Espacio y memoria en Fe de vida (1994), de Dulce María Loynaz - El tiempo de la memoria
2 - El tiempo de la memoria
En la Introducción la autora se declara “urgida por la necesidad de hablar” de su segundo esposo, “uno de los hombres más conocidos en su ámbito y en su época” (9). A continuación cita a Julián del Casal, José Martí y otros ilustres cubanos que cultivaron el género periodístico en el que sobresalió Pablo Alvarez de Cañas, la crónica social. La Primera Parte sitúa la narración en el momento en que Pablo, acompañado de su familia y su perro, llega a La Habana a fines de 1918. Luego se retrotrae a los años de su infancia y juventud en Tenerife, para continuar después con sus infortunios y progresos laborales en Cuba. Llega el día en que conoce a quien sería por veinticinco años su amor imposible, la joven y aristocrática poetisa, cuyos padres se opondrían severamente a su relación con un inmigrante sin fortuna ni trabajo fijo. La “ficción rosa ad hoc” que recorre el texto (Portilla Negrín 2002) los presenta luego a Dulce María y Pablo ya casados, en las segundas nupcias de ella. Aparecen juntos en múltiples y variadas escenas: celebrando los multitudinarios cumpleaños de él, compartiendo una lectura de poemas, cuando él era representante internacional del Comisionado del Tabaco Cubano, o bien en el momento en que vuelve del exilio para morir, enfermo, junto a su esposa.
En el Intermezzo, “una pausa que pudo ser epílogo”, DML advierte que “la muerte se ha introducido por cualquier hendidura, como si ya debiera entregarle lo escrito sin añadir más palabras a su texto” (79). Sin embargo, confiesa que “no quisiera” rendirse “a su reclamo”, y es por eso que decide seguir “escribiendo, dando la vuelta en sentido contrario -un poco fatigosamente- a la rueda del tiempo” (86). La perfecta simetría del texto dispone entonces de otros seis Capítulos para la Segunda Parte, centrados ahora en la protagonista femenina de la historia, DML. Primero recrea “la época azul” de su infancia en la gran casa de la familia, en segundo lugar “la época rosa” de su juventud: el largo noviazgo con su primo Enrique de Quesada y las “juevinas”, las famosas tertulias literarias que la poeta organizaba en los años treinta. Después del casamiento de los primos, una catástrofe familiar -el intento de suicidio de Carlos Manuel, el hermano menor de Dulce- signará un destino trágico para todos sus allegados. Mientras tanto, la personalidad de Enrique, retraído y celoso, se va delineando como la antítesis de Pablo, y de ese modo se establece un equilibrado contrapunto entre ambos personajes. Ya divorciada del primer marido, DML decide acompañar a Carlos Manuel en un viaje por Sudamérica. Allí es interceptada por la presencia furtiva de Pablo y las constantes orquídeas que le hacía llegar a cada destino, al tiempo que en Cuba continuaba esperándola Enrique con otras flores queridas, los anones. Esta “lucha simbólica” de las flores, como la ha llamado Portilla Negrín, terminó con el casamiento de Dulce María y Pablo, al que siguieron “trece años perfectos” (140). La piedra de toque de Fe de vida es el Envío que, como una despedida (de la vida, de la escritura), clausura el texto. En él DML se pregunta si “existe una vida ultraterrena” en donde Pablo pueda recibir “de algún modo sutil y misterioso, ésta, la última ofrenda” de su amor (141).
Como lo narra Martínez Malo (2002), en los años sesenta y setenta la poeta cubana vivió el olvido de los lectores de su patria, el derrumbe de su mundo burgués por los cambios que impuso la Revolución, el exilio de su marido, la muerte de sus padres y su hermano Enrique, y la demencia irreversible de Carlos Manuel. Ese “espíritu de confinamiento, acaso de desolación” (Portilla Negrín, 2002) domina el presente del sujeto de la enunciación de Fe de vida que, sin embargo, oscila entre la exaltación y la nostalgia cuando se remonta a otros tiempos. Bien ha expresado César Aira que
A pesar de los cautos recortes en la narración, termina siendo una confesión conmovedora, dolorosa de leer. Y la historia en sí, tal como sucedió, es de esas cosas que sólo pueden pasar en la realidad, porque en una novela serían demasiado inverosímiles. (2001a, 328)
Este mismo autor señaló, en Las tres fechas (2001b), tres actitudes básicas con las que un escritor puede manipular “la calidad de la experiencia”: la acción, la reflexión y la perfección, que equivalen a “vivir aventuras, explicarse lo que pasó, y crearse sensaciones condensadas o exquisitas”. En la tercera instancia se sitúa Fe de vida, un relato que ha sido construido fragmentariamente, a partir de “ciertos momentos de la vida de Pablo, que siendo generalmente de tránsito fugaz, variaban, sin embargo, en su gama cromática” (59). Así es que DML propone un peculiar registro visual de las experiencias a medida que las va traduciendo a la escritura:
Ya había clasificado como estampas o policromías las que tenían un aire ligero, una como fina comicidad; y bajo el rótulo de aguafuertes, las que a veces, dentro de una apariencia también ligera, encerraban un sabor ríspido, una almendra amarga.
Pero, ¿cómo clasificar aquellas que no encajaban en ninguna de las dos denominaciones? … Dije que por asociación de ideas había venido a mi memoria la palabra “fotos”, y esto fue recordando las múltiples que nos hacían por esos días los fotógrafos de la prensa… (59)
Estampas, aguafuertes y fotografías conforman un álbum, un anecdotario a partir del cual es posible conocer distintas caras de una personalidad compleja. En el proceso de registrar lo vivido cobra un rol fundamental la memoria, con el peso que implica semejante esfuerzo:
Hay un desmembramiento de situaciones y sucesos, que ya no sabría dónde colocar, y si he de proseguir con mi relato, tendrá que ser un poco a la deriva, dejándome llevar por la corriente, o sea por lo que buenamente vaya acudiendo a mi memoria, extrañamente lúcida unas veces, otras negada a recordar. (50)
Cuando los pensadores contemporáneos han reflexionado sobre los modos y la ética de la reelaboración narrativa del pasado, han centrado la atención en la doble “responsabilidad de la memoria”, ante el pasado del que da cuenta, y ante el presente al que siempre sirve (Ricœur, 1999; Todorov, 1999). En el relato biográfico se confiere a la vida orden y valor, se traza el mapa de la interacción del yo y la otredad. La noción de “identidad narrativa” (Ricœur, 1985) implica que al contar la historia de Pablo y la suya propia, DML está afirmando quién es ella. Veamos de qué modo, cuando describe los espacios y evoca un tiempo que ya fue, la poeta anciana construye discursivamente su identidad personal y colectiva.
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