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Historia, ficción y narración en la literatura de Vincenzo Consolo - Preludio

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CopyLeft Monografía de Miguel G. Ochoa Santos - 28 de Agosto de 2006
Temas Relacionados: Historia de la literatura
1. Preludio

Habitar en el tiempo fugaz de la finitud ha sido para el hombre un suceso enigmático, misterioso; un acontecimiento feliz o un hecho trágico. Su tránsito en la temporalidad le ha permitido descubrir la erosión y el fenecer: la mortalidad. Pero, al mismo tiempo, ha visto aparecer la fuerza creativa de la vida en sus figuras sutiles y en sus formas tremendas. Así, la sucesión temporal avanza llevando en sus entrañas tensiones y conflictos que el vínculo contradictorio entre muerte y vida procrean. Para el hombre, entonces, existir en el cosmos y en el mundo ha implicado una doble resistencia; por un lado, ha luchado contra la evanescencia y la finitud de su propio ser, en cuanto ente sujeto a la degradación y, por otro, si bien ha podido beneficiarse de las bondades que la naturaleza le ofrece, no es menos cierto que también ha tenido que enfrentarse a los desastres provocados por la sobreabundancia de vida.

Este asedio permanente de las fuerzas del cosmos y de la contingencia ha hecho que el hombre busque tempranamente una explicación radical de las causas, motivos o energías que están detrás de los sucesos trágicos. Entre los griegos el pensamiento mítico logra dibujar un cuadro interpretativo pleno de sentido, donde las distintas fuerzas de la naturaleza y del cosmos adquieren imágenes principalmente antropomórficas, y, además, consigue tejer sutiles tramas para narrar historias que de alguna manera ofrecen una respuesta a lo que sucede en el cosmos, en el mundo y en la propia intimidad humana. De esta forma, el tiempo histórico queda atado al designio del tiempo mítico de los dioses. Éste le sirve de fundamento y paradigma en tanto remite al tiempo sagrado y prestigioso de los orígenes donde dioses y héroes habitan el mundo. La tragedia del tiempo mortal encuentra, entonces, explicación en el relato mítico cuyo mundo de seres divinos opuestos y contradictorios expresan cualidades benévolas o maléficas que se derraman sobre el curso de la existencia humana hasta la desmesura. Por ejemplo, Hesíodo en su Teogonía ofrece un mapa genealógico de la distintas divinidades griegas y de las cualidades de sus rostros. En esta especie de topografía podemos apreciar una línea de sucesión que va del primigenio Caos a Eris (figura de la Discordia) y sus vástagos. Se trata de una descripción, como señala Carlos García Gual, de aquellos personajes «procuradores del lado oscuro de la existencia. Son hijos de la Noche, se mueven en silencio, pero acosan a los humanos y asedian su destino». (1)

Efectivamente, Caos engendra a Erebo y a la Negra Noche, y ésta sin relación sexual alguna da a luz a la Burla, al Lamento, a las Hespérides, a las Moiras y a las Keres: «vengadoras implacables: a Clot, a Láquesis y Átropo que conceden a los mortales, cuando nacen, la posesión del bien y del mal y persiguen los delitos de los hombres y dioses. Nunca cejan las diosas en su terrible cólera antes de aplicar un amargo castigo a quien comete delitos». (2)

Además, La Negra Noche procrea a Némesis, de funestas consecuencias para los hombres, a Engaño, a la Ternura y a la tremenda Vejez y, finalmente, a Eris. De esta ultima divinidad surgen aquellas figuras asociadas a las desgracias y calamidades más intensas que ha padecido la humanidad: la Fatiga, el Olvido, el Hambre, los Dolores causados por los Combates, Guerras, Matanzas, Masacres, Odios, Mentiras, Ambigüedades, así como el Desorden y la Destrucción. Sobre este horizonte mítico los sucesos trágicos de los mortales transcurren como hechos desplegados por la naturaleza y por las maquinaciones de las catastróficas divinidades. Los hombres poco pueden hacer frente a este destino sagrado que escapa a su voluntad. Mas, al mismo tiempo, su desdicha posee un origen trascendente situado más allá de sus potencias finitas y efímeras. Su discurrir en el tiempo de la Historia no es un proceso donde su libertad de acción pueda desplegarse para construir su propio camino y destino. Por el contrario, bajo estas condiciones la vida mortal se desarrolla a la deriva teniendo como trama un argumento que ya ha sido escrito por la divinidad y del cual desconoce tanto sus episodios como su desenlace. En este sentido, la tragedia griega como espacio re-interpretativo de los mitos expone este condición inevitable, dolorosa y precaria del hombre.

Para el hombre de la modernidad esta situación de desamparo y ansiedad que la Historia propicia es distinta tanto por su naturaleza como por la intensidad de su efecto. A diferencia de aquellas sociedades en las que existía una mitología que otorgaba un significado trascendente a las desdichas y alegrías humanas, y en las que la religiosidad dominaba por completo su quehacer en el mundo, las sociedades contemporáneas transitan sobre una lógica secularizada de la existencia que genera –como ya lo había percibido con lucidez Weber- un desencantamiento de la imagen mítica del mundo. Es cierto que este proceso puesto en marcha durante la época de ilustración no ha logrado anclarse por completo en las sociedades de hoy, pero también lo es que los espacios regulados por la religiosidad tienden a ser cada vez más estrechos. El desarrollo paulatino del pensamiento racional con su pretensión de verdad objetiva e invención tecnológica ha provocado una reducción, también progresiva, del espesor antes ocupado por las narraciones míticas y los discursos religiosos. Además, con la desacralización, el hombre, primero, y, luego, el individuo ocupan el lugar primordial que el cristianismo les había negado en virtud de su condición de seres mortales e imperfectos. Esta nueva divinización del hombre crea las condiciones necesarias para que aparezca en el horizonte mundano la idea de que en el transcurrir temporal los sucesos, las acciones y las obras son productos ya no de la intervención de los seres trascendentes sino de los propios hombres. Así, la Historia no es más Historia Sagrada, por el contrario, la Historia se transforma en Historia Humana, con todas sus consecuencias desde el punto de vista existencial. Por tanto, con esta mutación el hombre emerge como único personaje en el mundo, como el protagonista de la trama creada por él mismo. Algunos pensadores, cristianos principalmente, hablan de desamparo ontológico para referirse a este suceso de extrema secularización de la existencia. Lo perciben como un hecho negativo porque rompe con la unidad de Padre e hijo y con los lazos espirituales que ligan al ser finito y accidental con la Inmortalidad Divina. Al quedar huérfano el hombre transita solitario en el tiempo y sin el cobijo de un hogar sagrado ni el consuelo que el relato divino puede otorgarle a su propia vida terrenal; es decir, está a merced de la fatalidad de la Historia. Mircea Eliade, por ejemplo, en su obra El mito del eterno retorno se pregunta, al respecto, lo siguiente:

¿cómo puede ser soportado «el terror de la historia» en la perspectiva del historicismo? La justificación de un acontecimiento histórico por el simple hecho de ser un acontecimiento histórico, dicho de otro modo, por el simple hecho de que se produjo de ese modo, encontrará grandes dificultades para librar a la humanidad del terror que los acontecimientos le inspiran.

(3)

Según el autor rumano, el hombre arcaico gracias a su creencia en relatos míticos, en figuras arquetípicas y en la práctica de rituales podía abolir el tiempo histórico y, además, atribuir al designio de los dioses su propia situación trágica. Mas para el hombre moderno, la adopción de la perspectiva del historicismo secular y radical supondría la caída vertiginosa en el torbellino del terror del tiempo, sin tener a la mano una respuesta metahistórica para enfrentarlo. Pero como ya lo hemos dicho con antelación, y en esto Eliade está de acuerdo, la posición historicista es más un tendencia que una lógica dominante en nuestras sociedades. Según su particular punto de vista, el cristianismo viene a llenar positivamente el espacio dejado por la imaginación mítica y arquetípica; es la religión adecuada al hombre moderno. Vale la pena citar la conclusión a la que llega en la obra mencionada:

Desde la «invención» de la fe en el sentido judeocristiano del vocablo (o sea que para Dios todo es posible), el hombre apartado del horizonte de los arquetipos y de la repetición no puede defenderse de ese terror sino mediante la idea de Dios. En efecto, solamente presuponiendo la existencia de Dios conquista, por un lado, la libertad (que le concede autonomía en un universo regido por leyes o, en otros términos, la <<inauguración>> de un modo de ser nuevo y único en el universo) y, por otro, la certeza de que las tragedias históricas tienen una significación transhistórica, incluso cuando esa significación no sea siempre evidente para la actual condición humana. Toda otra situación del hombre moderno conduce, en última instancia, a la desesperación. Una desesperación provocada no por su propia existencialidad humana, sino por su presencia en un universo histórico, en el cual la casi totalidad de los seres humanos viven acosados por un terror continuo (aun cuando no siempre sea consciente).

En este aspecto, el cristianismo se afirma sin discusión como la religión del «hombre caído en desgracia»: y ello en la medida en que el hombre moderno está irremediablemente integrado a la historia y al progreso, y en que la historia y el progreso son caídas que implican el abandono definitivo del paraíso de los arquetipos y de la repetición.

(4)

Tesis fuerte, sin duda, la que Mircea Eliade ha elaborado. Pero más allá de su núcleo polémico, nos ayuda a comprender el paso de la experiencia trágica del hombre arcaico, y de las posibles soluciones que a ella daba en plano de la conciencia mítica, a la radical condición trágica del hombre moderno que se confronta con la inmanencia del terror de la Historia: los dioses ya no pueden salvarlo. Ahora el tiempo histórico no puede ser abolido por medio de la rememoración mítica y ritual, sino que, en todo caso, debe ser asumido como un hecho procreado por la interacción humana y como un suceso que está a la espera de una interpretación racional. Más aún, en virtud de que el horror es una obra de las relaciones humanas, el individuo debe asumir la carga de culpa que le corresponde por haber participado en su gestación. Hay, por tanto, una responsabilidad ética unida al peso del dolor histórico y al sentimiento asociado a la falta cometida.

Desde mi punto de vista, aquel consuelo y aquella catarsis purificadora proporcionada por los relatos míticos hoy perviven en la literatura. El hecho poético se ha transformado en una opción reflexiva, lúdica y existencial que abre la posibilidad no sólo de abolir el tiempo del acaecer, a través de la edificación de moradas ficticias más habitables, sino, también, de explorar y pensar la propia condición histórica del hombre moderno a partir de la indagación documental y la invención literaria. Creo que dentro de esta perspectiva podemos situar a la escritura de Vincenzo Consolo.

Autor y licencia de 'Historia, ficción y narración en la literatura de Vincenzo Consolo - Preludio'
Miguel G. Ochoa Santos Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/consolo.html CopyLeft
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