



Susanne K. Langer (1953, 266), puntal del criticismo norteamericano, entendía la Literatura como "ilusión de vivir en un pasado virtual" ("illusion of life in a the mode virtual past").
4.1. La creación del personaje Julián Templado concita esa virtualidad del pasado e ilusoriamente puede convivir con los personajes reales que fraguaron la historia de España. De acuerdo con lo que hemos anotado de la metaficción, es un personaje semi-real y las situaciones que vive en el texto constituyen una realidad virtual del pasado. De hecho Max Aub le proporciona unos antecedentes, si no reales, sí virtualmente posibles. Sus anotaciones sobre su adolescencia y juventud podrían predicarse de cualquier adolescente o joven de clase media de los años veinte. La anécdota de su padre a punto de ser paseado por la falsa denuncia de un amigo al que había prestado 10.000 pesetas (de la época), o la confesión que hace a Rivadavia de un abuelo vasco-francés que había sido negrero, son acontecimientos excepcionales, pero posibles. Es posible que alguna vez los paseantes se decidieran a comprobar las alegaciones del que iba a ser paseado. Y es posible la circunstancia del abuelo francés, no del Templado originario, inspirador del personaje, pero sí del propio Max Aub, cuya madre era francesa.
4.2. El presente ficcional de Campo de sangre hemos dicho que va desde el fin de año de 1937 a San José del 38. Durante este período de tiempo, Julián Templado ejerce su actividad profesional en los hospitales de sangre de Barcelona. Antes de la cena de fin de año que reunirá a los cuatro amigos -Fajardo está en el frente de Teruel-, ha de efectuar una visita como favor a una amiga, Teresa Guerrero, actriz de su devoción. En el teatro donde ésta actúa ha entrado a trabajar como avisador Julio Jiménez y es para asistir a su hijo el objeto de la visita. La sorpresa del médico fue reconocer a Matilde, la madre del niño. Era la joven criada que entró a trabajar en casa de los Templado, cuando todavía Julián estudiaba medicina, y de la que se enamoró locamente, hasta proponerle matrimonio. La convicción de la chica de que su familia nunca aceptaría tal unión acabó con esa relación, en cierto modo platónica. El reencuentro no reaviva nada, ni crea nuevos conflictos. Ella lo sigue llamando "señorito Julián" y él, pese a sus recuerdos, sólo actúa profesionalmente. Lo que sufre el niño es, sobre todo, consecuencia de una deficiente alimentación.
Templado no sabe que Jiménez ha conseguido su colocación gracias a López Mardones, periodista y delator que ha conseguido encaramarse en el SIM, pese a las reticencias sobre su persona. Su presión sobre Jiménez para que le informe de las actividades de la actriz, se debe a la amistad de ésta con Isabel Ribó, conspiradora con Falange, pero que goza de inmunidad por su matrimonio con un diplomático holandés. Matilde entra como asistenta de Teresa Guerrero por recomendación de Templado. Este acercamiento a la intimidad de la actriz va a ser aprovechado por el marido que doblega la resistencia de Matilde y, sin quererlo, traiciona a su jefa y es traicionada. Las amenazas de López Mardones a Julio, si no consigue información que a él le parezca de interés, da sus frutos, finalmente.
Isabel Ribó pide a Julián, a través de Teresa Guerrero, que consiga un pasaporte para un ciudadano italiano, sospechoso de espionaje. No lo consigue de Rivadavia, por los informes del SIM. Sólo consigue caer él también bajo sospechas.
Cuando está próxima la caída de Cataluña, la situación se le complica. Se habla de que las tropas nacionales, tras la toma definitiva de Teruel, han llegado a Vinaroz. La actividad del contraespionaje se incrementa y unas frases sueltas, pronunciadas en el relajo de la intimidad del camerino de Teresa Guerrero, y en su indiscreta relación con Lola Cifuentes, ocasionan dos denuncias controladas por Mardones, que le devuelve así el desprecio que Templado siente por el delator y que nunca ha disimulado.
Rivadavia lo llama para ser interrogado, le reprocha su insensatez, pero lo deja libre, aunque con unas veladas advertencias. Pese a que él sospecha que se las hace para que ponga los pies en polvorosa, se reincorpora a su trabajo en el hospital.
Llegado el día de San José, los bombardeos se suceden cada dos horas. Rivadavia y Monllor (Jefe del SIM) comentan que la desaparición de Matilde, que huye de su marido, no va a favorecer a Templado. Lo mejor será darle un pasaporte y que desaparezca, aunque "es tan insensato, comenta Rivadavia, que, a lo mejor, no quiere".
La novela acaba con un flash, con Templado y Cuartero recostados en la pared de una esquina, la noche del 19 de marzo. Observan el espectáculo prodigioso y trágico de las bombas.
Templado dice a Cuartero, señalando con la cabeza al cielo de donde baja la muerte:
-La poesía.
Un súbito silencio subraya la afirmación. Cuartero se estremece.
4.3. Aunque los Campos pretenden novelar el trágico conflicto bélico español, las novelas no fueron escritas, ni publicadas en orden cronológico de acontecimientos.
Según la secuencia temporal que da Sanz Villanueva (1984, 187), el orden de los Campos es Campo cerrado (1943), Campo abierto (1951), Campo de sangre (1945), Campo del moro (1963), Campo de los almendros (1968) y cierra la serie Campo francés (1965).
Julián Templado reaparece en Campo del moro. Lo dejamos con Cuartero, viendo cómo arde Montjuich bajo las bombas. En esta novela se explica que fue Rivadavia, que aquí deja de ser magistrado para investirlo de fiscal de la República, probablemente por error, quién le proporcionó un pasaporte y lo sacó con destino a Francia. Durante los meses que permaneció allí no dejó de preguntarse qué estaba haciendo, mientras España se desangraba. No dejó de pensar en volver, aunque no a Barcelona, donde la policía del SIM se lo habría hecho pasar mal, sino a Madrid, donde podría reencontrarse consigo mismo y con viejos recuerdos.
El doce de septiembre del 38 aterrizó en el Prat de Llobregat y al medio día del 13, lo dejaron en la plaza del Callao. Durante su estancia en París, el partido comunista quiere conseguir adeptos como sea, y él se alista, a pesar de la distancia ideológica que lo separa de los principios comunistas. La amistad con José Vicens, funcionario de la embajada y otros compañeros con los que se reúne, así como las facilidades que el hecho le proporcionaría para el regreso, decantaron su decisión.
El presente ficcional del relato elude esa participación del autor omnisciente. Encontramos a Julián Templado paseando en dirección a Rosales, desde donde quiere observar de nuevo el Puente de los Franceses y la Casa de Campo. Rememorar en esa visión su amor de un solo día por Elvira. Mejor diríamos de una sola noche, pero que dejó en él tan profunda huella que fue el motivo por el que quiso regresar a Madrid.
No la encontró, pero eso ya no importa. Hace meses que vive con Mercedes, con la que se topó dos días después de su llegada y a la que ya no abandonaría por nada. La oye refunfuñar sus reproches desde la cocina y a Julián "le suena a gloria".
Max Aub no lo dice, pero Mercedes, con la que no puede sostener conversaciones trascendentes, más o menos ideológicas, como las que animaban las charlas con sus amigos en Campo de sangre, es, sin embargo, su punto de unión con la realidad objetiva.
José Monleón (1971, 37-38), comentando la pieza teatral de Max Aub El desconfiado prodigioso, pieza de corte pirandeliano, dice:
La Literatura, tomada como único instrumento de profundización, de la expresión de la duda, lo es casi todo. El personaje no es mas que el portavoz de esa angustiosa derivación de la radical puesta en cuestión de lo existente. Si nada existe con certeza, si la objetividad es una entelequia, el propio personaje sumergido en esa realidad de la que forma parte ha de ponerse entre interrogantes.
Su relación con Mercedes, un pensamiento elemental y práctico, le permite no dejarse arrastrar por la abstracción, los principios teóricos y las suposiciones, que en esos momentos críticos crean en su entorno una dudosa realidad subjetiva.
4.4. Julián Templado, a su llegada a Madrid, no se incorporó a ninguno de los hospitales. Entró a trabajar en Mundo obrero, traduciendo cables y noticias de emisoras alemanas.
En estos días (del 5 al 13 de marzo del 39), la creación del Consejo de Defensa, con Besteiro y Casado, que ha de gestionar el armisticio, provoca tal reacción que el caos se adueña de la zona republicana, y afecta tanto a la retaguardia como al frente, ya que los partidos requieren el apoyo de importantes unidades para defender sus posturas con respecto a la solución final del conflicto.
La lucha en las calles es extremadamente violenta...están sembradas de cadáveres... Existe una lucha sorda, empeñada para sustituir a Pedrero (Jefe del SIM). Los anarquistas quieren a Salgado. Los socialistas se oponen. La radio unas veces está en poder de unos, otra de los otros. Los comunistas han copado la posición Jaca. Los anarquistas han mandado venir la XIV División, que está en Guadalajara, con órdenes de aplastar a quien sea. La aviación, que parece estar con el Consejo de Defensa, bombardea el palacio de El Pardo, cuartel general de la VIII División. Parece que ahí están detenidos Gómez Osorio, gobernador civil de Madrid, y Trifón Gómez, Intendente General de la República. Socialistas los dos... y cuatrocientos o quinientos anarquistas. Parece que han fusilado a algunos jefes militares. Hoy los comunistas se repliegan hacia Chamartín. Batallones de la III, XIV y XXV División, con dinamiteros en la vanguardia, se han metido en Madrid y atacan. La confusión es total. Acaban de dar órdenes a los partidarios del Consejo de ponerse un brazalete blanco. Lo llaman el anillo de Casado...
Estas anotaciones extraídas de informes orales (cap. III.6) dan idea de la situación que atrapa en su entramado fatídico a Julián Templado.
La noche del 6 de marzo no ha ido a casa. La ha pasado con la Gitana, "una mujer de la calle", como le gusta definirse a ella. Lo despierta para que pague y se marchen del hotel donde están. Julián protesta porque aún no es de día. Y ella le reprocha: "¡Cómo se ve que no tienes que ir a hacer cola!". Conjetura que esto va a durar poco, y al pedirle explicaciones, le aclara por qué lo dice. Se han sublevado "los de ahí al lao", los del Ministerio de Hacienda. Así se entera Templado del pronunciamiento contra el Consejo de Defensa.
No vuelve a casa. Se supone que se dirigió al periódico, aunque lo encontramos, ya el 7, con González Moreno, de la CNT, al que ha ido a ver para informarse de la situación. Acaban el periódico ya de noche. No existen ya los canales de distribución y lo han de distribuir los redactores. Irán escoltados por unos cuantos hombres del II Cuerpo de Ejército. Pese a todo, los arman. Julián recibe un máuser, que no le da confianza. Sólo acentúa su cojera. Jamás ha disparado, aunque es la segunda vez que toca un arma. Al salir de Fuencarral a la Gran Vía, "los fríen". Un escolta muerto y tres heridos deciden la cuestión: "levantan los brazos".
Manuela Corrales, la enfermera compañera de Mercedes, es comunista. Sabe por sus compañeros de partido que Julián Templado está detenido, pero deja que Mercedes se explaye con sus celos. Prefiere antes de decírselo consultarlo con Carlos Riquelme, Jefe de Cirugía de San Carlos, su actual pareja sentimental. Al saberlo, Riquelme se moviliza hasta dar con él y lograr su libertad, con la excusa de que es indispensable en una operación.

La guerra cruenta entre las facciones republicanas ha paralizado la actividad del frente de Madrid, por lo que Riquelme destina a Julián Templado al puesto de mando de la VII División, situado en el Campo del Moro. Un puesto tranquilo, en principio.
González, Comandante en Jefe de la División, no ha querido obedecer al Consejo, y éste ha mandado fuerzas de carabineros para atacar su posición en la Casa de Campo. La VII contraataca, provocando una carnicería en la Cuesta de San Vicente. Cuando sus hombres están llegando a la Puerta del Sol, el enemigo -"el de siempre"- rompe el frente y los que quedaron en línea de la VII retroceden hasta la Puerta de la Casa de Campo. González ordena el regreso de sus hombres para recuperar el terreno perdido.
Templado no da abasto en el mismo puesto de mando de la División. Más de trescientas bajas le llevan al Campo del Moro en poco más de media hora. "Menos mal que Riquelme me dijo que era un puesto tranquilo...", piensa., pasadas las horas entre curas de urgencia, Templado oye a González la orden escueta:
-Atacaremos a las siete de la mañana.
-¿Para qué?, le pregunta.
Cumplieron la orden como si se tratara de ganar la guerra. Recuperaron el terreno perdido y hasta hicieron más de cien prisioneros. Cuando el Comandante pregunta qué puede hacer con ellos, Templado interviene:
-Mándalos a la cárcel. Está vacía.
-¿Y los presos?
-Más libres que tú y que yo. Andan locos buscando a Valdés, el jefe de la quinta columna, que se les fue con los demás...
Julián Templado queda así, en las últimas horas del día 9 de marzo, afanado en curas de urgencia que lo desbordan. Pero la novela continúa hasta el 13. Termina con un final mucho más efectista.
Riquelme logra también la libertad de Vicente Dalmases, compañero de calabozo de Templado y compañero sentimental de Lola, enfermera de un ambulatorio de la Cruz Roja. Una vez libre, Vicente marcha a Valencia a unirse con su mujer y su hijo. Monta en un camión. Por la conversación de sus compañeros de viaje se da cuenta de que hablan de Lola y conoce las humillaciones por las que debió pasar hasta dar con él y lograr, a través de Riquelme, su liberación. Al llegar a Tarancón, decide regresar junto a Lola. Al entrar en casa ve al padre, el Espiritista, borracho y a Lola que todavía pende de la cuerda en la que se ha quitado la vida.
Al sepelio sólo van mujeres, Mercedes, Rosa Mª Laínez, Manuela y Soledad. Al llegar a la plaza de Manuel Becerra, entonces de la Alegría, el cochero las quiere persuadir de que se despidan allí, por el peligro que supone atravesar Ventas. No quieren dejar a Lola hasta su descanso definitivo en el Cementerio del Este. Saben que las mujeres no forman parte de los cortejos fúnebres, según la costumbre, pero es una costumbre, como tantas otras, que ya es hora de cambiar. Siguen en el carromato desvencijado, junto al féretro, y al llegar a Ventas, un obús destroza sus cuerpos. Rosa María, "en la cuneta, herida, sin dolor, sólo ve el cielo". Comienza a rezar el Credo, mientras que, con cara cadavérica, "descalza, Soledad -demente- la mira con atención chupando una mano destrozada, sucia de barro y sangre".
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