimarse.

La soledad era esto desnaturaliza de maneras muy diversas nociones como las de identidad y objetividad, así como la de la posibilidad de una interpretación transparente —no-mediada— de un texto o la del papel del autor y sus intenciones tras el escrito. Cuando la madre de Elena explica en su diario:

"Para acabar señalaré que tengo sesenta y ocho años, aunque no estoy segura de haber sido siempre la misma durante todo el tiempo." (Millás 1990, 157)

se está subrayando el hecho de que la identidad, una vez más, no es un objeto sino un proceso que nunca alcanza una total inteligibilidad.

Por esto, Elena busca esos puntos de referencia a los que aferrarse, como hacen los demás:

"Mi marido y el resto de la gente que conozco dependen de una serie de cosas... que certifican permanentemente quiénes son. ¿Qué tengo yo que certifique lo que he sido, lo que ahora soy, si soy algo?" (Millás, 127)

El texto se niega constantemente a permanecer pasivo. Elena pide más a su lector, el detective. No está satisfecha con una ordenada lista de hechos, no quiere que nada se dé por sentado. La realidad, así como la identidad, es un constructo y lo único que tenemos son perspectivas, un heterogéneo campo de puntos de vista:

"[Elena, al detective] ...no describa más de lo necesario, interprete lo que es importante." (Millás, 84)

El ideal de un lenguaje mimético y referencial es rechazado y es precisamente en ese espacio donde podemos encontrar al lector —el intérprete— en el que los límites que se derivaban de la lógica del autor como el origen, el pasado o el sujeto de un texto son definitivamente superados. Barthes nos explica que "once the Author is removed, the claim to decipher a text becomes quite futile. To give a text an Author is to impose a limit on that text, to furnish it with a final signified, to close the writing." (Barthes 1988, 171)

Al final, Elena alquila un apartamento para vivir por su cuenta. Está absolutamente decidida a escoger sus propios puntos de referencia, los términos de los que quiere diferenciarse. En algún momento del proceso en el que se encuentra imbuída se constituirá una especie de identidad limitada y polícroma.

Pero eso es algo que nosotros, como lectores postmodernos, tenemos que aceptar: que no es posible conocer... Como en muchos textos postmodernos, existe una resistencia a cerrarse. Y, así, la estructura lineal de principio-final de la novela tradicional es, una vez más, cuestionada con un fin que no termina, incierto y la mayoría de las veces enigmático.

Elena ve una luz brillante atravesando su ventana y escribe en su diario, que no es otra cosa que su voz hecha de lenguaje:

"En medio de esa luz, muy pronto, irá corporeizándose una forma oscura y bella como la del diablo, pero apacible y dulce como la de la divinidad" (Millás 1990, 181)

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David Ruz Velasco Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero11/millas.html CopyLeft
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