Ya en el siglo IV a.C., el filósofo griego Epicuro anunciaba la existencia de mundos infinitos, más allá de nuestro universo visible; dos milenios más tarde, después de que Copérnico afirmara que la Tierra gira alrededor del Sol y no al revés, algunos, como Giordano Bruno, dedujeron que otras estrellas también podrían alojar planetas. Bruno fue condenado a la hoguera por contradecir las creencias de la Iglesia. En el siglo XVII, las observaciones telescópicas de Galileo Galilei mostraron la existencia de planetas vecinos, ocho en total, que fueron descubriéndose en siglos posteriores. Ninguno de ellos, excepto Marte (en una época muy remota), presenta pruebas de contener vida. Pero no acababan ahí las posibilidades; los científicos confiaban en que cualquiera de las estrellas lejanas estuviera rodeada de planetas, habitables quizá. El descubrimiento, en 1995, de un planeta que giraba en torno a la estrella 51 de la constelación Pegaso constituyó la evidencia a lo que ya se suponía: el Sol, y en concreto el sistema solar, es sólo uno de los miles de millones posibles.