Héroe y sociedad - El Héroe Libertino
Comencemos por el primero de nuestros momentos. En la novela libertina tenemos una visión del mundo materialista y todavía regida por unos sistemas políticos que aún no han sufrido la tormenta igualitaria de la Revolución francesa. Se está gestando un mundo que aspira a romper las barreras sociales y que se resolverá en un baño de sangre; un mundo que, como señalan nuestros periodizadores de la Historia, es el inicio de lo contemporáneo.
En el siglo XVIII confluyen, entre otras muchas -pues es un siglo rico en las más variadas teorías y polémicas-, dos doctrinas de signo contrario. Por un lado, existe una corriente de carácter igualitarista que desea romper las barreras que la sociedad ha ido levantando a lo largo de la historia. Para sus teóricos, la historia no ha sido más que un continuo proceso de dominación que ha impedido, por la fuerza de las armas, doctrinas e instituciones, la felicidad del Hombre. Cuando Rousseau señala que no ve más que cadenas alrededor del hombre desde su cuna a la sepultura, está recogiendo este sentimiento (2). El hombre ha venido al mundo a experimentar el mayor grado posible de felicidad y, sin embargo, no encuentra más que obstáculos a su alrededor. Se forja ese concepto al que otros sacarían tanto partido, el de alienación. El hombre ha sido desprovisto, enajenado, de su finalidad en la vida, la de buscar la felicidad. Este derecho, que proviene de su propia naturaleza, que es una aspiración instintiva, es refrenado por las instituciones que la sociedad ha creado. Como derecho natural que es, se encuentra en todos los hombres y les iguala. Se vincula con el derecho de cada uno a buscar la felicidad por sus propios caminos y, así, desemboca en una petición de libertad. Se desea la libertad para poder ser feliz. En la libertad, cada hombre puede elegir el modo de buscar su felicidad, ya que ésta es competencia individual. Considerándose la felicidad como un estado propio de cada uno, no valen aquí consideraciones generales que pudieran satisfacer a todos. Todos debemos ser libres, para que cada uno pueda ser feliz. Lo político es la condición previa de lo individual.
Este ambiguo derecho que desemboca en el deseo de libertad tiene otra lectura de carácter opuesto y que es la que se genera en la novela libertina. Si la felicidad es un deseo que anida en el corazón de cada hombre, ¿por qué tiene que ser la libertad una condición necesaria? La libertad es la que hace iguales a los hombres, pero ¿es natural esa igualdad? ¿en que lugar del universo se encuentra algo igual, es que la Naturaleza desea la igualdad? Si se trata, como parece ser, de uno de los deseos constantes del siglo, el de ser naturales, es inaceptable pretender ser iguales. La igualdad no es más que otra de las barreras que los hombres han fabricado a lo largo de la Historia. Lo único que pretende es poner freno al único deseo auténtico, el de felicidad, término moral que no sirve más que para sublimar lo real, el deseo en su estado puramente animal.
No es difícil realizar aquí una pre-lectura de Nietzsche, de hecho, el héroe libertino tiene mucho del superhombre nietzscheano -o del ultrahombre, como prefiere llamarlo el filósofo Gianni Vattimo-. La lectura no debe ir, sin matices -ya que estos son importantes-, mucho más allá. Quedémonos con la idea de que en la novela y el pensamiento libertino se reconoce de manera explícita la relación de superioridad como estado más cercano a lo natural que el de la igualdad.
Determinadas vanguardias de este siglo y algunos intelectuales han querido ver en el pensamiento libertino visos de libertad y, más concretamente, en el caso de Sade. Nada más lejos, en nuestra opinión, de la realidad. Permitan que les lea un fragmento de Justine, una de las obras del marqués de Sade en la que se reúnen con más claridad los elementos propios de la filosofía libertina. En él, un personaje -un conde-, explica a Teresa el funcionamiento del mundo:
La primera y la más bella de las cualidades de la naturaleza es el movimiento que incesantemente la agita, pero ese movimiento no es más que una perpetua sucesión de crímenes. Solamente se conserva a través de los crímenes, luego el ser que más se le parezca y por consiguiente el ser más perfecto, será necesariamente aquel cuya superior agitación sea la causa de más crímenes, mientras que, lo repito, el ser inactivo e indolente, es decir el ser virtuoso debe ser a sus ojos el menos perfecto sin duda alguna, ya que solamente tiende a la apatía, a la tranquilidad que sumiría de nuevo a todo en el caos si prevaleciese su ascendiente. Es preciso que se conserve el equilibrio. Y sólo se puede mantener a través de los crímenes. Los crímenes sirven, pues, a la naturaleza y si la sirven, si ella lo exige, si lo desea ¿acaso pueden ofenderla? ¿Y quien puede ofenderse si ella no lo está? (3)
En el texto de Sade se aprecia claramente que no se enarbola ningún grito de libertad o liberación, sino que, por el contrario, se reivindica la más ciega necesidad de la naturaleza. Cuando el hombre mata, no lo hace en nombre de la libertad, sino siguiendo las leyes de la naturaleza. Los hombres no son distintos de los otros animales de la creación y el orden social es la negación del orden natural. La Naturaleza no es más que una máquina ciega que sólo se puede perpetuar por medio de la destrucción de los débiles. Los hombres que niegan el orden social son los más naturales y, por tanto, los más perfectos.
La negación del orden social no tiene ningún motivo altruista ni carácter revolucionario, como a algunos les ha gustado señalar. El libertinaje se da siempre entre nobles y no como crítica a un estamento, sino como muestra del espíritu refinado necesario para captar las leyes profundas de lo natural. El libertino no sólo no actúa contra la jerarquización social -contra la sociedad estamental propia del Antiguo Régimen-, sino que encuentra en ella su refugio perfecto. Amparándose en los privilegios de la cuna, que le garantizan un alto grado de impunidad, el libertino puede destruir y dar rienda suelta a sus instintos. En una carta de principio de junio de 1780, desde la cárcel, Sade exclama: "¡...cualquiera que sea el gobierno bajo el que nos encontremos, la ley mejor será siempre la del más fuerte!" (4) No, no hay ningún libertador en de Sade; no hay ningún revolucionario. Sólo hay un noble que aprovecha su posición social para dar rienda suelta a sus fantasías bajo un envoltorio filosófico en el que se reúnen prácticamente todas las doctrinas de un siglo confuso.
El ser más perfecto, nos dice Sade, el héroe libertino, sigue a la Naturaleza; el virtuoso, en cambio, sólo puede producir la paralización de la maquinaria natural. El héroe libertino no es ya, pues, la encarnación de los valores sociales, como habíamos indicado inicialmente, sino quien sigue los principios de la Naturaleza y que son los enunciados por los filósofos, los economistas, los científicos, etc. de la época. Y esa Naturaleza es la Gran Máquina ciega, compuesta por ruedas trituradoras que pulverizan todo a su paso. Los sentimientos humanos, el amor, la amistad, los valores morales, los principios éticos, no son más que débiles piedras que intentan introducirse entre los engranajes de la Maquinaria y cuyo destino no es otro que el de convertirse en polvo. El amor -nos dice la marquesa libertina de Las relaciones peligrosas, de Chordelos de Laclos- es "sólo el arte de ayudar a la naturaleza" (5). El marqués de Sade define exactamente igual el crimen: una forma de ayudar a la naturaleza en su camino.
El héroe libertino, pues, rompe los vínculos con los valores comunes de la sociedad y sólo se ofrece como modelo a una minoría a la que intenta llevar a su lado. Su propósito es un desenmascaramiento de lo social como algo meramente convencional y la proposición de lo natural como lo auténtico. Sin embargo, el libertino ha descubierto que si la forma de ayudar a la naturaleza es la violencia y el crimen, esto se pueden desarrollar mejor desde su privilegiada posición social. Hay un aspecto capital en los libertinos: la hipocresía. Aunque se haya descubierto que la esencia de la sociedad es la mentira, esa misma mentira debe servir para proteger sus desmanes. El héroe libertino vivirá engañando, utilizando la hipocresía como arma. Su exterior, la máscara con la que se presenta ante los otros, suele ser el del virtuoso. Es difícil ver a un libertino actuando a cara descubierta. Es más probable verle presentándose como un noble respetable, disfraz que le resulta más útil para conseguir sus propósitos.
Ya no tenemos, pues, un héroe de la sociedad, sino un héroe que se define contra la sociedad, un héroe profundamente antisocial. Este giro, como tendremos ocasión de analizar, se seguirá manteniendo, si bien con signo diferente, en las nuevas propuestas heroicas.
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