Al alimón, los tiempos de guerra se juntan, juntaron, juntarán en el cristal quebrado de las ilusiones que nos sembró la risa. De allá para acá, no ha cesado la muerte, pero se ha multiplicado la mentira. Y ya este cuasihombre que somos, parece no saber hacia dónde mirar en busca de un camino. Tal vez porque siempre lo acostumbraron dejar que otros le indicaran la vida que debía vivir. Y en ese señalar, la muerte y el crimen no se han detenido. Se le calificó de uno y otro bando, para una misma cosecha de extinción y devastación. No hemos sido capaces aún de contribuir a crear un nuevo hombre que diera paso a una nueva sociedad, a pesar de que quedó la tierra regada de los innumerables hermanos que nos arrebataron. Íbamos con avidez a la conquista del poder, no de la razón para hacer del planeta algo distinto a lo que ha sido. Hoy, en este tiempo de guerra creciente, de abismos tormentosos y terribles, los pedazos de la canción del hombre, están tan fragmentados y dispersos, que a veces nos hacen creer que no podremos volver a recolectarlos. Y si fuese así y los muros fuesen tan gigantes, entonces tendremos que componer otra canción, inventar otro tiempo, enviar al exilio la muerte, invocar el porvenir, una y otra vez, persistente y testarudamente, hasta que dibuje aunque sea una tenue línea en el horizonte de la esperanza. Otros vendrán después de nosotros a seguir empujando la ilusión, a punta de siembra, de ofrendas, de una organización horizontal a través de la que todos nos juntemos para hacer valer nuestra decisión de vivir, por encima de todos los mercaderes antiguos y modernos, que siguen empeñados en extinguir lo poco que queda aún verde sobre la hierba.
Tiempo de guerra permanente el que nos ha tocado vivir. Difícil oficio ese de trasmutar muerte y dolor en recinto de ilusión, armados sólo de la sonrisa de los que se nos fueron y de los que llegan. No hemos podido detener la muerte interminable que se multiplica ni la oscuridad que se extiende persistente sobre el hombre. Hoy hay que atrapar luceros en las redes del alma para que vayan a darle de comer a las fogatas. Hay que moldear la palabra que hiere hasta hacerla bálsamo y dintel, granada reluciente derramadora de semillitas de amor. Dibujar desde este tormento las auroras que no vimos, el solar florecido que será un tiempo sin guerra, un planeta azul de alegría, en el cual el hombre que no somos se reintegre al fin a la naturaleza a la que pertenece, al cosmos de donde viene, habitante sideral del verde infinito de todas las inmensidades por siempre y para siempre.
No se ha ido la guerra, se nos ha venido encima con más fuerza que nunca, la de ayer y la de hoy, la de quienes no quieren sucumbir y los que pretenden ocupar sus lugares. Siempre el hombre al margen de toda acción, que no sea, quebrar sus secos ramajes para una poda que no alcanzará la sublevación de los copos. Los antiguos y los nuevos versos, esos versos, los tuyos y los míos, de entonces y tan de ahora, nos deben servir para invocar una nueva palabra, un signo distinto, para dinamitar el alma, no los campos ni los rostros, para dispararle a la esencia de lo que somos, no a la vida del otro. Juntos, uno tras otro, somos muchos. Algún día no disparará el soldado contra su hermano, ni el guerrillero contra el suyo, ni el combatiente contra quien obligan a despedazarlo. Nos pusieron y nos ponen a pelear entre nosotros. Y sin embargo tenemos aposentada en la garganta una misma canción que llueve sueños. Algún día nos encontrarán a todos juntos, y tendrán que deponer las armas, y tendrán que incendiar los arsenales, y tendrán que volver basura sideral los escombros de las máquinas infernales, porque no habrá quién las maneje, quien apriete los botones que las activen y mucho menos quienes las construyan ni formulen los cálculos para inventarlas. Algún día es la lumbre que alimenta la espera y es certeza de saber que algún día se recogerá la vida en la dulzura de los frutos caídos de la cesta o haremos brotar de ellos el hilo violeta de algún arco iris que aún no se ha asomado.
“Hoy me sublevo contra esa bomba de tiempo que es la muerte indiscriminada y el desplazamiento de los eternos condenados de la tierra. Me armé contra la injustita, dice Rimbaud. Pero de lo que se armó fue de una ardiente paciencia. Todo puede pasar cuando nadie puede ostentar ufano el perfil del inocente. Sé, señor, nuestro salvavidas. Ilumina a quienes toman las decisiones en pleno abismo. Y que sea expuesto al viento en su silla, en su silla de hierro, el hombre entregado a las visiones que irritan a los pueblos, como cantó Saint-John Perse”.25
Son estas en verdad
horas terribles
por todas las cosas
que no se perdonan
por todas las cosas
que hay que salvar
por todas las cosas
que son necesarias
en este tiempo de guerra
Mery Sananes, Tiempo de guerra.26
Ciertamente, desde estos tiempos de guerra, penumbra y estallidos solares, de aguas turbulentas, se tiene que tomar las riendas, dirimir ideas, pensamientos, utopías, clasificarlos, hasta dar con un trabajo que desmonte propios, cósmicos, ajenos alaridos, hasta rehacer, reconstruir, fundar y refundar, reafirmar, reaprender, re(interpretar) o (re (inventar) los moldes donde signe el hombre nuevo su nuevo perfil, su lontananza. Cualquier paisaje airado, torbellino de ilusiones, preguntas y retratos, no más que trayecto para un camino aún por recorrer: esperanzas, desesperanzas, pasos desbordados, tras un salto al porvenir. Mientras, sólo queda volver a desmontar los vuelos apagados. Belleza, revolución, poesía social, compromiso, guerra, paz, pólvora y barreno, aurora o amanecer, ámbitos -la energía creadora del sueño- para aclarar, redimensionar, catapultar, para armar de nuevo, de cara a la completitud humana de este gran dolor en viaje hasta que cada idea-torrente llegue a ser canción que llueva sueños, equipaje para la vida, candil eterno, fogata, árbola encendida en cada insomne madrugada.