Identidad sexual y performatividad - La imposibilidad estructural de la identidad (I)
Monografía creado por David Córdoba García. Extraido de:
20 de Julio de 2005
Sexología
2 - La imposibilidad estructural de la identidad (I)
La escisión del signo identitario: citacionalidad e iterabilidad
Pero el hecho de que la asignación de la identidad deba recurrir al modelo de la interpelación, y por lo tanto a la designación mediante un nombre, no está exenta de consecuencias. Porque cabrá entonces interrogar a la propia estructura de ese nombre en tanto signo para analizar sus condiciones de posibilidad y de imposibilidad. En este punto es donde Butler recurre a la crítica derrideana del performativo de Austin3.
Recordemos la definición austiniana de enunciación performativa. El acto de habla performativo (o realizativo) es aquél en el que decir algo equivale a hacer algo. Austin (1962) los distingue de los actos de habla constatativos, en los que simplemente el enunciado hace referencia a un hecho externo por la vía de la descripción y por lo tanto pueden ser juzgados en términos de verdaderos o falsos en función de que se ajusten (en tanto que enunciados descriptivos) a los hechos a los que se refieren. El acto performativo, por el contrario, habrá de ser considerado en términos de su eficacia, de su éxito o fracaso y de los efectos que produzca. Vemos cómo la interpelación ideológica althusseriana es un acto enunciativo performativo en tanto que constituye al sujeto: la interpelación
como forma de nominación y exigencia de reconocimiento produce al sujeto estableciendo las coordenadas de su identificación y por lo tanto de su posicionamiento (y existencia) en la red de relaciones que estructuran lo social. La interpelación no se dirige, como pretende, a un sujeto que ya existe con anterioridad a este acto, sino que lo produce en su misma operación. Los significados sociales que se pretende que se deducen de la subjetividad interpelada son inscritos allí por ese acto de nominación y definición4.
Puede servir como muestra de esto el acto de salida del armario (outing) y la carga de significación que asume el sujeto que se identifica como homosexual. Independientemente de que el outing sea hecho en primera persona o por terceros, la identificación con el signo (estigma) de la homosexualidad implica tener que asumir toda una serie de rasgos adscritos a esa categoría desde los discursos sociales dominantes (matriz heterosexual). El momento del outing produce un sujeto homosexual mediante esa asignación a un campo significante. Pero también se produce una significación nueva de todo el pasado del individuo, de toda la historia individual previa a la interpelación, que viene a dar consistencia y carta de naturaleza a esa nueva identidad. La identificación/interpelación que constituye al sujeto tiene un efecto retroactivo mediante el cual produce su propio origen en ese "ya-desde siempre". Todo lo que podía haberse pasado por alto como insignificante, como pequeños desvíos perfectamente asumibles en relación a la norma heterosexual en la cual el sujeto se había constituido en su llegada al mundo (todo individuo es sometido a una presunción de heterosexualidad), ahora, mediante la aparición del nuevo signo de identidad se convierten en síntomas que revelan la naturaleza interior del sujeto, síntomas que exteriorizan esa esencia y traicionan su secreto5.
Si la condición de posibilidad de éxito de un performativo reside, para Austin, en las condiciones de contexto en las que se efectúa, ese contexto ha de ser determinable. Y esa determinación del
contexto va a ser posible a través del postulado de un sujeto soberano al que remite finalmente todo el proceso. Como apunta Derrida, "a través de los valores de 'convencionalidad', de 'corrección' y de 'integralidad' que intervienen en esta definición, encontramos necesariamente las de contexto exhaustivamente definible, de conciencia libre y presente en la totalidad de la operación, de querer-decir absolutamente pleno y señor de sí mismo" (Derrida, 1967: 364).
Lo que Derrida va a interrogar con respecto a los performativos es su posibilidad de fracaso, no como el efecto de elementos externos a su propia estructura sino como condición inherente a su misma forma de enunciado, signo o marca. Lo que para Austin son fallos del marco contextual en que el performativo tiene lugar, van a ser considerados en la aproximación derrideana como sus propias condiciones de posibilidad. Austin excluye de sus análisis del performativo aquellas situaciones que pueden resumirse bajo la categoría de "cita" del performativo, entendiendo como tal su repetición (la repetición de la enunciación ritual performativa) en contextos distintos del "ordinario", de aquél en que se cumplen las condiciones de convencionalidad que le aseguran su efectividad. Pero precisamente el carácter ritual de todo performativo se basa en el hecho de su carácter repetible, de responder a un código reconocible, no reductible por lo tanto a ningún contexto determinado, aunque deba darse siempre en algún contexto determinado. Hay un exceso en el performativo respecto a la situación concreta en la que se enuncia. Por lo tanto el performativo no es nunca un acontecimiento que responde a una lógica que se agota en su misma enunciación (venga ésta dada por la intención del sujeto, etc) sino que está excedida por la cadena de repeticiones en las que dicho acto se inscribe y que posibilita su efectividad. Es decir, que el enunciado performativo está constitutivamente escindido entre, por un lado, la singularidad que le confiere el contexto determinado por el cual adquiere su significado, y por otro lado, un "algo más" que excede a dicho contexto y le otorga su carácter iterable, lo cual a la vez le permite funcionar en otros contextos distintos adquiriendo significados diferentes6.
El carácter iterable del performativo es compartido, según Derrida, con todo signo o marca: la posibilidad de efectuar una ruptura con su contexto original de producción y de funcionar en contextos distintos, siendo de esta manera su significado no determinable a priori, pudiendo modificarse este último en cada uno de esos contextos.
"Todo signo, lingüístico o no lingüístico, hablado o escrito (en el sentido ordinario de esta oposición), en una unidad pequeña o grande, puede ser citado, puesto entre comillas; por ello puede romper con todo contexto dado, engendrar al infinito nuevos contextos, de manera absolutamente no saturable.- Esto no supone que la marca valga fuera de contexto, sino al contrario, que no hay más que contextos sin ningún centro de anclaje absoluto. Esta citacionalidad, esta duplicación o duplicidad , esta iterabilidad de la marca no es un accidente o una anomalía, es eso (normal/anormal) sin lo cual una marca no podría siquiera tener un funcionamiento llamado 'normal'" (Derrida, 1967: 361-362).
La constitución, definición y delimitación de la identidad homosexual por parte del dispositivo (o régimen) de la sexualidad, según este marco de análisis, no determina en absoluto los significados que dicha identidad ha ido adoptando en el transcurso del tiempo a través de su repetición, de su afirmación, por parte de los sujetos que han sido interpelados por dicha identidad. Puede verse como ejemplo extremo de este proceso de recontextualización y resignificación de un signo, la reapropiación de la injuria y su transformación en palabra de autonominación. Lo que se pone en marcha con la reapropiación y el uso en primera persona de las palabras que funcionan o han funcionado como insultos (queer en inglés, marica, bollera, etc. en español) es la subversión del significado mediante esta operación de descontextualización y recontextualización de tales nombres y de su carácter performativo de producción de identidad. El uso del insulto, la injuria como acto de interpelación es un proceso por el cual el sujeto homosexual es constituido como excluido, abyecto, como sujeto no legítimo en un orden o régimen (hetero)sexual. La enunciación injuriosa "acumula el poder de la autoridad a través de la repetición o cita e un conjunto de prácticas autoritarias precedentes" (Butler, 1993: 58). Y a la vez, la injuria, en tanto que marca repetible, puede ser utilizada en un contexto intencional distinto que rompa o subvierta esa cadena de transferencia autoritaria por la cual el sujeto al que interpela es excluido, y produzca así efectos de construcción y afirmación identitaria por la cual su significado es modificado de forma radical: de ser la marca que define un espacio no habitable, pasa a ser un signo de identificación colectiva, de afirmación comunitaria y de construcción de prácticas relativamente autónomas. La fuerza de la autoridad es desplazada y la legitimidad de la nominación transferida desde la instancia normativa del régimen sexual a los sujetos excluidos del mismo7.
Pero el hecho de que la asignación de la identidad deba recurrir al modelo de la interpelación, y por lo tanto a la designación mediante un nombre, no está exenta de consecuencias. Porque cabrá entonces interrogar a la propia estructura de ese nombre en tanto signo para analizar sus condiciones de posibilidad y de imposibilidad. En este punto es donde Butler recurre a la crítica derrideana del performativo de Austin3.
Recordemos la definición austiniana de enunciación performativa. El acto de habla performativo (o realizativo) es aquél en el que decir algo equivale a hacer algo. Austin (1962) los distingue de los actos de habla constatativos, en los que simplemente el enunciado hace referencia a un hecho externo por la vía de la descripción y por lo tanto pueden ser juzgados en términos de verdaderos o falsos en función de que se ajusten (en tanto que enunciados descriptivos) a los hechos a los que se refieren. El acto performativo, por el contrario, habrá de ser considerado en términos de su eficacia, de su éxito o fracaso y de los efectos que produzca. Vemos cómo la interpelación ideológica althusseriana es un acto enunciativo performativo en tanto que constituye al sujeto: la interpelación
como forma de nominación y exigencia de reconocimiento produce al sujeto estableciendo las coordenadas de su identificación y por lo tanto de su posicionamiento (y existencia) en la red de relaciones que estructuran lo social. La interpelación no se dirige, como pretende, a un sujeto que ya existe con anterioridad a este acto, sino que lo produce en su misma operación. Los significados sociales que se pretende que se deducen de la subjetividad interpelada son inscritos allí por ese acto de nominación y definición4.
Puede servir como muestra de esto el acto de salida del armario (outing) y la carga de significación que asume el sujeto que se identifica como homosexual. Independientemente de que el outing sea hecho en primera persona o por terceros, la identificación con el signo (estigma) de la homosexualidad implica tener que asumir toda una serie de rasgos adscritos a esa categoría desde los discursos sociales dominantes (matriz heterosexual). El momento del outing produce un sujeto homosexual mediante esa asignación a un campo significante. Pero también se produce una significación nueva de todo el pasado del individuo, de toda la historia individual previa a la interpelación, que viene a dar consistencia y carta de naturaleza a esa nueva identidad. La identificación/interpelación que constituye al sujeto tiene un efecto retroactivo mediante el cual produce su propio origen en ese "ya-desde siempre". Todo lo que podía haberse pasado por alto como insignificante, como pequeños desvíos perfectamente asumibles en relación a la norma heterosexual en la cual el sujeto se había constituido en su llegada al mundo (todo individuo es sometido a una presunción de heterosexualidad), ahora, mediante la aparición del nuevo signo de identidad se convierten en síntomas que revelan la naturaleza interior del sujeto, síntomas que exteriorizan esa esencia y traicionan su secreto5.
Si la condición de posibilidad de éxito de un performativo reside, para Austin, en las condiciones de contexto en las que se efectúa, ese contexto ha de ser determinable. Y esa determinación del
contexto va a ser posible a través del postulado de un sujeto soberano al que remite finalmente todo el proceso. Como apunta Derrida, "a través de los valores de 'convencionalidad', de 'corrección' y de 'integralidad' que intervienen en esta definición, encontramos necesariamente las de contexto exhaustivamente definible, de conciencia libre y presente en la totalidad de la operación, de querer-decir absolutamente pleno y señor de sí mismo" (Derrida, 1967: 364).
Lo que Derrida va a interrogar con respecto a los performativos es su posibilidad de fracaso, no como el efecto de elementos externos a su propia estructura sino como condición inherente a su misma forma de enunciado, signo o marca. Lo que para Austin son fallos del marco contextual en que el performativo tiene lugar, van a ser considerados en la aproximación derrideana como sus propias condiciones de posibilidad. Austin excluye de sus análisis del performativo aquellas situaciones que pueden resumirse bajo la categoría de "cita" del performativo, entendiendo como tal su repetición (la repetición de la enunciación ritual performativa) en contextos distintos del "ordinario", de aquél en que se cumplen las condiciones de convencionalidad que le aseguran su efectividad. Pero precisamente el carácter ritual de todo performativo se basa en el hecho de su carácter repetible, de responder a un código reconocible, no reductible por lo tanto a ningún contexto determinado, aunque deba darse siempre en algún contexto determinado. Hay un exceso en el performativo respecto a la situación concreta en la que se enuncia. Por lo tanto el performativo no es nunca un acontecimiento que responde a una lógica que se agota en su misma enunciación (venga ésta dada por la intención del sujeto, etc) sino que está excedida por la cadena de repeticiones en las que dicho acto se inscribe y que posibilita su efectividad. Es decir, que el enunciado performativo está constitutivamente escindido entre, por un lado, la singularidad que le confiere el contexto determinado por el cual adquiere su significado, y por otro lado, un "algo más" que excede a dicho contexto y le otorga su carácter iterable, lo cual a la vez le permite funcionar en otros contextos distintos adquiriendo significados diferentes6.
El carácter iterable del performativo es compartido, según Derrida, con todo signo o marca: la posibilidad de efectuar una ruptura con su contexto original de producción y de funcionar en contextos distintos, siendo de esta manera su significado no determinable a priori, pudiendo modificarse este último en cada uno de esos contextos.
"Todo signo, lingüístico o no lingüístico, hablado o escrito (en el sentido ordinario de esta oposición), en una unidad pequeña o grande, puede ser citado, puesto entre comillas; por ello puede romper con todo contexto dado, engendrar al infinito nuevos contextos, de manera absolutamente no saturable.- Esto no supone que la marca valga fuera de contexto, sino al contrario, que no hay más que contextos sin ningún centro de anclaje absoluto. Esta citacionalidad, esta duplicación o duplicidad , esta iterabilidad de la marca no es un accidente o una anomalía, es eso (normal/anormal) sin lo cual una marca no podría siquiera tener un funcionamiento llamado 'normal'" (Derrida, 1967: 361-362).
La constitución, definición y delimitación de la identidad homosexual por parte del dispositivo (o régimen) de la sexualidad, según este marco de análisis, no determina en absoluto los significados que dicha identidad ha ido adoptando en el transcurso del tiempo a través de su repetición, de su afirmación, por parte de los sujetos que han sido interpelados por dicha identidad. Puede verse como ejemplo extremo de este proceso de recontextualización y resignificación de un signo, la reapropiación de la injuria y su transformación en palabra de autonominación. Lo que se pone en marcha con la reapropiación y el uso en primera persona de las palabras que funcionan o han funcionado como insultos (queer en inglés, marica, bollera, etc. en español) es la subversión del significado mediante esta operación de descontextualización y recontextualización de tales nombres y de su carácter performativo de producción de identidad. El uso del insulto, la injuria como acto de interpelación es un proceso por el cual el sujeto homosexual es constituido como excluido, abyecto, como sujeto no legítimo en un orden o régimen (hetero)sexual. La enunciación injuriosa "acumula el poder de la autoridad a través de la repetición o cita e un conjunto de prácticas autoritarias precedentes" (Butler, 1993: 58). Y a la vez, la injuria, en tanto que marca repetible, puede ser utilizada en un contexto intencional distinto que rompa o subvierta esa cadena de transferencia autoritaria por la cual el sujeto al que interpela es excluido, y produzca así efectos de construcción y afirmación identitaria por la cual su significado es modificado de forma radical: de ser la marca que define un espacio no habitable, pasa a ser un signo de identificación colectiva, de afirmación comunitaria y de construcción de prácticas relativamente autónomas. La fuerza de la autoridad es desplazada y la legitimidad de la nominación transferida desde la instancia normativa del régimen sexual a los sujetos excluidos del mismo7.
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