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Espacio y memoria en Fe de vida (1994), de Dulce María Loynaz - Lo público y lo privado

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CopyLeft Monografía de María Lucía Puppo - 23 de Septiembre de 2006
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3. Lo público y lo privado

Estamos acostumbrados a que una ciudad sea protagonista en la poesía y la novela modernas. El caso paradigmático es sin duda el mito literario de París, fundado a partir de los textos decimonónicos de Balzac y Víctor Hugo3. Otro tanto podría decirse de La Habana, ciudad mítica que en el siglo XX despliega su belleza barroca en la prosa de Lezama Lima, Sarduy o Cabrera Infante. En Fe de vida también está presente la ciudad, con todo el esplendor que alcanzaba en 1918:

El que no la vio, no podrá nunca imaginar lo que era La Habana en aquel momento: una pequeña Viena, una París en miniatura, un extracto de Buenos Aires, sin la sosera ni tanta calle ancha y descolorida.

Porque La Habana era todo eso; color, esplendor, refinamiento. (27)

La “ciudad alegre y confiada” vivía por ese entonces la Danza de los Millones, gracias al elevado precio del azúcar en el mercado internacional. DML evoca a “las mujeres más elegantes del mundo” que “transitaban diariamente por sus calles y paseos”, y subraya el contraste con el presente:

Había que detenerse a contemplarlas, como se detenían muchos, por esa calle de San Rafael, hoy convertida en sede de riñas callejeras, adonde diariamente se ven precisadas a acudir las fuerzas represivas del Estado; o por ese Paseo del Prado, desde hace tiempo madriguera de hampones y marihuaneros, igualmente escala obligada de la gendarmería. (28-29)

Lo mismo ocurre cuando describe El Vedado, un barrio que, “enterrado vivo por la estulticia y la avaricia de los hombres nacidos bajo su mismo cielo”, para la autora “ya no existe”, como Pompeya, Palmira o Macchu Picchu:

El Vedado era una esencia, un espíritu, un ser fundido con nuestro ser, que cuando lo perdimos, no fue sin sentir que ya dejábamos de ser un poco nosotros mismos, y aun prescindiendo de estas finuras de la sensibilidad… ¡Cómo olvidar aquel trasunto de mármoles y jardines, de árboles umbrosos y verjas de hierro calado en filigranas! Y luego aquel olor a albahaca y a romero que era su olor, y nunca más he vuelto a percibir. (27)

Aunque minuciosa y rica en detalles, la descripción loynaciana está siempre imbuida de una fuerte carga subjetiva, dejando traslucir en el texto lo que Raymond Williams (1981) llamó “estructuras de sentimiento”. Asimismo los fragmentos que describen la ciudad nos enfrentan más que nunca con la referencialidad del texto literario. Jacques Soubeyroux (1993) propuso hablar de diferentes “grados de mimetismo” y “grados de desvío” en el espacio ficcional con respecto a una ciudad real, en tanto que Els Jongeneel ha señalado el “carácter híbrido” de toda topografía urbana literaria:

The description gives us verifiable information about an extratextual reality, but at the same time it forms part of a fictional, non-verifiable plot. … Thus a tension arises, in the literary city description, between fiction and non-fiction, that varies according to the foreknowledge of the reader. (2003)

La ambivalencia de la escritura autobiográfica remite, de ese modo, a la complicidad de los receptores, que sitúan el espacio del relato en una ciudad o un barrio que conocen más allá de la realidad del texto. A la tensión intra- / extratextualidad se le suma otra tensión entre la dimensión personal de los acontecimientos narrados y el entramado social que envuelve y determina esa trayectoria individual. Si filósofos del siglo XX como Hanna Arendt y Jürgen Habermas indagaron en las relaciones entre lo público y lo privado, hoy sabemos que ambas esferas existen en una interpenetración, y que en este tipo de relatos liminares se confunden (Arfuch, 2002).

El espacio privado por excelencia es la casa. En las memorias de DML hay dos ámbitos domésticos fundamentales. Uno de ellos es “la casa frente al mar”, donde posteriormente el gobierno comunista construyó un “horrendo estadio” (94). De la casa de la infancia de los hermanos Loynaz, se destacan, ante todo, los jardines:

… plantas de especies hoy casi desaparecidas se desbordaban por los canteros; jazmines de El Cabo, begonias, embelesos, la rara dalia color lila, que no he vuelto a ver. […]

Luego, la arboleda entretejida en toldos de frescura, la fuente con pececillos de colores, que con pececillos y baranda de hierro poco a poco se fue tragando la yagruma; y el gran pino que se veía a kilómetros de distancia, y derribó el ciclón del 26… (94)

El espacio refleja, una vez más, el paso del tiempo: el ciclón que dejó su marca; luego la Revolución que confiscó la propiedad privada. A pesar de su predilección por los ejemplares exóticos, costosos, que ambientaban la casa de Calzada 505, DML confiesa que

nuestra familia seguía siendo muy burguesa y ya no entonábamos en su ambiente… (93)

Por eso los hermanos, amantes de la música, la pintura y la literatura, recibieron “un ala entera de la casa” para “recrear” a su gusto (93). Abolieron la luz eléctrica, inventaron juegos y personajes, poblaron con su imaginación las habitaciones. Más que lamentar haber perdido los privilegios de la clase acaudalada, la autora llora un estilo de vida, una aristocracia de las costumbres que ha desaparecido. Esto es incluso más evidente cuando describe La Belinda, la otra casa esencial de Fe de vida:

Y la paz reinaba en aquel edén privado, casi obra de mis manos. Cuando llegamos, poco menos que en ruinas se hallaba la gran mansión colonial, albergadera de príncipes fugitivos, cuya verja ostentaba la fecha de su construcción 1793.

[…] Poco a poco, empezamos a encontrar estatuas mutiladas, bancos de mármol rotos que me limitaba a unir si podía, y hasta la vieja fuente recobró su cantarino hilo de agua. (110)

La Belinda aparece como un espacio construido por DML con esfuerzo, un paraíso “con tantos sacrificios … fabricado” (122), a cuyos umbrales “no llegaba nadie o casi nadie” (110). No es casual que allí la autora pasara sus primeros años de matrimonio con Enrique, en un aislamiento y una aparente paz conyugal que no mermaba los celos de éste al tiempo que asfixiaba su vocación literaria. Finalmente iniciaron el divorcio y la poeta abandonó la casa para salir de viaje con su hermano menor. En la narración insiste en que, debido a su caótico estado mental, apenas recuerda los lugares recorridos en América del Sur. Ecuador, Colombia, Chile, Uruguay, Bolivia, Argentina, Brasil pasan fugazmente por los párrafos de Fe de vida (pp. 125-27), excepto por alguna vivencia o inquietud particular que a veces se señala. En Mar del Plata, por ejemplo, DML buscó “el sitio donde se había arrojado al mar Alfonsina Storni, nuestra Safo del Sur”, pero estuvo más de dos meses en Río de Janeiro y sólo le quedaron “despojos de recuerdos”.

Después del viaje el héroe retorna al hogar. La vuelta de DML cobra una dimensión mítica porque el regreso a La Belinda significó para ella una anagnórisis4:

Estaba todo oscuro, oliendo a casa cerrada y a humedad. ¡Qué triste me pareció el que fuera mi pequeño Edén, y cómo deseé no haberlo abandonado o no haber vuelto! (127)

Ya nada sería igual en su vida a partir de entonces. Le regaló La Belinda a su ex- marido, que de otra mujer tendría el hijo que siempre quiso, y ella decidió casarse con Pablo, el hombre con quien recuperaría su lugar de mujer de letras, y el que se encargaría de difundir su poesía, principalmente en España.

Autor y licencia de 'Espacio y memoria en Fe de vida (1994), de Dulce María Loynaz - Lo público y lo privado'
María Lucía Puppo Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/fedevida.html CopyLeft
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