Como sucede con cualquier creador, Alarcón es un personaje a reconstruir puesto que, a la larga, para el lector actual, su apellido no es sino una entrada más en los diccionarios y manuales de literatura española. Ahora bien, esta reconstrucción global puede guiarse, al menos, según tres pautas de distinto origen epistemológico.
El primero es de índole histórica. La teoría historiográfica, desde fines del ochocientos hasta hoy, Benedetto Croce mediante, ha dado con un principio metodológico que aquí será formulado según el interés primordial de este trabajo: las noticias conservadas sobre las aventuras y desventuras del señor Pedro Antonio de Alarcón, quien vivió y murió en la España del siglo pasado, no se vuelven historia sino por las necesidades del presente. Si se persigue esta línea de pensamiento, se verá que, mediante el análisis de la obra alarconiana, deben ponerse en práctica al menos dos líneas de argumentación: 1. evitar la proyección de los hábitos mentales del presente en una obra del siglo pasado; 2. descubrir algunos hábitos mentales del pasado mediante el uso de una suerte de vía negativa que, a manera de negativo fotográfico, resalte lo que el presente ha perdido por desvalorización.
Ahora bien, el reflejo contemporáneo no implica, en modo alguno, hacer historia hacia atrás, según la feliz expresión de un escritor británico. Sencillamente, debe evitarse interpretar los testimonios del pasado con las categorías presuposicionales de lo contemporáneo. Desafortunadamente, esto es justamente lo que suele hacerse con el corpus en cuestión: valorarlo según ciertos parámetros relativamente aceptables para los lectores especializados de la posteridad. En efecto, juzgar inadmisible el que Alarcón no haya sido un narrador realista o naturalista resulta tan absurdo como imputarle el no haber inventado el realismo mágico. Nada hay de paradójico en una aseveración tal. Realismo y naturalismo fueron formas distorsionadas de hacer narrativa para Alarcón; una cierta pudibundez de la crítica ante lo que parece raro desde el presente no cambia en nada la realidad de ciertos vectores de lo epocal: por eso se requiere una actitud más ecuánime. Se impone, pues, brindar tanta consideración al horizonte enciclopédico con el que el autor mismo se identificó como a las ideas que dieron forma al trabajo intelectual de su época, puesto que ambos oficiaron de horizonte presuposicional para la composición de la obra en cuestión. En el fondo, el análisis no puede descuidar aquello que había advertido Levin Schücking hace ya más de 60 años en un librito aún vigente:
"Los manuales de historia de la literatura apenas si se preguntan por qué, para citar unos cuantos ejemplos, Schiller contaba todavía a un hombre como Fielding entre los más grandes clásicos; por qué los poemas narrativos de Byron se vendían por millares el día mismo de su publicación, cuando hoy ya no hay quien los lea, y por qué en la Alemania de Goethe un rizo de Jean Paul era para muchísimos la más preciada reliquia"(1).
De esta manera, la figura reconstruida resultará naturalmente de un tenor más balanceado.
En segundo lugar, no puede olvidarse la óptica ontológica (2), ya que la narrativa es un acto lingüístico. Las corrientes metodológicas pospositivistas han acertado en que las teorías construidas por cualquier disciplina no son más que la postulación de un modelo explicativo, deducido a partir de los rasgos del objeto en cuestión que estén al alcance del observador, quien, a su vez influye en la creación del objeto analizado. Desde este respecto, y usando cierta jerga cibernética, Pedro de Alarcón no sería más que una caja negra (idea que tal vez no habría disgustado al creador de las Narraciones inverosímiles). Pues bien, en el quehacer literario, reconstruir la caja negra supone desmantelar las presuposiciones tanto filosóficas como lingüísticas de los textos a examinar. Toda la serie de variables pragmáticas del discurso contribuye a la postulación de un narrador uniforme (y, por consiguiente, artificial) que actúa como constructo explicativo de ese conjunto de signos idiosincráticamente estructurados al que el presente denomina la obra de Pedro Antonio de Alarcón.