Habilidades comunicativas - Emoción y comunicación
3 - Emoción y comunicación
Desde las tendencias actuales de la psicología, hemos presentado en primer lugar la mente como un sistema de computo, es decir tal como la puede analizar el psicólogo cognitivo, pero hay otro campo que despierta nuestro interés muy relacionado con las últimas tendencias de la Ps. Evolutiva. Nos referiremos a dos de estas tendencias: las "teorías de la mente" y el "interaccionismo simbólico".
Queremos destacar, en este sentido, dos aspectos que sin duda median en el comportamiento inteligente: por un lado, el lenguaje y la comunicación como uno de los sistemas de símbolos más complejos que utiliza el ser humano para regular sus funciones cognitivas (Vygotski, 1977 y 1979; Bruner y Haste, 1990; Werstch, 1991): y, por otro lado, la capacidad para percibir y representar lo que los demás creen, piensan, desean,... un sistema con el que entendernos a nosotros mismos y entender a los demás (Rivière, 1991; Rivière, 1993). Ambos mecanismos dotan al ser humano para la consecución de una conducta inteligente, especialmente, en relación a los otros (transmisión y recepción de ideas, conocimientos, intenciones) y al medio (adaptación a las normas sociales y culturales).
Tal vez una de las particularidades que más puede asombrarnos de la mente humano, no son todas sus funciones cognoscitivas (pensar, recordar, percibir, resolver, crear...) sino la capacidad de ser conscientes de estas funciones en nosotros mismos y en los demás, para lo cual tenemos un rico vocabulario natural que nos permite expresar todas esas funciones. Tal como afirma Rivière (1991, pp. 138) "los organismos más complejos responden, de una forma selectiva, a propiedades no proyectables del entorno, propiedades que no admiten una caracterización física". Para Fodor (1984) éste es un criterio clave para distinguir entre los sistemas que realizan inferencias y aquellos otros que se limitan a reaccionar causalmente a las propiedades del entorno y, depende de la posesión de mecanismos de categorización e inferencia que le capacitan para ir más allá de la información proporcionada por el entorno (Bruner, 1974). Por tanto los mecanismos de comprensión y predicción de la conducta de que se sirve la psicología natural mentalista se articulan alrededor del lenguaje y de un sistema conceptual de actitudes proposicionales o intencionales.
Como afirma Rivière (1991, pp146) " ha llegado la hora de desconfiar de la pasmosa facilidad con que las personas realizamos cotidianamente actividades tales como atribuir intenciones a otros, inferir lo que piensan, creen y desean, comunicarles nuestros pensamientos y comprender los de los demás, y adaptarnos a los que saben o ignoran... Son destrezas que ponemos constantemente en juego en nuestra vida de relación con los demás, y que sirven de fundamento a la competencia comunicativa" (el subrayado es nuestro).
Esta visión de la mente nos permite considerarla como un artefacto natural para la interacción. Es decir, nuestra mente de "psicólogos naturales" (Rivière, 1991) es la que nos permite identificar en los otros y en nosotros mismos estados de ánimo, pensamientos, deseos, intenciones, recuerdos. Actualizar esta competencia que va haciendo al ser humano cada vez más hábil para inferir en los otros y en el mismo aquello que le dota esencialmente como ser humano, sólo es posible en la interacción con los otros -dentro de un marco socio-histórico-cultural determinado. Y no puede comprenderse este proceso sin contemplar como se desarrolla el proceso comunicativo, sin observar algunos pasos o transiciones relevantes que conducen al niño a la competencia comunicativa.
La mayoría de las investigaciones actuales sobre la adquisición del lenguaje insisten en la capacidad comunicativa del bebé, aunque no hay una acuerdo respecto de su grado de participación en el intercambio comunicativo. Trevarthen (1982) denomina intersubjetividad primaria a este sistema motivacional que puede observarse a las pocas semanas de vida y que podría describirse en términos de "mutua intencionalidad" o de "compartir estados mentales"; donde, cada uno de los interlocutores puede iniciar un acto de expresión y ambos actúan para mantenerlo y participar en el intercambio de iniciativas. Otros autores como Kaye (1986) sitúan este tipo de competencia algo más tarde hacia los 6 meses de vida dando especial importancia al papel del adulto dentro del sistema (cuidador-bebe). Para Kaye, bien sea porqué el adulto actúa como si el bebé fuese miembro del sistema, cuando en realidad esta aprendiendo a serlo, bien sea porqué el bebé es lo suficientemente competente, el hecho es que se establece un intercambio comunicativo donde se interpretan les intenciones de uno y de otro con la ayuda del contexto en que se producen. Así mismo, se observan fenómenos similares para la indicación y para la referencia, en donde, el marco de contención proporcionado por el adulto posibilita el acceso al mundo de los significados. En términos de Bruner (1983), estos formatos empiezan antes de que el niño emita la primera palabra, cuando madre y niño crean "un formato interactivo de predicción" que puede servir de microcosmos para comunicar, aprender como referir, como significar y como llevar a cabo sus intenciones comunicativas.
Otro paso importante en el desarrollo de la comunicación es el paso de la regulación externa a la regulación interna. Muchas investigaciones de comunicación referencial enfatizan la necesidad del niño de ejercer de una forma progresiva una regulación, cada vez más activa y consciente, de su competencia comunicativa con la finalidad de hacer más adaptativas sus interacciones con los otros (Lefebvre- Pinard, 1985); así como, para controlar su propia acción (Luria, 1984) y la conducta de los otros. En este sentido son clásicas las investigaciones que revisan el paso de la comunicación autoreferida a la comunicación social. Partiendo de los estudios de Piaget sobre el egocentrismo se justificó la falta de eficacia comunicativa de los preescolares en su incapacidad para tener en cuenta la perspectiva del interlocutor lo cual dificultaba el proceso comunicativo que es esencialmente cooperativo tal como afirma Grice (1957).
Así a lo largo del desarrollo de la comunicación y a través del instrumento mediador más importante, el lenguaje, el ser humano adquiere una función cognoscitiva nueva: la regulación. Esta función es esencial como instrumento del pensamiento y de control metacognitivo. El desarrollo de esta nueva función no implica el abandono de las funciones comunicativas interpersonales ya adquiridas, sino que permite además una elaboración reflexiva de esas funciones, esencialmente autocomunicativa. Utilizando los términos vigotskianos a este contacto social con uno mismo, de naturaleza semiótica, llamado "conciencia". Una conciencia de naturaleza diálogica como han destacado Vigotsky (1977); Batjín (1981) o Werstch (1991) con pluralidad de voces que pueden dialogar. Aunque, actualmente, desde la psicología cognitiva se ha demostrado que muchos de los procesos simbólicos -conscientes y no conscientes- no necesariamente están mediados por el lenguaje, no podemos negar que hay un plano de la conciencia humana, el más complejo y específico, que está hecho de lenguaje. Un plano que hace del ser humano, un ser desdoblado que se comunica consigo mismo y posee conciencia reflexiva.
Entendido así el lenguaje es antes que nada un sistema para explicitar y negociar estados mentales (cognoscitivos y emocionales), un sistema que permite la comunicación entre mentes. Para ello es imprescindible que el sujeto pueda presuponer que "los otros seres son seres con mente intencional, cuya estructura esencial (i.e. las capacidades de creer, pensar, sentir, averiguar, etc.) es idéntica a la mente propia" (Rivière, 1991, pp.150). Además para el desarrollo y refinamiento de esta capacidad se requiere otra noción mucho más compleja: la de que los objetos o contenidos de las actitudes proposicionales de los otros pueden ser diferentes de las propias que implica aprender a diferenciar los estados mentales propios de los de los demás.
En suma, la comunicación es tal vez una de las funciones psicológicas más evidente del ser humano. Éste comunica ideas, intenciones, deseos, afectos, actitudes, instrucciones, etc. Si pensamos en la comunicación como el proceso que hace posible que dos o más individuos se transmitan información intencionalmente -cifrada en algún tipo de código- aparecen claramente tres de las dimensiones del mismo:
- Una dimensión cognitiva con dos vertientes: por un lado, la información transmitida esta representada de alguna forma en la mente del que transmite y también debe representarse en la mente del receptor para ser comprendida y descodificada; y, por otro, son precisos mecanismos de inferencia que permiten atribuir o dar sentido en función de nuestras intenciones o de las intenciones percibidas en el otro.
- Una dimensión social, ya que todo el sistema se apoya en reglas arbitrarias y convencionales que regulan el intercambio comunicativo y que son propias de cada escenario histórico-cultural.
- Una dimensión semiótica, ya el propio código utilizado -sea lingüístico o no- tiene características propias que deben ser descritas y analizadas en tanto que instrumento de mediación de conceptos e intenciones.
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