Keith Whinnom1 nos enseñó a leer la poesía de cancionero con ojos bien distintos a los de la mirada de la crítica moderna, tan y tan impregnada de prejuicios. Muy a pesar de las múltiples trabas y escollos con que una y otra vez topan estos textos, el tiempo y la fuerza de la costumbre han dejado atrás unos hábitos de lectura poco ejercitados en la sistematización de eufemismos tan consabidos hoy como la gloria por el acto sexual, la muerte por la culminación del mismo, o zanahorias, manzanas, limones, y perdices como metáforas de los órganos masculino y femenino que ya no extrañan a nadie. No contento con lo que esas imágenes evocan en el lector, Whinnom señaló que el proceso de aprehensión de este tipo de literatura pasa por formas imaginativas bien distintas a las de su significado referencial más inmediato. Al hilo de sus consideraciones, retomaba Pablo Luis Ávila2 aquello de que el mérito de Pietro Aretino era la consecución de un juego especular conformado en una concatenación de artificios lingüísticos y retóricos "donde las expresiones con un oculto sentido erótico arrancaban de una dinámica eufemística" que acababa por evocar lecturas polivalentes que se revolvían, en fin, contra los mismos censores del texto: "el pecado (apunta Ávila) está en vuestros ojos".
Es cosa sabida (aunque no un inoportuno recordatorio) que buena parte de la literatura medieval erótica se arraiga, las más de las veces, en una dinámica eufemística no exenta de connotaciones con que lanzar sempiternas invectivas de carácter moral o doctrinal. Textos catalanes, castellanos, franceses, italianos, pasando por los provenzales, e incluyendo el género epigramático latino de la más diversa índole temática comparten todos ellos unos rasgos, unos motivos, unas expresiones afines, unos lugares comunes y, en fin, un mismo sistema referencial y simbólico que viene a encauzar ese amor hereos3 tan propio de las manifestaciones medievales en dinámicas eufemísticas que incomprensiblemente también se obstinan en extirpar cualquier penetración a esos simbolismos por parte de la crítica moderna. Pero es que la ambiguitas y la metaphora son ambas variedades del eufemismo; un eufemismo, insisto, que, lejos de carecer de connotaciones y de situarse en ese supuesto "grado cero" del lenguaje, se articula magistralmente en estos textos para producir una concatenación de imágenes descomedidas en el lector; y, cabe no olvidarlo, es el eufemismo y no otra cosa la técnica que conforma buena parte del sistema retórico medieval. Son numerosísimos los pasajes que las literaturas romances produjeron con valor erótico a la par que de invectiva moral; su opacidad, sin embargo, no parece encontrar salidas interpretativas a tenor de esas terribles ambigüedades, de un lado; aunque también de una manifiesta falta de referentes donde apoyar nuestras conjeturas, de otro. Desenmarañar esos contextos es tarea larga y dificultosa que no desea abordar esta pesquisa; por lo que sólo daremos un paso adelante a la hora de colacionar textos que nos aproximen a esas imágenes tan obvias en apariencia, tan resbaladizas en asociaciones y significados, a la postre.
De entre todos ellos he querido fijarme, sin género de dudas, en la tradición erótica de Pietro Aretino. Hay una salvedad y es que, a diferencia de otros pasajes más herméticos, la de Aretino tiene la particularidad de ser una prosa altamente descriptiva. El erotismo (obscenidad, a juicio de don Marcelino) viene declarado ahí con todo lujo de detalles (con frecuencia se tiene incluso la impresión de que el autor se deleita en no pocas de esas descripciones) que permiten un mayor acercamiento interpretativo a significantes que, en otros pasajes (bien porque algunos géneros no permiten mayor detenimiento en la imagen bien por la misma naturaleza del sobreentendido eufemístico), escapan ciertamente a cualquier esfuerzo de comprensión. Más allá de la sobriedad metodológica (habida cuenta de que Aretino no escatima palabra o explicación), he priorizado la fiabilidad que ofrece el de Arezzo, así que en las siguientes páginas me ocupo de algunos motivos recogidos en el Ragionamento della Nanna e della Antonia. Lo que persigo con ello, más allá del funcionamiento de esos significantes en Aretino, es la posibilidad de arrojar alguna luz sobre esos otros textos cuya letra ofrece serias dificultades, cuya comprensión se nos hace imposible sin la ayuda de paralelos tan minuciosos. Acaso porque la prosa de Aretino aglutina un inmenso caudal de recursos compartidos por otras literaturas, y ofrece una mejor interpretación de las mismas. Para sustentar las conjeturas traigo a colación algunas fuentes (literarias y médicas, en su caso) en las que creo necesario escudriñar significados que asoman posteriormente en los textos romances, procurando interpolar igualmente pasajes paralelos donde los haya.
No quiere esta pesquisa abordar el debate crítico acerca de la fusión-confusión que erotismo y amor cortés ofrecen en algunos lugares4. Desde mi punto de vista, y pese a que las manifestaciones del fino amor se informan en múltiples rasgos que a posteriori vendrán satirizados por composiciones de tono más erótico, no tengo tan claro que la terminología del amor cortés hubiera sido una maniobra forjada para dar cabida con el tiempo a unos cauces expresivos de tono más erótico, una especie de trobar clus con vocabulario ambiguo que entrara en pugna con las anteriores premisas del fino amor. Más bien tiendo a pensar que los cauces eróticos beben las aguas de numerosos materiales léxicos (no sólo del lenguaje del amor cortés) donde encontrar elementos de jocosidad. Es más: las pautas del fino amor están del todo ausentes en los textos eróticos; luego, la hipótesis evolutiva parece insostenible puesto que no se da un proceso sino una anulación de los códigos del amor cortés que en la literatura erótica pierden su razón de ser: no es ya fino amor, es otra cosa bien distinta. En mi opinión, pues, no se dan dos procesos expresivos (uno más acendrado y otro más lascivo) con que referir el amor cortés. Las composiciones que atienen al amor hereos aprovechan cualquier recurso lingüístico que se preste al juego eufemístico del doble sentido5: y ni la literatura erótica quiere escribirse con fines acendrados ni los códigos del fino amor persiguen propósitos tan disonantes de la idealización amorosa. Frente a esa insinuada continuidad en los cauces expresivos cabe oponer una disparidad esencial entre dos códigos literarios bien distintos. Discutiríamos mucho en ello: y acaso porque aún nos falta determinar la dirección de esos sistemas metafóricos no es prudente, desde luego, emitir por ahora juicios de mayor calado. Apunto pues el dato sin más.