Como todo texto, la pintada aparece inevitablemente vinculada al entorno comunicativo en que surge y condicionada por él. En su ámbito, por definición urbano, nace acorralada por normas, reglas, códigos, pautas y comportamientos que le son ajenos, pertenecientes a una dimensión "normalizada" de las relaciones sociales, al margen de las cuales se establece. Y es, en este sentido, como se ha dicho siempre, marginal, voluntariamente marginal y, por ello, socialmente repudiada e ilegal. Pero no tanto por la procedencia sociocultural, muy diversa, de sus autores (en contra de lo que tantas veces se ha dicho también), cuanto por cómo éstos infringen las más elementales normas de convivencia haciendo uso (que no se les ha concedido) de la palabra (que nadie les ha pedido) y de un espacio que no sólo no les pertenece, sino que les está expresamente prohibido.
La pintada, que se ampara en el anonimato y persigue siempre un objetivo, define sus dominios en función, sobre todo, del mensaje y del destinatario que pretende: son, en este sentido, en contra de lo que suele afirmarse también, actos de comunicación premeditados, ocasionales sí, pero muy raramente espontáneos. Esto quiere decir que la pintada sigue también unas determinadas reglas y que es, hasta cierto punto, espacial y temáticamente previsible. Pero sólo hasta cierto punto, porque la furtividad, el anonimato y la previsible fugacidad la convierten, paradójicamente, en un auténtico ejercicio de libertad expresiva que puede llegar a sorprendernos y que complica tanto su estudio sociológico como el lingüístico.
Si sus autores deciden "identificarse", lo hacen siempre preservando su anonimato: en nombre de una colectividad en el mensaje social (un sindicato, un partido político, un movimiento ideológico..., colectividad que teóricamente los arropa), y en nombre propio (sin apellidos, o incluso con el apodo) en el mensaje privado ("Javi", "Carmen", "Un salido"). Cuando la pintada se firma en nombre de una determinada colectividad, suele usarse a modo de "consigna", se busca con ella la empatía, el reconocimiento, la adhesión, la propaganda 9. El mensaje privado es, en apariencia, más un fruto de la necesidad de comunicación que de solidaridad y, en teoría, más libre; si se elige este medio de expresión es posiblemente para suplir otros, precisamente aquellos que podrían "comprometer" personalmente al emisor en la interacción.
El autor de la pintada es (perfecta u oscuramente) consciente de que tiene algo que decir, algo que el otro, a priori, no desea y que nadie, desde luego, le ha solicitado: una de sus tareas es hacerlo visible y la otra, convertirlo en deseado (apreciado). Sabe que la respuesta a su pintada puede ser la adhesión, la reciprocidad o la indiferencia, y que si tiene sentido de la pertinencia, si acierta a expresar lo adecuado en el momento y el lugar adecuados, su mensaje será más fácilmente "reconocido" y podrá ampliarse, proyectarse incluso fuera de sus límites... A estas tres prioridades responde la pintada (y su lenguaje) y ellas determinan su existencia e imprimen en este peculiar modo de expresión sus más destacadas peculiaridades: actualidad, concisión, fugacidad, irregularidad formal, cierta imprevisibilidad...
Por eso, el autor de la pintada ubica su mensaje en un determinado lugar o barrio, haciéndola así accesible a una gente u otra, es decir, seleccionando de forma natural su receptor. Si se trata de un mensaje de carácter social, lo plasma generalmente en un lugar público, abierto y de disfrute colectivo (calles, plazas). El mensaje privado o íntimo encuentra su mejor ubicación en los lugares públicos de uso privado (pasillos y puertas de acceso interior, aseos) 10.
No es casualidad, pues, que las pintadas de OKUPA, por ejemplo, se encuentren sobre todo en el centro de Madrid y en ciertos barrios periféricos con abundancia de viviendas de protección oficial; son precisamente esos barrios en que la ocupación de viviendas puede tener justificación o sentido e interesa concienciar al receptor. ¿Se atreverían los integrantes de este movimiento a ocupar una vivienda vacía de la calle Serrano?, ¿sería pertinente una pintada allí incitando a la ocupación?, ¿podría esperar el movimiento OKUPA solidaridad de los habitantes de Puerta de Hierro o de La Moraleja (o de los que por allí van de paso)? Y aunque nada impide la aparición de una pintada "okupa" o antigubernamental, por ej., en el servicio femenino de una facultad universitaria, lo habitual es más bien encontrar mensajes como El [profesor] de Sociologia está buenísimo o Socorro! Soy lesbiana (que me gustais las tias, vamos) pero no se como decirselo a mi novio.
Y tampoco es nada raro encontrar la pintada escrita así, como en este último ejemplo, sin los acentos ni signos de puntuación necesarios en la lengua escrita formal, pero superfluos, al parecer, en el mensaje de urgencia de la pintada, que puede ser (y es) perfectamente entendido sin ellos. La efectividad de la pintada depende seguramente mucho menos de su ortografía (aunque no hay que olvidar los prejuicios lingüísticos inconscientes) y de su valor artístico o estilístico que de su idoneidad (histórica, espacial, comunicativa). Ha de ser más o menos breve, concisa, impersonal y vistosa según dónde se ubique y para quién. Sus elementos puramente "formales" (disposición, tamaño, tipo de grafía, dibujos...) tienen sobre todo función fática o de contacto; lo más importante en ella suele ser, como hemos dicho, el mensaje. Por eso, y acaso también por su poca voluntad de perdurabilidad, la pintada es a veces el reino de la disortografía, aunque no es fácil saber con exactitud dónde están los límites que separan el descuido de la ignorancia o la voluntad de estilo. Y aunque los autores, además de olvidar acentos y signos de puntuación, parecen desconocer las reglas de escritura de abreviaciones en general (y de siglas en particular), lo cierto es que raramente aparecen, por ejemplo, faltas de ortografía 11 y que la predilección por ciertas mayúsculas (injustificadas), por la escritura no siempre "literal" y el uso de la k (fonográfica) parecen sugerir una peculiar libertad de elección estilística por parte de los escritores.
Como se trata de una actividad al fin y al cabo ilegal, el mensaje visual se plasma normalmente con prisa y es imprescindible evitar su dispersión. Si la pintada está en un espacio público, lo mejor es que pueda percibirse al paso, de un solo golpe de vista; si está en un espacio privado tenderá a aparecer concentrada en el punto de mejor y más cómoda visibilidad (en los baños femeninos, por ejemplo, a la altura de la vista de una persona sentada, en el centro de la puerta). Por eso suelen ser casi como titulares periodísticos: mensajes breves, sintéticos, muchas veces telegráficos, de carácter impersonal y "utilitario". Esto puede dificultar, en un momento dado, la claridad del mensaje, pero en general favorece su eficacia. De hecho, aunque algunos, como Amando de Miguel, dicen no creer en ella ("Son mensajes demasiado lacónicos, normalmente carentes de belleza y de cuanto se escribe, nada o casi nada queda"), lo cierto es que cuanto más lacónicos y connotativos o rotundos, mayores posibilidades de éxito tienen, más fácil es que lleguen a ser re-usados por otros a modo de "consigna": "Mili KK", "X al paredón", "Corrupsoe", "Más PPistas que el Papa", "¿Nucleares? No, gracias", "Okupa" (exhortación a la vez que nombre del movimiento), etc. Cuanto más privado sea su espacio, previsiblemente, más privados y personales serán los contenidos de la pintada, más tiempo podrá explayarse su autor al escribirla y una imagen más clara tendrá de su destinatario o de su receptor.
Obviamente, como puede deducirse de lo dicho hasta aquí, cualquiera que disponga de lápiz, bolígrafo, rotulador o spray puede hacer una pintada si tiene además algo que decir y dispone del espacio y el momento adecuados. Aunque es verdad que predominan las pintadas políticas y de protesta y las pintadas lúdicas (supuestamente juveniles), no es imprescindible ser joven, ni tener una determinada ideología, ni pertenecer a un determinado grupo político, cultural o social, ni siquiera ser especialmente ingenioso... para hacer una pintada. No importa quién la haya escrito, podemos suponer siempre que el autor ha querido comunicar(nos) algo; no importa cuál sea su contenido, cualquiera de nosotros, destinatarios o no del mensaje, podemos ser sus receptores, comprenderla, tomar partido, completarla, modificarla, rechazarla, responderla, ignorarla...