Fundamentos del Ocultismo - Leyes universales del ocultismo
4 - Leyes universales del ocultismo
Como es lógico suponer, el Ocultismo, como ciencia primigenia, debe apoyar su metodología en la operatoria de leyes o principios comprobables (unánimamente por sus dos vías de conocimiento: el raciocinio y la iluminación) y de carácter axiomático para toda su fenomenología. Y si a estas leyes no las conociéramos, válido sería todo esfuerzo conducente a descubrirlas, ya que ninguna catedral del pensamiento, humano o divino, puede levantarse sin los pilares basales en que consisten tales fundamentos.
Afortunadamente, esas Leyes o Principios Fundamentales existen, y son siete –lo que, esotéricamente expresado, no podía ser de otra manera, por aquello d4e la sacralidad de este número- con la particularidad que debe observarse su accionar sobre el Todo físico o espiritual que nos interpenetra; en efecto, en tanto una ley física regula, de alguna manera, el comportamiento físico y energético, mecánico o vibratorio del Cosmos, una ley ocultista debe por fuerza ser más abarcativa, pues en tanto lo físico es apenas una de las facetas del Universo, una ley del calibre de las que vamos a tratar debe aplicarse en todo lo físico, sí, pero también en todo lo psíquico, todo lo astral, todo lo espiritual, en suma, el Todo. Veamos, entonces, de qué se tratan.
Ley del Mentalismo
Primera y fundamental. Se enuncia diciendo: “En el Todo, Todo es mental”. Pero no en el sentido de un subjetivismo kantiano dieciochesco, donde se sostenga que lo único “real”, objetivo, soy yo y que todo lo que me rodea es sólo producto de mi percepción y mi mente, seguramente subjetivo y posiblemente irreal. No. El mentalismo ocultista sostiene que todo lo que existe en el Universo es expresión cada vez más grosera, más material, más densa, de un Primer Principio extremadamente sutil y elevado, que podemos llamar Dios, Consciencia Cósmica, Brama, inmanente en el Cosmos, y que se manifiesta en la naturaleza en distintos planos de vibración cada vez más densa, ora como psiquis, ora como espíritu, ora como materia. Vale decir que las cosas del Cosmos no son de naturaleza distinta entre sí, sino que esa Esencia Universal adopta en ocasiones la característica de la energía, en otra circunstancia la de la materia, en una tercera la del pensamiento.
Para que esto sea más entendible, imaginemos un río. Un río que nace en una cascada, donde el agua fluye rápidamente y es cristalina, desplazándose luego por la llanura formando meandros, donde aquella se torna lenta y turbia para morir en un pantano, donde el agua está quieta y oscura. A primer golpe de vista, ustedes pueden dividir el río en tres partes bien diferenciadas: aquí el agua es cristalina, más allá turbia, finalmente negra. Pero, ¿ustedes podrían decir dónde termina un tipo de agua y comienza la otra?. No, porque en un punto cualquiera el agua es más rápida y transparente que unos metros río abajo, pero todavía más lenta y turbia que otro tanto río arriba... y así en progresión infinita. Es decir, la única diferencia es de grado, de densidad, pero no de naturaleza, y en un análisis pormenorizado todos los “sectores” del río son indistinguibles entre sí.
Lo mismo ocurre en el Cosmos. Todo es una sola cosa. Y, sugestivamente, la ciencia moderna viene a demostrar que las antiguas afirmaciones esotéricas eran ciertas. De Einstein para aquí, sabemos que materia y energía no son dos cosas distintas sino esencialmente los mismos elementos comunes manifestados de distinta forma. Tengo un pedazo de carbón y sé que es materia. Lo caliento y emite calor, es decir, energía. El calor no surge de la nada, ya que se genera a partir de los elementos constituitivos del carbón. Un poco de calor inicial (el fósforo) excita y libera los átomos que coherentemente estructurados formaban la materia y, a partir de esa excitación inicial, aquellos, cumpliendo la ley de entropía, se disipan en forma de calor. Materia y energía, energía y materia son sólo dos caras de la misma moneda, son sólo una. Un trozo de uranio con un peso atómico 238 chocando con otro de peso 235, genera fisión atómica. Una explosión. Energía.
Trescientos años atrás, los científicos creían que el Universo estaba poblado por distintos tipos de energías y de fuerzas. Que el calor nada tenía que ver con el magnetismo, ni éste con la electricidad, ni aquellos con la gravedad. Pero en el siglo XIX un físico inglés, Maxwell, descubrió que electricidad y magnetismo no son dos cosas distintas sino dos aspectos particulares de un mismo principio que él llamó electromagnetismo. Y esta reducción y unificación de fuerzas continuó al punto que con el advenimiento de este siglo los físicos sostenían que sólo cuatro eran las fuerzas que interactuaban en el Cosmos: el electromagnetismo, la gravedad, la interacción nuclear débil y la interacción nuclear fuerte (estas dos últimas responsables de las relaciones atómicas entre sí). Pero aparece nuevamente Einstein –cuándo no- y enuncia la teoría del campo unificado, tan maltratada por los escritores de ciencia ficción y tan poco comprendida por el público. Einstein teoriza que gravedad y electromagnetismo no son dos fuerzas distintas, sino dos manifestaciones específicas y particulares de un principio vinculado a la deformación geométrica del espacio, que a veces se presenta como electromagnetismo y a veces como gravedad. Es decir, unifica (de allí el término) en una sola teoría de campo ambas fuerzas, con lo que las universales quedan reducidas a tres. Hasta que en 1985 un astrofísico inglés llamado Paul Davies afirma que aún estas tres fuerzas son sólo aspectos de una única universal, que él denomina Superfuerza.
Finalmente, las investigaciones parapsicológicas contemporáneas han demostrado que la mente es energía, en el sentido de fuerza. Actúa sobre la materia física (telekinesis), altera, como veremos más adelante, la emulsión química de una película fotográfica en condiciones ideales experimentales (“psicofotografía” o “escotofotografía”). Así que por simple carácter transitivo concluímos que, si todas las energías son sólo una (incluso el pensamiento), si todas las fuerzas son sólo una, y si materia y energía son la misma cosa (recordemos que la materia es energía organizada y la energía, materia desorganizada) ... ¿qué diferencia, qué distancia hay de la sutileza de la psiquis a la densidad de la materia sino únicamente diferencias de grado, de condensación?.
Para que esto sea más entendible, imaginemos una gigantesca olla repleta de polenta mal preparada. En algunos lugares, está grumosa; en otros, líquida. Más allá, tendrá una consistencia media. A golpe de vista, puede decirse que allá la materia es grumosa (sólida), aquí muy líquida y acullá intermedia, pero en definitiva todo es polenta. Así ocurre en el Universo.
En otro sentido, esto expresaban los antiguos ocultistas cuando enseñaban que el Cosmos se dividía en siete planos de distinta densidad, en donde las entidades –como el ser humano- vibran en algunos de esos planos, y ciertas energías inteligentes (los “haiöth-hakodesch”) en otros, tan reales y tangibles para sí mismos como nosotros los somos para nuestros congéneresw. Estos planos son, de mayor densidad a mayor sutilidad, “material”, “mental inferior”, “mental superior”, “astral”, “etéreo”, “búddhico” y “átmico”. Dios tiene consciencia átmica, y sus manifestaciones se desprenden “hacia abajo”, hacia la materialidad. El hombre existe en los planos material, mental inferior, mental superior, astral y etéreo. El animal, en el material, mental inferior, astral y etéreo. Los entes a los que ludiéramos, en el astral y mental superior, o astral y mental inferior (las larvas astrales que estudiáramos en un viejo trabajo sobre “Autodefensa Psíquica”), los hombres y mujeres elevados, además de los planos mencionados, en el búddhico, etcétera.
Esta categorización de la Naturaleza es asimismo afín con el principio khabbalístico de los sephirot. Un “sephira” (“sephirot” es plural), es una de las maneras que tiene Dios de manifestarse en la naturaleza (una “emanación”) y los diez niveles de manifestación (“Kether” o Espíritu, “Binah” o Sabiduría, “Chokmah” o Belleza, “Pechod” o Inteligencia, “Chesed”o Bondad, “Tipheret” o Equilibrio, “Hod” o Justicia, “Nitzach” o Valor, “Yesod” o Reflexión y “Malkuth” o Materia) señalan las diez virtudes que debe alcanzar el hombre si quiere entrar en comunión (común unión) con Dios, mediante uno de los treinta y dos “senderos” que comunican estos diez frutos del Arbol de la Vida, o Arbol de la Sabiduría, como también lo llamaban los esoteristas hebreos. Dios aparece como lo Supremo, Omnisciente, Omnipresente y Omnisapiente, llamado Ain Soph Aur (“La Corona Aurea”) y sus emanaciones van descendiendo hasta irradiar Malkuth, caracterización de lo material.
Por supuesto, un lector escéptico –si ha sobrevivido a la lectura de estas páginas hasta aquí- puede argumentar que esta disquisición, si se quiere filosóficamente aceptable, peca por un defecto: la indemostrabilidad de ciertos principios que aquí damos como ciertos, por ejemplo, la existencia del llamado “mundo astral”. En efecto, ¿qué evidencia podemos aducir nosotros, los ocultistas, de que lo “astral” existe?. ¿Qué hablar de “cuerpos astrales” o sucedáneos es más que un gratuito ejercicio de la imaginación?. Puedo aportar seguramente referencias de índole vivencial, místicas o paranormales pero, para un observador exterior al tema y objetivo, ¿cómo le demostraremos científicamente –una vez más- la existencia de lo astral?.
Es más fácil de lo que parece.
En 1988, astrofísicos norteamericanos descubrieron un fenómeno cósmico extrañísimo: estudiando la rotación de los cuerpos de nuestra galaxia (ese conglomerado de estrellas, espeso en el centro y raleado en la periferia, en uno de cuyos barrios suburbanos se encuentra nuestro Sistema Solar y que sabemos rota a gran velocidad en conjunto alrededor de su centro), observaron que los sistemas ubicados casi en el centro de aquella demoran el mismo tiempo en completar una rotación que los ubicados cerca de la periferia, es decir, los que están más alejados. ¿Qué tiene esto de extraño?. Mucho. Por ejemplo, si ustedes, en una palangana llena de agua, arrojan un puñado de papelitos y luego con un dedo comienzan a hacer girar a gran velocidad el agua, van a observar que los papelitos próximos al centro se desplazan más rápidamente que los más alejados, pues al ser independientes unos de otros, sus velocidades varían por el mayor o menor tiempo que emplean para recorrer su trayecto circular. Es el caso de los planetas de nuestro sistema solar, donde la Tierra, por ejemplo, tarda un año en completar una órbita alrededor del Sol, mientras que Plutón, el más alejado, demora 288 años de los nuestros. Para que la periferia de un círculo o disco –que eso es la Galaxia- rote a la misma velocidad que su centro, se necesitaría que todo el conjunto fuese sólido; es lo que pasa con un disco compacto en un centro musical, donde el borde gira a la misma velocidad que el centro pues es una masa homogénea, compacta. El fenómeno deducido por los astrofísicos requeriría que todos los cuerpos de la galaxia se encontraran “pegados” entre sí por algún tipo de lazo material para que la velocidad de rotación nos acelere a algunos y la inercia retrase a otros. Pero los instrumentos científicos no detectan ningún tipo de materia, que necesariamente debe existir como aglutinante. Entonces, los astrónomos han creado la expresión “materia oscura” para definirla (pues es “oscura”, es decir, invisible a nuestros más sensibles aparatos) y referirse así a ese pegamento cósmico. Y yo pregunto: ¿qué diferencia hay, conceptualmente, entre esta “materia oscura”, una clase de materia que no es materia, que no se comporta como la misma, que forzosamente debe existir aunque no la detectemos, y la “materia astral” (excepto el cambio de nombres), si lo “astral” es, precisamente, una forma de la materia distinta a las cuatro que conocemos (sólido, líquido, gaseoso y plasma), e indetectable físicamente pero que ejerce sus efectos sensibles sobre el mundo material que vemos y sentimos?.
Ley de Correspondencia
Tres mil doscientos años antes de Cristo, según cuentan los antiguos relatos egipcios, finalizó el reinado de dioses y semidioses sobre la Tierra. En el valle del Alto Nilo un rey de pastores, Menes, ascendió en ese entonces al faraonato con el título de Menes I, El Tinita (por ser oriundo de la ciudad de Thinis).
Menes desarrolló, en su prolongado reinado, una vasta tarea de conquista y culturalización para sacar a su pueblo de la condición pastoril y agrícola que hasta entonces la caracterizaba. Hizo contratar especialistas en las más variadas disciplinas provenientes de los más alejados puntos del mundo conocido y, muy especialmente, agregó a su corte a un sabio caldeo, arquitecto, médico, astrónomo y –lógicamente para ese entonces- mago, conocido como Toth. Hasta avanzada su ancianidad, Toth se dedicó a volcar sus conocimientos en diversos libros, algunos perdidos para siempre, otros conservados fragmentariamente como el llamado “Libro de Toth”, compendio de Teurgia o Alta Magia Blanca del que sólo sobrevivieron a la primera de las siete destrucciones de la Biblioteca de Alejandría sus láminas ilustrativas, exactamente setenta y ocho, y que conformaron al paso del tiempo la baraja del Tarot o, en egipcio, “tarah ha’ Toth” (de donde por deformación proviene el vocablo “Tarot”) y la “Tábula Esmeragdina”, o “Tabla de Esmeralda”, una sucesión de aforismos que guardaban memoria del conocimiento filosófico de los contemporáneos de este Toth que, al morir, fue elevado a la categoría de dios –apoteosis común en esos tiempos- e, incluso, adoptado tardíamente por los griegos con el nombre de Hermes Trimegisto (“el tres veces grande”). Precisamente, lo de “filosofía hermética” proviene de su nombre helenizado.
El primer aforismo de la “Tabla de Esmeralda” expresaba el Principio de Correspondencia, que enseguida explicaremos, con estas palabras: “Es verdad, muy cierto y verdadero, que lo que es arriba es como lo que es abajo, y lo que es abajo es como lo que es arriba, para hacer el milagro de una sola gran cosa bajo el Sol”. En otros términos, la total identificación entre lo macrocósmicamente grande y lo microcósmicamente pequeño.
La estructura de un átomo es, microcósmicamente, como el Sistema Solar macrocósmico que lo contiene. La parte del todo refleja el Todo. Un ser humano es 70% agua y 30 % materia sólida y vive, casualmente, en un planeta que es 70 % agua y 30 % materia sólida. Además, su sangre tiene exactamente la misma proporción de sal que la del agua del planeta. El iris de una persona permite conocer el funcionamiento de todo su organismo porque, como siempre, la parte de un Todo refleja ese Todo. Una carta natal astrológica resume en su microcosmos, el macrocosmos de la vida y la personalidad del sujeto al que pertenece. Las líneas de mi mano reflejan mi personalidad y mi vida también, pues mi mano, como parte de un Todo integrado por mí y por mi devenir, refleja el Todo. Una persona carismática y de fuerte carácter concita a su alrededor a las personas de temperamento más débil, que imitan sus poses, su manera de ser y tratan de vivir en función de aquél, lo que llamaríamos una conducta heliocéntrica, donde hasta “la luz del Sol” (y recordemos que en Astrología el Sol significa la personalidad manifestada) es “reflejada” por quienes giren a su alrededor, actuando microcósmicamente como un sistema planetario lo hace macrocósmicamente.
En Matemáticas es conocida una curiosidad llamada serie de Fibonacci, planteada por el sabio homónimo, donde cada número resulta de la suma de los dos anteriores. Tal el caso de la secuencia 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 56, 90... etc. Pues bien, una figura que se repite en la naturaleza universal es la espiral de Fibonacci, donde cada una de las espiras (vueltas) se distancia de la anterior de acuerdo a esa progresión numérica. Esto es tan así, que lo encontramos desde en la espiral macrocósmica de una galaxia, hasta la microcósmica de un caracol e, incluso, si toman ustedes un repollo colorado y lo cortan transversalmente, comprobarán que no sólo su disposición es en espiral sino que respeta la serie de Fibonacci.
¿Un experimento práctico?. Supongamos que en casa alguien se lastima, se corta, pierde sangre en cualquier accidente hogareño. Tenga preparada una bolsita con sulfato de cobre (unas piedritas color verde azuladas que, entre otros usos, se emplean para clorificar piscinas de natación) y rápidamente diluyan en un vaso lleno de agua el mismo hasta el punto de saturación, es decir, cuando por más que sigan agregando sulfato de cobre éste no se diwulve más, o, por lo menos, cuatro o cinco cucharadas soperas colmadas. Entonces introduzcan en él un trocito de algodón sucio de la sangre del herido, dejándolo allí. Atención: no se trata de mojar la herida con la solución del sulfato, ya que (a) si bien observarían efectos cicatrizantes, aquí la acción sería comúnmente química –es el principio de las sulfamidas- y no esotérico, que es lo que tratamos de probar, y (b) el ardor subsiguiente en la herida haría que la víctima recordara el árbol genealógico del frustrado enfermero hasta la octava generación.
Observaremos entonces un hecho fascinante: sin ningún tipo de acción química en contacto con la herida, ésta cicatrizará varias veces más rápido de lo que haría cualquier compuesto medicinal aplicado directamente sobre aquella, actuando a distancia. Tan es así, que aunque se pongan centenares de kilómetros entre el herido y su “muestra testigo” sumergida en la dilución, seguirá actuando, y aún lo hará aunque el sujeto del experimento nada sepa del mismo o no crea en él, lo que invalida la hipótesis de la sugestión. Personalmente, además de haberlo empleado numerosas veces, cuento con el testimonio de un odontólogo especializado en cirugía maxilofacial y otro profesional de la salud, urólogo y cirujano, que desde hace años y por mi recomendación vienen empleándolo con éxito en sus intervenciones quirúrgicas. Es tanto como afirmar que la acción (química o energética, lo mismo da) sobre la muestra de sangre se copia, se duplica en el original del cual proviene porque, obviamente, la parte del todo (la muestra de sangre) refleja al Todo del cual fue obtenida.
Ley de Causalidad
En el Universo nada ocurre por azar, por casualidad. Cuando el ser humano no ve lógica o razón de ser en el devenir de una serie de circunstancias, sean éstos fenómenos físicos o problemáticas sociales o personales, atribuyendo su aparición a algún aspecto aleatorio, sólo está reconociendo con ello su ignorancia de principios más trascendentes y, por ello, quizás incognoscibles. En efecto, si existe una inteligencia divina, de la cual por emanaqción de la Ley de Mentalismo la humana es apenas una ínfima parte, aunque procedamos racionalmente (o quizás precisamente por ello), ¿es lícito esperar que ese corpúsculo pueda entender los designios de lo Trascendente, por más que sea parte necesaria de él?. Yo no sería un yo completo, por ejemplo, si me fuera amputado un dedo pero, ¿no resultaría ridículo esperar que mi dedo, por sí mismo (o las células que lo forman) pueda comprender qué soy yo, para qué y por qué lo uso para un determinado fin o las razones que me llevan a amputarlo?. O como dijera el poeta: “La casualidad es el pseudónimo de Dios cuando quiere permanecer anónimo”. Todo efecto, entonces, tiene su causa aunque ésta, hoy por hoy, nos sea incomprensible. Esto explica el estudio, en Parapsicología y Astrología, de lo que se denomina SPA, o Signos Precursores de Acontecimientos, el modo de “leer” los avatares de la vida para entender su postrer significado
Ley de Vibración
En el Universo todo esta vibrando, es decir, en permanente movimiento. Décadas atrás aún se discutía esta proposición. Se decía que un florero, por ejemplo, independientemente del movimiento relativo que le cabe por estar sobre un planeta que rota sobre sí mismo y se traslada en el espacio estaría, en términos absolutos, inmóvil. Hoy sabemos que sus átomos y moléculas, empero, están oscilando y no existiendo, en consecuencia, tal inmovilismo.
Esa esencia universal de la que habláramos en la Ley del Mentalismo, entonces, consiste en la sucesión de vibraciones de distinto grado, afines o inarmónicas entre sí, lo que establecería correspondencias de afinidad (“amor”) o rechazo (“odio” o “negatividad”) en las inteligencias portadoras. Más aún, un aspecto secundario de esta ley, que podríamos denominar “de ciclicidad” dice que todo se mueve circularmente en el Universo, y cíclicamente. Lo que hoy está en la cresta de la ola, mañana estará en la depresión de la misma. Todo retorna al lugar de origen (y, precisamente por eso, nuestro destino ineluctable es regresar al Todo). Los electrones orbitan, los planetas giran en órbitas elípticas y las energías y fuerzas operatorias desencadenadas en los rituales ocultistas vuelven al punto de partida (de allí la expresión “efecto boomerang” usada en Esoterismo para definir la consecuencia moral de nuestras acciones).
A propósito, ha proliferado en los últimos años la creencia, en ciertos ambientes herméticos, de que existirían ciertas técnicas de “efecto campana” para protegerse del efecto “boomerang”. Esto, que justificaría los deseos de quienes no quieren preocuparse por las consecuencias de ciertas acciones propias, ocultistas o no pero en todo caso ciertamente negativas o amorales, es a todas luces banal. Ya que siendo estas leyes universales, lo que es lo mismo que decir inspiradas por Dios, ¿acaso algún mortal puede ser tan pedante de suponer que cualquier técnica por él empleada puede operar por encima de los designios divinos?.
La Ley de Vibración en general y el Principio de Ciclicidad en particular justifican la presunción de lo que se conoce como “karma”, en sus dos aceptaciones: el “universal” (que se sucede de encarnación en encarnación) y el “mundano” (que acusa, dentro del término de nuestra propia vida, las consecuencias ulteriores de nuestras acciones anteriores).
Ley de Serialidad
Todos los eventos universales tienden a agruparse de acuerdo a su idéntica naturaleza. La gente, por ejemplo, espontáneamente tiende a aglutinarse según idiosincrasias comunes y... ¿acaso ustedes no advirtieron que cuando algo en sus vidas cotidianas les sale bien, parece tener una “seguidilla” de aciertos y, por el contrario, después de un contratiempo parecen aglutinarse, a veces por varios días, novedades igualmente contrariantes?. Dicho de otra manera, los eventos favorables se agrupan en conjuntos favorables, y viceversa.
Es en este contexto que se entiende con más precisión el sentido de disciplinas como el Tarot o la Astrología: tienden a orientar al ser humano hacia los conjuntos favorables o bien alejarlo de los desfavorables.
Ley de Polaridad
Todo existe en pares complementarios. Al frío se opone el calor, al arriba el abajo, a la luz la oscuridad, al bien, el mal. Pero ambos se necesitan mutuamente; si no existiera la sombra, la luz nos sería irreconocible como tal. Si no existiera el Mal, no habría nada meritorio en hacer el Bien. Si alguna vez no fuéramos infelices, ¿cómo sabríamos cuándo somos felices?. Es lo que expresa el símbolo del “pakua” chino, quizás más, y erróneamente, conocido con el nombre de “yin y yang”, ese círculo divido por una sinusoide, blanco de un lado y negro del otro y con sendos pequeños círculos de iguales colores pero invertidos en cada mitad. Fíjense ustedes, asimismo, el profundo conocimiento psicológico encerrado en esta figura, que aquí ilustramos para mayor comprensión de lo que vamos a explicar.
Según observara el gran psicólogo suizo Carl Gustav Jung, todo ser humano masculino, para realizarse y ser completo como tal, debe tener algunas leves características de las que habitualmente se atribuyen a la feminidad en su personalidad: ternura, compasión, etc., que conforman lo que Jung denominó el “ánima” del varón. Y lo contrario caracteriza a la mujer realizada, que a través de su “ánimus” expresa coraje, agresividad, etc. U hombre o una mujer sólo dominados por lo inherente a su sexo serían algo así como extremistas psicóticos, él un “duro” a lo Bogart sobreactuando y ella una pasiva histérica. Es decir, lo “yang” masculino necesita algo de “yin” femenino para ser perfecto (precisamente ese circulito en la ilustración que se llama “joven yin”) y el “yin” femenino, necesita algo de “yang” masculino para lo mismo (inherente simbólicamente en el “joven yang”). Síntesis estética, por otra parte, que exhibe este símbolo varias veces milenario. Entonces, polaridades opuestas, pero complementarias.
Ley de Sincrocinidad
Todo existe en pares, dijimos. Y cada evento, sea material, psíquico, espiritual, tiene su contrapartida. Es el caso de las partículas elementales, según apunta la física cuántica, que una vez estuvieron en contacto y a partir de lo cual mantienen una extraña “ligazón” por sobre el tiempo y el espacio. Jung llamó a esto “sincronicidad” y el físico Wolfang Pauli las llamó “coincidencias significativas”. Un acto telepático sería entonces una sincronicidad eventual simbólica entre dos o más psiquis. Un evento telekinético, por su parte, es un ente psicoide entre la imagen mental de un movimiento y el fenómeno mecánico que se efectiviza en un marco material. Los antiguos filósofos medioevales decían que no cae una aguja en el mundo de los hombres sin que tiemble una estrella, y los sacerdotes aztecas hablaban de que cada hombre tiene su “náhual”, una contraparte animal o vegetal, de manera tal que lo que le pase a uno le sucederá al otro. Muere un animal en el bosque y un hombre rueda víctima de un síncope. Se descompone una mujer, y un árbol cae vencido a los pies del leñador. El universo en que vivimos (otra vez: uni-verso) es una armonía de espíritus, una sinfonía etérea donde cada nota por sí sola parece carecer de valor, pero todas se necesitan –ensambladas entre sí mediante alguna Inteligencia- para que resuene la música.
Los propios sucesos que acompañaron la muerte de Jung son quizás la manifestación poéticamente más contundente de la propia Naturaleza para demostrar a los hombres la realidad inapelable de esta ley.
En los años postreros de su vida, el genial psicólogo se había retirado a su mansión solariega de Klüsnacht, donde de joven había plantado un roble a cuya atención dedicara tiempo preferencial. Bajo ese árbol se retiraba a meditar, fumando su pipa, o a repasar originales de sus últimas obras. Era, a todas luces, el “roble de Carl”. Ahora bien, en el preciso momento en que este gran hombre fallece de un ataque cardíaco, el 15 de junio de 1961 a las tres de la tarde, un rayo se desprende del tormentoso cielo suizo e impacta en el roble de Jung, matándolo. El rayo podría haber caído a cien kilómetros de distancia o en cualquier otro árbol, media hora antes o dos días después. Pero tuvo que ser en ese árbol en ese momento como para señalar con este acto teatral que, después de todo, Jung tenía razón y su enunciación de la Ley de Sincronicidad era un hecho.
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Monografía de Esquina Mágica. Extraido de: http://www.esquinamagica.com/articulos.php?idar=548&id1=13
