Este documento ha consistido, sobre todo, en un ejercicio; el espíritu que lo ha guiado ha sido el de explorar las posibilidades y perspectivas de análisis a partir del estudio de categorías y fracciones sociales que, mediados por el trabajo y el empleo, se configuran en la estructura social en un área deprimida de Argentina.
Se esbozaron algunas imágenes de las clases sociales, sustentadas en criterios que se estiman válidos, aunque se los reconoce como controversiales, en la medida que normalmente suelen serlo las apreciaciones sobre el poder, la influencia cultural, el prestigio o el sentido de la precedencia histórica.
Dichas visiones pretendieron ser complementadas con un examen de las características de los estratos socio ocupacionales, delimitados sobre la base de atributos laborales, de las dimensiones de las unidades productivas y del nivel de calificación de la fuerza de trabajo.
La convergencia de ambas perspectivas permite derivar ciertas evidencias, algunos rasgos que presentan recurrencia:
El largo plazo, la evolución histórica ofrece elementos para advertir desplazamientos y modificaciones en la estructura social, tal como acontece con el deterioro del poder de representación social por parte de las clases altas tradicionales hacia fines del siglo XIX y comienzos del presente. También la contextualización histórica permite discriminar diferencias entre antiguas y nuevas clases medias: las primeras originadas en vinculación a roles económicos y funciones político-administrativas propias de una ciudad, como Santiago del Estero, que actuaba como articuladora con la estructura agropecuaria del interior de la provincia, y las segundas sustentadas, en gran medida, en la ampliación de la esfera estatal, en el marco de un importante crecimiento poblacional del aglomerado Santiago del Estero-La Banda en las dos últimas décadas.
Si el periodo de observación se lo acota para el último medio siglo, el lapso comprendido entre 1947 y 1997, se torna ostensible que, en razón del escaso dinamismo económico de la provincia, de la exigüidad relativa del sector productivo privado y la consecuente alta dependencia del financiamiento de la provincia de los aportes del Tesoro nacional y de los fondos de Coparticipación Federal, el Estado se muestra como el gran asignador de posiciones sociales y ocupacionales. Por una parte, se advierte que si bien, en sentido estricto, el Estado no configura clases sociales, sí se puede asegurar que constituye sectores dominantes, ya sea en vinculación al ejercicio directo del poder político o, fundamentalmente, en relación al fortalecimiento de grupos económicos que hegemonizan áreas estratégicas (construcción de obras públicas, privatizaciones, licitaciones de compras, etc.). Por otro lado, es el Estado quien, principalmente, confiere inclusión social: entre los estratos medios y, más que nada, entre los sectores populares, a menudo resulta decisiva la pertenencia a la órbita estatal para la posesión de prestaciones sociales tales como cobertura de salud para el grupo familiar y la pertenencia al sistema jubilatorio. En este sentido se puede postular que la marginación de la estructura de clases -en términos de Florestán Fernándes-, la viabilidad ocupacional sólo a través del SIU y la precarización laboral, es el destino probable para aquellas franjas de población que no logran incorporase al empleo público o al exiguo sector privado santiagueño.
Los datos sobre la evolución de la distribución del ingreso muestran que en Santiago se ha producido un proceso de concentración semejante al acontecido en resto del país, y los perceptores situados en los niveles superiores captan una proporción mayor de la renta provincial. Pero, quizás, debido a una menor complejidad y diferenciación de la estructura social y al hecho que los ingresos medios de la provincia sean tan bajos (2.400 dólares per cápita, frente a los 8.200 del promedio nacional o a los 22.000 de la ciudad de Buenos Aires) no se torna visible la existencia tan marcada de "estilos de vida" diferentes entre clases y estratos. De tal manera, no se registraba, por ejemplo, una ostensible localización de los sectores altos en áreas residenciales excluyentes ni pautas de vivienda o edilicias prototípicas de una arquitectura "señorial".
Asimismo, en las distinciones que pueden establecerse entre estratos, pero especialmente entre los medios y los sectores populares, intervienen distintas dimensiones, entre otras, la localización urbana y rural, el tipo de inserción ocupacional, la valoración de la educación, el comportamiento sociopolítico y las conductas demográficas.
En las ciudades más grandes se concentran especialmente los sectores medios, tanto en su modalidad autónoma como asalariada, pero es este último segmento el que posee mayor relevancia en el nivel urbano y menor en el nivel rural. Por el contrario, la "clase obrera" tanto asalariada como autónoma y los "trabajadores marginales" -éstos incluyen, además del servicio doméstico a los "peones"- incrementan su significación en el medio rural. Pero cabe advertir que, en la clase obrera asalariada, los obreros calificados disminuyen en el nivel rural, a la inversa de lo que acontece con los obreros no calificados que se incrementan en el campo.
Una vez más la mayor presencia de la clase media en las ciudades es en gran parte atribuible a la influencia del empleo estatal, en tanto que el predominio de la clase obrera -particularmente no calificada- y de trabajadores marginales en el contexto rural, puede ser vista como una manifestación de una estructura agropecuaria mixta, en la que existen relativamente pocos, aunque muy grandes, establecimientos productivos capital intensivos -especialmente en la ganadería-, de la creciente incorporación de tecnologías ahorradoras de mano de obra -v. g. la mecanización de la cosecha de algodón- y de la persistencia de una cuantiosa masa de unidades campesinas y de subsistencia. Esto puede verse, desde el punto de vista de las relaciones productivas, en sus componentes extremos: gran incidencia del trabajo asalariado en las ciudades y una muy alta proporción del trabajo familiar en el campo.
Una de las hipótesis que subyace en nuestra argumentación es que en Santiago del Estero el Estado confiere, simultáneamente, inclusión social, tradicionalidad política y vulnerabilidad económica. Dichos aspectos podemos verlos maniféstándose en la conformación de los sectores medios asalariados; por un lado definen un sector social incorporándolo a la economía y a la sociedad formal, y, por otro, lo constriñen a la dependencia clientelística y a la oclusión de posibilidades de progreso.
En Santiago del Estero, la clase media en su segmento autónomo se contrae cuando se pasa de las localidades mayores a las más pequeñas, pero resulta más apreciable la disminución del segmento medio asalariado: este fenómeno seguramente se encuentra vinculado a la mayor incidencia del empleo público en los centros urbanos de mayor tamaño.
Santiago del Estero, parecen sugerirlo los datos, en ciertos aspectos, es una sociedad "obrera no industrial"(32). La primera parte de la afirmación es social y la segunda económica. La connotación obrera es una referencia social y se vincula con la dimensión ocupacional, el componente no industrial alude a una formación productiva tradicional.
Vinculada a los procesos anteriores, se encuentra la dimensión sociopolítica y el comportamiento electoral de los diversos estratos. En las últimas décadas, pero nítidamente a partir de 1983 -si bien se trata de un fenómeno generalizable a casi todo el país- el voto urbano ha sido de un modo dominante radical, mientras que el interior de la provincia y, sobre todo, en el nivel rural, las preferencias electorales han sido marcadamente justicialistas(33). En las elecciones realizadas en 1996 y 1997, en el aglomerado Santiago del Estero-La Banda el voto radical, u "opositor" al gobierno provincial, obtuvo alrededor del 60% del total, pero en el interior de la provincia -en ciudades pequeñas y en el medio rural- los promedios del justicialismo se sitúan en el 65%, proporción que hasta ahora le ha resultado suficiente para disponer de la mayoría en el en el total provincial. Pero un dato de interés es el siguiente: en 1997, en la ciudad de Santiago del Estero, en la primera circunscripción, que comprende la zona céntrica donde hay una residencia predominante de sectores altos y de la "clase media antigua", la proporción favorable a la Alianza opositora fue cercana al 80%, diferencia que menguaba en los barrios periféricos, donde la incidencia de los sectores populares es mayor.
Hay diversas cuestiones y problemas metodológicos y conceptuales que apenas han sido esbozados en este artículo pero que deberían constituirse en temas centrales a elucidar en los estudios que pretendan desarrollar las relaciones entre el trabajo y la estructura social, y que, en verdad, se vinculan con la constitución de la Sociología del Trabajo como perspectiva disciplinar autónoma(34).
Una primera cuestión es la del análisis de las diferencias -y correspondencias- entre las nociones de trabajo y empleo. Sobre la noción de trabajo, diversos autores coinciden en que se requiere una reconceptualización de sus implicancias sociológicas, con el fin de depurarla de una acentuación economicista y etnocéntrica que la asimila sólo con el trabajo asalariado tal como se verifica en las sociedades occidentales más adelantadas(35). De tal manera el concepto de trabajo debería resultar más inclusivo que el concepto de empleo, ya que comprende tanto actividades que se dan en el mercado como "formas de trabajo" que no pasan obligatoriamente por el mercado, y que pueden estar vinculadas a la esfera productiva y al ámbito de la reproducción, tanto cotidiana como intergeneracional.
En cambio la noción de empleo enfatiza en actividades que sólo se manifiestan a través del mercado. El trabajo, además, implica al espacio familiar, lo que no acontece necesariamente con el empleo(36). Así, se podría decir que el empleo, en tanto rol, en tanto factor de producción, es un concepto clave de la economía; mientras que el trabajo, en tanto status, en tanto proceso de interacción, resulta central en la sociología.
Pero, en razón de las características de las fuentes disponibles, la mayoría de los estudios sobre estratificación -especialmente en el nivel de los estratos socio ocupacionales- se sustenta en la dimensión empleo. Una restricción adicional proviene del hecho de que el sistema de estratificación que se estudia es el vigente para la PEA o, más precisamente, para la población ocupada.
Finalmente, en términos conjeturales, se señalan posibles alternativas de evolución. La hipótesis del mantenimiento de los rasgos principales de la estructura social y del sistema de estratificación de Santiago del Estero sólo resulta compatible con la preservación del comportamiento expansivo del empleo público y del relativo aislamiento de la economía provincial.
Pero en los dos casos dichas previsiones parecen no cumplirse: la generación de plazas de trabajo por parte del Estado ha comenzado a contraerse y, para bien o para mal, se ha iniciado la integración a los marcos económicos nacionales (se han privatizado empresas y servicios públicos y, por ejemplo, se han instalado hipermercados en Santiago-La Banda).
El nuevo modo de acumulación emergido entre 1973 y 1996 y sus implicancias sobre las relaciones laborales y el sistema social (Zapata, 1997, págs. 438 y ss.) también se ha manifestado en Santiago fragmentando y desconcentrando diversos sistemas y unidades productivas tradicionales y, simultáneamente, incrementando la polarización social.
Es esperable, entonces, que en los próximos años el perfil de estratificación social en la provincia acentúe su mayor semejanza al estilo latinoamericano de estratificación con el angostamiento de los sectores medios y el incremento de los estratos ocupacionales bajos y marginales.