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Estudio parcial de Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda - Analisis literario del poema 5 (II)

Monografía creado por
01 de Octubre de 2006
Poesía

A renglón seguido y desde la perspectiva de observación del sujeto lírico él ve lejanas a sus palabras, las columbra como si no le pertenecieran, porque en realidad en el momento de ser entregadas son del dominio individual de quien las recibe.

Algo parecido señalaba Baudelaire en uno de los poemas más célebres de Flores del mal en donde comenzaba diciendo:

Yo te doy estos versos para que, si mi nombre
Aborda felizmente las épocas lejanas,
Y ensueña alguna noche los cerebros humanos,
Bajel favorecido por gran aquilón.8

De esta forma ambos creadores coinciden en el sentido de la donación que la palabra poética conlleva y que ésta sólo puede tener significación en la medida en que su destinatario la reciba y valore. Para explicar la relación del Neruda de los primeros años con la poesía simbolista francesa me permito citar lo siguiente:

Pablo Neruda se inicia muy temprano en la tradición poética del Simbolismo. Ya en sus años del Liceo, en Temuco, guiado por un excelente profesor de literatura francesa y por sus propios intereses en el fenómeno lírico universal, traduce a Baudelaire y a otros poetas simbolistas.9

Y justamente por el sentido que implica ese “dar” las palabras, el sujeto lírico se siente abandonado por ellas, las cuales “Van trepando en mi viejo dolor como las hiedras”. Nueva comparación que implica necesariamente el valor de la impresión sensorial dominante de carácter táctil mediante la cual imaginamos el aferrarse de las palabras en el mundo interior para dejarlo definitivamente y trasladarse al regazo de la amada; treparán tal y como lo hace la hiedra amarrándose con tenacidad al elemento que utilizan y destruyéndolo quizás porque para salir viva debe destrozar aquello a lo que se encuentra aferrada.

Simultáneamente corresponde analizar la expresión “viejo dolor”. Ésta da la pauta de un tiempo transcurrido y de un tiempo en el que se ha sufrido de forma intensa e inolvidable. El sujeto lírico expresa así su arraigo en la temporalidad de las sombras y su costumbre de sufrir lo lleva hoy a advertir a su caluroso receptor que tenga cuidado porque de donde él viene no hay piedad con las almas de los amorosos.

Y le comenta además:

Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

Y las palabras abandonan el mundo interior al que siempre pertenecieron. Se van yendo poco a poco tras la ilusión que representa la mujer amada. En el orden formal destaca la utilización de dos recursos complementarios: el quiasmo10 y el paralelismo11. Al relacionar las parejas adjetivo-sustantivo y viceversa descubrimos el primero de los elementos mencionados:

“Van trepando en mi viejo dolor”

“Trepan por las paredes húmedas”

Las expresiones viejo y húmedas son adjetivos; mientras los sustantivos están dados por dolor y paredes. Al observar la ubicación de estas palabras se advierte el cruzamiento o quiasmo de las mismas.

A su vez, descubrimos el paralelismo sinonímico al considerar las siguientes manifestaciones conceptuales:

las paredes húmedas

este juego sangriento

mi guarida oscura.

El recurrir a estas figuras de construcción hace no sólo más bello el mensaje, estéticamente hablando, sino también más comprensible y ordenado.

Queda expresado el grado de culpabilidad de la mujer por haber motivado -con su presencia y acciones- el comportamiento de las palabras que comienzan a vivir el movimiento febril que las lleva tras el amor prometido. Y el sujeto lírico define a este juego como sangriento porque las palabras que huyen eran las únicas que poblaban su mundo devastado. Y, en fin, es el juego sangriento del amor que lleva a amar hoy lo que odiaremos mañana. Las contradicciones que impone el olvido son notables en muchas ocasiones y sólo le resta al hombre vivir y dejar vivir a pesar de la angustia de la separación.

La presencia del amor es dominante y ello justifica el verso: “Todo lo llenas tú, todo lo llenas”. El microcosmos abandonado por las palabras será ocupado ahora por la mujer, objeto y fin del sentimiento del amado. Pero ella habitará en el espacio de la soledad, en donde se ofrece un poderoso juego de contraste-identidad entre el pasado y el presente. En el pasado estuvieron las palabras; en el presente, estará la fémina idolatrada y la diferencia entre unas y otra radicará en que las primeras estaban acostumbradas más que la segunda a la tristeza constante del sujeto lírico. Se requiere así una especie de preparación previa para llegar a dominar en ese universo en donde parece reinar el caos y la angustia. “Soledad” y “tristeza” son términos radicales, pero necesarios para hacerle entender a esta mujer del presente que no es tan fácil compartir los deseos y las desdichas con un ser que ya está hecho en el crisol del dolor y que requiere de una convicción pacífica y buena que lo llevará -sólo posiblemente- a sentirse mejor.

Otro aspecto que en el orden conceptual no podemos perder de vista tiene que ver con la función que cumplen en su momento y a su manera las palabras y la mujer objeto del amor. Las primeras han nacido para expresar la profundidad conflictiva del mundo interior; por ello se asocian con la poesía a la cual le dan consistencia y forma al mismo tiempo que reflejan realidades imperiosas. Ellas pueden relacionarse con el amor, pero no han nacido sólo para cumplir con esta función sino que su territorio de acción resulta mucho más vasto. La segunda surge como producto de un asombro natural en el hombre enamorado y si bien se reviste de poesía no vive necesariamente de ésta. Ambas estuvieron, están en ese universo interno que más parece mazmorra que habitación del ser.

¿Quién perdurará? ¿Quién logrará sobrevivir vigente y valedera en esta lucha de contrarios en donde el individuo humano se esfuerza y desfallece? Las reticencias del poeta parecen señalar que sus compañeras de siempre y únicas son las palabras y que la mujer es la realidad momentánea que alegra un presente, el cual si bien se desea prolongar, nunca se sabe hasta cuándo.

Y la última parte del poema se expresa así:

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.

El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban.

Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

Voy haciendo de todas un collar infinito para tus blancas manos, suaves como las uvas.

Y el leit motiv de la palabra continúa siendo la expresión vigente de una necesidad que debe cumplirse en términos de realización poética exacta y perfecta. Ellas deben decir lo que el sujeto lírico quiere que digan. En los extremos de esta cadena de comunicación están los verbos “decir” y “oír”. La receptora debe oír lo que realmente se le quiso decir y no otra cosa; y si así sucede la palabra estará ejerciendo su función seductora. Sin discurso no hay arrebato del amor que sobreviva y cuando en los amantes se apaga la palabra se destruye lo más sagrado de esa unión.

Y efectos del pasado prevalecen en este presente en donde el logos lírico lucha por prevalecer. El viento de la angustia y los huracanes de sueños todavía alcanzan a triunfar sobre las inocentes palabras. He aquí dos metáforas de poderosa raigambre: la angustia y los sueños son movidos por fuerzas violentas que la naturaleza presta: el viento y los huracanes. Todo el empuje siniestro del recuerdo pretende impedir la realización del hoy novedoso. Por ello cuando muchas veces miramos al rostro de la mujer amada no es su rostro el que vemos, sino tan sólo fantasmas del pasado que retornan; cuando percibimos la mirada de unos ojos que se clavan en los nuestros no son esos ojos esencias verdaderas de un presente sino miradores de un ayer que ha quedado refugiado en nuestra conciencia en espera del momento preciso para renacer.

Por lo anterior, “escuchas otras voces en mi voz dolorida”. Somos repetición constante de un pasado que se resiste a abandonarnos y por ello en nuestra voz hay mil voces que pueblan el horizonte callado de nuestras vidas. Lo mismo que sucede con la literatura acontece también con el amor: nada nuevo puede decirse en el estricto sentido de la expresión. Al crear repetimos cual nuevos Virgilios que transparentamos al Homero que irremediablemente llevamos oculto en nosotros. Al amar nos repetimos a nosotros mismos y mediante la palabra reanudamos en cada nueva aventura el ejercicio cansado del ayer.

Es además un “llanto de viejas bocas y una sangre de viejas súplicas”. Es la reiteración universal a la cual todos ineludiblemente pagamos tributo.

Y emerge así la exhortación, el vocativo poderoso: “Ámame compañera” seguido por la súplica: “No me abandones” y que concluye en nuevo pedido doloroso: “Sígueme, compañera, en esa ola de angustia”.

El antepenúltimo verso contiene la reiteración temática que manifiesta la expresión: “Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas”. Y el último alude al leit motiv de las blancas manos comparadas con las uvas.

Y las palabras estarán ahora teñidas del amor de quien sabe dar después de haber recibido. Y precisamente con esas palabras irá haciendo un collar destinado a esas manos blancas como la nieve y suaves como las uvas.

La conclusión nos conduce a la realización del amor en medio de las tormentas del pasado y a ese deseo inmenso de abandonar lo que fue para tratar de abrazar lo que ahora es. El mundo del ser, es decir, el universo interior en donde habitaron las palabras estará ahora ocupado por la presencia de un amor donante, de un amor novedoso y vital como lo es el amor de la mujer adorada.

Pasado y presente concilian al fin. Se olvida al primero y se redimensiona al segundo para tratar de llevar a buen puerto la nave de la vida en donde reside el amor.

La poesía de Neruda y más aún la poesía de Veinte poemas de amor y una Canción desesperada se yergue como un tributo del alma dolorida quien desea sobrevivir después de tantas luchas y recomenzar a pesar de saber que nada nuevo encontrará.

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Luis Quintana Tejera Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero26/nerudaam.html CopyLeft
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