Gobernabilidad - Aseguramiento estratégico de la gestión gubernamental
Es muy frecuente que -desafortunadamente- muchos directivos laborales, empresariales, gubernamentales y no gubernamentales -e incluso profesores y consultores de gerencia y gobierno- no tengan siempre presente y suficientemente claro el elusivo concepto de gobernabilidad ni el conjunto de factores de que ella depende. Pero, por supuesto, todo el mundo discute éste asunto con pasión y opina -como si supiera- pues todo directivo o ejecutivo -todo gobernante o gerente- tiene claro que no debería no dominar el tema: desdichadamente lo más usual -en tales circunstancias- es compartir ignorancia… y actuar en consecuencia. Mi intención es contribuir -en lo posible- a cambiar en algo ésta situación -con una aproximación científica y no política- si es que ello es posible.
Sea la que sea la filosofía, concepto, idea, sistema, técnica, instrumento, herramienta, etc. que se use -para una mejor práctica de la gerencia o gobierno de la organización a cargo- la misión fundamental de sus directivos o ejecutivos es lograr su gobernabilidad.
Lograr la gobernabilidad de la organización en cuanto a lograr que -actuando en consonancia con los valores convenidos- ella logre avanzar hacia la visión o propósito estratégico formulado, alcanzando progresivamente los objetivos y metas que reflejan ésta aspiración… pese -o gracias- a la acción de aliados, oponentes e indiferentes, externos e internos…en un clima de relativa armonía.
Cuando un gobierno culpa a la oposición de no lograr lo que se había propuesto, ese gobierno -aunque diga lo contrario- reconoce que perdió gobernabilidad y que el manejo de la situación se le escapó de las manos. Si la oposición quería y logró descolocar al gobierno y hacerlo incumplir sus propósitos ganó gobernabilidad: por lo menos mientras lo logró. Lo mismo es válido a la inversa.
Si una empresa X gana en forma sostenida a un competidor Y -en participación de mercado- éste está perdiendo gobernabilidad en lo competitivo, pero si al final X quiebra, pues sus precios eran competitivos más no eran rentables, es X la que perdió gobernabilidad… y es probable que Y recupere la suya.
Ahora bien -desgraciadamente- los objetivos de un gobierno no se corresponderán -necesariamente- con los objetivos del Estado, objetivos que siempre deberían estar por encima de los objetivos e intereses tanto del gobierno como de la oposición. Algo análogo sucede con los objetivos de la alta gerencia y los objetivos de la Organización, los que -de un modo u otro- deberían intentar satisfacer con excelencia a todos los interesados en que ella sea exitosa: clientes, trabajadores, proveedores, comunidad y accionistas públicos y/o privados, con o sin fines de lucro.
Las dificultades y distorsiones asociadas a no satisfacer -plenamente- todos estos requerimientos, configuran los que se denominan problemas de agencia: la resolución de estos implica lograr que los agentes (mandatarios) se comporten de tal modo que velen -efectivamente- por el bienestar colectivo de los mandantes y no por satisfacer sus intereses personales en desmedro de los demás.
Está de moda en nuestro medio el uso de la palabra “mediática” -que no figura en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua- en el sentido de usar los “medios” de comunicación, para mediatizar la acción del gobierno, por intereses supuestamente mezquinos, para entorpecerla. Un gobierno sólido y capaz debería ser -o estratégicamente hacerse- relativamente inmune a la acción de sus oponentes… y no quejarse del mayor poder de sus oponentes para llevarlo a perder gobernabilidad. Lo mismo es válido a la inversa.
La misión de los oponentes es ser oponentes… y deberían cumplirla; los gobernantes deberían cumplir la suya: gobernar -gobernablemente- en beneficio de todos… respetando estrictamente la institucionalidad y los valores democráticos… aunque otros actores no los hayan respetado y aunque exista la posibilidad de que la oposición no los vaya a respetar… y aunque por ello o por incompetencia -y/o pérdida de popularidad y/o poder- pudiera perder tanto la gobernabilidad como el gobierno; esas son -o deberían ser- las reglas del juego democrático.
Esto es también aplicable a los sectores empresariales y laborales, políticos y no gubernamentales -independientes o de oposición- pues no es aceptable que ellos actúen pasivamente y solo se quejen y culpen en forma sostenida de lo mucho que la gestión gubernamental -y la baja gobernabilidad del Estado- los perjudica, incluso en cuanto a la gobernabilidad de las organizaciones a cargo: es necesario que -al mismo tiempo- hagan algo de suficiente impacto, para intentar remediar y corregir -drástica, pero también democráticamente- la situación que los afecta… en vías a alcanzar el grado de gobernabilidad requerido.
El desafío a lograr una elevada gobernabilidad del Estado -frente a todas éstas circunstancias- representa lo que deberían intentar resolver -deliberada, conjunta y concertadamente- los dirigentes gubernamentales y no gubernamentales… laborales y empresariales… religiosos y políticos… y la sociedad civil organizada… etc., en forma asertiva, proactiva e ingeniosa, respetando democrática y fielmente el mandato de sus mandantes.
De allí que la búsqueda de gobernabilidad sea extensible a la gobernabilidad de todo el país, pues la gobernabilidad de él depende de la gobernabilidad de sus instituciones y compete no solo a todos sus habitantes, sino también interesa a los países vecinos y a todos aquellos con los que existen relaciones importantes. Desde un punto de vista sistémico compete a todo el mundo, más aún en un mundo globalizado e interconectado en que todo nos afecta a todos: sobre todo si el país representa una enorme fuente de energía -y por pérdida de gobernabilidad- se convierte en blanco -apetecido y ultra vulnerable- de terroristas y antiterroristas...
La gobernabilidad implica la capacidad de la comunidad para lograr un equilibrio relativamente estable entre los sistemas político, económico, social, cultural, etc., que permita conducir los asuntos públicos -con transparencia y calidad- en forma relativamente equitativa y armoniosa, eficaz y eficiente, en beneficio del bienestar de todos...
Esto es más fácil de decir que de lograr, pues implica equilibrar intereses encontrados.
Por un lado están los que siguen a los que defienden intereses económicos sectoriales, predominantemente de corto plazo, temen a los cambios radicales y prefieren el desarrollo con estabilidad garantizada como vía para atraer capitales -y a través del mercado- generar prosperidad para todos (tildados de “conservadores”, “neoliberales”, etc.).
Por otro lado están los que siguen a los que defienden la intervención estatal como vía para lograr progreso con justicia social -a través de cambios radicales- en un muy corto plazo y aunque ello conduzca a desequilibrios macroeconómicos mayores (autodenominados “progresistas”, “revolucionarios”, etc.).
De allí el amplio zigzagueo en la búsqueda de un equilibrio -no siempre concertado- entre libertad (¿y prosperidad?) e igualdad (¿y autoritarismo?) que -muchas veces- hace perder de vista la formulación explícita y el logro eficaz de objetivos estratégicos de largo plazo, en perjuicio de todos… y sin beneficio alguno para los más desposeídos…
¿Tiene alguien dudas acerca del grave riesgo de ingobernabilidad que corre cualquier comunidad en que los desfavorecidos y sus penurias aumentan -sin medida- frente a promesas incumplidas una y otra vez, independientemente de las múltiples y muy bien articuladas intenciones y explicaciones que se tengan y que -al fin de cuentas- solo revelan enormes incompetencias para gobernar y conciliar?
¿O es que acaso lo que justamente se busca -intencionadamente- es provocar una explosión social ingobernable?
¿No es más razonable suscribir un pacto ecuánime y concertado, pese a que haya quienes descalifiquen a priori todo pacto? ¿El problema es suscribir un pacto con cúpulas genuinamente representativas de sus bases o es con las cúpulas per se o con la supuesta ilegitimidad de esas cúpulas? ¿Serviría de algo un pacto con cúpulas -incluso representativas- que ignore y no satisfaga a una muchedumbre creciente de desposeídos justificadamente rabiosos… y quizás -parcialmente- armados?
Una vez superada la situación coyuntural, conducente inevitablemente a una concertación obligada y mediatizada por la situación, ¿quiénes se atreverán a plantear -con diáfana transparencia- la imposibilidad de satisfacer -a corto plazo- expectativas justas o exacerbadas por la pasión, pero probablemente desmesuradas frente a los escenarios que se vislumbren, dada la enorme y creciente brecha entre los recursos financieros necesarios y los disponibles?
Sean ellos quienes sean requerirán ser representativos, valientes y sinceros y poseer una gigantesca capacidad de negociación y mediación -y generar una gran confianza- para poder recuperar e incrementar efectivamente la gobernabilidad, lo que implica entender muy bien en que consiste ella y de que depende…
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