



En el prólogo a la segunda edición de Verdad y método, Gadamer revisa la recepción que su obra ha tenido en menos de un lustro y explica las incomprensiones que se han originado alrededor de ella. En ese prólogo relativamente largo, Gadamer ve como necesario volver a explicar el sentido de la totalidad de la obra, ya que ésta no ha sido entendida. Buena parte del malentendido proviene del lastre que la tradición ha añadido al significado
de la palabra hermenéutica1. Hermenéutica sería así el arte o técnica de la interpretación de textos, especialmente sagrados2. Lo más característico de la hermenéutica clásica no es tanto el constituir una técnica o un arte de la comprensión o interpretación, sino que ésta tenga que ver con textos.
El cometido de este capítulo es mostrar en qué sentido el texto es central en el proyecto hermenéutico de Gadamer. La interpretación del texto es algo que Gadamer toma de la triple tradición hermenéutica —literaria, jurídica y teológica— mediada por el humanismo. La identificación de hermenéutica y textualidad es algo aceptado de modo más o menos consciente por la mayoría de los lectores de Gadamer. Sin embargo, ése es sólo un punto de partida desde el que comienza el desarrollo de la hermenéutica. El texto es esencial
para la hermenéutica gadameriana, pero el límite del texto no es el límite de la hermenéutica, ni la tarea primaria de la hermenéutica es la comprensión de textos. La hermenéutica de Gadamer no pretende ser una metodología, ni siquiera una teoría de la ciencias humanas. Su pretensión es netamente filosófica, por tanto, la hermenéutica no trata tanto de qué sea interpretar, sino de qué es entender. La importancia del texto reside en que en él toma lugar el giro ontológico de la hermenéutica bajo el hilo conductor del lenguaje. Por tanto, el lenguaje arroja una nueva luz sobre la concepción del texto y se
supera el límite que la hermenéutica clásica se autoimpuso. Que el límite se supere no quiere decir que quede superado el texto sin más, sino que lo que se supera es el planteamiento de las ciencias humanas. Con la autocomprensión ontológica de la hermenéutica, se gana una nueva comprensión de la textualidad y a su vez sin esta nueva concepción del texto no es posible entender la ontología hermenéutica que Gadamer propone. Por tanto es necesario una aproximación al texto por medio de la experiencia hermenéutica y de la tradición para alcanzar un desarrollo de lo que implica el texto y la textualidad en la hermenéutica de Gadamer.
Gadamer considera que el tratamiento de la experiencia es central en Verdad y método3. Si su posición en el libro es nuclear, ha de serlo, según la clave de lectura que propongo, para la constitución ontológica de la hermenéutica, del modo que sigue. La experiencia explica la estructura de la pregunta y la primacía hermenéutica de la pregunta formula una tesis sustantiva sobre el lenguaje, a saber, que el lenguaje tiene su existencia en el diálogo. Este marco permite situar el sentido del principio según el que lenguaje es experiencia de mundo, para posteriormente poder desarrollar esta tesis. Por tanto, en el análisis de la estructura de la experiencia es donde comienza a percibirse el carácter ontológico de la hermenéutica. No es que la experiencia constituya el carácter ontológico de la hermenéutica, sino que es el punto del que parte esa constitución.
Gadamer advierte que el significado de experiencia es uno de los menos definidos en filosofía, precisamente porque se da por supuesto. Por este motivo considera necesario el análisis de su concepto y procede a la aclaración de la experiencia con vistas al tratamiento de la experiencia hermenéutica. En ésta se muestra de modo concreto la estructura de toda experiencia, esto es, la apertura hacia la cosa. Antes de proceder con el análisis, Gadamer trae a colación el tratamiento de la experiencia en Aristóteles. Este enfoque, a pesar
de su aportación decisiva al esclarecimiento de la experiencia no muestra su esencia, puesto que está considerada como proceso de formación cuyo resultado es el concepto. Analizar la experiencia desde el concepto supone juzgarla desde algo ajeno a ella misma y de este modo queda anulado el proceso real de la experiencia.
La experiencia auténtica está caracterizada negativamente, ya que adquirimos experiencia sobre algo cuando nos damos cuenta de que no es como habíamos pensado y de que después de la experiencia conocemos mejor ese objeto. La negatividad de la experiencia no es un mero desengaño, sino que el carácter negativo es productivo, ya que transforma nuestro saber acerca del objeto. Gadamer cita a Hegel en su análisis del carácter dialéctico de la experiencia, que la conciencia ejerce sobre saber y objeto, transformando ambos. La experiencia es el camino por el que la conciencia se reconoce en lo extraño y lo ajeno para asumirlos dentro de sí. Esta autoconciencia culmina para Hegel en la identidad absoluta de saber y objeto. Gadamer considera que este análisis de la experiencia en vistas a la autoconstitución del saber absoluto es injusto con la misma esencia de la experiencia, ya que ésta nunca se constituye en ciencia. El saber que la experiencia proporciona no es
un saber teórico ni técnico y es posible por la irreductibilidad de éste a su objeto. La negación determinada que conlleva toda experiencia muestra un mejor conocimiento del objeto respecto al conocimiento anterior, pero no un conocimiento definitivo. El saber que la experiencia transmite no es un ‘saberse ya algo’, sino un descubrir cada vez facetas nuevas en un proceso que nunca es ni puede considerarse definitivo. Por este carácter no definitivo de la experiencia, también puede verse el sentido de la negación determinada
característico de la experiencia, no se trata de que el saber anterior sobre el objeto sea absolutamente falso, sino que ha de ser considerado desde la perspectiva abierta por una nueva experiencia. De ahí que toda experiencia refiera siempre a otra experiencia, al permanecer abierto a nuevas experiencias. Por eso al que llamamos experimentado4 no es el que ha llegado a serlo después de muchas experiencias, sino el que está siempre abierto a nuevas experiencias y aprende de ellas. El experimentado no es el que ‘se las sabe todas’, sino el que es consciente de que cada experiencia es única e irrepetible.
Gadamer ilustra el carácter de la experiencia con la famosa frase de Esquilo, se aprende sufriendo5. El sentido de esta frase según explica el filósofo alemán, no es principalmente que aprendamos por medio de sufrimiento y errores, sino por la experiencia que en éstos se contiene. La frase no afirma que lleguemos a ser sensatos por medio del dolor o que el auténtico conocimento se logre por la decepción, sino toda experiencia auténtica dirige
al ser humano hacia la comprensión de su limitación, que tiene un límite respecto a lo divino. La frase de Esquilo muestra la esencial conexión que existe entre experiencia, finitud y comprensión. Toda experiencia que sea tal nos hace conscientes, nos hace comprender la finitud propia de cada uno. Así el que posee experiencia sabe que no puede disponer totalmente del futuro, puesto que éste está abierto y por tanto es necesario contar con lo inesperado y no confiarse totalmente a las propias expectativas, conscientes de que cualquier intento de someterlo al propio poder es vano. Por eso el experimentado
es consciente de su finitud, en definitiva, de su saberse situado.
Consecuencia de esta comprensión de la propia finitud es que la experiencia se adquiere realmente cuando se cumple la negatividad, esto es, cuando se frustran las expectativas. La negatividad de la experiencia no es el sufrimiento o el dolor que ésta pueda acarrear, sino la conciencia de finitud que la experiencia transmite. En este sentido, estrictamente hablando ‘tener una mala experiencia’ es no saber ver el carácter determinado de la negación que se
da en esa experiencia y considerarla ilimitada y tomarla como definitiva6. La ‘mala experiencia’ sería en este sentido más una decepción que propiamente una experiencia, dado que al absolutizarse lo negativo queda oculto el objeto.
En la experiencia real se alcanza un momento cognoscitivo, de comprensión, que no es mera negatividad, sino que es conciencia de la limitación propia.
Esta conciencia del límite no es definitiva, puesto que no puede fijarse, sino que es una comprensión cada vez mayor de la finitud propia, en definitiva es la conciencia de encontrarse sobre lo abierto. Ese doble carácter de apertura y finitud propio de la experiencia hace que el experimentado sepa del carácter único de la experiencia y que la historia nunca se repite ni vuelve. De ahí que la experiencia ofrezca también una comprensión de la propia historicidad, de que la historia no es algo frente a lo que estamos, sino que siempre nos encontramos ya en ella. La conciencia de finitud es por tanto conciencia de finitud histórica.
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