Formas de comunicación en «Las guerras de nuestros antepasados» - El castellano coloquial de las «siete noches»
El plano de la expresión de la novela sugiere, en principio, dos observaciones. La primera que Las guerras se inscribe en la corriente actual de la narrativa que muestra su interés por la lengua hablada, como modo de escritura literaria. La segunda se refiere a que esta modalidad estilística la utiliza Delibes como medio de reivindicación, en cuanto que el castellano hablado es una propiedad del hombre del campo que corre el riesgo de desaparecer en una sociedad de progreso y masificada, habla amenazada también por los medios de comunicación social.
Pero es necesario analizar hasta qué punto el plano expresivo de Las guerras reproduce esa lengua coloquial castellana que el escritor se propone defender como propiedad enriquecedora de una forma de cultura, entendido este vocablo en una de sus acepciones: la que entiende por cultura un modo peculiar de ver el mundo y el hombre de las gentes de Castilla.
Y en este análisis hay que distinguir entre «coloquio» y «habla», ya que no son términos sinónimos, y ambos -el coloquio por ser novela dialogada Las guerras y el habla por ser el lenguaje empleado- están presentes en la novela (43).
Hemos de partir reconociendo el hecho de que el coloquio de Las guerras es un coloquio ficticio, en cuanto que no reproduce una conversación espontánea sino que se trata de una creación a través de un intérprete, en este caso Delibes, que imita la estructura coloquial, con una doble finalidad, estética y comunicativa. Por otra parte, esta forma coloquial se inserta en un género, la novela, que alude por su naturaleza, al término de la oposición, por el que precisamente se definen los rasgos pertinentes de la estructura coloquial: narración/coloquio.
De aquí que se imponga examinar si en Las guerras se dan un mínimo de rasgos pertinentes del coloquio y cómo funcionan dichos rasgos en el interior de otra estructura, que es la narrativa.
Es un rasgo pertinente de la forma coloquial la existencia de dos o más interlocutores, en este caso el doctor Burgueño y Pacifico. La existencia de interlocutores lleva consigo la posibilidad de que se den múltiples mensajes o al menos alternancia, por lo que el coloquio se distingue de la narración en que no presenta como esta una estructura lineal. - « En principio -afirma Criado del Val (44) el sentido de lo coloquial se define como la reciprocidad entre la emisión del hablante que enuncia y la réplica, no la simple recepción, que ella produce en el interlocutor. Son dos o varías cadenas habladas de sentido contrario que se complementan en el coloquio, pero que también pueden superponerse o interferirse... Aun cuando el mecanismo de la emisión y la réplica parece ser el vinculo lógico entre las interlocuciones, lo cierto es que cada interlocutor alterna su relación con el mensaje y la secuencia que procede de su propio pensamiento y de su propia situación. Las acumulaciones, que tanto se producen en la conversación, y las continuas interferencias son síntoma de una realidad profunda: cada interlocutor conserva su propia secuencia, aunque sea modificada por la de su oponente.»
La no linealidad del coloquio se cumple, aunque sólo relativamente, en Las guerras, ya que la alternancia de mensajes entre los dos interlocutores es más aparente que real. La conversación está al servicio del mensaje fundamental que se expresa a través de las intervenciones de Pacífico, que cuenta su existencia siguiendo incluso el orden cronológico, en un relato lineal y ordenado al modo de la novela tradicional.
La secuencia de Pacífico no es modificada por su oponente, sino que éste contribuye, con sus intervenciones, a que dicha secuencia se complete y tenga una mayor coherencia narrativa. Sirva traer aquí, a modo de ejemplo, las intervenciones del doctor Burgueño en la “Primera noche”; con ellas se trata de ordenar el relato de Pacífico para que parta de su niñez, de sus primeros recuerdos, en cuanto a los lugares en los que transcurre su infancia y los personajes fundamentales que le rodean.
«Dr.-Bien, para empezar, si no me equivoco, tú eres de un pueblecito de Castilla, Humán del Otero, ¿no es así?
P. P.-Sí señor, nacido y criado.
Dr.-Está bien, ¿Y cuál es tu primer recuerdo del pueblo?
Dr.- Bien la casa. Has dicho la casa. ¿Cómo era tu casa, Pacifico? ¿Dónde estaba situada? ¿Quiénes vivíais en ella? Todo me interesa» (45).
Otro rasgo del coloquio lo constituye el dinamismo, que resulta de la confrontación entre los interlocutores, lo que se llama «tensión coloquial». En Las guerras se manifiesta en las frecuentísimas locuciones existentes que se encaminan a comprobar que no se ha interrumpido la comunicación: «¿me entiendes?», «oiga», «¿se da cuenta?», «¿comprende?», etc. Esta toma de contacto o funcionamiento del canal constituye la función fática enunciada por Jacobson, función ampliamente utilizada por Delibes para caracterizar la forma coloquial de esta obra. Es esta la nota de estructura coloquial más presente en la novela. Sólo por vía de ejemplo y refiriéndonos a la «Primera noche», en un párrafo de Pacífico que no supera las ocho líneas se encuentran varias locuciones de toma de contacto:
«P. P.-Bueno, en realidad, la historia empezaba con el capitán Estévez, la noche que el capitán Estévez le dijo al Bisa que habla que meter en cintura a las posiciones del ferrocarril, ¿se da cuenta? 0 sea, para que me entienda, el enemigo se habla atrincherado al abrigaño del monte y como el tren subía y bajaba sin nadie que le hostigase, pues eso, no le faltaba de aquí, o sea, de comer, ¿se da cuenta?» (46).
En cuanto a las fórmulas para el mantenimiento de la tensión, las más utilizadas son aquellas que confirman la comprensión; subrayan una vez mas que la función fática, es decir, el esfuerzo porque la comunicación no se interrumpa, pertenece a la voluntad compositiva de Delibes.
La tensión coloquial, en sus tres variantes cualitativas: informativa, dialéctica y afectiva son frecuentes. Hay que decir que en la primera parte de la novela predomina la tensión informativa, ya que tiene que suministrar al lector, ante todo, datos sobre la vida y carácter de Pacifico; esta tensión informativa se caracteriza porque posee un grado mínimo de intensidad y es en su cualidad la más cercana a la enunciación; la tensión dialéctica, sin embargo, no se presenta en la obra apenas hasta la «Quinta noche», en la que el doctor Burgueño intenta buscar el sentido al crimen de Pacífico; y es obvio, ya que esta tensión «actúa sobre los componentes lógicos del diálogo, en busca de una mayor precisión del significado o de un predominio del contenido ideológico que cada interlocutor representa» (47). La tensión afectiva, sin embargo, predomina en la última parte, cuando el autor implícito, Delibes, reclama la simpatía del lector o grado de identificación, que contribuye a la recepción y participación en el mensaje que la novela comporta. De las modalidades estructurales del coloquio, dos son las que predominan en Las guerras, la enunciación «que precisa, naturalmente, de una recepción pero que no obliga a una respuesta» (48) y que es a su vez la menos característica del habla coloquial y la que se aproxima mas a la narración; y la interrogación, ésta si muy pertinente y a la vez altamente utilizada por Delibes. Más débil es la utilización del mandato. Una peculiaridad de la enunciación es preciso recordar, en cuanto que subraya la intencionalidad de Delibes. Las enunciaciones coloquiales llevan implícitas una interrogación al interlocutor, con la intencionalidad de provocarle asentimiento. Las respuestas de éste confirman si ha recibido el contenido de la enunciación, si ha dudado sobre el o se ha rechazado. La busca de verosimilitud del relato por parte del autor implícito está apoyada por esta modalidad coloquial. La enunciación coloquial exige que se utilice una sintaxis simple, economía lingüística y pausas interlocutivas:
«P. P.-Eso me pensaba yo, oiga, pero Padre les toreó bien, no crea, que el Bisa andaba aguardando, y ¿qué?, que Padre, tan terne, oiga, nada abuelo, el general dijo que el chico ya estaba enseñado. Y el Bisa, allá vena, más orondo que un pavo real» (49).
La interrogación en Las guerras está al servicio de precisar, ampliar o aclarar el diálogo de Pacifico; y es la forma casi única utilizada por el interlocutor, doctor Burgueño. Una anomalía de este coloquio literario con relación a un coloquio real, reside precisamente en la falta de alternancia de la interrogación entre los dos interlocutores:
«Dr.-¿Qué es eso del tepeté, Pacifico? P. P.-Tontunas, doctor, un juego de chavales. Dr.-¿En qué consiste? P. P.-Pues, mire, en realidad, nada... Dr.-Y ¿siempre jugabais a lo mismo? (50)
Resta que nos ocupemos brevemente del habla coloquial en la novela. Al comienzo del apartado distinguimos habla y coloquio, ya que no se trata de términos sinónimos. Si la forma predominante de esta obra es la coloquial -no es total por la existencia de un prólogo y un epílogo- el lenguaje utilizado por la persona de Pacífico es el habla castellana, como puede fácilmente deducirse por el léxico utilizado y por la construcción sintáctica Pero el habla castellana es a su vez un habla coloquial. Se pone de manifiesto por la selección del vocabulario, tanto en formas como en acepciones, y por la utilización frecuente de palabras comunes.
En cuanto a selección de vocabulario, sólo apunto aquí algunos ejemplos tomados de la «Primera noche»: «piedra de toba», «trasera», «ruejo», «vallejo», «zarzagan», «aulagas», «moheda», «llevacontrarias», «cantea», «abrigaño», etc. Igualmente existe en la obra una gran abundancia de palabras comunes, pero sobre todo nexos coloquiales, muletillas, y palabras de apoyo, para que la tensión coloquial mantenga el ritmo:
«P. P.-Bueno, oiga, no le choque. El Bisa era de los de uña larga, para que usted se entere. Que, para mí, que la había tomado con las iglesias. Ya ve, era yo todavía un chaval, cuando me habló de subir a Prádanos, ya sabe, donde las pepitas, a coger a la estatua de la Virgen Negra que, a su decir, tenia mucho misterio»(51).
La morfosintaxis de la cita anterior refleja claramente la peculiaridad coloquial. Hay que añadir también el uso de eufemismos, «uña larga», tanto para designar vicios como para aludir a ciertas partes del cuerpo y a sus necesidades diarias.
En relación con el uso de palabras comunes, Delibes mismo indica en el prólogo con que intención aparecen en el texto:
« ... He respetado incluso los balbuceos torpezas de expresión que, aun dentro de la locuacidad que Pacífico Pérez llegó a adquirir a lo largo de nuestros coloquios nocturnos, no son ciertamente infrecuentes en su conversación. Los «o sea», «a» ver qué hacer», "tal cual», "por mayor», "aguarde» y otras locuciones semejantes están ahí no sólo por razones de fidelidad, sino como exponente de una manera de ser, de una manifestación del léxico campesino de Castilla que desgraciadamente por mor del mimetismo urbano y de la televisión van desapareciendo» (52).
De la breve exposición que en este apartado se acaba de realizar se desprende que es exacta la opinión de que en la obra literaria la lengua sirve para expresar algo más allá de la simple denotación (53).
Al analizar Las guerras de nuestros antepasados, desde la perspectiva que entiende el texto artístico como un hecho de comunicación, se ha llegado a percibir que este transmite, recibe y conserva una información artística inseparable de sus características formales y sólo comunicable a través de ellas.
En consecuencia, el proceso de comunicación que implica el texto ofrece perspectivas de análisis, donde la función poética se manifiesta mediante modos de comprensión altamente significativos.
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