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Para poder hablar de una experiencia afectiva derivada y vinculada al acto lector, se requiere ante todo alejar dicha consideración de una “pura emocionalidad” o de un “sensualismo”; ya que, al parecer este tipo de experiencias pueden en principio calificarse de poca objetividad. El giro entonces consiste en asignarle desde un comienzo un nuevo valor a estas experiencias, para que así puedan constituirse como marcos de sentido posibles y no se perciban como tendencias psicologistas que amparen sin quererlo relativismos o legitimaciones de solipsismos interpretativos. Por el contrario, lo que se entiende aquí como experiencia afectiva puede explicarse por la misma complejidad de los elementos relacionados con las diferentes sensaciones y movimientos cognitivos1 que se derivan del acto de leer. Por supuesto, este escenario de complejidad es fundamentalmente subjetivo y por lo tanto es difícil establecer categorizaciones exactas y universales de los constitutivos del mencionado efecto. Sin embargo, sí es posible identificar algunas generalidades que son evidentes sí y sólo sí, se reúnen las condiciones necesarias para atender a dicho calificativo complejo del fenómeno como tal. En otras palabras, las definiciones unívocas son en apariencia para éste caso parcialidades de una realidad mucho más extensa, un campo de realidad superior que escapa a cualquier determinación.
Por lo tanto, la pregunta que interpela por las condiciones que permiten hablar de una experiencia afectiva en la lectura, podrá alumbrase desde diferentes ámbitos, que seguramente quedaran aún por resolverse o por completarse necesariamente. No obstante enuncio algunos puntos de referencia, que serán claves para comprender el sentido de esta propuesta y de cómo lo que trata de resolverse no corresponde a una definición sino a la indagación de un topos de investigación, frente al cual podrán articularse reflexiones ulteriores.
a) Lo afectivo pasa por lo afectivo.
Seguramente el anhelo de cualquier autor reposa en el deseo que su obra genere algún tipo de “movimiento”, una afectación, un efecto, en el receptor; de suerte que le permita a este último lanzar un juicio argumentado acerca del contenido mismo de la obra y construir el tipo de diálogo que da cuenta precisamente de la triada autor/texto/lector. Esto significa básicamente que en la recepción se pueden presentar por lo menos dos sensaciones fundamentales (siempre y cuando exista la mediación de la comprensión): o se está de acuerdo, ó, en desacuerdo frente a la obra. En ambos casos, el autor puede darse por bien servido, porque las dos posiciones son reflejo de una afectación (efecto). Sin embargo, para que sean perceptibles y concientes en el receptor se supone primero una condición afectiva (emoción) derivada del acto de leer. Esta condición afectiva debe ser en esencia consistente con los dos espacios de recepción, es decir, se evidencia un afecto positivo o un afecto negativo en el lector derivado de su acercamiento a la obra y frente a la misma. Por tal razón, la primera condición para hablar de un vínculo afectivo es entender que éste vínculo es el promotor de la mayoría de los juicios que suponen la comprensión y que a su vez genera una relación interdependiente:
Comprensión - afecto por el texto (Positivo o negativo) - Efecto práctico (Toma de posición) - Comprensión. La afectación (efecto) pasa por lo afectivo.
b) Lo afectivo no representa un universal.
La segunda consideración estaría implícitamente dada por la naturaleza relativa y subjetiva de la relación expuesta en el punto anterior. Si bien es cierto es un lugar posible, este lugar no se experimenta de los mismos modos, en los mismos espacios y en los mismos tiempos. La comprensión, como se verá más adelante estará determinada por estas tres dimensiones, en donde el sujeto histórico que lee tendrá un valor relevante. Por tal razón, el aspecto afectivo, estará siempre matizado, tendrá una carga y estará proclive a relativizarse. Pero sin lugar a dudas, acontece y se manifiesta.
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