1El gusto literario, pág. 13.
2
Puede que la mención de lo "ontológico" aliente el rubor o el desvanecimiento de un cierto grupo de lectores; no era éste, empero, el objetivo de la afirmación. Muy por el contrario, el autor de estas líneas está convencido de la necesidad de una hermenéutica que vaya más allá de lo ontológico (que quizás supere también lo óntico). Lamentablemente, los únicos intentos serios de conseguir un objetivo semejante son los modelos que parten de un "análisis de lo imperceptible" (piedra de toque de la semántica). En la medida en que no se aplique el pensamiento a la dilucidación de las categorías que hacen a la posibilidad (al mundo de lo posible), parece más saludable afincarse en los andariveles de lo conocido. De este modo, se trata solo de evitar la exhibición poco púdica de las emociones que puede producir una nueva invención del paraguas.
3
En una civilización premoderna, narrar, como cualquier otra técnica, requiere de un
uso recto de la imaginación. La noción de
uso imaginativo recto se ha venido diluyendo en la Europa del oeste y su desaparición hizo surgir la necesidad de una
república de las letras para substituir la más o menos encubierta fosilización de la
Latinidad. En contra de esa tendencia evidente, que impacta aún la superficie del transcurrir histórico del siglo XX, varios autores contemporáneos han notado lo imprescindible de la cuestión. Las reflexiones de pensadoras como Simone Weil o de narradoras como Flannery O'Connor y estudios como los de Elémire Zolla o J.R.R. Tolkien ayudan a postular cuál pudo haber sido la preocupación tácita de un escritor como Alarcón. Para una breve descripción de la
república de las letras y de sus desarrollos ulteriores, cfr. el trabajo de Fernando Lázaro Carreter,
Las ideas lingüísticas en España durante el siglo XVIII. Barcelona: Crítica, 1985, especialmente el capítulo III. Para consultar un panorama abarcador de los múltiples aspectos de las cuestiones que hacen a las diferencias entre lo hermenéutico del presente y del pasado, puede consultarse la colección de ensayos de Owen Barfield,
The Rediscovery of Meaning and Other Essays. Middletown (Connecticut): Wesleyan University Press, 1977.
4
Aquí se denomina conciencia narratológica a la variable pragmática del discurso narrativo de ficción, originada por la reflexión del creador sobre los materiales que ha elegido para su obra. Por así decirlo, dicha conciencia narratológica vendría detrás de la variable llamada yo narrativo o autor implícito (o ficcionalizado).
5
Pessoa, Fernando. 1988. "Arte e Moral". Moral, Regras de vida, condições de iniciação. Textos estabelecidos e comentados por Pedro Teixeira da Mota, Lisboa, Edicões Manuel Lencastre 67.
6
Pérez Gutiérrez, por su parte, fue un paso más allá luego de servirse de esta intuición de Baquero Goyanes (1956): "Alarcón era básicamente un reactivo" (97-103 y nota 29, pág. 111) y sugirió que la reactividad habría sido el terreno en barbecho, propicio para el desarrollo de las ideas reaccionarias del guadijeño. Aún llevando las cosas al extremo, podría señalarse dicha impresionabilidad como la protomotivación de lo que Germán Gullón denomina imaginación hiperbólica para El escándalo (1983: 43-47) así como de lo que Pérez Gutiérrez (1975: 128) llama el byronismo de Julia, la protagonista de La Pródiga.
7
Dato curioso: todos los autores aquí mencionados, junto con Alarcón, son andaluces. En el mismo grupo, por lo demás, debería incluirse a los Álvarez Quintero vistos desde la fina perspectiva de poetas como Darío o Cernuda.
8
Para facilitar al lector, mediante un contraste, la intuición de lo que que aquí se denomina "ingenuidad", puede consultarse el ensayo de George Steiner "Eros and Idiom", incluido en su On Difficulty (and Other Essays). New York: Oxford University Press, 1975 (95-136).
9
No se ha dado importancia a la relación entre Rossini y Alarcón, a pesar del análisis de las distintas versiones que Montesinos hizo de El clavo (1977: 97). Dicho análisis, muestra que, en una de las versiones de El clavo, el encuentro de los protagonistas se produce debido a la pérdida y hallazgo del libreto de La cenerentola.
10
Se alude aquí a dos ensayos: Marchianò, Grazia. "Le peripezie di Pinocchio lette in chiave tantrica". La cognizione estetica tra Oriente e Occidente. Milano: Edizioni Angelo Guerrini, 1987 (35-48); Zolla, Elémire. "Carlo Collodi". Uscite dal mondo. 3º ed. Milano: Adelphi, 1992 (433-441).
11
Desde una realidad psicológica distinta, Goethe parece haber enfrentado, aunque de muy joven, una situación similar. La respuesta del alemán, al contrario de la de Alarcón, siguió un derrotero mucho más tradicional, dedicándose al estudio de la ciencia de las formas de la naturaleza. Una sutil exposición sobre la cuestión goetheana está en Zolla (1964: 83-88). Desde el punto de vista de las fuentes, los textos sobre este asunto van desde el De divina proportione de Luca Paccioli hasta Le nombre d'or del rumano Matila C. Ghyka (1931), con prólogo de Paul Valéry.
12
Sobre la adopción del estilo de Karr por parte de Alarcón puede consultarse tanto a Montesinos (1977: 41-53) como a Gullón (1983: 45), especialmente nota 9 a pie de página).
13
Un panorama rápido sobre la influencia de las sociedades secretas en la España contemporánea de Alarcón puede hallarse en el trabajito de Manuel Fernández Álvaez: Las sociedades secretas y los orígenes de la España contemporánea, Madrid, Publicaciones Españolas, 1961.
14
El Syllabus es de 1864 y el Dogma de la infalibilidad es de 1874, como bien lo señala Liberatori. Cualquier sensibilidad histórica se preguntará qué clase de conservadurismo llevó al mismo Vaticano a reaccionar de modo tan peligrosamente rígido, sentando así las bases para los posteriores problemas acerca de la dogmática, la liturgia y la ortodoxia posconciliares en el presente siglo.
15
Seguimos aquí la distinción hecha por Brigitte Leguen (70) entre actantes y personajes. En pocas palabras, la mencionada autora llama personaje al constructo psicológico que un autor se propone retratar y llama actante a las fuerzas narratológicas que ayudan tanto a dar cuerpo al decorado como a acelerar o dar un rumbo distinto a la acción principal.
16
Ciertamente Guillermo puede ser considerado un tipo de necio sin que esta caracterización agote sus posibilidades de protagonista. De hecho, si quiere seguirse la división tripartita del héreo romántico propuesta por Joaquín Mª Aguirre (Espéculo nº 3), Guillermo también puede ser considerado como un ejemplar de héroe libertino o de héroe realista, según se enfaticen las líneas de fuga que hacen a su contextura psicológica.
17
Como es natural, el guadijeño no fue ni es el único autor que se propuso desbancar a los necios ilustrados antes y después de su tiempo. El Unamuno polémico no habría despertado tanta animosidad si en sus ensayos, narrativa o poemas no se sintiera el peso constante de lo que él mismo expesó sin subterfugios en aquel texto titulado: "La feliz ignorancia". Unamuno, en todo caso, no hizo sino justicia a sus propias lecturas: Lo zibaldone y las Operette morali de Giacomo Leopardi, y los románticamente complicados aforismos de Nietszche. Otros escritores a quienes cabría recordar pueden ser: Darío con Los raros (1896), Léon Bloy con Belluaires et porchers, cuyo prólogo es de 1883 aunque la primera edición es de 1905, y quizás también Mark Twain con su Huckleberry Finn (y su idea de la conspiración universal de la mentira de la afirmación silenciosa, tal como lo señala Joaquín Mª Aguirre Romero en su "Mark Twain y las mentiras" incluido en Espéculo 1 [http://www.ucm.es/info/especulo/numero 1/twain.htm]). En cierta medida, también podrían incluirse figuras como el norteamericano H. L. Mencken y el austríaco Karl Kraus (según el retrato que pintó Walter Benjamin, incluido en sus Reflections. Essays, aphorisms, autobiographical writings. New York: Harcourt, Brace & Jovanovich, 1978, pp. 239-273). Este último reviste un interés particular dado que consideraba a Nietszche como uno de los destructores del estilo de la segunda mitad del siglo pasado y el fomentador del "ensayo". Otros dos casos destacables, por contrarios, es el caso de Gustave Flaubert, también tratado por Joaquín Mª Aguirre Romero (y del que se hablará más adelante) y el atronadoramente polémico caso de Giovanni Papini.
Papini merece un comentario aparte ya que, sin dudas, es quizá el miembro más representativo de este grupo de escritores, al que el hombre Alarcón se aproxima solo pálidamente. Textos como la "Preghiera per l'imbecille", incluido en Maschilità (1915), y el póstumo Rapporto sugli uomini dan una idea exacta de cuán lejos estaba Alarcón de penetrar y enfrentar con profundidad una cuestión todavía irresuelta para el orbe occidental. Amigo de Papini y agudo polemista también fue Domenico Giuliotti con sus L'ora di Barabba (4º ed. 1925), Tizzi e fiamme (1932). Fruto de esta amistad y colaboración es el Dizionario dell'omo salvatico (1923), del cual sólo llegó a publicarse un tomo.
La fiereza en la polémica, la penetración de los argumentos, la sacudida de las presuposiciones más básicas de la mentalidad burguesa en todos los autores aquí elencados dan una idea precisa del puesto de Alarcón en cuanto a la cuestión del desprecio por la necedad ilustrada. No es ésta la ocasión de explicar cómo y con qué riqueza de matices un movimiento semejante se expandió por Europa y América. Sin embargo, cabe hacer una simple mención de un caso más reciente dentro del ámbito de la América hispana: el de Héctor A. Murena, poeta, novelista y ensayista argentino quien, antes de morir, publicó su descarnada tetralogía sobre la ideología moderna denominada El sueño de la razón.
18
Para comparar diferente perspectivas sobre el asunto, puede leerse el interesantísimo artículo de Rubén Darío, "Éste era un rey de bohemia..." incluído en el segundo tomo de sus Obras completas, pp. 131-135.
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Si se parte de la caracterización de simbolismo de Eduardo Cirlot: "Sea como fuere, el simbolismo se organiza en una vasta función explicativa y creadora como un sistema de relaciones muy complejas, pero en las cuales el factor dominante es siempre de carácter polar, ligando los mundos físico y metafísico" ["Origen y continuidad del símbolo" en la introducción a su Diccionario de símbolos (pág. 21)], los espacios ideográficos pueden caracterizarse como los tropos que, a modo de protoformas, contienen in nuce la expansión de la "idea narrativa"que más tarde se le ofrecerá al lector en forma del relato. Dado que la denotación lingüística no parece depender del mundo exterior y de la experiencia sensorial, el uso de estos espacios intenta cumplir con aquel precepto de Pablo de Tarso (Rom 1, 20): per visibilia ad invisibilia.
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Esta afirmación no puede conducir a ningún sofocamiento. Como se recordará fue Vicente Gaos quien tuvo el inusual coraje de comparar la poética de Campoamor con la de T.S. Eliot. La brecha abierta por Gaos puede resultar muy fructífera si la crítica continúa liberándose de los prejuicios habituales para la interpretación de la literatura en castellano. Cuando se dice "continúa", se piensa fundamentalmente en la nueva tendencia interpretativa desarrollada para la lectura de las obras modernistas visible ya en los trabajos de Ricardo Gullón, Graciela Maturo, Héctor E. Ciocchini o Enrique Marini-Palmieri, aunque con un grado de precisión aún mayor en el manejo de ciertos conceptos como el de esoterismo, por ejemplo.
21
Antes de entrar en tema, conviene repetir que se da por sentada la distinción hecha por Leguen (cfr. nota 15) entre personajes y actantes.
22
Con el vocablo "excepcional" se apunta aquí a realidades psicológicas como la del shamanismo en nada ajena a la filosofía árabe o al amor cortés cristiano.
23
En rigor, aquí no se postula nada nuevo. Gracias a trabajos como los de André Varagnac, Marcel Jousse, Eileen Power o Julio Caro Baroja, se sabe que, hasta hace muy poco, el campesinado europeo poseía una cultura totalmente ajena a la que presentan los manuales escolares, diseñados según las pautas de una ideología panracionalista.
24
"Noticia autobiográfica de Don Juan Valera". BRAE (1914) I, cuaderno II 130.
25
En este punto conviene sugerir la lectura del capítulo IV (págs. 49 a 61) del libro de Schücking sobre la acogida del naturalismo en Alemania para tener un punto de referencia distinto al juzgar el caso de Alarcón.
26 Quizá el mejor ejemplo del torpe empecinamiento de la intelectualidad contemporánea en este tipo de cuestiones es aquel ensayo de Borges en donde se contraponían las opiniones de Croce y Chesterton sobre el problema. Borges, confesando su incapacidad para compenetrarse en el argumento chestertoniano, se decidía a concordar con Croce. Éste es el tipo de obstáculo epistemológico que trata de evitarse en el presente trabajo.
27 A modo de ilustración, cuadra refrescar aquí aquella advertencia de Rodríguez Moñino sobre la rozagante persistencia de la literatura caballeresca en la actualidad a pesar de lo que digan los libros de texto (Construcción crítica y realidad histórica en la poesía española de los siglos XVI y XVII). Ahora bien, vista desde lo que aquí se ha dado en llamar la economía de los mundos interiores, no puede sorprender la inclusión del ensayo en este planteo. Valga hacer hincapié en un aspecto quizá poco advertido acerca de los cambios metodológicos evidentes en la confección de manuales de historia de la literatura española: la desaparición de autores cuyas obras, hasta el siglo pasado, se clasificaban como tratados. Obras como las de Antonio de Guevara nos resultan inclasificables hoy (y, por lo mismo, en buena medida, incomprensibles). ¿Son ensayos? No hay toma de decisión posible al respecto dado lo escurridizo de la categoría. En un orden de cosas aparentemente distinto y desde una perspectiva retórica o semiótica, ¿no sucede algo similar cuando se trata de definir el término "novela"? El Quijote, según los entendidos, sería la primera novela moderna, a pesar del desacuerdo del autor quien llamó a la obra historia (que lo mismo valdría decir narración) y a pesar del filosísimo prólogo que esconde una sutilísima caracterización de lo que hoy se denomina trabajo intelectual. El nudo de la cuestión probablemente radique en el evidente conflicto intelectual que fue la modernidad europea (tema para el que no hay lugar en estas páginas).
El tema del ensayo viene a cuento porque Alarcón, en el fondo, como narrador, no buscaba apartarse de la literatura didáctica; y el ensayo, en principio, parece ser una de las especies que conforman el género. Este aspecto del ensayo lo ha señalado con claridad José Luis Gómez-Martínez en su Teoría del ensayo (Salamanca, 1981/México: U.N.A.M, 1992). Partiendo de la figura y obra de Montaigne (para destacar la actualidad de sus perspectivas sobre el ensayo), el profesor Gómez-Martínez discute, naturalmente, la posición de la óptica deconstruccionista sobre la codificación del texto para luego elencar y explicar los aspectos constitutivos de la psicología creadora del ensayista. A pesar de que el estudio no se ocupa de la cuestión sobre el porqué de la aparición del ensayo (en el fondo, sobre el porqué del cambio en los genera dicendi y las formas retóricas consagradas en una supercivilización, la Latinidad ), no se puede sino estar plenamente de acuerdo con las conclusiones del autor. Ahora bien, aun desde el presente, cualquier lector puede notar que, a pesar de la separación entre ensayo y tratado, la sombra de este último oficia de horizonte epistemológico para el discurso de caracterización del primero [cfr. especialmente el capítulo 7 y el apartado El ensayo y el tratado (págs. 116-117)]. ¿Cómo no habría de serlo cuando la cuestión se le planteó a Descartes al verse forzado a explicar la elección del título de su famoso opúsculo? He aquí las palabras de Descartes: "(...) car ie ne mets pas Traité de la Methode, mais Discours de la Methode, pour monstrer que ie n'ay pas dessein de l'enseigner, mais seulement d'en parler" [citado por Leo Spitzer en el estudio "Lingüística e historia literaria" (nota 17, pp. 56-57), capítulo de un libro homónimo (en la traducción española) muy conocido del filólogo austríaco.
28 No sabemos qué incidencia haya tenido esta obra en el mundo de habla hispana y, sospechamos, que habrá sido relativamente leve en Italia. Por otra parte, probablemente y a juzgar por su obra más reciente, Zolla no habría escrito este estudio de la manera en que lo hizo en 1964. ¿Por qué citarlo, entonces? Porque es un buen ejemplo de cómo, al cambiar de categorías epistemológicas (en forma estructural y compacta), el delineado del devenir histórico y las valoraciones sobre los mojones enciclopédicos dados como seguros se hacen trizas sin remedio.
29 Castellán, Ángel. Tiempo e historiografía. Buenos Aires: Biblos, 1984.
30 El trabajo del profesor Aguirre Romero sobre Flaubert y la respuesta de este último a la necedad a secas, le mot juste, sin proponérselo, muestra, hasta en los trazos más sutiles, las diferencias de actitud entre ambos narradores. Paradójicamente, la continuación lógica de este estudio de Aguirre Romero fue escrita por el escritor argentino Héctor A. Murena hace más de 30 años y fue publicada en el diario La Nación (Buenos Aires, 24/5/63) con el título "Le mot juste" (incluido más tarde en el tomo La cárcel de la mente. Buenos Aires: Emecé, 1971). En él Murena saca las consecuencias del descubrimiento de Flaubert y las conecta con las posiciones vanguardistas así como también con el concepto de plusvalía del marxismo.
31 El vocablo alemán Märchen puede traducirse por mito en forma de cuento popular. En cuanto a la definición del vocablo mito, se utilizará aquí la primera acepción de entre las brindadas por un estudioso de las religiones en carta personal: "Símbolo tradicional de forma épica (narrativa), más propiamente cuando es conscientemente vivido y utilizado como orientador de conducta"
32 No está de más recordar aquí las reflexiones de Pedro Salinas sobre el cambio en la noción de héroe literario desde la antigüedad greco-latina hasta el presente, expuestas en su ensayo "El héroe literario y la novela picaresca española: semántica e historia literaria", en Ensayos de literatura hispánica. Del "Cantar de Mío Cid" a García Lorca. Madrid: Aguilar, 1958 (58-73) y las de Joaquín Mª Aguirre sobre el héroe de la novela del siglo pasado, expuestas en "Héroe y sociedad. El tema del individuo superior en la literatura decimonónica." citado en la bibliografía.