La cubana Dulce María Loynaz (1902-1997) fue una mujer tímida y solitaria, que conoció el éxito internacional como poetisa en los años cincuenta, y luego el olvido frente al triunfo de sus coetáneos adscriptos al régimen comunista. Ajena a los grupos y las modas literarias, el único mandato que obedeció fue el de su propia poesía, que en cantidad apenas supera dos centenares de páginas. Menos comprendida aún que su obra lírica fue su producción narrativa, que se reduce a la novela Jardín (1951), el libro de viajes Un verano en Tenerife (1958) y un escrito autobiográfico, Fe de vida (1994), además de algunos manuscritos inconclusos y varias decenas de conferencias, discursos y crónicas periodísticas.
Si las paradojas signaron la recepción de la obra de DML, la última de ellas viene a subsanar el vacío crítico de tantos años, puesto que hoy sus textos atraen la atención de numerosos lectores e investigadores en Cuba y el resto de Latinoamérica, en España peninsular y las islas Canarias, en Estados Unidos y, cada vez más, en el resto del mundo. Luego de haber dedicado cuatro años al estudio de su obra, he comprobado que cada vez son más frecuentes los coloquios, seminarios, libros de ensayos, tesis y papers académicos que la abordan. Especialmente en el año de su centenario se realizaron importantes homenajes, actos públicos y reediciones de sus textos poéticos, narrativos y ensayísticos.
Por mi parte quisiera dedicar algunas páginas al análisis de la última empresa narrativa de DML, Fe de vida, que lleva por subtítulo Evocación de Pablo Alvarez de Cañas y el mundo en que vivió. Es el texto más desconocido de Loynaz. Sabemos que, a pedido de su infatigable amigo Aldo Martínez Malo, en 1976 DML comenzó su escritura, después de haberse sumido en la reclusión y el silencio por más de quince años. El proceso no fue fácil, como era de suponer para una autora de setenta y cuatro años, muy sola y con la vista cada vez más débil. A mitad de camino DML decidió interrumpir su tarea (“Ahora veo que en realidad ya no sé escribir…”), pero finalmente acabó el libro “el día 3 de agosto de mil novecientos setenta y ocho, sábado a las tres de la tarde”, cuando “Empieza a llover” (141)1. Aclara en la “Nota necesaria” que precede al texto que en ese entonces expresó su deseo de que las páginas “sólo se conocieran cuando yo hubiera cumplido noventa años o después de mi muerte” (7). Cumplida la primera de las condiciones, en 1993 DML, a quien la vida le “depararía nuevas sorpresas” tales como el Premio Nacional de Literatura de su patria (1987) o el Premio Cervantes (1992), accedió a su publicación.2
Fe de vida es en principio un homenaje de la autora a su segundo marido, pero constituye también, sin lugar a dudas, un libro de memorias. Manifiesta esa voluntad confesional que está en la base de todo “pacto autobiográfico” (Lejeune, 1975), aunque no debemos olvidar que los textos de este tipo “pretenden realizar lo imposible, esto es, narrar la “historia” de una primera persona que sólo existe en el presente de su enunciación” (Molloy, 1996). Es por eso que tal vez lo más interesante sea buscar en ellos “una presencia oblicua” del Narrador-Autor, “no la narrativa discursiva sino esas pistas delatadoras (intencionales, fortuitas, contingentes, inadvertidas)” (Kadir, 1995).
¿Cómo abordar el análisis de un libro complejo, polisémico, en el cual confluyen datos históricos y proyecciones imaginarias, descripciones minuciosas junto a saltos o vacíos temporales, una estructura narrativa atravesada por el más fino lirismo? La lectura que propongo focalizará en el tratamiento de los espacios en Fe de vida, un aspecto que, según veremos, es fundamental en la configuración del texto.
Si siempre es compleja la relación entre el espacio literario, representado, y su referente, el “realema” según Doležel, lo es más aún en los relatos autobiográficos, donde todo elemento diegético aparece inserto en una encrucijada de ficción y no-ficción. En nuestro caso veremos de qué modo la descripción de los espacios está estrechamente ligada a las estrategias de autorrepresentación del Yo loynaciano, que va tejiendo el entramado textual en torno a los nudos de la ciudad -La Habana-, el barrio -El Vedado- y la casa.