



Inocentes quienes crean que para correr se hizo la esperanza. Quienes culpen a las rosas por darle de comer al pobre. Quienes sean incapaces de sostener la luz o enarbolen, cobardes, la derrota. Los que incendien las alas a la Paz o acaben con las huellas del camino. Los que no sepan de ningún secreto o al soldado le escondan sus fusiles. Quienes pierdan su tiempo en ventoleras o apenas si se acuerden de los suyos. Inocentes los Cristos sin sus látigos. Aquel imperio en busca de amapolas o el pueblo cuando entierre sus sudores. El soldado que atente contra el pobre o el pobre que arremeta contra el viento.
Inocentes quienes no reprochen al alba su tardanza hasta abrazar el asombro de la muerte. Quienes no atinen con el próximo jalón, inventen rutas nuevas, nuevas eras, el viraje que a diario nos aguarda. Quienes dejen de ser entre el alma de la patria en gloria o ascuas, salvando noche, tempestad, neblina, vendaval y cangilón; pena, chaparrón, vida o sobrevida.
Inocentes el aurinegro estiércol de los diablos; el pavoroso tesoro del hambriento -el eterno basural de los zopilotes, los zamuros-. Los que juntan casa a casa y añaden heredad hasta ocuparlo todo. El monte sin bramido de ganado; el aullido de la hiena, la salvaje cabra, el chacal o los hurones; los canarios, los gallos, los grillos, los cristianos y los trompos tuertos; cualquier unión patriótica, hideputa, unida, suprema, checa, eslovaca, ecuménica o romana; la ponzoña, la maleza, la cizaña; los Smith y sus deudas indeseadas, inmorales, indexadas; los Truman vagabundos de la guerra; el tísico pañuelo de la guerra; las indómitas fieras de la guerra; la desolladura del barro que seremos; el estridente relincho del rayo de los pájaros; los desvalidos gritos de un pescado muerto; los ojos abiertos de los ciegos.
Inocentes la clara tempestad de los caminos, el tiempo fatigado de infinitos y el silente lagrimón de la vereda -latigazo que a todos atribula, el que a la lucha sin cesar nos lleva-. Aquel que ausente de su ser delire. El que no sepa de ningún lucero. El simple labrador que sueña en ver crecer la flor de sus plantíos. El que, lejos de su infancia, viva. La sombra de la aldea galopando auroras, madrugadas, hacia la luz total de los fogones. El paso de la lluvia en torrencial suspiro mientras la madre su bocado implora; el niño que en harapos llanto apaña; el hombre entretejiendo llagaduras.
Inocentes quienes desconozcan que la última utopía evocaba un porvenir socialista en el cual cada hombre sería un creador, un poeta. O quienes, pretendiendo inventar el futuro, dejen de pedirle al hombre algo más difícil que dar todo lo que tiene: dar todo lo que él es, es decir, el poeta que lleva en sí; redescubrirse, reinventarse.
Inocentes quienes consideren sumamente fácil escoger entre rebelión popular o rebelión legal; entre asaltar el poder -una guerra de movimiento- o la guerra de trinchera. Apoderarse del Estado o tomar trinchera por trinchera, comenzando por dirigir las organizaciones sociales antes de la toma del Poder y, en última instancia, asaltar la Fortaleza o fortalezas del Estado. En fin, quien crea que el asalto sea cuestión de horas o que está a la vuelta.
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