



La participación activa de los hombres y las mujeres de CC.OO. de Catalunya en la Diada del 76, relatada por los cronistas de la época y reconocida por los historiadores, fue la expresión natural de una organización que había hecho de la condición de sindicato de clase y nacional una de sus señas de identidad. Reflejada en la constitución, en el año 1969, de la Comissió Obrera Nacional de Catalunya.
Se trataba de una manera de entender el sindicalismo que no era nueva en la historia de Catalunya, que asumía y se hacía eco de un rasgo característico de una buena parte del movimiento obrero catalán del siglo XX: aquel que recoge las aportaciones del catalanismo progresista y del federalismo republicano de Valentí Almirall y de Pi i Maragall y que sintonizó con dirigentes obreros como Salvador Seguí o Joan Peiró, a través de personas como Francesc Layret o Lluís Companys. Quizá por ello, durante la dictadura, todos los partidos y la mayoría -no todas- de las organizaciones sociales tenían una matriz catalana propia.
Hoy es ya evidente la clarividencia de aquellos dirigentes obreros que, vinculados políticamente al PSUC y a su tradición nacional hicieron esta gran apuesta por el sindicato de clase y nacional, que todo el mundo reconoce que ha sido una de las mayores aportaciones a la cohesión de la sociedad catalana.
Era una aportación socialmente significativa en la medida en que:
* Posibilitó la participación de los trabajadores y de la clase obrera catalana en el proyecto de reconstrucción nacional de Catalunya, impidiendo así la identificación exclusiva de este ideal con sectores de la burguesía y la menestralía catalana.
* Hizo una aportación clave a la integración social en Catalunya de los centenares de miles de trabajadores nacidos en otros lugares de España, que, en muchos casos, se incorporaron plenamente a nuestra sociedad a partir de la lucha sindical, vecinal o política.
* Permitió la cohesión de la clase obrera catalana, impidiendo su división artificial en función de la lengua utilizada o del lugar de nacimiento de las personas. Y en este sentido dificultó la consolidación de un sindicalismo nacionalista autárquico.
* Contribuyó a la cohesión como sociedad, con la incorporación al proyecto nacional de valores avanzados y reivindicaciones y conquistas sociales.
* Hizo inviable cualquier opción sindical en Catalunya que no integrase el binomio nacional y de clase. Y esto, que ahora parece tan evidente, no siempre ha estado tan claro a lo largo del siglo XX, ya que en Catalunya ha existido siempre una corriente significativa del sindicalismo -identificada fundamentalmente con la UGT- que hasta bien entrados los años 90 del siglo pasado no había incorporado esta visión nacional al hecho social que representa el sindicalismo.
Otra aportación, ésta más contemporánea, ha sido la posibilidad de que el sindicalismo transformado del siglo XXI sea capaz de integrar dentro de su manera de ser como sujeto social la conciencia nacional en un mundo fuertemente globalizado. Es ésta una perspectiva de futuro que trataré de analizar más adelante.
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