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El universo filosófico de La Regenta - Naturaleza y existencia inauténtica (II)

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CopyLeft Monografía de Miguel Angel de la Cruz Vives - 29 de Agosto de 2006
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5. Naturaleza y existencia inauténtica (II)

Al final de la novela encontramos una Ana Ozores desamparada y hundida. No ha sido capaz de adaptarse a la existencia inauténtica de Vetusta. Lo que de ella pide la sociedad es una religiosidad falsa pero que guarde las apariencias, un adulterio con sordina, manteniendo a los ojos de todos la virtud. Pero Ana Ozores es incapaz de seguir la vía de la inautenticidad: si se deja llevar por sus anhelos espirituales cae en el misticismo, si se entrega al amor carnal lo hace con sinceridad. Rechazada de la Iglesia y rechazada del mundo, como su padre, Ana pierde el cielo y la tierra. Ha sido doblemente prostituida por una ciudad corrupta: Alvaro Mesía prostituyó su cuerpo, el Magistral prostituyó su alma.

El triunfo del espíritu sobre la carne se manifiesta siempre en un quebrantamiento del cuerpo. Las crisis místicas de la Regenta, que son en realidad una reacción a los deseos corporales insatisfechos, acaban en enfermedad. La enfermedad es el medio del que se vale el cuerpo para reclamar sus derechos. La curación sólo puede llevarse a cabo si las veleidades místicas son olvidadas. Entonces el cuerpo recobra su frescura, fortaleza y hermosura.

Hay un pasaje de la novela en el que aparece crudamente esta oposición entre la religiosidad extrema y la salud corporal:

-¿Qué hay, don Robustiano? ¿Viene usted de las Salesas?
-Sí, señor; de aquella pocilga vengo.
-¿Cómo está Rosita?
-¿Qué Rosita? ¡Si ya no hay Rosita! Si ya se acabó Rosita; ahora es sor Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre ni en las mejillas.
Don Robustiano se acercó al Magistral; miró a todos los rincones, a todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:
-¡Aquello es el acabose!
El Magistral sintió un escalofrío.
-Sí, creo en una catástrofe próxima. Es decir, distingo, distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la niña sigue respirando aquel medio... no hay salvación, pero si se la saca de allí... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja... Señor Magistral, usted que es una persona ilustrada, ¿cree usted que la religión consiste en dejarse morir junto a un albañal? Porque aquello es una letrina; sí, señor, una cloaca.
-Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas están haciendo, como usted sabe su convento junto a la fábrica de pólvora.
-Sí, ya sé; pero cuando el convento esté edificado y las mujeres puedan trasladarse a él, nuestra Rosita habrá muerto.XII,322

Y, efectivamente, en el capítulo XXII, nos enteramos de que Rosita muere en el convento de tuberculosis.

Escuchemos también el grito lastimero de Santos Barrinaga muriendo de hambre en su lecho:

-Vamos, don Santos -se atrevió a decir el cura-, no aflija usted a la pobre celeste. Hablemos de otra cosas. Ni usted se muere, ni nada de eso... Va usted a sanar enseguida... Esta tarde le traeré yo, con toda solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que hablemos a solas un rato. y después..., después..., recibirá usted el Pan del alma...
-¡El pan del cuerpo! -gritó con supremo esfuerzo el moribundo, irritado cuanto podía-. ¡El pan del cuerpo es lo que yo necesito...! Que así me salve Dios... ¡Muero de hambre! Sí, el pan del cuerpo..., ¡que muero de hambre..., de hambre...!XXII,564

Y Alvaro Mesía, el apóstol de la sensualidad, el afamado Tenorio de Vetusta, siente decaer su vigor, porque si una vida entregada al espíritu hace olvidar el cuerpo y lo quiebra, no menos lo quiebra una vida dedicada a la religión del cuerpo:

-Está usted desmejorado -le decía Somoza.
-Cuidado -repetía Visitación.
Y él mismo notaba que su rostro perdía la lozana apariencia que había recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia que él, prudentemente, había observado antes de dar el ataque decisivo a la fortaleza de la Regenta.
Sí, sentía que dentro del cuerpo había algo que hacía crac de cuando en cuando. Había polilla por allá dentro. Y lo que él temía no era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen soldado del amor, héroe del placer, sabría morir en el campo de batalla. Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en presencia de Ana era horroroso; era ridículo y era infame...XXIX,686

Ni los excesos espirituales, ni los excesos corporales son saludables. Es necesaria la medida, el equilibrio que ni Ana Ozores, ni Fermín De Pas, ni Alvaro Mesía consiguen.

Estos dos últimos, De Pas y Mesía, son el exponente más claro de la inautenticidad. Pues mientras Ana Ozores busca desesperadamente la autenticidad y no la encuentra, ellos representan la falsedad de los dos extremos: la del espíritu y la de la carne. Ambos se ven a representar su papel social y a ambos les pesa como una condena.

Ya hemos visto como a Mesía le acaba resultando insoportable su papel de Tenorio, al punto que siente desfallecer sus fuerzas sin poder poner fin a la representación sin merma de su prestigio. Pero no menos gravoso es para Fermín De Pas su papel de Magistral. Ciertamente es poderoso, domina a su antojo dentro y fuera de la Iglesia, pero, ¿a qué precio? Al precio de la renuncia del amor: su poder tiene como contrapartida el odio: es temido, no amado. En su papel de padre espiritual debe reprimir los deseos corporales, aparecer en sociedad como un ser puro y ajeno al mundo. Pero él sabe que la sotana esconde a un hombre fornido y potente, siente los impulsos libidinosos de su cuerpo, se reconoce lascivo. Pero todo ello es contrario a su papel de Magistral de Vetusta y a sus aspiraciones de alcanzar el obispado algún día.

En pocos personajes literarios se ha representado con mayor fuerza y crudeza la oposición poder-sexo, como en Fermín De Pas. En el capítulo XI, se le presenta contemplando con tristeza su cuerpo fuerte pero inútil:

Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto parecía más fuerte ahora por la tensión a que le obligaba la postura, al inclinarse sobre el lavabo de mármol blanco. Los brazos cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y fuerte, parecían de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus músculos de acero, de una fuerza inútil. Era muy blanco y fino el cutis, que una emoción cualquiera teñía de color rosa. Por consejo de don Robustiano, el médico, De Pas hacía gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hércules...XI,310

Todo su poder se ha fabricado sobre la negación de aquel cuerpo poderoso. El Magistral debe rehuir cualquier tentación carnal que le conduciría a la pérdida del prestigio y del poder. Pero ese cuerpo puesto en cuarentena se rebela al fin y surge su pasión por Ana Ozores, que en sus primeros momentos don Fermín trata de ocultar incluso a sí mismo. Pero finalmente se dejará llevar por la pasión carnal. Desea a Ana no ya como hermano mayor del alma sino como amante y llega a confesárselo y a sentir celos de Mesía:

...Sintió el olor de una rosa muy grande que Ana oprimía contra los labios de su buen amigo, de su hermano mayor; la música de las palabras se mezclaba con el aroma de la flor en mística composición... "Ay, sí, amor, y buen amor era todo aquello... Era un enamorado; el amor no era todo lascivia, era también aquella pena del desengaño, aquella soledad repentina, aquel dolor dulce y amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa más grave. Deber..., sacerdocio..., votos..., castidad..., todo esto le sonaba ahora a hueco: parecían palabras de una comedia. Le habían engañado, le habían pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto no lo habían inventado obispos viejos: el mundo, el mundo era el que le daba aquella enseñanza. Ana era suya, ésta era la ley suprema de la justicia. Ella, ella misma lo había jurado; no se sabía para qué era suya, pero lo era..." El Magistral se puso en pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de sentir él como un bofetón; podían estar conspirando los otros con el tiempo y contra él; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas... "¡Infame, infame! Y le había ido a enseñar la cruz de diamantes a la capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar...; él era allí el dueño, el esposo, el esposo espiritual..., don Víctor no era más que un idiota incapaz de mirar por el honor propio ni por el ajeno... ¡Aquello era la mujer!"XXV,601-602

Pero la sotana reduce a la impotencia su cuerpo fuerte y ansioso de placeres carnales. Ha conseguido el poder a costa de convertirse en un guiñapo de hombre, en un eunuco:

...Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de risa, una cosa repugnante de puro ridícula... Su mujer, la Regenta, que era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa... le había engañado, le había deshonrado como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre, ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento; él, atado por los pies con un trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, él tenía que callar, morderse la lengua, las manos, el alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le escupía en la cara porque él tenía las manos atadas... ¿Quién le tenía sujeto? El mundo entero... Veinte siglos de religión, millones de espíritus ciegos, perezosos, que no veían el absurdo porque no les dolía a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud a lo que era un suplicio injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel... cruel... Cientos de papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de catedrales y cruces y conventos... toda la historia, toda la civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos, sobre sus piernas, eran grilletes...XXIX,695

Y en el colmo de su furor, el Magistral arroja lejos de sí la sotana y se pone su traje de cazador, quiere convencerse a sí mismo de que todavía es un hombre. Pero la Regenta no le ha visto nunca vestido así sino con el infame disfraz de clérigo que le convertía en eunuco a los ojos de todos.

Quizá Fermín De Pas es la figura más patética de toda la novela, precisamente porque en él se combinan el poder social y la impotencia humana en una mezcla indisoluble. Al cabo, el poderoso Magistral de Vetusta, que tiene a sus pies a toda la ciudad y al mismísimo obispo, no es sino un pobre hombre, dominado por su madre, que ha renunciado a la felicidad para alcanzar el poder.

Frente a estos personajes que pueblan la novela, arrastrando una existencia inauténtica, falsa, hipócrita con los demás y consigo mismos, aparecen dos personajes secundarios que suponen un contrapunto de autenticidad y de equilibrio. Parece como si Clarín hubiese querido poner dos ejemplos de salud, uno espiritual, corporal el otro, entre tanta podredumbre como la que nos describe. Estos dos personajes son Tomás Crespo, Frígilis, y el obispo de Vetusta, Fortunato Camoirán.

Frígilis representa el ideal armónico y equilibrado de un hombre que vive en contacto con la naturaleza. Es un personaje sano que da al cuerpo lo que el cuerpo pide. Lejos de la lascivia contenida del Magistral y de la desenfrenada de Mesía o de Obdulia, Frígilis es un ser armónico que encuentra la felicidad lejos de Vetusta, en el campo, en el monte. Sin ambiciones, sin falsedad: no necesita aparentar nada porque la sociedad de Vetusta nada puede ofrecerle, todo lo que necesita está fuera.

...Frígilis estudiaba la fauna y la flora del país de camino que cazaba, y además meditaba como filósofo de la naturaleza. Crespo hablaba poco y menos en el campo; no solía discutir, prefería sentar su opinión lacónicamente, sin cuidarse de convencer a quién le oía...XVIII,462

Quintanar le acompaña en sus paseos campestres, pero ¡qué contraste! La autenticidad de la relación de Frígilis con la naturaleza contrasta con la patética caricatura de la misma que hace don Victor al intentar emularle:

Quintanar le seguía muerto de sueño, encerrado en su uniforme de cazador, de que se reía no poco Frígilis, quien usaba la misma ropa en el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte, claveteada. Se metían en un coche de tercera clase, entre aldeanos alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra la tabla dura; Frígilis repartía o tomaba cigarros de papel gordos, y, más decidor que en Vetusta, hablaba jovial, expansivo, con los hijos del campo, de las cosechas de hogaño y de las nubes de antaño...XVIII,463

Ningún otro personaje de La Regenta se mezcla con las clases bajas sin un gesto de desagrado: recordemos a Ana Ozores paseando por las calles de Vetusta. Por el contrario, Frígilis se encuentra allí a sus anchas, en tanto que le encontramos incómodo y apartado en la sociedad vetustense:

...En cuanto las lluvias de invierno se inauguraban, después del irónico verano de San Martín, a Frígilis se le caía encima Vetusta y sólo pasaba en su recinto los días en que lo reclamaban sus árboles y sus flores.XVIII,463

Otro tanto le ocurre al otro personaje del que hemos hecho mención: el obispo Camoirán, al que vemos siempre al margen de los acontecimientos vetustenses. Camoirán es el único personaje dotado de una espiritualidad sincera: ni la hipocresía religiosa de Fermín De Pas, ni el misticismo exacerbado de Ana Ozores. Por eso le abandona la nobleza vetustense que prefiere la religión hipócrita e interesada que expende el Magistral: Camoirán es el obispo de los pobres; sin ambiciones personales, viste pobremente y entrega todo lo que tiene a quien lo necesita. Clarín lo describe como un santo:

Fortunato era un santo alegre que no podía ver una irreverencia donde se podía admirar y amar una obra de Dios.XII,329

El contraste de este santo varón con el corrompido clero vetustense se encuentra subrayado en varias ocasiones. Parece imposible que haya llegado a obispo un ser tan puro, sin ambiciones y sin doblez como Fortunato:

¿Cómo había llegado a Obispo? En una época de nombramientos de intriga, de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinión se buscó un santo a quién dar una mitra, y se encontró al canónigo Camoirán.XII,329

En este personaje se pone de manifiesto el carácter del anticlericalismo clariniano y a la vez su profunda religiosidad. Lo que Leopoldo Alas reclama es una religiosidad pura como la de Camoirán. La figura del Obispo es la crítica más despiadada de la Iglesia oficial, en la que dominan los ambiciosos con ansias de poder, como el Magistral. La simple presencia de un hombre íntegro constituye un peligro para el clero corrupto que se queja de su conducta, ya que les pone a ellos en evidencia:

-Esto es absurdo -decía De Pas- ¿Quiere usted ser el Obispo de Los Miserables, un Obispo de libro prohibido? ¿Hace usted eso para darnos en cara a los demás que vamos vestidos como personas decentes y como exige el decoro de la Iglesia? ¿Cree usted que si todos luciéramos pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpiachimeneas, llegaría la Iglesia a dominar en la regiones en que el poder habita?XII,331

Ambos personajes, Frígilis y Camoirán, no sólo viven al margen de la vida social vetustense sino que son despreciados por ella. De Frígilis "los vetustenses decían que era un chiflado, un tontiloco".XVIII,462

Al Obispo Camoirán le abandonan las damas vetustenses como confesor y nadie le hace caso en el púlpito.

Otro rasgo une a Tomás Crespo y al Obispo, al tiempo que les separa de todos los demás. Ambos tienen la rara virtud de la tolerancia en una ciudad donde reina la maledicencia, la envidia y la calumnia:

A don Tomás le llamaban Frígilis, porque si se le refería un desliz de los que suelen castigar los pueblos con hipócritas aspavientos de moralidad asustadiza, él se encogía de hombros, no por indiferencia sino por filosofía, y exclamaba, sonriendo:
-¿Qué quieren ustedes? Somos frígilis, como decía el otro.
Frígilis quería decir frágiles. Tal era la divisa de don Tomás: la fragilidad humana.V,207

¿Y el dogma? ¿Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de nadie; para él, como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra revolucionaria, ni un satánico non serviam librepensador.XII,332

Autor y licencia de 'El universo filosófico de La Regenta - Naturaleza y existencia inauténtica (II)'
Miguel Angel de la Cruz Vives Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero14/regenta.html CopyLeft
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