La Regenta es un fresco de la España de la Restauración. Clarín crea en su novela un microcosmos, Vetusta, por el que desfilan nada menos que ciento cincuenta personajes a los aplica el bisturí con mano certera, dejándonos ver sus entrañas. No estamos ante una novela histórica aunque el ambiente de la Restauración sea el marco preciso en el que se desarrolla la historia de Ana Ozores. Las referencias a los sucesos políticos de esos tres años en los que se desenvuelve la trama brillan por su ausencia. No era esa la intención del autor: el marco histórico y social se da por sobreentendido. Leopoldo Alas adopta una técnica de distanciamiento que va mejor con sus propósitos; por eso, la acción se desarrolla en Vetusta y no en Oviedo, aunque el lector que conoce Oviedo no deje de reconocer cada uno de los rincones de la descripción de Vetusta como una réplica de esta ciudad. La Regenta es sobre todo una novela psicológica cuyos personajes, tanto principales como secundarios, desnudan su alma no sólo ante el lector sino ante sí mismos. El marco histórico y social está presente porque en otras circunstancias, en otra sociedad, hubieran sido distintos de como son. Pero las especificaciones no son necesarias porque los lectores a los que va dirigida la obra son demasiado parecidos a los personajes de la misma. Más adelante señalaremos la importancia que otorga Clarín en la descripción de los personajes a la educación que han recibido y ha moldeado sus pensamientos y sentimientos. Esta educación no es distinta de la que han recibido los lectores, por lo que éstos pueden comunicar perfectamente, sin mayores explicaciones, con los sentimientos de los personajes de ficción.
El autor se esconde detrás de los personajes y les deja hacer. Es suficiente. Rara vez encontramos la voz del narrador dirigiéndose a nosotros. No estamos, pues, tampoco, ante una novela de tesis. El autor no trata de ilustrar a través del relato ninguna opinión particular. Es una novela total, un mosaico en el que los personajes muestran cada uno su particular ideología sin que en ningún momento aparezca la ideología del autor.
Pero, ¿es posible afirmar que el autor es neutral como asegura el profesor Vidal Peña?:
Desde el punto de vista ideológico, La Regenta me parece ofrecer, más que nada, el aspecto de la neutralidad. Este rasgo podría explicarse de modo general diciendo algo como ésto: "es neutral porque es una novela psicológica -entre otras cosas- y, en una novela de este tipo, las ideas presentes en el texto quedan cargadas en la cuenta de la particular ideología de los personajes y, vistas así, todas valen lo mismo".1
Creo que no podemos afirmar la neutralidad del autor: ciertamente que, como señala el propio Vidal Peña, los personajes no formulan "opiniones materialistas o espiritualistas, tesis liberales o conservadoras" sino más bien "sandeces liberales o conservadoras, majaderías materialistas o espiritualistas", pero ahí precisamente está la mano del autor que hace que sus personajes se traicionen a sí mismos y se pongan en ridículo sin el menor decoro. Clarín se mantiene al margen pero no es neutral: ni uno sólo de los personajes dice una proposición sensata a la hora de exponer las ideas que dice profesar.
La crítica de Leopoldo Alas no va tanto contra esta tesis o la otra sino contra la incultura de los pretendidamente cultos, a los que despedaza con sátira mordaz. Él, que mantuvo toda su vida una estrecha amistad con un Menéndez Pelayo, que estaba en las antípodas de sus propias convicciones pero era un hombre culto, no soporta a los zoquetes del casino de Vetusta, sean materialistas o espiritualistas, conservadores o liberales, que no leen ni saben de lo que hablan. Creo que Vidal Peña confunde la neutralidad con el desprecio.
Aunque La Regenta está escrita en clave naturalista no se adecua plenamente a los cánones de esta corriente. Comparada con la obra de un Zola o un Maupassant se echan de menos algunos aspectos que caracterizan al naturalismo ortodoxo. Entre ellos destaca el quebrantamiento del dogma de la total objetividad, pese a que el autor se esfuerza en permanecer oculto en ocasiones en que, quizá obedeciendo a un impulso irresistible, la voz del narrador se dirige directamente al lector. Pero en todo momento, Clarín sabe mantener un logrado efecto de impersonalidad, como ha señalado Gonzalo Sobejano:
Lo cierto es que el narrador de La Regenta asoma como autor no pocas veces; pero no menos cierto es que se esfuerza por lograr la impersonalidad; mediante el estilo indirecto libre, que aplica sobre todo para Ana y don Fermín, los personajes de más densa vida interior, y mediante la propiedad lingüística y gestual de esos otros personajes.2
Esta impersonalidad impide descubrir la ideología del autor a partir de la mera lectura de la novela. En sus páginas encontramos más lo que Alas aborrece que lo que profesa. Se diría que se siente a don Leopoldo rechinar los dientes, unas veces, reír a carcajadas, otras. El autor se esfuerza por no estar presente pero se siente su personalidad detrás de cada trazo caricaturesco, de cada sátira sangrienta y de cada grito de rebeldía.
Por ello, para tratar de describir el universo intelectual de La Regenta, no puede utilizarse un método directo, buscando a lo largo de la narración formulaciones explícitas de tesis filosóficas, que no las hay sino en negativo. Vamos a intentar utilizar un método indirecto, siguiendo la evolución intelectual del propio Clarín, sus inquietudes filosóficas, sociales y políticas para tratar de trazar el espíritu con el que la novela fue escrita, efectuando una relectura de la misma desde la perspectiva de la situación intelectual del autor y de la propia España en los tiempos iniciales de la Restauración3.