La más delgada mueve con demasiada rapidez (tiene frío) un café con leche que, segurísimo, le devolverá el color y la sensación de estar a salvo de este invierno. Me llamó la atención el vapor saliendo de aquella taza revolucionada por la inquieta cucharilla; una cortina transparente que subía sin planes hasta la juventud de cuatro muchachas que se habían refugiado en un bar de Aribau y Diputación, al costado de la Universidad. Hablaban de sus cosas, entre apuntes, carpetas, bolsos y fisonomías con aire estudiantil.
Yo había llegado unos minutos antes. Aguardaba en otra mesa a un compañero de trabajo con el que haríamos una gestión en esa mañana. La espera me servía para revisar unos informes y, de paso, revisar también la posible gracia o belleza o como ustedes quieran llamarle al duenderío que suele vivir dentro y/o fuera de algunas criaturas.
Las que había enfrente tenían a la vista algunas de esas gratas referencias; sin embargo lo que me sorprendió con mayor entusiasmo fue reconocer un nombre en una fotocopia que asomaba en el exterior de un grupo de papeles. Una de las chicas lo manejaba en sus manos y comentaba los detalles de una serie de poemas "del otro lado del charco".
Agudicé el oído y pronto confirmé que allí dialogaban estudiantes de letras barajando lecturas fuera de los programas oficiales. La de los papeles estaba interesada en autores contemporáneos, y había leído a unos cuantos latinoamericanos. Precisamente estaba explicando las características de un pequeño país del sur y mencionaba creadores de las últimas tres décadas ante sus desinformadas compañeras.
Me causó una especial alegría escuchar en esa mesa el nombre de mi país, Uruguay, y aún más el de un poeta que un momento antes vi presente en aquella fotocopia: Rolando Faget.