3 - Desdoblamiento del protagonista

Monografía creado por Jorge Serra Maiorana. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/a_posse.html
08 de Octubre de 2006

El narrador de El largo atardecer del caminante cuenta su vida pasada como si perteneciera a otra persona. Su punto de observación es, por lo tanto, marginal respecto a los hechos de su juventud. Pero, aún así, goza de una posición privilegiada porque él, anciano narrador próximo al fin de su vida, conoce a su “yo” pasado mejor que el mismo Cabeza de Vaca joven del que va a narrar la vida. Y desde luego, al rememorar su experiencia se nota claramente cuanto su vida haya sido vivida y experimentada. El viejo conquistador actúa a modo de “confesor” de sí mismo, y practica la reescritura de su pasado como una especie de ritual:

Me pongo al atardecer en mi escritorio desvencijado con el candil que me prepara doña Eufrosia. Pero antes me visto con medias finas y algunos de los viejos trajes que exhumé. Me visto como para visitarme a mí mismo y dialogar con los otros Alvar Núñez Cabeza de Vaca, los que ya murieron o merodean dentro de mí como almas en pena. [...] He, pues, decidido que seguiré libre sobre este campo blanco, infinito, que a veces me hace acordar a aquellas mañanas lúcidas del desierto de Sinaloa. La soledad salvaje, la verdad. Libre: sin ningún lector de hoy.12

Desde su posición aventajada (su escritorio), el anciano narrador asiste a la fragmentación de su “yo” originario, al entrar en contacto con la cultura indígena, con sus ritos de iniciación. Gracias a su punto de observación marginal, pero omnisciente, este “confesor” del presente narrativo puede revivir su pasado como desde un estado de ex­statis, colocándose él por encima de todo lo que relata y de sus cambios de identidad.13

En la novela se ofrecen dos historias de un mismo hombre (el joven Cabeza de Vaca del pasado y el viejo, del presente), y la multiplicación de los “yo” se convierte en una obsesión para el anciano narrador, ya que se recurre con mucha frecuencia a frases que denotan su cambio de identidad; su transición de la cultura de la espada, el catolicismo y los trajes, a la del contacto con la naturaleza, la magia y la desnudez:

Mi vida al revés, siempre al revés: yo era Moctezuma, yo era el indio. Yo recibía el «requerimiento» para salvarme a la nueva fe. [...] No. Ya soy definitivamente otro. La vida, los años, me fueron llevando lejos de mi pueblo. Ya ni su gracia, ni su odio, ni su hipócrita silencio, ni la alegría de sus macarenas me pertenece. Soy otro. Soy el que vio demasiado. [...] Era otra vez don Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el señor de Xerés. Pero era otro, por más que yo simulase. Era ya, para siempre, otro.14

Estas referencias a su otro “yo” se repiten a menudo, a lo largo de toda la novela. Denotan una especie de manía que obsesiona, y al mismo tiempo fascina al narrador. En el momento en que recuerda el día en que tuvo que abandonar a su familia mestiza, para continuar su travesía hacia las colonias españolas, el viejo Cabeza de Vaca experimenta una especie de aparición de sí mismo. Aunque ya se haya convertido en un indio está cargado de espíritu aventurero:

Surgía aquí, en la azotea, aquel otro Cabeza de Vaca, frente al que muere en un largo atardecer. Llenó de un salto esta azotea. Lo vi con nitidez en estas alucinaciones imaginativas a las que somos propensos los viejos. Tenía la plenitud sin arrogancia de quien anda lleno de días por delante. Creo que me miró sin prepotencia: soy apenas su escribiente, su muriente. Soy su tumba, su memoria. (Él podrá despreciarme, pero sin mí y mis cuartillas, no existiría.) Me pareció que era más alto que yo. Su pecho y su cabeza se proyectaron hasta cubrir la Giralda. Estaba desnudo.15

El Cabeza de Vaca del presente ve a su “yo” pasado como si fuera otro hombre: con cierta nostalgia, ya que él no es sino un patético reflejo de aquel que era en juventud. Queda, de todos modos, una ligera actitud de superioridad por parte del viejo narrador: en el estado actual, su “yo” pasado sólo puede existir gracias al arruinado “yo” presente.

La transformación del “yo” de Cabeza de Vaca se presenta como una especie de prosopopeya: en este tipo de narración los cambios del protagonista son graduales, y no es raro que identidades opuestas de un mismo personaje terminen por coincidir en algo.16 En El largo atardecer del caminante, lo que une el Cabeza de Vaca de ayer al de hoy es la condición de vencido. El que vemos cruzar el continente americano es un náufrago en sentido literal y social, respecto a la sociedad imperial: no solamente su expedición de conquista ha fracasado, sino que él ha perdido su identidad de español, para ser remplazada por la conversión en indio. Asimismo el Cabeza de Vaca narrador es un derrotado, ya que ha perdido su prestigio político (después de su trágica experiencia de gobernador del Río de la Plata), y ha caído victima de un amor imposible hacia Lucinda. Así las cosas, el narrador relata viviendo una condición de fracasado más general de la que se encontraba él mismo de joven. Por lo tanto el estado de náufrago, en el sentido más amplio del termino, llega a encerrar toda la novela y pone en el mismo plano todos los “yo” de Cabeza de Vaca.

Como ya se ha dicho, la narración de El largo atardecer del caminante va alternando la rememoración del pasado con la vida presente. Ahora bien, lo que ocurre es que ésta última llega a interferir en la recuperación y narración de la primera. En concreto, el viejo Cabeza de Vaca, relator de su vida, está cerca de la muerte y cree no tener ya nada que hacer, decir o experimentar, salvo rescribir su historia. El amor hacia Lucinda lo coge desprevenido, y tan pronto como descubre que ella pertenece a Omar, lo asaltan los celos y hasta planea matar a su “concurrente”. Lo que sacude a Cabeza de Vaca no es tanto el hecho de que su amor sea irrealizable, como el de que los sentimientos de pasión, aventura y muerte, que caracterizaron su juventud y creía haber dejado definitivamente atrás, vuelvan a atormentar su cuerpo y su ánimo de viejo.

Me vi completamente ridículo. Una vez más la maldita vida se metía. Metía su rabo cuando uno buscaba el sosiego de la recordación; [...]. De repente irrumpe lo que hay. Lo de hoy. Lo cierto y actual. Es como si de una patada en el trasero nos mandasen otra vez al centro del escenario, cuando ya estábamos serenamente despidiéndonos entre bambalinas. [...] He dispuesto no abandonar el relato, que ya es memoria invadida inesperadamente por vida actual. Anotaré todo: lo que no dije de mi pasado y de mis anteriores naufragios y los pormenores de este penúltimo naufragio que seguramente me llevará por primera vez a matar un ser despreciable con mi mano.17

También ocurre lo contrario, es decir, lo que pertenece a su pasado reaparece en su vida actual. Lo vemos en el momento en que Cabeza de Vaca reencuentra a su hijo reducido a esclavo. El viejo toma así conciencia de que es imposible huir de su propio pasado: «El pasado me reencontraba, me dominaba, me sinceraba. Como el flujo y reflujo de un mar imprevisible que devuelve caracolas desaparecidas, ahora me enfrentaba con mi hijo, con mi sangre».18 La comparación entre el movimiento del mar y el pasado que regresa comunica bien ese rasgo de imprevisibilidad para cada uno. En síntesis, la vida presente de Cabeza de Vaca perturba su labor de recuperación del “yo” pasado; este último, a su vez directamente (el encuentro con su hijo), o indirectamente (el despertar de sus pasiones), regresa y se entremezcla con la vida de su “yo” presente. Acerca de este fenómeno de regreso e intromisión, interesan las consideraciones de Michael Sprinker:

La repetición es un extraño tipo de movimiento metaléptico del espíritu en el que dos condiciones que aparentemente no son semejantes se vuelven equivalentes en una relación de diferencia temporal. Al contrario que el recuerdo, que «comienza con la pérdida», la repetición es una plenitud, el redescubrimiento de lo que el recuerdo ha perdido por medio del desplazamiento del objeto recordado a un orden intemporal: «la eternidad, que es la verdadera repetición»19

Los antiguos sentimientos y el encuentro con el hijo son las repeticiones procedentes del pasado, y que el protagonista redescubre a su pesar. Éstas, y la intromisión de la vida actual en la labor de remembranza, devuelven a Cabeza de Vaca a su condición de eterno náufrago, hasta la muerte.

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