Durante las últimas décadas hemos vivido en las ciencias sociales una fuerte tendencia de alejarse de las ciencias naturales, con sus paradigma lógico-positivista. Antes se buscó establecer relaciones causales entre variables "objetivas", como: el tamaño de la organización, la estructura, el grado de centralización, etc. Ultimamente un paradigma socio-racionalista está ganando terreno, dándose cuenta que en organizaciones humanas poco es predecible o preprogramado en un sentido físico. Organizaciones forman parte del universo simbólico, que está abierto a cambios, revisiones y desarrollos autoimpulsados. Esta tendencia salió a luz muy claramente, por ejemplo en un sinnúmero de publicaciones en los años '80 sobre "cultura organizacional", que llevaron a una lectura cultural de la organización humana, lo que ha tenido efectos revolucionarios para las ciencias humanas.
La importancia del orden simbólico vale todavía más en nuestro mundo postindustrial, donde la potencialidad de la interacción humana se ve definida sobre todo por nuestra capacidad de lograr acuerdos significativos. Según los autores, nunca antes en la historia las ideas (informaciones, convicciones, teorías) han sido tan determinantes para la realidad social.
Para justificar esta tésis Cooperrider & Srivastva describen brevemente la evolución de la sociedad humana desde una fase agraria a una fase industrial, en la cual también se dependía en cierto grado de sistemas de ideas para permitir su sostenibilidad. Pero ahora, cuando vivimos la transición de la sociedad industrial a la postindustrial (informativa), la información se ha convertido en la unidad primordial de intercambio. Si consideramos que la ciencia no hace más que producir ideas/teorías, entonces en el mundo actual debe ser tratada como uno de los agentes más poderosos de cambio Esta visión no encaja de ninguna manera con un concepto lógico-positivista de la ciencia, pero presenta enormes oportunidades y responsabilidades.
Se refiere a Kurt Lewin, psicólogo social, quién fue el primero hace medio siglo de formular este concepto: "No hay nada tán práctica como una buena teoría." Sin embargo, precisamente en el momento que se presentan estas enormes oportunidades para la I-A, este tipo de investigación falla totalmente en cumplir con las expectativas. Varios autores han criticado el hecho que los practicantes de la I-A se ponen "ateóricos", no ponen atención en cómo crear una teoría.
C. Argyris ('83) ve dos explicaciones para este fenómeno:
Los profesionales se comportan en su práctica demasiado "client-centered" (centrado en el cliente), es decir que falta la distancia necesaria del marco de referencia de sus clientes; los académicos, en cambio, son demasiado positivistas.