El tambor. Ritmo mágico del universo - SIMBOLISMO DEL TAMBOR
30 de Marzo de 2005
Astrología y ciencias ocultas, Magia
El simbolismo del tambor es bastante amplio, y en realidad habría que tener en cuenta de qué materiales está hecho, su forma, su ritmo, su timbre, etc.
Quizá uno de sus significados más destacables sea como símbolo del Sonido Primordial. Recordemos que en la mayoría de los textos religiosos aparece la Divinidad Creadora realizando su obra a través de ese «Sonido Primordial» o «Verbo» dando origen a todo lo manifestado. El tambor aparece asociado a los Dioses creadores, como en la India, donde es uno de los atributos de Shiva Nataraja (Danzante Cósmico), que por medio de su danza mantiene el ritmo infinito del Universo. El tambor de Shiva tiene forma de reloj de arena (damaru); el punto común de los dos conos opuestos es el germen de la manifestación, a partir del cual se despliegan y desarrollan los ritmos cíclicos.
También lo es del mismo Brahma en su contraparte femenina, Sarasvati (el Mridanga hindú, del que legendariamente se dice que fue inventado por el propio Brahma). O de la Dakini búdica, donde el ritmo está ligado a la expansión del Dharma, a propósito del cual el Buddha evoca el tambor de inmortalidad.
Algo que todavía nos recuerda esta asociación tambor-creación, aunque de forma inconsciente, es que en algunos países se marcan aún hoy en día las horas civiles y religiosas con un tambor y no con una campana.
También aparece asociado con los dioses de la Tormenta, y así, en China, el dios del Trueno lleva un cinturón del que cuelgan tambores, y en su mano un mazo para hacerlos sonar en las tormentas. Para los mayas el tambor es la representación simbólica del trueno, que tiene poder de muerte y de fecundidad. Pero en la China antigua está asociado al recorrido aparente del Sol y, lo que viene a ser lo mismo, al solsticio de invierno: el solsticio es el origen de esta carrera en su fase ascendente, el comienzo del crecimiento del yang. Por esta razón el redoble de tambor acompaña al trueno y está asociado al agua –elemento del norte y del solsticio invernal–, al odre celeste, al rayo, a la forja y al búho; estos últimos símbolos están ligados al solsticio de verano y por lo tanto al punto de máximo dominio del yang.
Obviamente el uso del tambor de guerra está también asociado con el rayo y el trueno en sus aspectos destructores. El atabal (tambor de guerra) es el símbolo del arma psicológica que deshace desde el interior toda resistencia del enemigo; se considera sede de una fuerza sagrada. 600 tambores instalados de dos en dos sobre 300 camellos y golpeados simultáneamente precedían al ejército musulmán que en el siglo XIII tomó por asalto San Juan de Acre.
El tambor no solamente toca la alarma y la ofensiva, sino que es también la propia voz de las potencias protectoras. Y está ligado asimismo a los dioses de la Guerra, como es el caso de Indra en la India o Ares y Marte en las tradiciones griegas y romanas.
Al ser un atributo de la divinidad se asocia también con la realeza. Para los watusi de Ruanda los tambores acompañan al rey en toda ceremonia; a veces él mismo forma parte del conjunto de percusión.
Para los indios norteamericanos el tambor está cargado de misticismo y relacionado también con la creación. Alce Negro dice: «La forma redonda del tambor representa al Universo y su toque regular y fuerte es el pulso, el corazón que late en su centro. Es como la voz del Gran Espíritu, y este sonido nos pone en movimiento y nos ayuda a comprender el misterio y el poder de todas las cosas». Se confería un grado superior de eficacia al tambor pintando motivos mágicos relacionados con los más fuertes ruidos naturales: pezuñas de bisonte para recordar el resonar sordo de las galopadas y el zigzag de relámpagos para materializar el estrépito del trueno.
Como dijimos antes, para realizar el viaje místico al «Centro del Mundo», a la residencia del Árbol Cósmico y del Señor Universal, el chamán se sirve de su tambor. Con una de las ramas de este árbol fabrica la caja, por lo que al tañerlo es proyectado mágicamente cerca del Árbol Cósmico y al «Centro del Mundo», y por el mismo impulso puede simbólicamente «ascender a los Cielos». La piel con la que se hace la membrana del tambor también tiene una gran importancia, pues permite al chamán compartir la naturaleza simbólica del animal; en otras palabras, puede abolir el tiempo y recuperar la condición original.
Los Padres de la Iglesia como el patriarca de Alejandría Atanasio (298-373) o el mismo San Agustín entendían que el tambor tenía un valor simbólico de intermediario entre el cielo y la tierra. Afirmaban que la piel de la membrana (la carne) era estirada sobre la caja, es decir, era crucificada como el Hijo de Dios, representando el altar sacrificial. En este sentido y del mismo modo que el cuerpo del Salvador es ungido, también lo es la piel o parche del tambor que se unta con una pasta especial y secreta para conseguir distintas tonalidades.
Y es que el tambor es como una barca espiritual que permite pasar del mundo visible al invisible, constituyendo un verdadero microcosmos, un límite «topográfico» que separa el Cielo de la Tierra, y en ciertos lugares, la Tierra del Infierno (recordemos que el héroe asirio-babilónico Gilgamesh desciende a los Infiernos para traerse consigo un tambor).
Hoy el hombre se encuentra rodeado de una gran cantidad de objetos, instrumentos, útiles que pasan desapercibidos, ignorados, que son utilizados y luego olvidados en un rincón como si fuesen seres sin alma, y es por eso por lo que vemos el tambor como un instrumento vacío, superficial, «muerto». Hemos perdido la capacidad de ver las cosas en su esencia porque hemos perdido la capacidad de contactar con la Divinidad. Nos queda la esperanza de que un día los hombres decidan reestablecer la comunicación con los dioses o, como dice Mircea Elíade, volver al «origen». De esta manera el tambor interior que porta cada hombre (el corazón) latirá al unísono con el Gran Tambor Cósmico de la Creación, el microcosmos danzará al fin en armonía con el Macrocosmos.
«¡Ve y diles a nuestros enemigos la falta de valor y la desesperanza, oh tambor!
¡Rebeldía, turbación, espanto, he ahí lo que le insuflamos!
Tú que estás hecho del árbol y de la piel de las vacas rojas,
Oh bien común de todos los clanes,
ve a dar lar alarma a nuestros enemigos...
¡Retumba sobre ellos, haz que se estremezcan, confunde sus almas!...
¡Que los tambores aúllen a través del espacio cuando deshechos se vayan los ejércitos enemigos que avanzaban en líneas!»
Attharva Veda 5-21
Quizá uno de sus significados más destacables sea como símbolo del Sonido Primordial. Recordemos que en la mayoría de los textos religiosos aparece la Divinidad Creadora realizando su obra a través de ese «Sonido Primordial» o «Verbo» dando origen a todo lo manifestado. El tambor aparece asociado a los Dioses creadores, como en la India, donde es uno de los atributos de Shiva Nataraja (Danzante Cósmico), que por medio de su danza mantiene el ritmo infinito del Universo. El tambor de Shiva tiene forma de reloj de arena (damaru); el punto común de los dos conos opuestos es el germen de la manifestación, a partir del cual se despliegan y desarrollan los ritmos cíclicos.
También lo es del mismo Brahma en su contraparte femenina, Sarasvati (el Mridanga hindú, del que legendariamente se dice que fue inventado por el propio Brahma). O de la Dakini búdica, donde el ritmo está ligado a la expansión del Dharma, a propósito del cual el Buddha evoca el tambor de inmortalidad.
Algo que todavía nos recuerda esta asociación tambor-creación, aunque de forma inconsciente, es que en algunos países se marcan aún hoy en día las horas civiles y religiosas con un tambor y no con una campana.
También aparece asociado con los dioses de la Tormenta, y así, en China, el dios del Trueno lleva un cinturón del que cuelgan tambores, y en su mano un mazo para hacerlos sonar en las tormentas. Para los mayas el tambor es la representación simbólica del trueno, que tiene poder de muerte y de fecundidad. Pero en la China antigua está asociado al recorrido aparente del Sol y, lo que viene a ser lo mismo, al solsticio de invierno: el solsticio es el origen de esta carrera en su fase ascendente, el comienzo del crecimiento del yang. Por esta razón el redoble de tambor acompaña al trueno y está asociado al agua –elemento del norte y del solsticio invernal–, al odre celeste, al rayo, a la forja y al búho; estos últimos símbolos están ligados al solsticio de verano y por lo tanto al punto de máximo dominio del yang.
Obviamente el uso del tambor de guerra está también asociado con el rayo y el trueno en sus aspectos destructores. El atabal (tambor de guerra) es el símbolo del arma psicológica que deshace desde el interior toda resistencia del enemigo; se considera sede de una fuerza sagrada. 600 tambores instalados de dos en dos sobre 300 camellos y golpeados simultáneamente precedían al ejército musulmán que en el siglo XIII tomó por asalto San Juan de Acre.
El tambor no solamente toca la alarma y la ofensiva, sino que es también la propia voz de las potencias protectoras. Y está ligado asimismo a los dioses de la Guerra, como es el caso de Indra en la India o Ares y Marte en las tradiciones griegas y romanas.
Al ser un atributo de la divinidad se asocia también con la realeza. Para los watusi de Ruanda los tambores acompañan al rey en toda ceremonia; a veces él mismo forma parte del conjunto de percusión.
Para los indios norteamericanos el tambor está cargado de misticismo y relacionado también con la creación. Alce Negro dice: «La forma redonda del tambor representa al Universo y su toque regular y fuerte es el pulso, el corazón que late en su centro. Es como la voz del Gran Espíritu, y este sonido nos pone en movimiento y nos ayuda a comprender el misterio y el poder de todas las cosas». Se confería un grado superior de eficacia al tambor pintando motivos mágicos relacionados con los más fuertes ruidos naturales: pezuñas de bisonte para recordar el resonar sordo de las galopadas y el zigzag de relámpagos para materializar el estrépito del trueno.
Como dijimos antes, para realizar el viaje místico al «Centro del Mundo», a la residencia del Árbol Cósmico y del Señor Universal, el chamán se sirve de su tambor. Con una de las ramas de este árbol fabrica la caja, por lo que al tañerlo es proyectado mágicamente cerca del Árbol Cósmico y al «Centro del Mundo», y por el mismo impulso puede simbólicamente «ascender a los Cielos». La piel con la que se hace la membrana del tambor también tiene una gran importancia, pues permite al chamán compartir la naturaleza simbólica del animal; en otras palabras, puede abolir el tiempo y recuperar la condición original.
Los Padres de la Iglesia como el patriarca de Alejandría Atanasio (298-373) o el mismo San Agustín entendían que el tambor tenía un valor simbólico de intermediario entre el cielo y la tierra. Afirmaban que la piel de la membrana (la carne) era estirada sobre la caja, es decir, era crucificada como el Hijo de Dios, representando el altar sacrificial. En este sentido y del mismo modo que el cuerpo del Salvador es ungido, también lo es la piel o parche del tambor que se unta con una pasta especial y secreta para conseguir distintas tonalidades.
Y es que el tambor es como una barca espiritual que permite pasar del mundo visible al invisible, constituyendo un verdadero microcosmos, un límite «topográfico» que separa el Cielo de la Tierra, y en ciertos lugares, la Tierra del Infierno (recordemos que el héroe asirio-babilónico Gilgamesh desciende a los Infiernos para traerse consigo un tambor).
Hoy el hombre se encuentra rodeado de una gran cantidad de objetos, instrumentos, útiles que pasan desapercibidos, ignorados, que son utilizados y luego olvidados en un rincón como si fuesen seres sin alma, y es por eso por lo que vemos el tambor como un instrumento vacío, superficial, «muerto». Hemos perdido la capacidad de ver las cosas en su esencia porque hemos perdido la capacidad de contactar con la Divinidad. Nos queda la esperanza de que un día los hombres decidan reestablecer la comunicación con los dioses o, como dice Mircea Elíade, volver al «origen». De esta manera el tambor interior que porta cada hombre (el corazón) latirá al unísono con el Gran Tambor Cósmico de la Creación, el microcosmos danzará al fin en armonía con el Macrocosmos.
«¡Ve y diles a nuestros enemigos la falta de valor y la desesperanza, oh tambor!
¡Rebeldía, turbación, espanto, he ahí lo que le insuflamos!
Tú que estás hecho del árbol y de la piel de las vacas rojas,
Oh bien común de todos los clanes,
ve a dar lar alarma a nuestros enemigos...
¡Retumba sobre ellos, haz que se estremezcan, confunde sus almas!...
¡Que los tambores aúllen a través del espacio cuando deshechos se vayan los ejércitos enemigos que avanzaban en líneas!»
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