Entre los factores determinantes de la conducta humana que el naturalismo emplea para explicar el comportamiento de sus personajes es el de la educación el más destacado en La Regenta. Ahora bien, si el interés por la educación es uno de los postulados del naturalismo, no menos importante fue este tema entre los krausistas españoles, cuyos mayores logros se consiguieron en este terreno. La educación es, pues, un territorio en el que se cruzan los caminos del krausismo y del naturalismo.
La pedagogía krausista, encarnada en la Institución Libre de Enseñanza, trató de oponerse a la educación clerical predominante. Frente a un tipo de educación que castraba en flor las potencialidades del individuo, dogmática, autoritaria y cerrada, los krausistas opusieron un tipo de educación liberal, científica, pluralista y abierta, que permitiese el desarrollo de las potencialidades innatas. Una educación integral, como ellos mismos definieron.
En La Regenta encontramos, por un lado, la influencia de la educación sobre el carácter de los personajes, lo que la sitúa dentro del campo del naturalismo; por otro lado, una crítica feroz de la educación clerical, que se alinea con las emanadas del campo krausista.
En los capítulos IV y V aparece el relato retrospectivo de la infancia y primera juventud de Ana Ozores. Clarín se vale de la confesión general que Ana debe evacuar con el Magistral para ofrecernos un retrato completo de la protagonista basándose en el recuento que de su propia vida realiza la Regenta. El método de asociación de ideas empleado por Leopoldo Alas está en consonancia con el naturalismo estilístico.
En el comienzo mismo establece Ana una comparación entre aquella niña que fue y la mujer que ha llegado a ser:
Pensando la Regenta en aquella niña que había sido ella, la admiraba y le parecía que su vida se había partido en dos, una era la de aquel angelito que se le antojaba muerto. La niña que saltaba del lecho a oscuras era más enérgica que esta Ana de ahora, tenía una fuerza interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las injusticias de las personas frías, secas y caprichosas que la criaban.III,162
El párrafo es expresivo de lo que la educación ha hecho de aquella niñita para convertirla en la Regenta: en algo muy distinto de lo que ella quería ser. Ana Ozores es consciente de la escisión que ha sufrido, no reconoce en la mujer de hoy a la niña de antaño, "aquel angelito que se le antojaba muerto". Esta escisión entre el deseo y la realidad, la voluntad de libertad y el sometimiento al dictado de la conveniencia social constituyen el eje de la aventura vital de Ana Ozores, en la que todavía periódicamente aparecen aquellas ansias de libertad que fueron brutalmente reprimidas.
A continuación asistimos al largo proceso que fue cercenando una por una sus potencialidades y la fue conformando a un modelo que acabará ahogándola. En primer lugar la aventura de la barca de Trébol con su amigo Germán. Una aventura infantil e inocente que acabará convertida por la maledicencia y perversión de los adultos en un grave pecado que en cierto modo marca toda la vida de Ana Ozores:
Desde entonces la trataron como un animal precoz. Sin enterarse bien de lo que oía, había entendido que achacaban a culpas de su madre los pecados que la atribuían a ella...III,165
A partir de este momento, cada vez que Ana intente ser libre experimentará la libertad como un pecado. El sentimiento de culpabilidad que crea el desenlace de la aventura de la barca de Trébol no la abandona en toda la vida:
La calumnia con la que el aya había querido manchar para siempre la pureza virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvidó de semejante absurdo, y cuando la niña llegó a los catorce años ya nadie se acordaba de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que seguía esperando, y las tías de Vetusta. Pero se acordaba, y mucho, Ana misma. Al principio la calumnia habíala hecho poco daño, era una de tantas injusticias de doña Camila; pero poco a poco fue entrando en su espíritu la sospecha, aplicó sus potencias con intensidad increíble al enigma que tanta influencia tenía en su vida, que a tantas precauciones obligaba al aya, quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban, y en la maldad de doña Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de esta mujer, se afiló la malicia de la niña, que fue comprendiendo en qué consistía tener honor y en qué perderlo; y como todos daban a entender que su aventura de la barca del Trébol había sido una vergüenza, su ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho después, cuando su inocencia perdió su último velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella edad; recordaba vagamente su amistad con el niño de Colondres, sólo distinguía bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si había sido culpable de todo aquello que decían. Cuando ya nadie pensaba en tal cosa, pensaba ella todavía, y confundiendo actos inocentes con verdaderas culpas, de todo iba desconfiando. Creyó en una gran injusticia que era la ley del mundo, porque Dios lo quería, tuvo miedo de lo que los hombres opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de su naturaleza, vivió en perpetua escuela de disimulo, contuvo los impulsos de espontánea alegría; y ella, antes altiva, capaz de oponerse al mundo entero, se declaró vencida, siguió la conducta moral que se le impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer traición nunca.IV,180-181
La educación de Ana Ozores se desarrolla en tres períodos: el primero a cargo de un aya cruel y brutal, doña Camila; el segundo a cargo de su propio padre; el último cuando cae en poder de sus tías.
Respecto al tipo de educación que Ana recibió de doña Camila, el siguiente fragmento es bien expresivo:
El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la educación de aquella señorita de cuatro años exigía cuidados muy especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a la condición social de la italiana, daba a entender que la ciencia de educar no esperaba nada bueno de aquel retoño de meridionales concupiscencias. En voz baja decía el aya que "la madre de Anita tal vez antes que modista había sido bailarina".
De todas suertes, doña Camila se rodeó de precauciones pedagógicas y preparó a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad inglesa. Cuando aquella planta tierna comenzó a asomar a flor de tierra se encontró ya con un rodrigón al lado para que creciese derecha. El aya aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a sí y estar atada a él fuertemente. El palo seco era doña Camila. El encierro y el ayuno fueron sus disciplinas.IV,177
La educación que proporciona doña Camila a Ana es una educación contra la naturaleza, como ella misma reconoce, basada en la represión de los instintos y dirigida a anular toda espontaneidad y autonomía.
Cuando don Carlos vuelve de la emigración y se dedica personalmente a la educación de la niña, el cambio es demasiado brusco para ella. Don Carlos era librepensador y se propuso contrarrestar la viciosa educación que Ana había recibido del aya. Frente al oscurantismo de ésta opone una educación neutra que deja que el espíritu de Ana se desarrolle libremente, una "educación omnilateral y armónica" en la que encontramos los ecos del krausismo. Es en este período cuando Ana entra en contacto con la Mitología y lee las Confesiones de San Agustín, el Cantar de los Cantares, versión de San Juan de la Cruz y las poesías de Fray Luis de León, que tanta influencia tendrían a lo largo de toda su vida, sobre todo en los períodos de misticismo. La evolución intelectual de Ana Ozores es paralela a la del Leopoldo Alas adolescente:
Fue Clarín de una receptividad precoz para la literatura y el arte. Cuando en 1864 inicia el bachillerato en el Instituto de la capital, compagina la preparación de las lecciones para clase con la ávida lectura de los libros que ha ido encontrando en casa de sus mayores. Primero las vidas de los santos, novelas de caballerías, colecciones de romances... Poco después, los grandes hallazgos: dos tomos de El Quijote, Las Confesiones de San Agustín, las poesías de Fray Luis y el Cantar de los Cantares.17
A la muerte de Don Carlos, Ana cae bajo la férula de sus dos tías solteronas y beatas: de nuevo el oscurantismo y la represión. Es entonces cuando Ana empieza a manifestar sus tendencias y aspiraciones personales que, una tras otra, serán segadas apenas aparece su brote.
Cuando Ana manifiesta su vocación literaria surge el primer escándalo:
Cuando doña Anuncia topó en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno de versos, un tintero y una pluma, manifestó igual asombro que si hubiese visto un revólver, una baraja o una botella de aguardiente. Aquello era cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos. Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefacción de aquellas señoras. "¡Una Ozores literata!"V,203
Ana se ve obligada a renunciar a esta primera vocación:
Tan general y viva fue la protesta del gran mundo de Vetusta contra los conatos literarios de Ana, que ella misma se creyó en ridículo y engañada por la vanidad.
A solas en la alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba, volvía a escribir versos, pero los rasgaba enseguida y arrojaba el papel por el balcón para que sus tías no tropezasen con el cuerpo del delito. La persecución en esta materia llegó a tal extremo, tales disgustos le causó su afán de expresar por escrito sus ideas y sus peleas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se juró a sí misma no ser la "literata", aquel ente híbrido y abominable de que se hablaba en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.V,204
No es menor la oposición que encuentra en su vocación religiosa. En esta ocasión es el confesor el que se opondrá tajantemente y, de nuevo, se verá obligada a renunciar:
Don Cayetano, que sabía ponerse serio, llegado el caso, procuró convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.
Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustín y a San Juan de la Cruz no valía nada, había sido cosa de la edad crítica que atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no había que hacer caso de él. Todo eso de hacerse monja sin vocación, estaba bien para el teatro, pero en el mundo no había Manriques ni Tenorios que escalasen conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consistía en hacer feliz a tan cumplido y enamorado caballero como el señor Quintanar, su paisano y amigo.
Ana renunció poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le gritaba que no era aquel el sacrificio que ella podía hacer. El claustro era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jesús con quién iba a vivir, sino con hermanas más parecidas de fijo a sus tías que a San Agustín y a Santa Teresa. Algo se supo en el círculo de la nobleza de las "veleidades místicas" de Anita, y las que la habían llamado Jorge Sandío no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el nuevo antojo.V,208-209
Al casarse con don Victor Quintanar, Ana Ozores ha dejado de ser aquella niña de cuatro años de la que todavía se acuerda y empieza a ser la Regenta. Para ello ha tenido que renunciar, una tras otra, a todas sus aspiraciones y vocaciones, ajustándose al modelo que sus tías y la sociedad de Vetusta habían tramado de antemano. Ni literata ni mística, sino mujer del Regente. La vida de Ana Ozores sigue entonces un camino que no ha elegido y le ha sido impuesto, un camino que acaba en un adulterio del que es cómplice toda la ciudad de Vetusta.
El determinismo social y educativo que explica la evolución de Ana Ozores desde lo que pudo llegar a ser y lo que fue efectivamente, se aplica también al otro gran personaje de la novela: el Magistral.
En el caso de Fermín De Pas es su madre, mujer ambiciosa y dominante, quien determina su conducta. Imposibilitada por su condición de mujer de ser cura, condición que sabe propicia para satisfacer su avaricia, empujará a su hijo a la carrera eclesiástica primero y a la corrupción después. Así como Ana Ozores fue lo quiso la sociedad vetustense, otro tanto le ocurrió a Fermín con su madre. También él, al recordar su pasado, no reconoce en el Magistral a aquel estudiante de Teología que fue:
Recordó sus años de estudiante teólogo en San Marcos, de León, cuando se preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compañía de Jesús. "Allí, por algún tiempo, había sentido dulces latidos en su corazón, había orado con fervor, había meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a sacrificarse en Jesús... ¡Todo aquello estaba tan lejos! No le parecía ser él mismo...IX,305
No, no era él mismo, porque doña Paula no quería un hijo santo sino un clérigo corrupto, que dominase y saquease a la feligresía. Y aquella fe de antaño del estudiante de Teología deviene en la voluntad de poder del Magistral de Vetusta:
...Cuando pensaba así oyó el Magistral a su espalda, detrás del árbol en que se apoyaba, al otro lado del seto, una voz de niño que recitaba con canturria de escuela "Veritas in re est ipsa, veritas in intelectu..." Era un seminarista de primer año de filosofía que repasaba la primera lección de la obra de texto, Balmes. El Magistral se alejó sin ser visto, pensando entonces en los años en que él también aprendía que "la verdad en la cosa es la cosa misma". Ahora le importaba muy poco la cosa misma, y la verdad y todo..., no quería más que hundir el alma en aquella pasión innominada que le hacía olvidar el mundo entero, su ambición de clérigo, las trampas sórdidas de su madre de que él era ejecutor, las calumnias, las cábalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos...XXI,528