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El universo filosófico de La Regenta - Naturaleza y existencia inauténtica (I)

Monografía creado por
29 de Agosto de 2006
Historia de la literatura

La Regenta y el Magistral no son sino la expresión de la existencia inauténtica de lo que pudieron haber sido Ana Ozores y Fermín De Pas. Es la sociedad de Vetusta la que los ha convertido en lo que son. Ni Ana es adúltera ni Fermín es corrupto por naturaleza, llegan a serlo empujados por el medio social en el que viven.

Pero hay ocasiones en que recuperan su autenticidad, en que vuelven a ser ellos mismos. Así, mientras Ana descansa en el Vivero y vuelve a estar en contacto con la naturaleza, lejos de Vetusta, del Magistral y de Alvaro Mesía, se atemperan sus pasiones y es feliz. Es entonces cuando resurge su antigua vocación y comienza de nuevo a escribir. Se siente libre:

"Memorias de Juan García, podría decir algún chusco... Pero como ésto no ha de leerlo nadie más que yo... ¡Qué es ridículo? ¡Qué ha de ser! Más ridículo sería abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me agrada y no me hace daño, tomado con medida), sólo porque si lo supiera el mundo me llamaría cursilona, literata... o romántica, como dice Visita. A Dios Gracias, estos miedos al qué dirán han pasado. La salud me ha hecho más independiente".XXVII,641

O, también, cuando Fermín De Pas lee la carta de Ana en la que ésta le llama "hermano mayor querido":

...¡Cuántos años habían vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin sospechar lo que les guardaba el destino! Sí, el destino, pensaba el Magistral, no quería decirse a sí mismo la Providencia, nada de teología, nada de quebraderos de cabeza que habían hecho de su adolescencia y primera juventud un desierto estéril por donde sólo pasaban los fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalípticas. Bastaba para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que había seguido: la ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas, subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo, esto era vergonzoso, más que nada por el secreto, por la hipocresía, por la sombra en que había ido envuelto; ahora, sin aprensión, sin escrúpulos, sin tormentos del cerebro, la dicha presente, aquella que gozaba en una mañana de mayo cerca de junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pájaros, con deseos de beber rocío, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres ocultos y encogidos en una cuna de pétalos. El Magistral arrancó un botón de rosa con miedo de ser visto; sintió placer de niño con el contacto fresco del rocío que cubría aquel huevecillo de rosal; como no olía a nada más que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriñar misterios naturales debajo de aquellas capas de raso... El Magistral, perdiéndose por senderos cubiertos por los árboles, bajaba hacia Vetusta cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo, que volvía a caer en su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botón no tuvo más que las arrugadas e informes de dentro, don Fermín se lo metió en la boca y mordió con apetito extraño, con una voluptuosidad refinada de que él no se daba cuenta.XXI,528-529

Observemos cómo estos momentos de autenticidad, en los que lo reprimido aflora y la espontaneidad contrasta con el convencionalismo impuesto, coinciden con momentos de intenso contacto con la naturaleza.

Cuando Ana y Fermín se encuentran, convertidos ya en Regenta la una y Magistral el otro, vuelven a florecer en ellos los antiguos anhelos, creen encontrar el uno en el otro una tabla de salvación entre tanta podredumbre como les rodea. Basta releer los pasajes en los que se nos cuenta la influencia mutua que ejercen el uno en el otro tras su primera entrevista.

Ana Ozores y Fermín De Pas podrían haberse salvado mutuamente de no haber sido la Regenta y el Magistral sino la niña soñadora y el estudiante sincero de su fe. Si el drama se consuma y los dos se condenan es debido a que optan por una existencia inauténtica, incapaces de enfrentarse al mundo opresor de la sociedad vetustense. En una sociedad falsa e hipócrita no hay lugar para la autenticidad de los sentimientos, cada uno debe cumplir su papel de cara al mundo. No hay sitio para la verdad. Por eso, cuando el adulterio de Ana Ozores se resuelve dramáticamente, todos le volverán la espalda. El adulterio está bien mientras se guarden las formas, lo que se valora no es la virtud sino el disimulo:

...Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a otros, con cara de hipócrita compunción, se ocultaban los buenos vetustenses el íntimo placer que les causaba aquel escándalo que era como una novela, algo que interrumpía la monotonía eterna de la ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido. ¡Era un escándalo! ¡Un adulterio descubierto! ¡Un duelo! ¡Un marido, un ex regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En Vetusta, ni aún en los días de la revolución había habido tiros. No había costado a nadie ni un cartucho la conquista de los derechos inalienables del hombre. Aquel tiro de Mesía, del que tenía la culpa la Regenta, rompía la tradición pacífica del crimen silencioso, morigerado y precavido. Ya se sabía que muchas damas principales de la Encimada y de la colonia engañaban o habían engañado o estaban a punto de engañar a su respectivo esposo, ¡pero no a tiros!...XXX,735

En tal ambiente de hipocresía e inautenticidad es imposible la sinceridad de los sentimientos, la autenticidad de la conducta. Los personajes que circulan a lo largo de la novela son todos falsos consigo mismos, inauténticos: ni Fermín De Pas tiene vocación sacerdotal, ni Alvaro Mesía es tan potente como presume, ni Quintanar es capaz de representar su propia comedia de capa ni espada, ni Saturnino Bermúdez es un erudito, ni Trifón Cármenes es poeta. La inautenticidad llega en ocasiones a la caricatura: Santos Barinaga, dedicado toda su vida a la venta de objetos para el culto muere renegando de la religión; Pompeyo Guimarán, ateo militante, muere en el seno de la Iglesia, recibiendo los santos sacramentos nada menos que de manos del Magistral. La utilización de la muerte de uno y otro por parte de los enemigos y de los partidarios del Magistral lo pone de manifiesto: la conversión de uno y la apostasía del otro no son sino armas arrojadizas. Se pasea a los cadáveres en marcha triunfal contra el enemigo. ¿Qué tiene que ver la religión en todo ésto? Inauténticos son los materialistas y los espiritualistas, los liberales y los conservadores que aparecen a lo largo de la obra.

La Regenta es el drama colectivo de la inautenticidad. Todo es inauténtico, incluso la propia Vetusta que no es sino un Oviedo disfrazado. Sólo dos personajes se salvan de tal ambiente de falsedad, precisamente los dos que más al margen se encuentran de la vida cotidiana vetustense: uno, don Fortunato Camoirán, obispo de Vetusta; el otro, Tomás Crespo, Frígilis. Ellos ponen, como veremos, el contrapunto de autenticidad en medio de tanta farsa.

El drama que relata la novela no se refiere tanto a la historia de un adulterio y de un cura enamorado como a la lucha dramática entre la carne y el espíritu, entre lo natural y lo convencional.

En el personaje de Ana Ozores se manifiesta con mayor virulencia esta lucha. La Regenta sufre un doble asedio: el Magistral y Alvaro Mesía disputan por conseguirla. El primero pone cerco a su alma, el segundo a su cuerpo. Ana Ozores se debate entre dos pretendientes que representan a la Iglesia y al mundo, al espíritu y a la carne.

La antítesis que se establece entre ambas instancias no es absoluta. El alma y el cuerpo luchan por conseguir el dominio absoluto: obedecer a la llamada de la carne significa abandonar las exigencias del espíritu y viceversa. Ana sufre esta escisión de su personalidad, se siente dominada por dos fuerzas opuestas, cuya tensión acabará destruyéndola. Pero, además, en esta lucha, Ana Ozores es totalmente pasiva: no dispone ni de su alma ni de su cuerpo. Sus exigencias espirituales se encuentran dirigidas y manipuladas por el Magistral. Los deseos carnales son asimismo manipulados por Alvaro Mesía. La Regenta es simplemente el campo de batalla. Su vida está regida por las vicisitudes de esta lucha, dividida entre dos dogmatismos: el de la religión y el de la mundanidad:

Dividía el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni más ni menos que doña Petronila, Olvido Páez, Obdulia y en cierto modo la Marquesa. Se la vio en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo, en el teatro y en el sermón. Casi todos los días tenían ocasión de hablar con ella, en sus respectivos círculos, el Magistral y don Alvaro, y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo, lugares había en que Ana ignoraba si estaba allí en cuanto mujer devota o en cuanto mujer de sociedad.
Pero ni De Pas ni Mesía estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer, pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo.XIX,494

Entre el mundo y la iglesia, la carne y el espíritu, consume Ana su juventud sin llegar a vivir plenamente. La felicidad hubiera podido encontrarla si el equilibrio armónico entre el alma y el cuerpo fuera posible. Pero no lo es. Uno y otro contrincante aspiran a la posesión total, desplazando al otro. Al final no gana ninguno de los contendientes pero el campo de batalla queda destrozado por la refriega.

Ana Ozores es un personaje místico. Su religiosidad se aparta en mucho de lo acostumbrado en las damas de la sociedad vetustense, pura apariencia y disimulo, sin ápice de fe. La religiosidad de la Regenta es profunda, pero tampoco se adecua a la medida que la propia Iglesia desea de ella: los clérigos, asustados de su religiosidad, tratan de someterla a los cauces establecidos. El sometimiento a la Iglesia está bien, pero el misticismo, el anhelo de santidad, está fuera de lugar.

Es la propia fantasía de Ana Ozores, que la sirvió de refugio en la niñez para sustraerse a las crueldades de doña Camila, el caldo de cultivo de su misticismo. Y en contacto con san Agustín aparece el primer impulso:

...Pasaba esto mientras seguía leyendo; aún estaba aturdida, casi espantada por aquella voz que oyera dentro de sí, cuando llegó al pasaje en donde el santo refiere que, paseándose él también por un jardín, oyó una voz que le decía "Tolle, lege", y corrió al texto sagrado y leyó un versículo de la Biblia... Ana gritó, sintió un temblor por toda la piel de su cuerpo y en la raíz de los cabellos como un soplo que los erizó y los dejó erizados muchos segundos.
Tuvo miedo de lo sobrenatural; creyó que iba a aparecérsele algo... Pero aquel pánico pasó, y la pobre niña sin madre sintió dulce corriente que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las lágrimas agolpándose en ellos le quitaban la vista.IV,185

La lectura de san Agustín tiene como consecuencia en Ana la aparición del misticismo, pero supone, además, la negación del cuerpo. El amor espiritual aparece como la negación del amor carnal. En Ana Ozores se desarrolla la lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad del Diablo, descrita por san Agustín. Para el santo de Hipona el hombre es ciudadano de dos mundos debido a su doble naturaleza espiritual y corporal. Como ciudadano de la Ciudad Celestial aspira a la salvación y a la paz espiritual. Toda la historia de la humanidad es el desarrollo de estas dos ciudades que no se encuentran separadas una de otra como no se encuentran separados cuerpo y alma en el hombre. La lucha entre las dos ciudades se desarrolla en el alma de cada hombre, el cual debe elegir entre la vida según la carne o la vida según el espíritu. Este es el conflicto que marca toda la existencia de Ana Ozores.

En la vida de Ana Ozores vemos prevalecer unas veces el espíritu, otras veces la carne. Ana es un personaje agustiniano que sufre la tortura de la tensión entre estos dos extremos. La vemos mística, pero también sensual. Ana se sabe hermosa, sabe que debe su aceptación en la sociedad vetustense a su hermosura, pero la repugna oír hablar de su cuerpo como una mercancía. Pese a su misticismo, pese a su negación de la carne, en ocasiones se abandona a la contemplación voluptuosa de su cuerpo:

Ana corrió con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien pudiera verla desde el tocador. Dejó caer con negligencia su bata azul con encajes crema, y apareció blanca toda, como se la figuraba don Saturno poco antes de dormirse, pero mucho más hermosa que Bermúdez podía representársela. Después de abandonar todas las prendas que no habían de acompañarla en el lecho, quedó sobre la piel de tigre, hundiendo los pies desnudos, pequeños y rollizos en la espesura de las manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza, algo inclinada, y el otro pendía a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de la robusta cadera. Parecía una impúdica modelo olvidada de sí misma en una postura académica impuesta por el artista. Jamás el Arcipreste ni confesor alguno había prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de distenderse a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca había creído ella que tal abandono fuese materia de confesión.III,161

Hay ocasiones en las que Ana siente el paso del tiempo, viendo como se marchita su cuerpo sin haberle concedido satisfacción alguna:

...Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez que estaba llamando... y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero, ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí ¿para qué ocultárselo a sí misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?X,289-290

Sin embargo, cuando la tentación la acosa siente miedo. Un sentimiento de culpabilidad le atenaza. No caerá en brazos de Alvaro Mesía sino cuando conoce horrorizada que el Magistral también la desea carnalmente y pierde la confianza en él. Es la mezquindad del Magistral y no la habilidad seductora de Mesía la que le entrega a éste. Ana, que ha estado en las puertas de la locura dejándose arrastrar por sus arrebatos místicos, se entrega entonces con la misma intensidad a satisfacer su cuerpo al que había tenido olvidado tanto tiempo. Como en otros pasajes, pero aquí con más fuerza, vemos como cada triunfo del cuerpo significa una derrota del espíritu y viceversa:

Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que había encontrado en la meditación religiosa. En ésta última había un esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta y en rigor algo enfermizo, una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer, salud, fuerza, nada de abstracción, nada de tener que figurarse algo ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin trascender a nada más que a la esperanza de que durase eternamente. "No, por allí no se iba a la locura".XXVIII,669

Ana Ozores no conoce el término medio sino que nos es presentada siempre en la extremosidad de las pasiones. Sólo en un breve período (la convalecencia de Ana en el Vivero) alcanza por un momento la paz y el equilibrio: Fermín De Pas y Alvaro Mesía se encuentran apartados, pero cuando vuelven a irrumpir en escena de nuevo se produce el desgarro. A lo largo de toda su vida, Ana cae en el misticismo o en la enfermedad; son estados equivalentes: uno afecta al alma, el otro al cuerpo, pero ambos ponen de manifiesto la ausencia de equilibrio que caracteriza al personaje.

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Miguel Angel de la Cruz Vives Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero14/regenta.html CopyLeft
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