Irak: causas e impactos de una guerra imperialista - El ALCA; guerra imperial de información (I)
01 de Febrero de 2006
Ciencias sociales, Historia, Pensamiento y política
CARLOS FAZIO
En febrero de 2003, en los prolegómenos de la guerra de agresión imperialista de Estados Unidos contra Irak, el periodista Robert Fisk escribió: “Sencillamente, estamos cansados de que nos mientan”.1 Tenía razón. Durante meses, el Presidente George W. Bush Jr., su “perro de presa” Blair2 y el cusquito faldero Aznar, con sus historias de terror para espantar niños, habían venido haciendo tontos a todo el mundo. Las razones de la guerra neocolonialista que entonces se preparaba contra Irak, con la oposición de Francia, China, Rusia y Alemania en Naciones Unidas, no eran las patrañas que esgrimían cada día los promotores del caos y la destrucción en Washington, Londres y Madrid.
El motivo no era el “maligno” Hussein y sus armas de destruc-ción masiva. Tampoco el terrorismo. Menos la democracia. Todo eso fue desinformación maniquea. Manipulación mediática. Diver-sionismo ideológico. Intoxicación propagandística en tiempos de guerra. Basura para mantener engañada a la muchedumbre, espec-tadora silenciosa. Los motivos para el arrasamiento de Irak eran otros: Estados Unidos veía amenazada su hegemonía. El imperio teme que surja una alianza entre Alemania, Francia y Rusia que le dispute el liderazgo internacional.3 Ve peligros en la irrupción de China en el escenario mundial, en un eventual resurgimiento de Japón y, potencialmente, en el papel que pueda jugar la India. Por eso, obsesionados con sus fantasías de poder mundial, el hijo de Bush y los psicó-patas y fundamentalistas genocidas que lo rodean (Rumsfeld, Rice, Cheney, Ashcroft, Ridge, el taimado Powell y los cabilderos sionis-tas Wolfowitz, Perle, Feith, Bolton), junto con sus hombrecitos de paja en la “vieja Europa” (Blair, Straw y el neofranquista Aznar), quieren reconfigurar el mapa geopolítico del golfo Pérsico y todo Medio Oriente.
Es en ese escenario que Irak y su petróleo importan. Pero es solamente una pieza. Como Afganistán. Controlando el área con protectorados y redes de bases militares —igual que en el siglo XIX en pleno auge de expansión imperialista—, Washington podrá es-trangular la economía de sus rivales potenciales —Japón, los países europeos, China—, tan dependientes de hidrocarburos como Es-tados Unidos.4 Sólo así, creen los halcones, podrán conservar su dominio. Su poder sin límites. Pero pueden estar ensayando una fuga hacia adelante; acelerando el declive, según dijera Immanuel Wallerstein.5
Desde el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha estado mintiendo todo el tiempo. La operación de tierra arrasada en Afga-nistán fue un gran montaje preparado por el Pentágono. Entonces, el gran Satán era el viejo socio de la CIA, Bin Laden. El bastardo de turno; como antes el general Noriega, la excusa idónea para probar una nueva generación de armas en Panamá a un costo de cuatro mil muertos. Previo a la invasión de Afganistán, un oficial del Ejército de Estados Unidos reveló a The Washington Post que en la “guerra informativa de gran intensidad” en curso se iba a “mentir” a la pren-sa. Que se impondrían “nuevos y estrictos límites” a la información. Es decir, a la libre expresión. Se denunció también una creciente campaña para “asegurar” la “lealtad” de los periodistas en la cruza-da belicista de Bush contra el régimen talibán.6 Consumada la agresión, en febrero de 2002 se hizo público que el Pentágono había montado una oficina encargada de difundir “noticias falsas” en el exterior, de manera deliberada y utilizando canales para ocultar su origen o su carácter oficial, como parte de un nuevo frente de lucha: el de la información. Según reprodujeron entonces The New York Times y La Jornada, como parte de la guerra psicológica y las operaciones encubiertas diseñadas por expertos en inteligencia militar, la nueva Oficina de Influencia Estratégica (SIO), creada por el Pentágono después del 11 de septiembre, “plantaría” propaganda negra (mentiras deliberadas), desinformación y propa-ganda blanca (información verídica y creíble favorable a Estados Unidos y sus objetivos), en periodistas y medios de prensa extranje-ros, para influir en la opinión pública internacional y en la de go-biernos, tanto amigos como enemigos, en el marco de la guerra de Washington contra el “terrorismo”.7
Dirigida por el Brigadier General de la Fuerza Aérea, Simon Worden, la SIO depende de la Secretaría de la Defensa para Ope-raciones Especiales y Conflictos de Baja Intensidad, y entre sus funciones figura, además, elaborar técnicas de engaño (decepción), actividades psicológicas, emisiones radiofónicas y ataques ciberné-ticos a redes de computación, con el objetivo de engañar al enemi-go e influir en la opinión pública nacional e internacional. Como táctica de inteligencia, la distorsión de la información y las operaciones clandestinas de propaganda negra son herramientas militares clásicas. Igual que el uso de los autoatentados. Cabe re-cordar que la guerra de Estados Unidos contra España, en 1898, empezó con la mentira deliberada acerca del hundimiento del aco-razado Maine, anclado en el puerto de La Habana, seguida de una campaña sensacionalista y difamatoria orquestada por William Ran-dolph Hearst, fundador del periodismo “amarillo” (el ciudadano Kane inmortalizado en la pantalla por Orson Welles), que derivó luego en la Enmienda Platt y en la creación de la centenaria base naval de Guantánamo en Cuba.
Asimismo, en agosto de 1964, el Presidente Lyndon Johnson anunció que barcos norvietnamitas habían lanzado dos ataques se-guidos contra naves estadunidenses en el Golfo de Tonkin. Se trató de otra mentira flagrante. Pero eso no evitó que Johnson obtuviera la autorización del Congreso para intervenir y bombardear Viet-nam del Norte, extendiendo un conflicto que a la postre derivaría en una gran paliza militar del Vietcong al Pentágono, con un alto costo en vidas y destrucción material.
En noviembre de 2002, una vez aprobada la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irak, Washington comenzó a instrumentar la nueva ofensiva propagandística, con Hussein en el papel de villano mediático en sustitución del siempre oportuno Bin Laden. Tras dejar amarrada una “complicidad descarada” con las grandes cadenas periodísticas de Estados Unidos (en particular las televisoras ABC, CBS, NBC y Fox News),8 altos funcionarios de la administración Bush llevaron a cabo sesiones de “concientización” y “adoctrinamiento” con corresponsales de prensa extranjeros, de países cuyos gobiernos son aliados de Washington, como Turquía, Japón, Canadá y México.9 La “noticia” plantada, a reproducir urbi et orbi, era que Bush “no tenía las manos atadas” por la resolución de la ONU; que no reque-ría una autorización explícita para hacer uso de la fuerza. Poco an-tes Bush había lanzado su nueva estrategia de seguridad nacional: la doctrina de guerra ilimitada, unilateral y ofensiva. Una nueva doc-trina imperial “preventiva” e irrestricta que entierra al derecho in-ternacional y los postulados de la ONU.10
La inducción de una guerra de rapiña “legitimada” por el mesianismo del destino manifiesto —“santurronería religiosa” llamó John Le Carré a la “guerra sagrada” de Bush contra Irak—,11 con el fin de agitar las fibras patrioteras y paranoicas del “rebaño” imperial (viejo recurso para la “construcción del consenso”), se combina ahora, como en la época del macartismo, con la sicosis y el terror interno ante el ataque “inevitable” y siempre “inminente” de los “terroristas” de afuera, provistos, afirman, con armas biológicas, químicas, nucleares y radiológicas. Una forma totalitaria de mantener a raya a la “chusma”, mediante una “guerra de nervios” (USA Today) administrada por el Gran Hermano ( John Ashcroft) por medio de códigos naranja, amarillo y rojo en las pantallas de los televisores. A lo que se suman la promoción de “estuches de sobrevivencia urbana” ante la guerra bacteriológica que viene, nintendos mediáticos y “pruebas de inteli-gencia” plagiadas de tesis escolares caducas (el gran fiasco del halcón Powell en la ONU),12 con el fin de mantener “desorientado al rebaño”,13 provocar compras de pánico y aceptación sumisa a una Ley Patriótica que con la ficción de la seguridad nacional reduce los derechos ciudadanos a letra muerta. Un estado policial hacia adentro y una nación imperial hacia fuera, que cuenta desde enero pasado con un Centro de Inte-gración de la Amenaza Terrorista, a cargo del nuevo Secretario de Seguridad Interior, Tom Ridge (nuevo zar de inteligencia) y una Oficina de Comunicaciones Globales, cuya función es promover los intereses de Estados Unidos en el extranjero, reforzar el apoyo de los gobiernos aliados (que “cooperan” con Washington) e “in-formar” a la audiencia internacional sobre los propósitos de la Casa Blanca, para “prevenir” malentendidos.14
La orden ejecutiva firmada por Bush el 21 de enero, prevé tam-bién que la flamante “oficina de imagen” podrá enviar “equipos de comunicadores” a aquellas áreas donde existe “alto interés” mun-dial y que “acaparan la atención de los medios de comunicación”. Se trata, pues, de dar coherencia al mensaje “libertario” de Bush; de transmitir la “verdad” en el extranjero. En el lenguaje de Orwell, de difundir la mentira organizada.
Comercio y militarización en el patio trasero
En marzo pasado, mientras daba los últimos retoques a su guerra de agresión contra Irak, donde el jefe de las fuerzas de intervención del Pentágono, general Tommy Franks, planeaba poner en práctica su táctica de “shock y atolondramiento” sobre la inerme población civil iraquí, con previsibles efectos devastadores similares a los de la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima, la administración Bush seguía instrumentando la línea de defensa de su imperio militar-mercantilista en América Latina.
Enfrentado en una dura competencia y a balances comerciales negativos con los bloques europeo y asiático, el gobierno de Esta-dos Unidos venía proyectando de tiempo atrás la llamada Fortaleza América, por medio de una estrategia complementaria de dos carri-les: el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y el Plan Colombia-Iniciativa Andina, diseñada para consolidar y profundi-zar el control en su tradicional patio trasero. Se trata de un proyecto integral que busca garantizar el monopolio económico de las compañías multinacionales con casa matriz en Estados Unidos, en particular las ligadas al complejo militar-industrial y a las fracciones de ultra derecha del gran capital, por medio de la fuerza y la violencia.
¿Qué es el ALCA? El ALCA es un proyecto de las compañías mul-tinacionales con casa matriz en Estados Unidos. Es la progresión lógica del avance de la doctrina neoliberal impuesta a sangre y fue-go a nuestros países desde los años 70. Se trata de un viejo anhelo imperialista, plasmado en la Conferencia Monetaria de las Repú-blicas de América (1890), en los días del naciente expansionismo estadounidense. Al arrancar el siglo XXI, el imperio está maduro y las razones del ALCA a la vista: es un proyecto asimétrico que pre-tende “integrar” a la nación más poderosa del orbe con las econo-mías de países subdesarrollados, endeudados, débiles. La integración entre el tiburón y las sardinas. Como dice James Petras, en el debate sobre el ALCA conviene saber qué no es el ALCA.15 No es, como se pregona, un acuerdo de libre comercio, porque Estados Unidos se reserva el derecho de mantener subsidios a su agricultura, su legislación antidumping, aranceles a importaciones donde no es competitivo, una serie de restricciones unilaterales en materia de “sanidad”, para reducir importaciones de ganado y otros productos, y una legislación bancaria que permite a la banca estadounidense lavar dinero obtenido de manera ilícita en Latinoamérica.16
El ALCA no es una estrategia económica de integración econó-mica. Como en el viejo mercantilismo, el ALCA busca consolidar un área de dominación en las tres Américas que involucra a 800 mi-llones de seres humanos, controlar esferas de inversión de capital, saquear materias primas y explotar mano de obra casi esclava. El ALCA es un proyecto neocolonial, anexionista y antidemocrático al servicio de las élites estadounidenses y sus corporaciones, que resul-ta funcional a las fracciones hegemónicas de las burguesías locales trasnacionalizadas. El ALCA está diseñado para maximizar la participación de las multinacionales estadounidenses en los mercados y recursos latino-americanos. Washington impulsa un doble patrón de conducta: alienta medidas que favorezcan el proteccionismo estadounidense mientras promueve la apertura latinoamericana. De entrar en vi-gor, el ALCA significará una profundización de la dependencia y la subordinación de nuestros países. Sería la salida panamericanista, neomonroísta. Lo opuesto de una integración liberadora.
Un objetivo del ALCA es minar y paralizar la integración econó-mica latinoamericana. En particular, Washington quiere liquidar el Mercosur y todo intento de integración regional propia, autónoma, latinoamericana. El ALCA es el regreso a las relaciones bilaterales asimétricas. Lo contrario a un comercio regional donde los distin-tos actores tienen cierto poder de negociación. El ALCA no estimula la competencia, amplía el monopolio. Bus-ca establecer la supremacía de las corporaciones multinacionales sobre competidores de Europa y Asia, en particular en los rubros de agronegocios, manufactura y servicios (tecnología de informa-ción, banca). Para nuestros países, el ALCA será una integración pe-riférica, subordinada e integrada a los circuitos transnacionales como productores de materias primas y de bienes intermedios. Los representantes de México en el ALCA han venido negocian-do en secreto acuerdos que afectarán la soberanía nacional. Porque lo que se está negociando en el ALCA es la codificación de los prin-cipios esenciales de la ideología neoliberal para convertirlos en normativa internacional. Es decir, una base institucional, legal y formal para la total absorción y saqueo, por parte de Estados Unidos, de los recursos, ahorros, mercados, comercio y empresas latinoamericanas.
Eso incluye un sistema de solución de controversias que favo-rece a las compañías multinacionales con casa matriz en el estado imperial y atenta contra la soberanía de los Estados nacionales de la periferia. Vía los acuerdos del ALCA, las administraciones subordi-nadas renunciarán a las prerrogativas de su soberanía —y a los con-troles parlamentarios sujetos al escrutinio popular—, así como a su condición de sujetos de derecho internacional, para someterse a tribunales arbitrales privados, regidos por normas de derecho pri-vado, integrados por expertos y asesores o consultores en tránsito del directorio de una multinacional a otra, que nadie eligió, que cuentan con el visto bueno del Tesoro de Estados Unidos —serán funcionarios imperiales— y que sesionarán en forma prácticamente secreta y arrasarán con los derechos, garantías y formalidades de procedimiento propios de un Estado-Nación.
Eso explica el sigilo y ocultamiento de las negociaciones, que no trascienden a la prensa, no son accesibles a la sociedad civil y a las que tampoco tienen acceso los parlamentos de los países involu-crados. ¿Qué razones pueden existir para que algo que ha sido mul-tipublicitado por Fox como la gran panacea, permanezca en la sombra, oculto en los pliegues del poder?
El pueblo debe saber qué se está jugando en el ALCA. La ciuda-danía debe conocer, para debatirlas, las actas y documentos que re-gistran las discusiones, los acuerdos alcanzados y los disensos pendientes. El Poder Legislativo también tiene el derecho y la obligación de saber, opinar y controlar. La del ALCA es otra batalla pendiente; es un asunto de todos. Se trata de transformar al actual Estado recolonizado en un Estado nacional, que podrá ser después, tal vez, socialista.
1 Fisk, Robert, “Cansados de que nos mientan”, La Jornada, 21 de febrero de 2003.
2 Agencias, “Gran Bretaña se ha asignado el papel de perro de presa de EU: Chomsky”, La Jornada, 28 de enero de 2003. (Chomsky dixit).
3 Wallerstein, Immanuel.
4 Klare, Michael T., “Para entender los motivos de la guerra contra Irak”, Perfil de La Jornada, 15 de febrero de 2003.
5 Wallerstein, Immanuel, “La guerra EU-Irak. Acelerando el declive”, Argen-press, 1 de noviembre de 2002.
6 Fazio, Carlos, “La mentira del Pentágono como arma de guerra”, La Jornada, 30 de septiembre de 2001.
7 Carson, Jim y David Brooks, “Oficina del Pentágono, encargada de difun-dir noticias falsas en el exterior”, La Jornada, 20 de febrero de 2002; AFP, “Analiza el Pentágono eliminar la oficina que difundiría información falsa en el extranje-ro”, La Jornada, 26 de febrero de 2002.
8 Agencia DPA, “Medios de EU: descarada complicidad”, La Jornada, 11 de octubre de 2002.
9 Armendáriz, Alberto “Adoctrina Estados Unidos a periodistas”, Reforma, México, 13 de noviembre de 2002.
10 La llamada “Doctrina Bush” fue presentada por el presidente de Estados Unidos al Congreso el 20 de septiembre de 2002.
11 Le Carré, John, “Confesiones de un terrorista”, El País de Madrid, 20 de enero de 2003.
12 Agencia AFP, “Plagia Londres tesis para probar rearme”, Reforma, 8 de fe-brero de 2003.
13 Chomsky, Noam, op. cit.
14 O’Connell, Vanessa, y Nicholas Kulish, “EU refuerza estrategia publicita-ria antiterrorista”, Reforma, 19 de febrero de 2003 “Crea George Bush oficina de imagen”, Reforma, 22 de enero de 2003.
15 Petras, James, “Imperio neo-mercantilista en América Latina”, parte II, Z Magazine, octubre de 2001.
16 Ibidem.
En febrero de 2003, en los prolegómenos de la guerra de agresión imperialista de Estados Unidos contra Irak, el periodista Robert Fisk escribió: “Sencillamente, estamos cansados de que nos mientan”.1 Tenía razón. Durante meses, el Presidente George W. Bush Jr., su “perro de presa” Blair2 y el cusquito faldero Aznar, con sus historias de terror para espantar niños, habían venido haciendo tontos a todo el mundo. Las razones de la guerra neocolonialista que entonces se preparaba contra Irak, con la oposición de Francia, China, Rusia y Alemania en Naciones Unidas, no eran las patrañas que esgrimían cada día los promotores del caos y la destrucción en Washington, Londres y Madrid.
El motivo no era el “maligno” Hussein y sus armas de destruc-ción masiva. Tampoco el terrorismo. Menos la democracia. Todo eso fue desinformación maniquea. Manipulación mediática. Diver-sionismo ideológico. Intoxicación propagandística en tiempos de guerra. Basura para mantener engañada a la muchedumbre, espec-tadora silenciosa. Los motivos para el arrasamiento de Irak eran otros: Estados Unidos veía amenazada su hegemonía. El imperio teme que surja una alianza entre Alemania, Francia y Rusia que le dispute el liderazgo internacional.3 Ve peligros en la irrupción de China en el escenario mundial, en un eventual resurgimiento de Japón y, potencialmente, en el papel que pueda jugar la India. Por eso, obsesionados con sus fantasías de poder mundial, el hijo de Bush y los psicó-patas y fundamentalistas genocidas que lo rodean (Rumsfeld, Rice, Cheney, Ashcroft, Ridge, el taimado Powell y los cabilderos sionis-tas Wolfowitz, Perle, Feith, Bolton), junto con sus hombrecitos de paja en la “vieja Europa” (Blair, Straw y el neofranquista Aznar), quieren reconfigurar el mapa geopolítico del golfo Pérsico y todo Medio Oriente.
Es en ese escenario que Irak y su petróleo importan. Pero es solamente una pieza. Como Afganistán. Controlando el área con protectorados y redes de bases militares —igual que en el siglo XIX en pleno auge de expansión imperialista—, Washington podrá es-trangular la economía de sus rivales potenciales —Japón, los países europeos, China—, tan dependientes de hidrocarburos como Es-tados Unidos.4 Sólo así, creen los halcones, podrán conservar su dominio. Su poder sin límites. Pero pueden estar ensayando una fuga hacia adelante; acelerando el declive, según dijera Immanuel Wallerstein.5
Desde el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha estado mintiendo todo el tiempo. La operación de tierra arrasada en Afga-nistán fue un gran montaje preparado por el Pentágono. Entonces, el gran Satán era el viejo socio de la CIA, Bin Laden. El bastardo de turno; como antes el general Noriega, la excusa idónea para probar una nueva generación de armas en Panamá a un costo de cuatro mil muertos. Previo a la invasión de Afganistán, un oficial del Ejército de Estados Unidos reveló a The Washington Post que en la “guerra informativa de gran intensidad” en curso se iba a “mentir” a la pren-sa. Que se impondrían “nuevos y estrictos límites” a la información. Es decir, a la libre expresión. Se denunció también una creciente campaña para “asegurar” la “lealtad” de los periodistas en la cruza-da belicista de Bush contra el régimen talibán.6 Consumada la agresión, en febrero de 2002 se hizo público que el Pentágono había montado una oficina encargada de difundir “noticias falsas” en el exterior, de manera deliberada y utilizando canales para ocultar su origen o su carácter oficial, como parte de un nuevo frente de lucha: el de la información. Según reprodujeron entonces The New York Times y La Jornada, como parte de la guerra psicológica y las operaciones encubiertas diseñadas por expertos en inteligencia militar, la nueva Oficina de Influencia Estratégica (SIO), creada por el Pentágono después del 11 de septiembre, “plantaría” propaganda negra (mentiras deliberadas), desinformación y propa-ganda blanca (información verídica y creíble favorable a Estados Unidos y sus objetivos), en periodistas y medios de prensa extranje-ros, para influir en la opinión pública internacional y en la de go-biernos, tanto amigos como enemigos, en el marco de la guerra de Washington contra el “terrorismo”.7
Dirigida por el Brigadier General de la Fuerza Aérea, Simon Worden, la SIO depende de la Secretaría de la Defensa para Ope-raciones Especiales y Conflictos de Baja Intensidad, y entre sus funciones figura, además, elaborar técnicas de engaño (decepción), actividades psicológicas, emisiones radiofónicas y ataques ciberné-ticos a redes de computación, con el objetivo de engañar al enemi-go e influir en la opinión pública nacional e internacional. Como táctica de inteligencia, la distorsión de la información y las operaciones clandestinas de propaganda negra son herramientas militares clásicas. Igual que el uso de los autoatentados. Cabe re-cordar que la guerra de Estados Unidos contra España, en 1898, empezó con la mentira deliberada acerca del hundimiento del aco-razado Maine, anclado en el puerto de La Habana, seguida de una campaña sensacionalista y difamatoria orquestada por William Ran-dolph Hearst, fundador del periodismo “amarillo” (el ciudadano Kane inmortalizado en la pantalla por Orson Welles), que derivó luego en la Enmienda Platt y en la creación de la centenaria base naval de Guantánamo en Cuba.
Asimismo, en agosto de 1964, el Presidente Lyndon Johnson anunció que barcos norvietnamitas habían lanzado dos ataques se-guidos contra naves estadunidenses en el Golfo de Tonkin. Se trató de otra mentira flagrante. Pero eso no evitó que Johnson obtuviera la autorización del Congreso para intervenir y bombardear Viet-nam del Norte, extendiendo un conflicto que a la postre derivaría en una gran paliza militar del Vietcong al Pentágono, con un alto costo en vidas y destrucción material.
En noviembre de 2002, una vez aprobada la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irak, Washington comenzó a instrumentar la nueva ofensiva propagandística, con Hussein en el papel de villano mediático en sustitución del siempre oportuno Bin Laden. Tras dejar amarrada una “complicidad descarada” con las grandes cadenas periodísticas de Estados Unidos (en particular las televisoras ABC, CBS, NBC y Fox News),8 altos funcionarios de la administración Bush llevaron a cabo sesiones de “concientización” y “adoctrinamiento” con corresponsales de prensa extranjeros, de países cuyos gobiernos son aliados de Washington, como Turquía, Japón, Canadá y México.9 La “noticia” plantada, a reproducir urbi et orbi, era que Bush “no tenía las manos atadas” por la resolución de la ONU; que no reque-ría una autorización explícita para hacer uso de la fuerza. Poco an-tes Bush había lanzado su nueva estrategia de seguridad nacional: la doctrina de guerra ilimitada, unilateral y ofensiva. Una nueva doc-trina imperial “preventiva” e irrestricta que entierra al derecho in-ternacional y los postulados de la ONU.10
La inducción de una guerra de rapiña “legitimada” por el mesianismo del destino manifiesto —“santurronería religiosa” llamó John Le Carré a la “guerra sagrada” de Bush contra Irak—,11 con el fin de agitar las fibras patrioteras y paranoicas del “rebaño” imperial (viejo recurso para la “construcción del consenso”), se combina ahora, como en la época del macartismo, con la sicosis y el terror interno ante el ataque “inevitable” y siempre “inminente” de los “terroristas” de afuera, provistos, afirman, con armas biológicas, químicas, nucleares y radiológicas. Una forma totalitaria de mantener a raya a la “chusma”, mediante una “guerra de nervios” (USA Today) administrada por el Gran Hermano ( John Ashcroft) por medio de códigos naranja, amarillo y rojo en las pantallas de los televisores. A lo que se suman la promoción de “estuches de sobrevivencia urbana” ante la guerra bacteriológica que viene, nintendos mediáticos y “pruebas de inteli-gencia” plagiadas de tesis escolares caducas (el gran fiasco del halcón Powell en la ONU),12 con el fin de mantener “desorientado al rebaño”,13 provocar compras de pánico y aceptación sumisa a una Ley Patriótica que con la ficción de la seguridad nacional reduce los derechos ciudadanos a letra muerta. Un estado policial hacia adentro y una nación imperial hacia fuera, que cuenta desde enero pasado con un Centro de Inte-gración de la Amenaza Terrorista, a cargo del nuevo Secretario de Seguridad Interior, Tom Ridge (nuevo zar de inteligencia) y una Oficina de Comunicaciones Globales, cuya función es promover los intereses de Estados Unidos en el extranjero, reforzar el apoyo de los gobiernos aliados (que “cooperan” con Washington) e “in-formar” a la audiencia internacional sobre los propósitos de la Casa Blanca, para “prevenir” malentendidos.14
La orden ejecutiva firmada por Bush el 21 de enero, prevé tam-bién que la flamante “oficina de imagen” podrá enviar “equipos de comunicadores” a aquellas áreas donde existe “alto interés” mun-dial y que “acaparan la atención de los medios de comunicación”. Se trata, pues, de dar coherencia al mensaje “libertario” de Bush; de transmitir la “verdad” en el extranjero. En el lenguaje de Orwell, de difundir la mentira organizada.
Comercio y militarización en el patio trasero
En marzo pasado, mientras daba los últimos retoques a su guerra de agresión contra Irak, donde el jefe de las fuerzas de intervención del Pentágono, general Tommy Franks, planeaba poner en práctica su táctica de “shock y atolondramiento” sobre la inerme población civil iraquí, con previsibles efectos devastadores similares a los de la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima, la administración Bush seguía instrumentando la línea de defensa de su imperio militar-mercantilista en América Latina.
Enfrentado en una dura competencia y a balances comerciales negativos con los bloques europeo y asiático, el gobierno de Esta-dos Unidos venía proyectando de tiempo atrás la llamada Fortaleza América, por medio de una estrategia complementaria de dos carri-les: el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y el Plan Colombia-Iniciativa Andina, diseñada para consolidar y profundi-zar el control en su tradicional patio trasero. Se trata de un proyecto integral que busca garantizar el monopolio económico de las compañías multinacionales con casa matriz en Estados Unidos, en particular las ligadas al complejo militar-industrial y a las fracciones de ultra derecha del gran capital, por medio de la fuerza y la violencia.
¿Qué es el ALCA? El ALCA es un proyecto de las compañías mul-tinacionales con casa matriz en Estados Unidos. Es la progresión lógica del avance de la doctrina neoliberal impuesta a sangre y fue-go a nuestros países desde los años 70. Se trata de un viejo anhelo imperialista, plasmado en la Conferencia Monetaria de las Repú-blicas de América (1890), en los días del naciente expansionismo estadounidense. Al arrancar el siglo XXI, el imperio está maduro y las razones del ALCA a la vista: es un proyecto asimétrico que pre-tende “integrar” a la nación más poderosa del orbe con las econo-mías de países subdesarrollados, endeudados, débiles. La integración entre el tiburón y las sardinas. Como dice James Petras, en el debate sobre el ALCA conviene saber qué no es el ALCA.15 No es, como se pregona, un acuerdo de libre comercio, porque Estados Unidos se reserva el derecho de mantener subsidios a su agricultura, su legislación antidumping, aranceles a importaciones donde no es competitivo, una serie de restricciones unilaterales en materia de “sanidad”, para reducir importaciones de ganado y otros productos, y una legislación bancaria que permite a la banca estadounidense lavar dinero obtenido de manera ilícita en Latinoamérica.16
El ALCA no es una estrategia económica de integración econó-mica. Como en el viejo mercantilismo, el ALCA busca consolidar un área de dominación en las tres Américas que involucra a 800 mi-llones de seres humanos, controlar esferas de inversión de capital, saquear materias primas y explotar mano de obra casi esclava. El ALCA es un proyecto neocolonial, anexionista y antidemocrático al servicio de las élites estadounidenses y sus corporaciones, que resul-ta funcional a las fracciones hegemónicas de las burguesías locales trasnacionalizadas. El ALCA está diseñado para maximizar la participación de las multinacionales estadounidenses en los mercados y recursos latino-americanos. Washington impulsa un doble patrón de conducta: alienta medidas que favorezcan el proteccionismo estadounidense mientras promueve la apertura latinoamericana. De entrar en vi-gor, el ALCA significará una profundización de la dependencia y la subordinación de nuestros países. Sería la salida panamericanista, neomonroísta. Lo opuesto de una integración liberadora.
Un objetivo del ALCA es minar y paralizar la integración econó-mica latinoamericana. En particular, Washington quiere liquidar el Mercosur y todo intento de integración regional propia, autónoma, latinoamericana. El ALCA es el regreso a las relaciones bilaterales asimétricas. Lo contrario a un comercio regional donde los distin-tos actores tienen cierto poder de negociación. El ALCA no estimula la competencia, amplía el monopolio. Bus-ca establecer la supremacía de las corporaciones multinacionales sobre competidores de Europa y Asia, en particular en los rubros de agronegocios, manufactura y servicios (tecnología de informa-ción, banca). Para nuestros países, el ALCA será una integración pe-riférica, subordinada e integrada a los circuitos transnacionales como productores de materias primas y de bienes intermedios. Los representantes de México en el ALCA han venido negocian-do en secreto acuerdos que afectarán la soberanía nacional. Porque lo que se está negociando en el ALCA es la codificación de los prin-cipios esenciales de la ideología neoliberal para convertirlos en normativa internacional. Es decir, una base institucional, legal y formal para la total absorción y saqueo, por parte de Estados Unidos, de los recursos, ahorros, mercados, comercio y empresas latinoamericanas.
Eso incluye un sistema de solución de controversias que favo-rece a las compañías multinacionales con casa matriz en el estado imperial y atenta contra la soberanía de los Estados nacionales de la periferia. Vía los acuerdos del ALCA, las administraciones subordi-nadas renunciarán a las prerrogativas de su soberanía —y a los con-troles parlamentarios sujetos al escrutinio popular—, así como a su condición de sujetos de derecho internacional, para someterse a tribunales arbitrales privados, regidos por normas de derecho pri-vado, integrados por expertos y asesores o consultores en tránsito del directorio de una multinacional a otra, que nadie eligió, que cuentan con el visto bueno del Tesoro de Estados Unidos —serán funcionarios imperiales— y que sesionarán en forma prácticamente secreta y arrasarán con los derechos, garantías y formalidades de procedimiento propios de un Estado-Nación.
Eso explica el sigilo y ocultamiento de las negociaciones, que no trascienden a la prensa, no son accesibles a la sociedad civil y a las que tampoco tienen acceso los parlamentos de los países involu-crados. ¿Qué razones pueden existir para que algo que ha sido mul-tipublicitado por Fox como la gran panacea, permanezca en la sombra, oculto en los pliegues del poder?
El pueblo debe saber qué se está jugando en el ALCA. La ciuda-danía debe conocer, para debatirlas, las actas y documentos que re-gistran las discusiones, los acuerdos alcanzados y los disensos pendientes. El Poder Legislativo también tiene el derecho y la obligación de saber, opinar y controlar. La del ALCA es otra batalla pendiente; es un asunto de todos. Se trata de transformar al actual Estado recolonizado en un Estado nacional, que podrá ser después, tal vez, socialista.
1 Fisk, Robert, “Cansados de que nos mientan”, La Jornada, 21 de febrero de 2003.
2 Agencias, “Gran Bretaña se ha asignado el papel de perro de presa de EU: Chomsky”, La Jornada, 28 de enero de 2003. (Chomsky dixit).
3 Wallerstein, Immanuel.
4 Klare, Michael T., “Para entender los motivos de la guerra contra Irak”, Perfil de La Jornada, 15 de febrero de 2003.
5 Wallerstein, Immanuel, “La guerra EU-Irak. Acelerando el declive”, Argen-press, 1 de noviembre de 2002.
6 Fazio, Carlos, “La mentira del Pentágono como arma de guerra”, La Jornada, 30 de septiembre de 2001.
7 Carson, Jim y David Brooks, “Oficina del Pentágono, encargada de difun-dir noticias falsas en el exterior”, La Jornada, 20 de febrero de 2002; AFP, “Analiza el Pentágono eliminar la oficina que difundiría información falsa en el extranje-ro”, La Jornada, 26 de febrero de 2002.
8 Agencia DPA, “Medios de EU: descarada complicidad”, La Jornada, 11 de octubre de 2002.
9 Armendáriz, Alberto “Adoctrina Estados Unidos a periodistas”, Reforma, México, 13 de noviembre de 2002.
10 La llamada “Doctrina Bush” fue presentada por el presidente de Estados Unidos al Congreso el 20 de septiembre de 2002.
11 Le Carré, John, “Confesiones de un terrorista”, El País de Madrid, 20 de enero de 2003.
12 Agencia AFP, “Plagia Londres tesis para probar rearme”, Reforma, 8 de fe-brero de 2003.
13 Chomsky, Noam, op. cit.
14 O’Connell, Vanessa, y Nicholas Kulish, “EU refuerza estrategia publicita-ria antiterrorista”, Reforma, 19 de febrero de 2003 “Crea George Bush oficina de imagen”, Reforma, 22 de enero de 2003.
15 Petras, James, “Imperio neo-mercantilista en América Latina”, parte II, Z Magazine, octubre de 2001.
16 Ibidem.
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