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El talento solitario de Pedro Antonio de Alarcón - Desconstrucción del Alarcón recibido

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Monografía creado por
23 de Agosto de 2006
Historia de la literatura

El silencio de la crítica sobre el aludido desprecio no puede ser casual. A apenas algo más de cien años de su muerte, la moral burguesa, ésa que está más acá de las ideologías declamadas, todavía no le ha perdonado a Alarcón su empecinamiento: haber intentado hacer públicos y combatir sin medias tintas los estragos causados por la necedad ilustrada. En verdad, a ese silencio también contribuyó una confusión alarconiana: combatir un síntoma como si fuese la causa de la enfermedad. De ahí que su defensa de lo tradicional fuese tan vacua. Cuanto más se indaga en las presuposiciones subyacentes del discurso conservador alarconiano, más evidente se hace que el hombre Alarcón no supo llegar al nervio de los problemas que encallaban petrificándose en la Europa de su tiempo. Comparado con otros escritores y pensadores, su defensa de lo tradicional resulta superficial, machacona y hasta pueril por momentos: no podía ser de otra forma; estaba toda hecha de clichés y no solamente de clichés conservadores.

Parte de un parlamento del Padre Manrique, en El escándalo (Libro III, 5, págs. 506-7) ilustra el punto convenientemente:

"Para mí, en el alma del hombre hay muchas facultades que valen, y pueden, y saben, y profundizan más que la razón pura. Refiérome a esas misteriosas potencias reveladoras que se llaman conciencia, sentimiento, inspiración, instinto...; a esos ensueños, a esas melancolías, a esas intuiciones, que son para mí como nostalgias del cielo, como presentimientos de la otra vida, como querencias del alma enamorada de su Dios".

Aún si Alarcón hubiera copiado literalmente esta suerte de defensa de la religión, nada hace comprender su apoyo silencioso de la misma. En rigor, nada más absurdo que querer combatir al racionalismo con el irracionalismo y un empirismo de pacotilla. Tanto el velado ataque a Kant (o a lo que Alarcón sabía de Kant) como el poner en boca de un jesuíta las vaguedades de lo emocional para explicar los espacios virtuales de la vida espiritual muestran la insignificancia del supuesto ataque.

En el fondo, la batería argumental alarconiana no parece ser sino el expediente más rápido que el Alarcón-periodista halló para saltar sin dilación a la arena y trenzarse en la polémica. Si hubiera podido percibir el futuro, éste le habría hecho ver su error. O tal vez no; tal vez Alarcón percibió su error y eso es lo que justificaría el ostracismo que, como narrador, se autoimpuso en sus últimos años. De todas maneras, en lo que toca a su obra, ese apresuramiento habría de valerle una reputación tal que habría de enterrar su producción injustamente. Es como si Alarcón no hubiera querido darse cuenta del cinismo constitutivo de las posturas conservadoras; percepción que, sin lugar a dudas, llevó a Galdós a concebir un texto como Doña Perfecta (17).

Lo mismo puede decirse de su conservadurismo. Recordando la salvedad hecha en la página 11, se verá que este rasgo de las voces narrativas alarconianas tiene más que ver con la toma de conciencia de lo raigal de la propia base emotiva del sujeto Alarcón que con la ideología política deliberadamente sostenida por el mismo individuo. En efecto, el conservadurismo de Alarcón parece ser el resultado de una alquimia algo enrarecida del pensamiento. Este rasgo ha sido infrecuentemente notado por la posteridad. En efecto, es interesante notar que, en el caso de sus juicios más extremos, la crítica ha arriesgado afirmaciones sobre el hombre y el escritor que ningún contemporáneo de Alarcón habría suscripto. De todas maneras, en lo que a esto respecta, el trabajo de Pérez Gutiérrez (1975) y el de Filomena Liberatori (52-53) resultan ser los más ecuánimes. Las tesis combinadas de ambos, con algunas modificaciones, pueden sintetizarse de la siguiente manera: el hombre Alarcón, inmerso en su circunstancia, va de la obediencia filial de la primera juventud a la actitud revolucionaria, de la revolución va a la fama y de ésta vuelve a un cauce anímico subyacente. Lo que sobra en ese derrotero es el empeñoso empecinamiento del polemista por expresarse a sí mismo abusando de los clichés reaccionarios que intentaban desacreditar la vida parisina del momento (18). En el fondo, la sagacidad del crítico, en el caso de Pérez Gutiérrez (101), consiste en haber ponderado con acierto una sencilla afirmación de Valera sobre Alarcón: "libreconservador, creyente y hasta piadoso".

Así pues, uniendo este juicio con la reactividad apuntada por Baquero Goyanes (cfr. nota 4), se entenderá que la aparente vuelta a atrás de la trayectoría ideológica del hombre Alarcón es en realidad el movimiento circular de una disposición interna que se autodescubre a sus anchas en la cosmovisión que le fue transmitida desde la cuna. Más aún, se recordará que, en los últimos decenios del siglo pasado y los primeros del presente, las conversiones espectaculares estuvieron al orden del día. Una descripción fenomenológica del concepto de revolución ganaría en mucho si se analizara esa línea sutil de pensamiento que va del cardenal Newman a Thomas Merton y Garaudy. De todas maneras, lo de Alarcón no fue una conversión; mejor dicho, fue como el despertar de su ensueño de revolucionario que no coincidía con la líneas de base de su interioridad. Comparada con conversiones en el estricto sentido de la palabra, la exterioridad del caso Alarcón es más que evidente. Alarcón nació y murió católico puesto que era un alma naturaliter christiana, a pesar de todos los altibajos de su ambición y fantasías (Pérez Gutiérrez 99 y 123). Una vez superados los peligros generados por la combustión interna de la línea ideológica elegida en la juventud, Alarcón vuelve a la fuente proveedora de cordura.

De allí que nada impida el uso del vocablo conservadurismo para el caso Alarcón, mientras que mediante su uso sólo se quiera decir "reacomodamiento psicológico en lo que se siente como propio", cosa muy distinta de la retórica pomposa y machacona con la que el mismo escritor intentó expresar su propio derrotero interior y mediante la cual pretendió ridiculizar la cristalización de las ideologías que pululaban en sus días. Las dedicatorias que encabezan sus obras, la farragosa Historia de mis libros (sobre la cual el análisis de Montesinos ha echado mucha luz) y muchas de las observaciones "históricas" gratuitas hechas por los distintos narradores (desde El sombrero hasta La pródiga), son los ejemplos más puros del conservadurismo acartonado de Alarcón. Todas estas manifestaciones son demasiado conocidas; de ahí que, por mor de la brevedad, aquí se omitan las referencias.

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Ricardo R. Laudato Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero10/alarconc.html CopyLeft
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