UN EJÉRCITO MULTINACIONAL
Después de los atentados del 11 de septiembre contra las torres ge-melas de Nueva York y el Pentágono en Washington, el fantasma de la antigua doctrina de la Seguridad Nacional ha vuelto a planear sobre América Latina. Todo indica que en la coyuntura, Washington ha logrado re-solver la ecuación que presentaba la formación de un ejército mul-tinacional hemisférico y la integración económica por bloques como polos excluyentes. La superación de la guerra fría transfor-mó la bipolaridad en una hegemonía militar de Estados Unidos. Pero el inestable equilibrio por la existencia de dos sistemas eco-nómicos antagónicos en la forma, no dio paso a una pretendida hegemonía económica de Estados Unidos; por el contrario, insta-ló una multipolaridad manifestada en la competencia de tres gran-des bloques económicos. Es en el contexto de esa competencia interimperialista por el control de los mercados mundiales, por el acceso a los recursos naturales y las materias primas y por la explo-tación de mano de obra barata, que se inscribe el Área de Libre Co-mercio de las Américas, cuya propuesta original, la Iniciativa para las Américas, fue lanzada por George Bush (padre) en 1990.17 Proyecto que, sospechosamente, viene siendo negociado en secreto, al margen de sus pueblos y sus parlamentos.
Hasta los sucesos del 11 de septiembre, la concepción militar estadounidense para América Latina se sustentaba en la defini-ción del narcotráfico como la principal amenaza para la democra-tización y la seguridad continental. La “guerra a las drogas” debía desembocar en la formación de un ejército transnacional por su composición y supranacional por su mando. Es decir, con el Pentá-gono en el papel de estado mayor y mando unificado, y las fuerzas armadas del área en funciones de policía interna, concentradas en “tareas de apoyo” con eje en la inteligencia y el procesamiento de información y en el control de movimientos aéreos, marítimos y terrestres.
Centrado en un doble discurso construido con conceptos tales como “trasnacionalización del narcotráfico”, “seguridad hemisféri-ca” y “cooperación operativa”, el juego de presiones había dado buenos dividendos para Washington en México, el Caribe y los países andinos. Pero la militarización y trasnacionalización de la “guerra a las drogas” era fuertemente resistida en el Cono Sur. Aunque la tendencia hacia una cierta “autonomía militar” no supo-nía, en el plano doméstico, eliminar la amenaza de que las fuerzas armadas retomen el papel de “ejércitos de ocupación” ante las convulsiones sociales en aumento, era evidente que los países del Cono Sur se negaban a secundar una estrategia que pretendía fabricar un nuevo “enemigo interno”.
Después del 11 de septiembre, tras la nueva guerra de conquista del imperio en Afganistán y la que se proyecta contra Irak, y con la ayuda de la propaganda y el disciplinamiento de los Estados clientes del área, ese enemigo tiene de nuevo un rostro homogéneo y aceptable: el terrorismo, elusivo pero funcional. La vinculación entre la creación de una fuerza militar multina-cional y la imposición del ALCA quedó expuesta durante la II Con-ferencia de Ministros de Defensa de las Américas, celebrada en Bariloche, Argentina, en 1996. Allí, el ex jefe del Pentágono, Wil-liam Perry desplegó una inequívoca argumentación: “La región es la fuente de recursos vitales para nuestra seguridad y bienestar, [en la medida en que América Latina] es el tercer mercado en im-portancia para nuestras exportaciones”. Desde entonces, las administraciones Clinton y Bush han veni-do intensificando una estrategia militarista y neomercantilista con eje en el ALCA, el Plan Colombia-Iniciativa Andina y el Plan Pue-bla-Panamá, que ha sido reforzada con la Carta Democrática de la OEA y la “guerra al terrorismo”, como parte del andamiaje ideológi-co propagandístico.
Bajo el foxismo, México ha acentuado su papel como Estado cliente de Washington con proyección continental. Si con el Plan Puebla-Panamá (PPP) se pretende extender el sistema de maquila-doras “de Puebla hasta Panamá”, con el llamado “perímetro defen-sivo” —adscrito al nuevo concepto “seguridad de la patria” (homeland security) impulsado por la Casa Blanca— y el anunciado ingreso de México a la Conferencia de Ejércitos Americanos (CEA) se cierra la pinza. Las dos patas a las que aludía Perry: “bienestar” y “seguridad”. Al asumir como propias las categorías “bienestar”, “seguridad” y “terrorismo” impulsadas por Washington, el régi-men foxista se ha transformado en una pieza incondicional, dócil y útil al imperio. El famoso “tercer vínculo” (el militar, Perry dixit) está en vías de consolidación. Y cuando un ejército abdica de su función como defensor de la seguridad y soberanía nacionales, queda allanado el camino a la anexión.
El comando norte
A partir de una decisión unilateral del Pentágono, el primero de octubre de 2002 entró en operaciones una nueva estructura militar que sin duda tendrá graves consecuencias geopolíticas para México. Se trata del lanzamiento de una fuerza militar conjunta para “defen-der” América del Norte: el llamado Comando Norte.18
El Comando Norte es responsable de la defensa interna de Es-tados Unidos ante las “nuevas amenazas” surgidas de enemigos no convencionales, el bioterrorismo y las armas biológicas. Es decir, es un instrumento de la doctrina de guerra preventiva, basada en el predominio de la fuerza unilateral del imperio. Pero sucede que, además del territorio continental de Estados Unidos y Alaska, su proyección abarca a Canadá, México, porciones del Caribe (Cuba incluida) y las aguas contiguas en los océanos Atlántico y Pacífico, hasta un mínimo de 500 millas. Es decir, México, país soberano, fue incluido de facto como zona geográfica dentro de las estructuras del nuevo comando regional de las fuerzas armadas estadunidenses. La creación del Comando Norte responde a un relanzamiento de la visión más militarista de la Doctrina Monroe, que intenta mantener a toda costa la hegemonía de Estados Unidos en el mun-do ante la irrupción de Estados retadores. Como tal, y junto con los restantes comandos del Pentágono, el Northcom forma parte de la política expansionista imperial de un Estado nación determinado, en beneficio de las cúpulas de las corporaciones multinacionales con casa matriz en Estados Unidos.
Lo anterior, remite al concepto geopolítico de nación: la nación es una sola voluntad, un solo proyecto; es voluntad de ocupación y de dominación del espacio. Ese proyecto supone poder. La nación como un poder que impone su proyecto a los otros, los Estados más débiles, que ofrecen menos resistencia. Supone, pues, la con-quista del espacio, con sus recursos naturales, fuentes de materias primas, población con determinado poder adquisitivo (el espacio como mercado), ubicación con respecto a las grandes rutas maríti-mas y terrestres. El Comando Norte tiene alcance geopolítico. Su proyección espacial tiene que ver con la geografía, la política, la economía ca-pitalista (en cuanto a su funcionalidad para la extracción de plusva-lía) y lo militar. Forma parte de una estrategia que remite a la idea de “espacio vital”,19 con sus reminiscencias pangermanistas —el Estado como organismo en crecimiento— y hitlerianas. Tiene que ver con “fronteras inteligentes”, presiones raciales, económicas y poblacionales, objetivos de las potencias imperialistas que han cobrado nuevo auge en nuestros días.
Como definió el sueco Rudolf Kjellen en 1916, “los Estados es-tán sujetos a la ley del crecimiento”. Los Estados vigorosos que cuentan con un espacio limitado obedecen a un “imperativo cate-górico” de extender su espacio, ya sea por la colonización, la ane-xión o la conquista. A ellos, la geopolítica les reserva un destino manifiesto. Es en ese mismo sentido que Lacoste nos remite a “la geografía de los militares y las empresas multinacionales”. Ante una eventual pérdida de hegemonía estadounidense, la administración Bush ha recrudecido la diplomacia de guerra, sus programas de in-teligencia y la contrainsurgencia, camuflajeados bajo la “guerra al terrorismo”. Una vez más, como en otras crisis anteriores profun-das, la Casa Blanca impulsa una economía permanente de guerra.
Visto así, el Northcom es el componente militar de un proyecto global que incluye al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, al Plan Puebla-Panamá, al Plan Colombia-Iniciativa Andina y al ALCA, cuyo significado estratégico es la posesión y control del espacio geográfico como fuerza productiva, en el marco de la lucha interimperialista de Estados Unidos por retener la hegemonía mundial ante el embate de nuevos Estados retadores.
La pentagonización de América Latina
Si para la parte norte del hemisferio, el Pentágono y la Casa Blanca asumen que dos países soberanos, Canadá y México, son parte de un asunto “doméstico”, al sur del Suchiatel la estrategia es otra. En el subcontinente, el eje del imperio militar regional estadunidense son los Puestos de Operaciones Avanzadas (FOL), una red de bases instaladas por el Comando Sur en Comalapa (El Salvador), Aruba y Curazao y Manta (Ecuador), a lo que se sumará una base nuclear en Tolhuin, Tierra de Fuego, en el extremo sur de Argentina.
El Pentágono ha colonizado el espacio aéreo de la mayoría de los países del área (México incluido), que es monitoreado por sus satélites y aviones espías en detrimento de las soberanías locales. So-bre el Pacífico ecuatoriano, la base FOL de Manta se ha convertido en el puntal de la inteligencia electrónica del Pentágono en la zona. La base está ubicada a 30 minutos de vuelo del sur de Colom-bia, donde operan las guerrillas de las FARC y el ELN. Dos aviones Awacs y un P-3 Orion de vigilancia salen de Manta y realizan hasta tres vuelos de rastreo diario. El control aéreo de la base es maneja-do por tres estadounidenses de origen latino, que trabajan para la compañía DynCorp, una empresa de mercenarios subcontratada por la Defensa estadounidense. La base alberga 180 marines, nú-mero que puede ascender a 400 efectivos según un convenio esti-pulado entre el gobierno ecuatoriano y el Pentágono. En menos de dos años, 43 buques de guerra estadounidenses han visitado Manta sin previa autorización de la Cancillería ecuatoriana; las naves rea-lizan tareas de interdicción en aguas internacionales y ecuatorianas.
También ha crecido en los dos últimos años la presencia militar estadounidense en las zonas más conflictivas del subcontinente. Tro-pas de élite, mercenarios y agentes de la CIA, la DEA y el FBI actúan sobre el terreno. La “comunidad de inteligencia” y el Pentágono han afianzado su tradicional política de penetración en las fuerzas armadas y las policías locales, mediante convenios de “coopera-ción”, cursos de entrenamiento y asesoría castrense, parte esencial de los jugosos negocios del complejo militar-industrial. La partici-pación de tropas de despliegue rápido estadounidenses, junto a efec-tivos de los ejércitos del área, en las maniobras militares “Nuevos Horizontes”, le ha permitido al Pentágono conocer distintos tea-tros de operaciones y reclutar oficiales nativos. “Nuevos Horizon-tes” se lleva a cabo a nivel hemisférico desde 1996. Iquitos, en Perú; Salta y Misiones, en el norte argentino; el Petén guatemalte-co y, actualmente, República Dominicana, son otros tantos escena-rios donde se han realizado maniobras conjuntas de ese tipo.
Pero sin duda el escenario regional donde Washington viene desarrollando las acciones militares ofensivas y defensivas de mayor envergadura es Colombia. En febrero pasado el Congreso de Estados Unidos aprobó 532 millones de dólares de ayuda militar a ese país. Los recursos se destinarán a la Brigada XVIII, en Arauca, cuya función primordial es proteger el oleoducto Caño Limón-Coveñas —donde tiene intereses la compañía estadunidense Occidental— de los ataques de la guerrilla. La brigada recibirá armas, soporte lo-gístico y 10 helicópteros UH-1 Huey. Otra porción del dinero se destinará a la creación de una segunda brigada del ejército; a labo-res de inteligencia militar y policial, y a la compra de cuatro aviones Hércules C-130 para el transporte de tropas y dos AC-47 (aviones fan-tasmas) artillados, para operaciones de asalto (ofensivas) contra las FARC y el ELN. El Pentágono tiene en Colombia 411 efectivos —expertos en inteligencia electrónica, planeación táctica, apoyo logístico y reco-nocimiento aéreo—, 11 por encima del tope que le fijó el Congreso estadounidense hace dos años. Sin contar decenas de mercenarios que trabajan para el Pentágono en labores de espionaje, entrena-miento militar y formación de escuadrones de la muerte (paramili-tares). Los mercenarios, que se hacen llamar “contratistas militares privados”, trabajan para compañías como DynCorp, Northrop Grumman y MPRI, subcontratadas por la Defensa estadounidense. Aparecen donde el Pentágono prefiere no ser visto (Bosnia, Croa-cia, Colombia). En tiempos de paz actúan como un ejército secreto fuera del escrutinio público. En tiempos de guerra no son propia-mente soldados y no están obligados a seguir los códigos militares de conducta.
17 El nombre original que utilizó en 1990 el presidente George Bush (padre) fue Enterprise for the Americas (Empresa para las Américas).
18 El Comando Norte entró en funciones en la base aérea Peterson del Pentágono el primero de octubre de 2002. La ceremonia de inauguración fue presidida por el subsecretario de Defensa de Estados Unidos, Paul Wolfowitz.
19 Lebensraum.