



Buena parte de la vida real de Alvar Núñez Cabeza de Vaca queda envuelta en el misterio. Nació en Jerez de la Frontera, posiblemente en 1490; su abuelo, Pedro de Vera, había participado en la conquista de Canarias, por lo que su familia ganó un cierto prestigio. Las primeras experiencias militares de Alvar Núñez lo mantienen ocupado en la campaña de Ravena, ayudando al papa Julio II (1512); en la reconquista del Alcázar de Sevilla (1520); en la batalla de Villalar contra los últimos musulmanes que permanecían en la península (1521). Estas hazañas, junto al prestigio de su nombre, debían de haberle favorecido la obtención del título de tesorero y alguacil mayor de la expedición a Florida de 1527.
La flota, cuyo comandante es el anciano conquistador Pánfilo de Narváez, está compuesta por seiscientos hombres y tiene como finalidad la conquista del territorio comprendido entre el actual México y Florida. Pero la expedición ha sido mal preparada, y, tras haber perdido varios buques por causa de un huracán, los pilotos equivocan el rumbo, los barcos se desvían y topan con la costa occidental de Florida, muy lejos de la zona prevista. La codicia lleva al comandante a abandonar los navíos en busca de oro, a pesar del parecer contrario de Cabeza de Vaca. La región resulta ser muy pobre, pero llena de indígenas hostiles que infligen muchas bajas a los españoles. Estos construyen barcas improvisadas con las que intentan buscar lo que queda de la flota. Lo único que consiguen es separarse y perderse; el mismo Pánfilo de Narváez encuentra la muerte cerca de la desembocadura del Misisipi, en 1528. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, con tres compañeros (Andrés Dorantes, Alonso del Castillo y el negro Estebanico), emprende un largo recorrido por el sur de los actuales Estados Unidos. Viven entre los indios y como los indios, adoptando sus propias costumbres; al principio son tratados como esclavos por los caciques, pero un día, por casualidad, Andrés Dorantes consigue curar a un indio enfermo. Los cuatro náufragos son así conocidos como curanderos por todas las tribus con las que entran en contacto. Los indios ven a los españoles, sobre todo a Cabeza de Vaca, como dioses, los temen y los respetan. Las prácticas utilizadas consisten en mezclar los rituales mágicos de los indígenas con el rezo de Avemaría y Paternóster. La aventura de estos “chamanes blancos” continúa hasta el año 1535, al alcanzar ellos las colonias españolas de México. El primer contacto con los connacionales es brusco, ya que la violencia de los soldados hacia los indios impresiona a un Cabeza de Vaca que acaba de vivir siete años en contacto con una cultura “otra”. De todas formas los cuatro náufragos son recibidos por el gobernador y por el virrey con grandes honores, y en 1537 regresan a España. Alvar Núñez Cabeza de Vaca relata esta peregrinación en tierra americana en forma de crónica dirigida al rey Carlos V. Esta relación, conocida como Naufragios, ve la luz por primera vez en 1542.
Las noticias sobre la vida de Cabeza de Vaca después del regreso son escasas y vagas. Sólo se sabe que fue nombrado gobernador del Río de la Plata en los años cuarenta del siglo XVI. En Asunción de Paraguay intentó establecer un gobierno justo, basado en la moral católica y en el respeto de las comunidades indígenas.1 Pero los políticos y los clérigos corruptos de aquella provincia conspiraron contra él y lo reenviaron a España en cadenas. Fue procesado y condenado a un exilio de ocho años en Orán, aunque obtuvo el perdón del rey y pudo vivir en Sevilla como juez del Tribunal Supremo. Murió alrededor de 1558.
En 1992 Abel Posse escribió una autobiografía ficcionalizada de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, titulada El largo atardecer del caminante. La novela tiene como narrador y protagonista al viejo conquistador derrotado, que vive en Sevilla. Cabeza de Vaca va a la biblioteca en busca de unos mapas, para localizar los lugares de su naufragio, y ahí conoce a Lucía de Aranha, una joven judía conversa a la que rebautiza Lucinda. La chica ha leído los Naufragios y admira a Cabeza de Vaca, aunque éste le confiese que lo relatado en la crónica no es toda la verdad. Así que ella le regala una resma de papel, para que el anciano pueda rescribir la historia de su vida en América.
Cabeza de Vaca vuelve a relatar sus aventuras pasadas como en una serie de flashbacks, que se alternan con su vida actual en la Sevilla de 1557. Durante su peregrinación a través de América del Norte se casa con una mujer indígena (Amaría) y tiene dos hijos (Amadís y Nube), a quienes tiene que abandonar para continuar su viaje hacia las colonias españolas. Después de su regreso a España llega su lastimosa experiencia como gobernador del Río de la Plata: intenta mantener el poder con la fe y la bondad, pero se encuentra solo en su lucha contra la corrupción. Su experiencia política termina en un nuevo naufragio.
Un día llega a Sevilla un barco cargado de esclavos indios, entre los que Cabeza de Vaca encuentra a su hijo Amadís. Es como si el pasado volviera y se conectara al presente del protagonista; el reencuentro con su hijo actúa a modo de intersección entre la vida del joven Cabeza de Vaca y la del anciano. A través de Amadís se entera de que Amaría ha muerto por mano de Hernando de Soto (cuya expedición de conquista tuvo lugar en 1539), y que Nube se ha convertido en una guerrera y ha llevado a su gente lejos de la presencia española.
Al mismo tiempo, Cabeza de Vaca se enamora de Lucinda, cuyo corazón ya pertenece a Omar Mohamed, un ex esclavo musulmán. Los celos casi le hacen asesinar al compañero de la joven. Cuando finalmente le declara su amor y le confiesa el delito que estuvo a punto de cumplir, se da cuenta de que ha salido derrotado una vez más, ya que no puede satisfacer su desesperado amor de viejo. Omar y Lucinda van a huir de España para alcanzar a una comunidad de judíos y musulmanes de habla castellana. Los dos están dispuestos a ayudar a Cabeza de Vaca a liberar a su hijo para salvarlo. Desgraciadamente, tras unos cuantos días, Amadís fallece por debilidad y por desesperación, a pesar de la intervención de todos por su liberación.
La pérdida del hijo es el último “naufragio” personal al que Cabeza de Vaca puede asistir, ya que el siguiente será la muerte. Su propio pasado, aparentemente constituido de simples recuerdos, termina por afectar al presente y llevarlo a otra derrota. Lo único que queda por hacer es esconder el manuscrito de su vida entre los libros de la biblioteca, para que alguien lo encuentre en el futuro y su vida se salve del peor de los naufragios: el olvido.
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