Llegados a este punto, hay que dar el paso siguiente, que consiste en la identificación del ascenso de Lázaro con la moralidad o enseñanza de la obra. Que ha de haber tal moralidad se desprende de lo dicho en el Prólogo, p. 5:
pudiendo sacar della algún fructo,
así como de la insistencia en la decisión de acercarse a los buenos, p. 15:
determinó arrimarse a los buenos
p. 22:
procura de ser bueno
y p. 133:
yo determiné de arrimarme a los buenos.
Algunos críticos han interpretado estas frases en sentido irónico, dando por supuesto que tales buenos no lo son, incluyendo al protagonista. Así B.W. Wardropper, después de analizar el significado del adjetivo ‘bueno’ en la obra, llega a conclusiones que considero totalmente desacertadas, como16: “el libro todo [es] un ensayo por investigar las consecuencias sociales y personales de una moral pervertida”, “La novela nos enseña la corrupción moral de un muchacho fundamentalmente bueno”. El desenfoque en este sentido procede de no haber mostrado atención al papel que tiene en la obra la caridad, verdadero fundamento de una moral auténtica en tanto que es el principal mandato de Cristo. La importancia de la caridad en el Lazarillo se refleja en los siguientes pasajes, p. 49:
Pues ya que conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más
p. 72:
porque ya la caridad se subió al cielo
p. 87:
aunque en este pueblo no había caridad
y ha sido puesta de relieve por D.T. Jaén17: “La caridad, como virtud máxima, se salva y su existencia en un sujeto como Lázaro subraya la fina ironía y le da complejidad e individualidad al personaje sin violentar el «decoro», la coherencia del personaje, que admiraban Sigüenza y Bataillón”.
Muy en relación con la caridad está la piedad o compasión, que Lázaro pone de manifiesto en el episodio del escudero, p. 89:
Tanta lástima haya Dios de mí como yo había dél, porque sentí lo que sentía...
p. 89:
Con todo, parescióme ayudarle, pues se ayudaba y me abría camino para ello
p. 91:
con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad. Y muchas veces, por llevar a la posada con que él lo pasase, yo lo pasaba mal
y p. 94:
Y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió.
Teniendo en cuenta estos textos F. Courtney Tarr llega a la siguiente conclusión18: “Lázaro... se ha humanizado y ennoblecido por su piedad, su lealtad y su sacrificio”. Sobre la piedad en el Lazarillo ha escrito unas páginas muy bellas J.M. de Prada19: “Descubrimos que esta humanidad sangra y es doliente, de ahí que yo crea que el Lazarillo es superior a toda la novela picaresca posterior, porque tiene la grandeza de compadecerse de sus personajes... Son muy pocos los autores, en la literatura española, que han logrado esa cima de piedad. Y del mismo modo que los personajes se apiadan entre sí, el autor se apiada de ellos”.
Así, pues, Lázaro tiene las principales virtudes cristianas: la caridad y la piedad. Pero ¿puéde transmitir su vida una enseñanza moralizadora? ¿No está impedida por completo tal moralidad por la relación con su esposa por una parte y, por otra, por la relación con el arcipreste? Para responder a esta última pregunta voy a recurrir al excelente estudio de M.J. Woods sobre tales relaciones. He aquí sus palabras20: “Hasta ahora mis argumentos se han basado en la asunción de que Lázaro es cornudo y de que lo sabe. Sin embargo, la probabilidad es que él no sabe más que sus amigos. Lo que él ve es lo que ven ellos: las idas y venidas de su esposa de la casa del arcipreste son bastante para proporcionar una sospecha, pero no una prueba. Al lector ni siquiera se le ha dicho que tales visitas caen fuera de las horas en las que normalmente la sirvienta puede ser necesitada. Sin prueba Lázaro no tiene derecho a separarse de su mujer... En esta falta de una firme evidencia de adulterio está la sutil trampa para el que presume de moralizador. Asumimos que el arcipreste es culpable porque eso va bien para ser interpretado de la forma más cómica, y porque es consecuente con el anticlericalismo del resto de la novela. Pero, si llegamos a condenar a Lázaro con ese fundamento, cuando la única información que tenemos son las habladurías, entonces otra vez estamos revelando nuestra propia debilidad moral: nuestra prontitud para criticar a los demás. Nosotros no somos mejores que los propios propagadores del escándalo. La ironía de esta situación es que la persona misma a quién acusamos es superior a nuestra moral”.
Los razonamientos de Woods me parecen convincentes, y a ellos se pueden añadir dos más tomados del Elogio de la estupidez de Erasmo, que nadie podrá tachar de anacrónicos21:
En cambio, cuando uno jura que su mujer -que comparte con muchos- vale más que Penélope y se felicita de modo mayúsculo, feliz en su engaño, a ése nadie le llama loco, porque ven que eso les sucede a los maridos en todas partes.
Así, pues, lo que le sucede a Lázaro, en caso de que sean verdad los rumores, es tan común que ni siquiera merecería que le llamasen ‘loco’. Pero, dando un paso más, incluso tal situación puede salvar su matrimonio y, en todo caso, es mejor que los celos22:
Más aún, lo que queda dicho de la amistad hay que considerarlo con mucho mayor motivo en el caso del matrimonio, que en verdad no es nada más que la unión indivisible de la vida. Dios mío, ¡qué divorcios o cosas aún peores que los divorcios ocurrirían por todas partes, si el trato doméstico del hombre y la mujer no se apoyase y alimentase con la adulación, la broma, la amabilidad, el engaño y el disimulo, que por lo general forman mi cortejo! Ay, ¡qué pocos matrimonios se formarían si el novio investigase con previsión en qué juegos ya se había entretenido esa, en apariencia, delicada y pudorosa doncellita mucho antes de la boda! ¿Y cuántos menos permanecerían unidos, si la mayor parte de lo que hacen las mujeres no quedase oculto gracias al desinterés y estupidez del marido? Y estas cosas se le atribuyen con razón a la estupidez, y en verdad es ella la que posibilita que la esposa sea agradable para su marido y el marido lo sea para su esposa, que la casa esté tranquila y que perviva la concordia. Es objeto de burla el muy cornudo, curruca y... —¿qué no se le llama?— cuando apura a besitos las lágrimas de la adúltera. Pero cuánto más feliz es equivocarse de ese modo que consumirse con la preocupación de los celos y tomárselo todo a la tremenda.
Con estos testimonios, nada menos que de Erasmo, puede comprobarse que puede haber una moralidad en la vida de Lázaro, consistente en resaltar el mérito de una persona que, a pesar de sufrir tantas adversidades, llega a obtener un trabajo digno con que ganarse la vida y formar una familia. Esto es lo que el autor quiso enseñar entre burlas y veras.
Dichos testimonios sirven también para quitar importancia al llamado caso o ménage à trois, que tanto ha atraído la atención de los críticos. El primero en ocuparse por extenso del caso fue F. Rico en 1966, de donde extraigo las principales ideas23: “El núcleo del Lazarillo, a mi modo de ver, está en su final: a el ««caso»» (acaecido en último lugar y motivo de la redacción de la obra) han ido agregándose los restantes elementos -preludios e ilustraciones- hasta formar el todo de la novela; y la percepción de tal circunstancia me parece decisiva para un correcto entendimiento de la unidad y de la estructura del libro... «La honra cría las artes»: la deshonra de el «caso»... ha engendrado la novela... la técnica selectiva del Lazarillo recuerda la de algunas obras de justificación histórica... en que insistencias y silencios tienen idéntico sentido, enderezados como están a legitimar o disculpar una determinada actitud, un logro o un traspiés, toda una política; en La vida de Lazarillo de Tormes, enderezados a explicar precisamente «el caso», pretexto y asunto de la novela”. Así, pues, Rico considera «el caso» lo más importante del Lazarillo, y en esto no ha rectificado, pues en la Introducción de su edición escribe24: “Pero en la última página se descubre que el episodio en cuestión son los rumores que corren por Toledo sobre si la mujer del pregonero es o no es barragana del Arcipreste: «hasta el día de hoy nadie nos oyó sobre el caso». Y entonces se advierte, retrospectivamente, que las estampas de su vida que Lázaro ha ido presentando están en buena parte orientadas a explicar el comportamiento que practica o se le atribuye en relación con tal «caso». En la nota 1 se lee25: “Esa es la interpretación generalmente aceptada a partir de F. Rico [1966]”.
Tal “intepretación generalmente aceptada” recibió en 1975 una durísima crítica de parte de Gonzalo Sobejano26: “Para Lázaro como para Rico el "caso" es el "ménage à trois," alianza murmurada en la ciudad y por la cual Vuestra Merced preguntaría al pregonero. No estoy yo tan seguro de que ése sea el "caso" y creo más bien que tal contubernio no es sino la última anécdota del proceso cuya declaración habría solicitado Vuestra Merced: el proceso de cómo Lazarillo, con fuerza y maña, venció la fortuna contraria hasta salir a buen puerto. Parece inverosímil que un señor pida al humildísimo criado de un amigo suyo que le cuente qué hay de cierto en lo que se rumorea acerca de su vida marital con la manceba de dicho amigo (circunstancia que debía de conocer sobradamente si frecuentaba el trato del Arcipreste), y más inverosímil aún que el criado, para satisfacer esa curiosidad —en rigor, superflua— invierta numerosas páginas en referirle toda su vida de niño a hombre y dedique sólo dos al supuesto "caso" por el que se le preguntaba. Cabe además dudar de si el "caso" aludido en el prólogo ("Y pues Vuestra Merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso...") es el mismo aludido al final de la epístola ("Y así quedamos todos tres bien conformes," "Hasta el día de hoy nunca nadie nos oyó sobre el caso"). Según es bien sabido, caso pertenece al número de esos comodines, vocablos "ómnibus" o términos vicarios, como "asunto", "cosa", "negocio", que tienen valor de pronombres demostrativos: 'ello,' 'eso.' Podría ocurrir, pues, que el "caso" primero significase 'cómo llegó Lazarillo de mozo de ciego a posesor de un oficio real' (o sea, cuál fue el proceso de su fuerza y maña), y que el "caso" final significase 'nadie nos ha oído disputar sobre esto' (sobre este punto de nuestra convivencia)".
Con la crítica de Sobejano se mostró de cuerdo V. García de la Concha tras un extenso análisis de la problemática del caso27: “El primer argumento de Sobejano cobra aquí toda su fuerza redarguyente: ¿Cómo es que le pide explicaciones al pobre diablo de Lázaro y no a él?.. Decididamente, el caso del tratado VII no parece ser el caso fundamental propuesto en el «Prólogo» como objeto de interrogatorio y noticia”.
Por mi parte, creo que la argumentación de Sobejano es impecable y que incluso se queda corta al decir “parece inverosímil”. Yo diría que es completamente absurdo que en la carta que escribió Vuestra Merced a Lázaro (que es el origen de la obra) le dijese: “se dice que tu mujer y mi amigo el arcipreste por los negocios, están liados, pero cuéntame tú, Lázaro, extensamente si es verdad o no”. Lo lógico es pensar que Vuestra Merced, enterado de que un pobre diablo, relacionado con su amigo el arcipreste por los negocios, había llegado a pregonero de la ciudad, le pidiese que contase cómo había llegado a tal cargo o, con palabras de Sobejano, “el proceso de cómo Lazarillo, con fuerza y maña, venció la fortuna contraria hasta salir a buen puerto”. Esto sí que tiene sentido, y obsérvese que coincide con la moralidad establecida por mí. Por distintos caminos hemos llegado al mismo punto, y me complace coincidir con lo defendido por tan ilustre crítico hace casi treinta años (al proceder yo de la filología clásica, tal vez pueda disculpárseme por no haber leído en su momento el luminoso artículo de Sobejano).
En relación a la escasa importancia del caso o ménage à trois en el Lazarillo, acabo de conocer un trabajo póstumo de Manuel Ferrer-Chivite publicado en el Homenaje al gran hispanista Agustín Redondo. En él trata de un Ur-Lazarillo o Lazarillo primitivo con ocho tratados, en los que ni siquiera figuraba el caso. He aquí sus palabras28: “De ser así, obviamente tendríamos un Ur-Lazarillo en que ni siquiera se habría dado ese caso que da pábulo al empeño de esos críticos. Sugestiva posibilidad que hay que dejar para una futura consideración”. Dejado el caso en el sitio que le corresponde, llegamos a la conclusión de que lo realmente importante (y decisivo en el origen del Lazarillo) es la moralidad como, por otra parte, es lógico y congruente con lo defendido por Erasmo y los humanistas de su entorno.