El tema de la globalización se puso de moda nuevamente hace ya más de una década, como resultado de dos factores. El primero es su evidente impacto sobre el funcionamiento de los mercados y la eficacia de las políticas públicas. El segundo es su utilidad para formular diagnósticos sobre el cambiante equilibrio de la relación entre Estado y mercado. Así a lo largo de la historia podemos ver cual ha sido el papel que ha jugado el Estado. En el capitalismo mercantilista de los siglos diecisiete y dieciocho prevaleció el Estado patrimonialista, caracterizado por la confusión entre el patrimonio del príncipe y el del Estado. En el capitalismo competitivo del siglo diecinueve fue dominante el Estado liberal, garante de la propiedad y de los contratos: productor apenas de bienes estrictamente públicos. En el capitalismo monopolista de este siglo el Estado social burocrático asumió tres formas: el Estado benefactor, en los países desarrollados; el Estado desarrollista, en los países subdesarrollados; y el Estado burocrático en los países estatistas. Estas tres formas tuvieron en común tres rasgos que justifican su carácter social y burocrático: el compromiso con los derechos sociales, la responsabilidad por el desarrollo económico del país y la ejecución directa de las nuevas tareas consiguientes a través de la contratación de burócratas.
El Estado del siglo veintiuno no podrá ser la repetición del estado liberal del siglo diecinueve, la relación que se establezca entre el Estado y el mercado debe ser cada vez más complementaria, a medida que se vayan revelando los sectores en los que cada uno es más eficiente. El Estado del capitalismo globalizado será un Estado social-liberal, será social porque seguirá siendo responsable de la protección de los derechos sociales en materia de educación, salud y previsión básica; será liberal porque realizará estas tareas de forma mucho más competitiva, dejando de ofrecer a la burocracia estatal el monopolio de las partidas presupuestarias para la educación, la salud y la cultura. La construcción de obras de infraestructura será tercerizada; las empresas productoras de bienes serán privatizadas y las empresas productoras de servicios públicos serán objeto de concesiones a empresas privadas.
El Estado social-liberal será financiador y no productor de los servicios sociales no exclusivos del estado, que el mercado no puede remunerar adecuadamente en función de las economías externas que generan, será complementario del mercado y no sustitutivo del mercado. No producirá bines ni servicios, ni concentrará su política económica en proteger el mercado nacional, pero desempeñará un papel importante en la competitividad externa del país.
Haciendo una revisión de los últimos sesenta años puede notarse que la presencia del Estado en el desarrollo se ha extendido en mayor o en menor grado por todos los países del mundo; sobre todo a partir de la Gran Depresión y la segunda posguerra. Sin embargo, el principal elemento que parece explicar la acción estatal es la insuficiencia de los mecanismos del mercado para garantizar por sí solo el desarrollo más o menos equilibrado y sostenido a largo plazo; además de que existe la necesidad de garantizar la cohesión y estabilidad sociopolítica de la sociedad y la economía, pues éstas dejadas en libertad tienden a desorganizarse.
A lo largo del siglo veinte, la experiencia histórica muestra que el Estado ha buscado la manera de atender un amplio espectro de objetivos nacionales, entre los que se encuentran:
- Propiciar y estimular las condiciones favorables para el crecimiento;
- Garantizar la permanencia y fluidez de un orden jurídico, administrativo e institucional acorde con las necesidades de la producción,
- Actuar como una instancia de mediación y negociación dentro de los conflictos sociales y políticos,
- Establecer los mecanismos que garanticen una más rápida y adecuada integración a la economía globalizada.
A partir de este siglo, el Estado será el agente activo que desarrollará mecanismos de coordinación y planeación del desarrollo; tendrá una participación dinámica en la administración de la producción y el mercado, previendo y adelantándose a los cambios del ciclo económico.
En el caso de las economías de menor desarrollo, como México, el Estado se desenvuelve en condiciones sociales y económicas más atrasadas, por lo que es necesaria una intervención más intensa sobre todo en aquellos ámbitos que exigían la modernización económica y social: el impulso de la industrialización, la reforma agraria y la actualización fiscal y financiera dentro de un contexto de competencia internacional.
Se debe enfatizar que la política sirve fundamentalmente para profundizar el modelo de desarrollo o los cambios que se hagan dentro de él. Y todo esto nos lleva directamente a plantear la siguiente aseveración: si el Estado, en la actual época y dentro del sistema capitalista, atiende las demandas de los necesitados (o deja de hacerlo), el gobierno presentará tal hecho como un fin y no como un medio, cuando en realidad para el sistema resulta justamente lo contrario; es decir se atienden esas demandas ya sea porque el sector privado hace negociaciones o bien, porque de esa forma se asegura la estabilidad política sin la cual el sistema se vería en problemas que afectarían a todos los órdenes sociales, y al aspecto económico.
Es claro que en determinados niveles en el desarrollo de las fuerzas productivas, las relaciones sociales de producción tienen que ajustarse, cambiar; pero si esta contradicción no se resuelve, la inestabilidad puede desembocar en vastos movimientos sociales que buscarán un nuevo equilibrio entre los objetivos de los grupos sociales.
El Estado es juez y parte; en realidad es instrumento de una clase, pero tiene relativa independencia, de ella. En el marco de la globalización de la economía a nivel mundial esta relativa independencia se reduce sensiblemente. Aunque en esencia no cambia, a medida que se transforman las condiciones de la sociedad, el aparato estatal se ve obligado a reformarse. El aparato del estado se presenta como un juez imparcial, aunque su práctica cotidiana le desmiente.
La relativa independencia que tiene con respecto del sector económicamente dominante, es el motivo de los antagonismos que surgen entre ambos, pero cuando esto sucede no busca un cambio estructural, ya que sus diferencias con el capital son de forma y no de fondo. De forma, porque tanto uno como otro buscan que las relaciones de producción capitalistas no se detengan; difieren en los medios, no en los fines.
Funciones fundamentales
-Mejorar la calidad y la disponibilidad de los recursos de uso general para el negocio: sistema de carreteras, telecomunicaciones, puertos, aeropuertos, la infraestructura legal del comercio y el servicio a clientes; es decir el gobierno debe asegurarse de que el país esté en un nivel alto y de mejoramiento en cuanto a la infraestructura y la mano de obra.
-Crear un sistema de reglas e incentivos que fomente el progreso; es decir se deben fijar cuidadosamente todos los incentivos, todas las regulaciones y la manera en que los impuestos trabajan, para asegurar que el progreso sea promovido por el clima de la economía para la industria.
-Facilitar el proceso por el que las agrupaciones se desarrollan ya que estas son el motor del desarrollo económico, fomentando así la especialización, el entrenamiento, la investigación y la infraestructura.
-Crear y divulgar una clara visión económica para el país.
En los aspectos económicos, el proceso de globalización se ha reflejado principalmente en la disminución de la "distancia económica", que ha permitido aprovechar las oportunidades de arbitraje en los mercados de bienes, servicios y factores, disminuyendo la importancia de la geografía y la efectividad de las políticas.
También se expresa en la creciente segmentación de la producción a nivel internacional, por la cual las empresas transnacionales ubican sus unidades productivas donde los factores les permitan alcanzar una mayor competitividad y rentabilidad global. Este fenómeno corre parejo con un proceso, aparentemente contradictorio, de concentración de la propiedad de los circuitos productivos y financieros en grandes conglomerados -lo que está dando lugar a una estructura oligopólica de dimensiones inéditas- y, por consiguiente, de las decisiones económicas a escala planetaria. Esto, a su vez, ha significado una intensificación del comercio intra-empresa, lo que implica también un cambio de gran importancia en la estructura del comercio internacional ya que, por su naturaleza, tiende a escapar de las reglas que rigen el mercado y la libre competencia.