



En los Naufragios Cabeza de Vaca escribe usando la primera persona plural, y efectivamente en su crónica se reconoce un buen nivel de identificación del español con la realidad indígena, además de una ligera exaltación del narrador-protagonista a la hora de relatar sus prácticas de curandería y su fama de divinidad entre los indios. De todas maneras, en la crónica hay algunos “silencios” que han despertado la curiosidad de Abel Posse. El largo atardecer del caminante juega mucho con esto, relatando en la ficción lo que en la relación real se ha callado. Ahora bien, El Cabeza de Vaca narrador ficticio siente una fuerte reluctancia a rememorar su propio pasado, y es gracias a Lucinda que logra vencer esta resistencia:
Su curiosidad por mi pasado terminó por encender la mía, y así fue como me fui cayendo hacia adentro de mí mismo, como buscándome de una vez por todas. (Ahora que ya es tan tarde. Tengo sesenta y siete años y por momentos mi yo queda ya muy lejos de mí. Apenas si me recuerdo, ¿quién era Alvar Núñez en aquel entonces?)2
En este momento el Cabeza de Vaca del presente admite tener un yo pasado y secreto, poseedor de su propia historia, que ha dejado sepultado en su memoria con la intención inicial de no volver a recuperar. Su historia, por lo tanto, no será la oficial que ya se conoce (la de los Naufragios), y tampoco pretenderá darse como objetiva relación de los hechos.
Hay que tener en cuenta, en línea general, que cualquier historia (y aún más una autobiografía) es una re-presentación de acontecimientos en la que siempre e inevitablemente influye lo subjetivo de quién relata. Cada narrador ofrece una versión de su historia, de acuerdo con su nivel de interés o envolvimiento en el asunto que narra.3 En este caso la subjetividad de Cabeza de Vaca relatándose a sí mismo resulta acentuada, porque lo que va a presentar es no solamente su cambio de identificación, de la cultura española a la indígena, sino también las emociones íntimas y profundas que experimentó a lo largo de su vida.
Inicialmente Cabeza de Vaca, para su labor de rememoración, quisiera seguir el orden de los hechos de su crónica, pero casi de inmediato éstos le aparecen como algo extraño:
Pero ella [Lucinda] me obliga a recordar más o menos ordenadamente, siguiendo la letra de lo que ya escribí en los Naufragios. Todo me suena episódico y exterior. Son los meros hechos como para el Tribunal de Indias o el Emperador (o la misma Lucinda, tan púdica). Los otros me obligan más bien al silencio. La verdad exige la soledad y la discreción para no ir a parar a la hoguera. Estamos tan fuera del hombre que toda verdad íntima y auténtica se transforma en un hecho penal.4
El miedo a la Inquisición es lo que, durante tantos años, le ha obligado al silencio. Ahora, volviendo a relatar a escondida el día en que los barcos salieron de España para el trágico viaje, el viejo conquistador recuerda lo que entonces sintió:
Nos embarcamos el 17 de junio de 1527 [...]. Habían sido un mayo y un junio calientes. El más bello tiempo que pueda recordar en mi vida. Me graduaba de conquistador y mi exaltación no tenía limites. Días de amor dolorido, de sensualidad con mi gitana trianera que hasta había intentado disfrazarse de grumete y osado presentarse en los controles del muelle de la Contratación. Con su olor pegado a mi cuerpo yo llegaba hasta las naos para ocuparme del cargamento.5
Esta descripción, tan cargada de sentimientos, choca con el exordio de los Naufragios, que se abre con la salida de la expedición, justo aquel día de Junio de 1527:
A diez y siete días del mes de Junio de mil quinientos y veinte y siete partió del puerto de Sant Lúcar de Barrameda el gobernador Pámphilo de Narváez, con poder y mandado de Vuestra Majestad para conquistar y gobernar las provincias que están desde el río de las Palmas hasta el cabo de la Florida, las cuales son en tierra firme. Y la armada que llevava eran cinco navíos, en los cuales, poco más o menos, irían seiscientos hombres.6
La crónica, escrita por él mismo y dirigida al rey, aparece lacónica y hasta inexpresiva frente a la autobiografía secreta, ya que el narrador-protagonista se contenta con proporcionar datos técnicos sobre la flota, y con describir lo que ve y vive desde afuera.
En lo que atañe a su carrera de curandero, el narrador de El largo atardecer del caminante confiesa la superficialidad con que había tratado ese tema en los Naufragios. Se trata, pues, de un asunto espinoso para la España de aquel entonces, y además Cabeza de Vaca reconoce que, en el fondo, nunca había tenido interés en la actividad de chamán. De este modo el conquistador anciano y ficticio destruye uno de los puntos salientes (al menos en apariencia) de su vida real de náufrago entre los indios: en los Naufragios, lo de los “chamanes blancos” adorados como dioses es uno de los temas que más llama la atención, porque denota una posible identificación e integración en la cultura india. Así que la ficción casi llega a denegar lo que es realidad, o que se da como tal.
Otro elemento que destaca en la novela de Abel Posse, frente a los Naufragios, consiste en el hecho de que Cabeza de Vaca, en su crónica oficial, condense seis años de vida entre los indígenas en una página y media de texto. El narrador de El largo atardecer del caminante afirma y explica esta extraordinaria contracción temporal:
Releyéndome ahora, encuentro que mi silencio de seis años resuelto con página y media de mi libro, es lo suficientemente descarado y evidente como para que los estúpidos inquisidores de la Real Audiencia y del Consejo de Indias no sospechasen nada. [...] escribí que soporté seis años de esclavitud porque esperaba que se repusiese Lope de Oviedo, oficial de Narváez de su enfermedad. [...] No era cosa de dar seis años de mala vida y de esclavitud con riesgo de muerte por un hombre que apenas conocía [...]. Nada de esto digo, por supuesto.7
Lo que le ocurrió, durante aquellos seis años, al Cabeza de Vaca ficticio fue vivir con una tribu indígena, casarse con una nieta del cacique y tener un hijo y una hija mestizos. Es evidente que la Inquisición no habría podido aceptar nada de esto, tanto en la realidad histórica del 1557 como en la realidad ficcional en que se desarrolla El largo atardecer del caminante. La narración del viejo conquistador se propone definitivamente como algo secreto y extraoficial, pero, como se verá más adelante, inevitable de escribir. Desde luego en la historia, especialmente la que se propone como oficial «no sólo se imponen los valores de una época -la que uno historiza- sino también la tradición de esos valores e incógnitas que pululan en la sociedad; [...]».8 Al escribir sus Naufragios, Cabeza de Vaca no pudo hacer otra cosa que conformarse con los cánones de la crónica oficial de la Conquista y Descubrimiento, pese a su voluntad o participación en los acontecimientos.
A este propósito, en la novela aparece el cronista oficial de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo.9 En una charla entre éste y el conquistador, sale a la luz la posición y el papel de Oviedo en la sociedad colonial española.
Es evidente que don Gonzalo Fernández de Oviedo está convencido de que la Conquista y el Descubrimiento existen sólo en la medida en que él supo recuperar, organizar y relatar los hechos. Es el dueño de lo que se suele llamar ahora «la Historia». Lo que él no registre en su chismosa relación, o no existió o es falso... [...].
-¿Qué quiere de mí, don Gonzalo?- le dije sin falsa bonhomía (como dicen los franceses.
-[...] Dicen que usted tiene una versión secreta, una tercera versión de su viaje o su caminata de ocho años desde la Florida hasta México... Dicen que es una versión que usted sólo confiaría al Rey. Pues he venido para tratar que usted me diga algo sobre tan curiosa versión...10
Una prueba más de que una historia, para ser aceptada, tiene que responder a unos cuantos parámetros establecidos por el poder, que suelen consistir en la linealidad en la presentación de los hechos y, sobre todo en éste caso, la exaltación de un personaje y un país vencedor. Como explica el teórico Karl J. Weintraub, el pragmatismo típico de las crónicas oficiales, se debía al escribir «desde el punto de vista de una concepción fija de la naturaleza humana, de una racionalidad eterna en la naturaleza de los estados, y de una moralidad eterna».11 La historia secreta que el viejo Cabeza de Vaca va a contar no expondrá los acontecimientos en su propio orden, ya que se basa en la alternancia de pasado y presente y varios de los hechos se adelantan o se posponen. Será además la historia de un fracaso total, como conquistador y como hombre.
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