Palabra. Un poco de aire estremecido que, desde la madrugada confusa del Génesis, tiene poder de creación34. Diosa enseñoreada en el confín del orbe, del hombre y de la vida. Presencia humana. Señal de encuentro o desencuentro. En la diatriba, la decisión, la suerte o el destino. Espada, transparencia, duelo, reto o vínculo. Tapiz, alfombra, disfraz, encanto. Comunión, derrota, triunfo, destrucción, logro o meta. Justificación, condena, liberación. Intención, propósito, diálogo, aguijón o miel. Acción, empeño, lucha, comisión, misión. Deliberancia, discusión. Pensamiento. Convergencia. Divergencia. Lumbre, sombra o esperanza. Palabra en mano, volear semillas. Dar palabra, corazón y mano. Frente a una enmascarada, una palabra articulada, activa, justa, digna, fehaciente, clara, transparente, verdadera. Una palabra que golpee, junte y acompañe. La libertad de la palabra, derecho inalienable. Sacando cuentas y después de todo, tú sola y para siempre la palabra. Hermana mayor del hombre, presencia las agonías, protege al pueblo, vuelca como campana su acero y su sonido hacia todas las mañanas. Por la palabra comienza toda revolución en la medida en que sólo se consigue evitar los equívocos e hipocresías cuando la palabra realmente dice lo que significa. En momentos determinados, la poesía puede y debe, sin duda, protestar, gritar, acusar. Debe hacerlo como poesía, es decir, como lenguaje, de forma tal que los otros hombres sientan que el lenguaje que hablan los obliga a que se autoacusen, se autoerijan, y eventualmente a que se rebelen.35
Pueblo. Saber, querer, poder, camino de la sobrevivencia, de la muerte o de la gloria. La justicia -pan del pueblo- casi siempre hambrea al hombre. Ante un pueblo con justicia, sobra el arma. Defender los derechos del pueblo pareciera subversión. Mientras la llama roja de la fe flamea, la Libertad es la religión definitiva. La poesía de la Libertad el culto nuevo. Los hombres, todos, los nuevos sacerdotes. Las capillas, todos los caminos de la Paz.
Pólvora. Se empieza por la palabra. Al pie de ella, nace el pueblo. Perdida, en aprieto el pueblo, apela a la pólvora. Despierta la conciencia, se encienden las pasiones, surge la tormenta que arrasa, renueva, restaura, limpia, purifica. Al precio de su sangre, insurge el pueblo en busca de palabra. Se rebela. Desaforado, corre tras el pan. La guerra, el último remedio, sólo medio; el fin, la paz. La pólvora o la guerra, esfuerzo hacia la paz. El progreso, la civilización sistematiza, perfecciona la barbarie en medio de la larga letanía de este inhumano laberinto de finanzas salvajes, inconclusas, inventadas. Todos los náufragos tienen derecho a ser salvados, el límite lo da la dimensión del barco. O revolución o contrarrevolución. O revolucionarios o contrarrevolucionarios. Obstaculizar o construir. La revolución es una necesidad histórica, un hecho inevitable. De pueblo en pueblo, la revolución un día llegará. Podrá el día estar lejano, mas sí signado y ninguna reforma, ningún artificio, ninguna represión podrá evitar su adviento. Perdida la palabra, al pueblo no le queda sino asirse a la pólvora para reencontrar el camino, que puede ser de mucha o poca sangre. Las revoluciones que empiezan por la palabra, a las veces concluyen con la pólvora de manos del pueblo o de los hombres.
Palabra, pueblo, pólvora: consignas para un mundo o una patria en pie de guerra. Para el pan que haga falta. ¡Alumbre la luna nuevas intenciones desde este ruedo fantasmal del hambre!