Formas de comunicación en «Las guerras de nuestros antepasados» - La motivación del artista
1 - La motivación del artista
«-¿Qué condición admira usted sobre todo en la poesía?
-Su comunicatividad ... La poesía es una profunda verdad comunicada (…)
-Confiesa usted que el poeta escribe para sí mismo (…)
-Yo no haría una distinción. La función de escribir produce una fruición que le está íntegramente destinada al poeta. Pero más allá (...) Más allá de ese placer evidente algo más hondo mueve al poeta. El poeta SE COMUNICA» (1).
En los momentos en que nos encontramos resulta ya un tanto anacrónica la polémica sobre si verdaderamente la motivación que induce al artista a crear la obra es exclusivamente la realización de sí mismo o es la exteriorización de una mirada nueva sobre la naturaleza de las cosas. El hecho de comunicación que implica en sí el texto literario no está en oposición a la necesidad expresiva y de «fruición subjetiva -en términos de V. Aleixandre- que pueda experimentar a su vez el artista.
Se trata de considerar el texto, ya se ha dicho anteriormente, como un hecho de comunicación, en el que se dan las distintas funciones estudiadas en el lenguaje ordinario y aplicables al lenguaje artístico: la función expresiva, la función representativa y la apelativa. El modelo de «organon», que para el lenguaje elaborara K. Bühler (2), partiendo de la referencia que hace Platón en el Crátilo (3), pone de manifiesto las funciones de éste y es aplicable al análisis del texto literario, desde la perspectiva de su condición comunicativa:
Este sencillo esquema expresa la coordinación de funciones del acto comunicativo que implica el texto y muestra cómo cada una de ellas elevan a éste a la categoría de signo. Los grupos de líneas representan las funciones semánticas. El texto es símbolo, en virtud de su ordenación a los referentes; es síntoma en virtud de su dependencia del emisor, cuya interioridad expresa; y es señal por su apelación al lector.
Este esquema, en el caso concreto de una obra narrativa, y aprovechando en buena parte el estudio de Félix Martínez Bonati (4) sobre la estructura de la obra literaria, habría que precisarlo desdoblando el emisor en hablante implícito y narrador ficticio, y también el receptor o lector, en lector implícito y lector explícito. Porque está claro que en la novela, donde ciertamente existe un narrador que cuenta algo a alguien, no siempre el narrador o el lector se hallan explícitamente presentes en la narración.
Por otra parte, en lo que se refiere a lo que se cuenta, el plano de las objetividades, no hay que reducirlo a la sola denotación, de modo que se confundan las objetividades de la narración con el hombre o el universo de una sociedad determinada; existe una voluntad constructiva, el autor, que siempre dice algo sobre algo, connotando la pura referencia y pudiendo, por tanto, encarnar en el hombre o en la sociedad que construye vigencias universales. Hay que añadir además que esta voluntad constructiva no sólo atañe al autor, en cuanto creador de la realidad ficticia -el texto literario-, sino el lector implícito, receptor de dicha realidad ficticia, quien la hace presente a través del tiempo.
Todas estas peculiaridades están indicando que a la hora de analizar las formas de comunicación de una obra literaria no sólo hay que referirse a las peculiaridades de su lenguaje narrativo, aunque esta faceta sea indispensable, sino a la índole de su lenguaje artístico, a su estructura de comunicación, que es la que determina las modalidades, los procedimientos elegidos como los más adecuados para dar consistencia a la obra.
Además del modelo de Bühler hay que tener en cuenta que Jakobson (5) ha clasificado las funciones del lenguaje basando su esquema en el modelo de comunicación: emisor, receptor, canal, código, mensaje y referente. Las tres funciones: expresiva, apelativa y representativa de Bühler, Jakobson las ha ampliado hasta seis, al añadir la función poética, que es la que se centra en el mensaje mismo; la fática, en el funcionamiento del canal y la metalingüística, en el código.
De las funciones que Jakobson amplía ofrecen interés para nosotros la función poética que estudiaremos al ocuparnos de las peculiaridades del lenguaje artístico, este lenguaje secundario según Lotman (6), que tiene como sustancia de expresión la lengua; la función fática puesto que al detenernos en el plano de la expresivo veremos cómo dicha función es nota demostrativa del lenguaje coloquial que utiliza Delibes en la novela Las guerras de nuestros antepasados (7).
Nos ocuparemos en primer término de las tres funciones bühlerianas: la representativa, manifiesta en el estudio de las objetividades; la expresiva en lo que atañe a los hablantes implícito y ficticio de la narración; la apelativa, en lo que se refiere al lector implícito y ficticio, partiendo de que en el triángulo narrador lector mundo que implica la comunicación literaria, los tres términos son ficticios.
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