Se ha estudiado el límite entre ficción y realidad en Max Aub (Pérez Bowie, 1993) y se destaca a este respecto la importancia de la metaficción. En Campo de sangre se registran las tres acepciones que ha utilizado la crítica: a) la reflexión que en términos de ficción se hace sobre el proceso narrativo, cómo se ha construido o se está construyendo la novela; b) la metaficción que suspende la narración para elucubrar sobre las posibilidades constructivas de lo que debe ser el desarrollo de una acción, como ocurre en el capítulo titulado "El nacimiento de una comedia", en el que, tomando como base una anécdota narrada, es decir, también realidad ficticia, se modifican situaciones, se suprimen, sustituyen o crean personajes, entendiendo éstos como la búsqueda de nuevas personalidades que acentúen el valor dramático de la acción; y c) la metaficción como la manifestación de aquello que está más allá de la ficción; en otras palabras, la realidad que la ficción oculta.
3.1. Julián Templado es producto del método de trabajo de Max Aub. Inspirado probablemente en Templados auténticos, ha cambiado su caracterización. Su creación se correspondería a esta última acepción de metaficción, aunque quizá sería más preciso llamarla transficción, tal y como la entiende Zavarzaden (1976), de forma que rompa la ilusión de la realidad, al desvelar los artificios literarios.
Max Aub ya había intentado difuminar los límites de la ficción. En la pseudobiografía de Josep Torres Campalans aplicando un tratamiento puramente biográfico a un pintor inventado (testimonios, documentos); y en Luis Buñuel: novela aplicando un tratamiento ficcional a un personaje, no sólo real, sino que constituye un hito en la historia del cine (Sánchez Vidal, 1993; Fuentes, 1993).
En todo El laberinto mágico los personajes históricos y de ficción entremezclan sus actividades. Hasta el propio autor es citado, entre otras personalidades conocidas, como alguien ajeno al narrador.
Los estudiosos de la obra de Aub -Tuñón de Lara (1970), Ignacio Soldevila (1073), etc.- aceptan el fondo realista de los Campos, en el sentido que Stendhal dio a los personajes de El rojo y el negro. Stendhal tomó el tema de La gaceta de los tribunales de Grenoble. Cambió los nombres para hacer del texto una novela de clave y atribuyó a los personajes rasgos de personas bien conocidas por él. Quería dar así veracidad a sus entes, pero sin perder de vista que personajes y hechos pertenecían a la historia jurídica de Grenoble. Esto afecta a la construcción de los personajes del Laberinto mágico, entre los que se encuentra Julián Templado.
3.2. En los años anteriores a la guerra, Max Aub había militado en los movimientos literarios de vanguardia. Era, pues, un convencido de la necesidad de una nueva estética. Los comentaristas de su obra en general y del Laberinto.., en particular, están de acuerdo en que los Campos son puntales en la evolución de la narrativa en España. En ciertos aspectos es verdad. Incorpora técnicas propias de la novela fenomenológica, como la multiplicación de puntos de vista o un monólogo interior mitigado (light, dirían nuestros jóvenes, como si se tratara de coca-cola). Sin embargo, no se priva de la caracterización de personajes realizada con la técnica realista del autor-dios. Con una u otra excusa, prosopografía y etopeya se incluyen en el flash-back que sitúa cada personaje en los precedentes de la acción. Esta focalización externa del relato le permite trazar caracteres bien definidos, lo que da verosimilitud a contrastes y afinidades de los protagonistas.
Como es frecuente en la novela naturalista, Campo de sangre se inicia in medias res, en un momento cualquiera. Los dos personajes que están en escena, José Rivadavia y Julián Templado, vuelven de presenciar el fusilamiento de tres individuos, en el fuerte de Montjuich. Han asistido a instancias de Templado, que no comprende el atentado frío contra la vida, ni las diversas actitudes ante la muerte. Su motivo para la petición, juega entre lo banal y lo trascendente. Lo movió ver la descomposición de la luz al pasar a través de un botón de nácar de su pijama, una mañana soleada. Dice que "no hay milagro mayor" que aquella materia irisada, "ni prueba más evidente de la existencia de Dios". Ambos analizan las circunstancias de los condenados y sus actitudes ante la ejecución, con las matizaciones propias de sus respectivas profesiones. Rivadavia, como magistrado, "juez de la República" y Templado como médico. Tales elucubraciones convierten el capítulo en un ensayo sobre la vida, la justicia y la muerte en las circunstancias trágicas de una guerra.
3.3. La novela fenomenológica elude la caracterización de personajes trazada por el autor desde su barbacana omnisciente. Max Aub no renuncia a ella, sin embargo, aunque intenta disfrazarla de objetivismo con recursos estilísticos (cambio de persona gramatical en la enunciación o dudas sobre detalles precisos en sus remembranzas).
Los trazos de la descripción psicofísica de Julián Templado son rápidos y definitivos. Términos castizos que le dan rasgos inconfundibles:
...de estatura no más de mediana, paticojo, miope, bombache, vedijoso, sentenciero; médico por más señas, mal hablado y amigo de las mujeres: cuanto menos decentes, más.
Parece la descripción de un ser repelente. Pero a lo largo de la narración resulta atractivo para las mujeres, amigo de sus amigos, aunque tenga sus fobias personales, siempre justificadas, eso sí; esencialmente justo y generoso en su entrega profesional, sin que tales convicciones puedan torcerlas consideraciones políticas o sociales, aún a riesgo de su vida.
En la misma primera página se realiza la descripción de su interlocutor, José Rivadavia:
...juez de la República, toroso y pie plano, alto de color, salpimentado el cabello, las manos cruzadas descansando sobre las posaderas; las aletas del gabán al aire, batiendo el unto de una panza bien establecida.
Curiosamente, Max Aub hace a Julián Templado natural de Madrid, mientras a Rivadavia lo hace murciano. Digo curiosamente porque todos los Templado registrados en la guía telefónica madrileña de los años anteriores a la guerra y en la actual son oriundos de Murcia; mientras que no aparece ningún Rivadavia, al menos en la actual, con esta ortografía, ni con la grafía del topónimo de Orense (Ribadavia).
En el proceso de creación de los personajes, pudo haber intercambiado la procedencia de ellos, si es que el magistrado está también inspirado originariamente en un ser real. Después de todo, Max Aub había seguido el consejo de Balzac a los escritores: "los novelistas estamos obligados a ampliar el registro civil".
El autor hace un periplo por las tierras de Murcia. Las conoce bien. Se diría que hasta las ha pateado. Comento sólo una frase de las páginas 64-65 de la edición de bolsillo de Alfaguara, 1997: "Abarán vivo, Mazarrón muerto".
Aub está hablando de Murcia a través del flujo de conciencia de un personaje de nombre bastante común, Julio Jiménez. Elucubra sobre el contraste de la feraz vega del Segura con las tierras semidesérticas murcianas que divide el alcance del agua. Las conoce bastante bien por su oficio de feriante. Tanto las tierras como la idiosincrasia de sus gentes. Todo forma parte de sus vivencias,
En las primeras décadas del siglo, Abarán desarrolla una frenética actividad agrícola e industrial. El motor Ascensión extiende la vega a miles de hectáreas de la Hoya del Campo; los almacenes de fruta para la exportación y las fábricas de conservas, que elevan sus esbeltas chimeneas, se multiplican y, en determinadas fechas, la mano de obra autóctona resulta insuficiente.
Mazarrón, agotadas las minas de cinabrio, se fue despoblando, y un aspecto fantasmal se fue apoderando del pueblo: casas en ruinas que apenas conservan las fachadas agujereadas, solares invadidos por el material de derribo, tiendas y almacenes cerrados, gentes callejeando como si hubiesen perdido la ilusión de vivir. El entorno seco e improductivo de las tierras desérticas se veía alterado sólo por las montañas de escoria. Todavía en los años cuarenta llegaban al Puerto de Mazarrón algunos barcos, sobre todo ingleses, a cargar mineral, pero Mazarrón ya no significaba gran cosa en el emporio minero que centralizaba La Unión.