En principio, parecería ser Orestes el personaje más relevante. Desde el título: la Orestea, pasando por la presencia escénica, y en el desarrollo de la acción. Así, en Agamenón no aparece, pero es aludido en varias ocasiones, siendo la primera en la intervención de Casandra [31], como anticipo de la continuidad en las venganzas familiares.
Casandra.- “ (...), pero no moriremos sin que los dioses tomen vengnaza por nosotros, pues otro vengador nuestro vendrá a su vez, un vástago matricida, que tomará por su padre venganza. Desterrado, errante, expatriado de este país, regresará para dar cima a esas iniquinidades de su familia.(...)”.
Agamenón, 1279-1283
Posteriormente, en las Coéforas compartirá protagonismo con su madre, y en menor medida con Electra. Y en las Euménides será el protagonista central.
Por su parte Agamenón, es otro de los personajes principales. Y aunque su aparición se circunscribe a la pieza que lleva su nombre, su figura tiene importantes implicaciones para todas las obras.
Sin embargo, creemos que el personaje de mayor peso en el conjunto de la trilogía es el de Clitemestra (seguido de cerca por Orestes). En la primera de las obras, ella es la protagonista compartiendo sus apariciones con el personaje del rey de los Átridas. En las Coéforas, vuelve a serlo en este caso junto a su hijo. Y en las Euménides participa explícitamente en el desarrollo de la acción. Por ejemplo, arengando a las Erinis contra Orestes.
Sombra de Clitemestra a las Erinis:
“Sí, gruñid. Y, mientras, ese hombre se va huyendo lejos de aquí. ¡Hay quien ayuda a sus amigos y enemigos míos!”.
Euménides, 119-121
Es la única de los tres protagonistas principales que tiene presencia escénica [32] en cada una de las tres obras. Nuestra impresión personal, es que la figura de Clitemestra, es la de mayor protagonismo en el devenir de la trilogía. Seguida de la de Orestes y la de Agamenón. En un segundo nivel estarían Electra y Egisto, Apolo y Atenea.
No obstante, también pensamos que la figura de nuestra “protagonista” parece disminuida, con respecto a la de los coprotagonistas en la visión global de la obra. Ya que, en la Orestíada se ensalzan valores patriarcales, y virtudes relacionadas con la masculinidad, quedando peor parada la imagen de la mujer. Así, Clitemestra siendo igual de culpable que su marido y sus hijos, es peor tratada que todos ellos. Veámos algunos ejemplos:
Corifeo.-
(A Cliremestra) “Mujer, tú, que guardando la casa esperabas al que llegase del combate, ¿estabas a la vez deshonrando el lecho de tu marido y has tramado la muerte de tu esposo y el jefe del ejército?.”
Agamenón, 1625-1628
(A Egisto) “¿Por qué no prescindiste de tu alma cobarde y mataste a este hombre tú solo, sino que de acuerdo contiguo lo mató una mujer, baldón de esta tierra y sus dioses locales?”.
Agamenón, 1643-1646
Electra también se pone de parte de su padre y se alía con su hermano para matar a su madre. Sus palabras para Clitemestra están en estrecha relación con nuestro argumento:
“(...). Y escúchame padre, concédeme que llegue yo a ser mucho más casta que lo es mi madre y más piadosa con mi mano.(...)”.
Coéforas, 140-142
De igual modo, los dioses abundan con sus parlamenentos en los motivos que venimos exponiendo:
Apolo.- “Sí, porque no es lo mismo que muera un varón noble, (...), y además a manos de su esposa, (...)”.
Euménides, 625, 627
“(...). No es la que llaman madre la que engendra al hijo, sino que es sólo la nodriza del embrión recién sembrado. Engendra el que fecunda, mientras que ella sólo conserva el brote (sin que por ello dejen de ser extraños entre sí), con tal de que no se lo malogre una deidad.
Voy a darte una prueba de este aserto. Puede haber padre sin que haya madre. Cerca hay un ejemplo: la hija de Zeus Olímpico.” [33]
Euménides, 658-665
Atenea.- “(...). Voy a agregar mi voto a los que haya a favor de Orestes. No tengo madre que me alumbrara y con todo mi corazón, apruebo siempre lo varonil, excepto el casarme, pues soy por completo de mi padre. Por eso no voy a dar preferencia a la muerte de una mujer que mató a su esposo, al señor de la casa.(...)”.
Euménides, 735-740
La obra de Esquilo continua por tanto con la lucha de contrarios que comentábamos al principio de nuestro análisis. En este caso, con una distinta valoración de la mujer frente al hombre, o de lo masculino frente a lo femenino, más fácilmente apreciable entorno al tratamiento del personaje de Clitemestra. Aunque los matices no acaban aquí, porque el tipo de mujer que nos presenta nuestro autor, supone a nuestro juicio un avance respecto de las heroínas del universo homérico.
Clitemestra no es una compañera pasiva, una esposa supeditada al protagonismo de su marido. Muy al contrario se nos muestra una mujer fuerte, con iniciativa propia . Actuando de una forma que parece reservada a los hombres.
Corifeo.- “Hablas mujer con sensatez, como lo haría un prudente varón.(...)”.
Agamenón, 353-353
No acepta de buen grado el papel de sumisión y paciente espera que se le asigna, se rebela ante su situación y muestra sus quejas sobre la misma.
Clitemestra.- “(...). No voy a contarte algo aprendido de otras personas, sino las penas de mi propia vida, mientras él [34] estaba al pie de Ilio.
En primer lugar que una mujer se quede en su casa, lejos de su hombre, es una terrible desgracia.(...). Las fuentes del llanto que otrora manaban como torrentes se me han secado. Ya no me queda ni una sola gota.”.
Agamenón, 858-889
Manteniendo en todo momento una gran lucidez y seguridad en la ejecución de sus acciones.
Corifeo.- “Nos asombra tu lengua. Cuán audaz al jactarte con ese lenguaje junto al cadáver de tu marido”.
Clitemestra.- “Intentáis sorprenderme, como si yo fuera una mujer irreflexiva. Pero yo os hablo con intrépido corazón (lo sabéis muy bien), me da igual que quieras elogiarme o censurarme.(...).”
Agamenón, 1400-1405
Igualmente, cuando el enfrentamiento armado entre los ciudadanos leales al rey asesinado y los hombres de Egisto parece inevitable, ella se interpone entre ambos grupos, solucionando la situación y precipitando así el final de la obra.
“¡De ningún modo; oh el más querido de los varones, hagamos nuevos males!
¡Ya es una triste cosecha el haber segado estos otros en abundancia! ¡Ya hay bastantes desgracias! ¡No nos bañemos en sangre!
Y vosotros ancianos, marchad ya a esas casas que os fijo el destino, antes que padezcáis las consecuencias de esta situación.(...).
Así es la opinión de una mujer, por si alguno se dignara aprenderla.”
Agamenón, 1653-1664
En resumen, y para finalizar, aunque los valores y atributos masculinos son premiados a lo largo de la trilogía frente a lo femenino, es el papel de una mujer a nuestro juicio, el más importante de la obra. Además, entre los distintos matices con los que Esquilo crea sus personajes, el de Clitemestra nos ofrece una mujer con un comportamiento casi “masculino”, de una modernidad sorprendente para la época, y que se nos antoja próxima a la mujer actual a pesar del enorme tiempo transcurrido.
Siempre que nos enfrentamos con la lectura de un clásico de la envergadura de Esquilo, tenemos la sensación de empequeñecernos ante su magnitud estética, filosófoca, antropológica, etc. Podemos haber leído más o menos, y tener o no, datos sobre las tradiciones literarias previas y posteriores, pero de una u otra manera, nos sentimos identificados, “tocados” por el texto; insertos en el devenir de una historia, que mantiene siempre unas constantes intrínsecas al propio ser humano. Cuestiones de siempre y que por tanto mantienen aspectos de enorme vigencia.
Nuestra trilogía es una creación compleja, llena de matices, que como sabemos soporta distintas lecturas e interpretaciones, en ella aparecen reflejados los conflictos e intereses de su tiempo, pero también como venimos comentando cuestiones intemporales. La religiosidad, la lucha por el poder, la ambición, la violencia, la fragilidad humana, etc., son sólo algunos de estos aspectos.
Por otro lado, cuando leemos una obra, inevitablemente nos situamos en unas coordenadas espacio-temporales, y si ésta pertenece a tiempos y culturas distantes de los nuestros, como en el caso que nos ocupa, debemos realizar un esfuerzo por situarnos en dichos contextos, predisponernos a un aproximación, que indudablemente no resultará la misma para un lector familiarizado con dicha literatura y su entorno, que para otro que no lo esté. Por ejemplo, hemos podido observar entre otros factores de interés, de que manera la obra contribuye a fomentar el debate social o la construcción de la realidad cultural griega de la época, incluyendo cierta función pedagógica.
Además, en el caso de una obra de teatro no podemos perder de vista que, a diferencia de otras creaciones literarias, nació para ser representada, para cobrar vida en un escenario. Por eso, la tragedia griega no puede comprenderse en la totalidad de su riqueza desde un estudio exclusivamente filológico, tampoco desde una perspectiva que cargue las tintas en la teoría literaria, incurriendo en un ejercicio de metateoría.
Se trata de un texto poético, pero también es un espectáculo que se expone ante un público real y concreto, hecho que conlleva factores contextuales adicionales como por ejemplo, el de catarsis colectiva. En el caso de Esquilo (también de otros dramaturgos antiguos), el autor no es sólo un escritor, también es un director de actores, un actor ocasional, el máximo responsable escénico, y siempre un ser humano inserto en devenir histórico.
La Orestíada, como otras tantas obras dramáticas, no fue escrita para ser leida, sino para su puesta en escena, seguramente todas las claves están en el texto, pero, sólo atendiendo a las referidas premisas sobre su contextualización histórico-social, el detenido análisis textual, y la consideración del hecho teatral como espectáculo o representación pública, según su más hondo y esencial arraigo antropológico, podremos obtener una visión realmente ajustada, atisbando el verdadero alcance de su significado.