



Incapaces de convivir, de ser entusiastas, de ser creativos, inútiles para colaborar en equipo, de manejar los problemas que se presentan en los grupos, de comprender las necesidades de los demás, de conocernos a nosotros mismos, los colombianos nos volvemos individualistas. Como tenemos dificultades para manejar nuestras emociones, para confrontar nuestros sentimientos, para franquearnos con los colaboradores, para trabajar en equipo, entonces nos volvemos individualistas. Hacernos lo que queremos hacer, sin importarnos los demás, empeñados en satisfacer nuestras propias necesidades por encima de las necesidades de los otros. Nos hacemos egoístas porque el trabajo alienado no parece dejarnos otra alternativa.
De esta manera, en el trabajo diario empezamos a caer en las manos de aquellos ejecutivos que viven de afán para ninguna parte, de ciertos activistas que disfrazan su inseguridad haciendo cosas a la topa tolondra. Caemos en las manos de aquellos jefes que parecen haber sido entrenados para creer que el ejercicio del poder sobre la otra gente es uno de los requisitos para el éxito. Caemos en las manos de aquellos jefes con sentimientos de inferioridad que proyectan sus propios conflictos interiores sobre sus subordinados. Y con todos esos actores, el autoritarismo se convierte entonces en una pauta moral y de conducta que desciende a todo lo largo y lo ancho de la pirámide. La democracia organizacional pierde así su primer asalto.
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